César Cabello Salazar comienza a ser reconocido como miembro de un grupo de destacados poetas mapuches chilenos. Su inclusión en esta vanguardia no ha estado, sin embargo, carente de cuestionamientos. El más evidente es qué hace un Cabello Salazar junto a un Jaime Huenún, a un Paulo Huirimilla, a una Maribel Mora Curriao o a un Bernardo Colipán. La respuesta la otorga la biografía del propio Cabello, santiaguino por exilio y mapuche por vocación, cuyos abuelos vivieron en una comunidad rural cercana a Pitrufquény en los cuales el poeta reconoció tardíamente su origen olvidado.
La tarea del poeta en todo tiempo siempre ha sido “llegar a decir”. En el caso de Cabello el “llegar a decirse mapuche” requiere la reconstrucción de su identidad, reinterpretar su biografía desde aquel trauma exquisito cuando pasados los 20 años se reencontró con sus raíces. Su trabajo, por lo mismo, tiene un tono y un lenguaje que lo acercan a los videntes bíblicos, otros exiliados, pero del Espíritu que mediante la súbita revelación conocen que hay un dios. Vivir, a partir de ese momento, en esta incertidumbre, volviendo a interpretar una y otra vez los sucesos a la luz de la experiencia chilena y del ser mapuche es lo que lleva a decir al poeta que “todas las cosas están llenas de dioses”: a cada acto se debe atribuir el valor permanente de un nuevo reconocimiento.
Cabello no está en pie de entregar certezas. Su estética se define apenas como la posibilidad de construir una filiación que permita restituir sus relaciones familiares, tomando en cuenta ahora el ascendiente indígena, haciéndose parte así de aquel mundo que percibe como marginal, desplazado y cuya historia, en su propia biografía, ha sido tachada. El poeta puede sentir que incluso en “La confesión”, entendida como sacramento parlante en sí, podría llegar a mentir, porque todas las biografías están falseadas. Puede sentir que la lucha contra su historia vital, al alterarle la voz, sólo acaba en la propia desintegración:
Estoy hablando negro / estoy perdiendo los dientes
eso me pasa por meterme con los sueños y las tablas
El poeta, en un auténtico acto de subversión, se da cuenta de que el hecho de reconocer el silenciamiento o el error que había en el propio relato de su vida, podría llegar a ser una aberración para el ojo del hombre moderno acostumbrado a no mirar jamás hacia atrás:
Así se arreglan las cosas —padrecito—
perdone que le arruine el mármol de sus fiestas
A quienes quieran calibrar el riesgo que existe en una estética de la filiación como esta, quizá les pueda resultar útil el revisar el capítulo de la biblioteca en el Ulises de James Joyce, y pensar en las consecuencias políticas, además de las estéticas, de adscribirse esta Otra identidad.
Dice Stephen Dedalus en Ulises:
La paternidad, en sentido de engendrar conscientemente, le es desconocida al hombre. Es un estado místico, una sucesión apostólica, del único engendrador al único engendrado. Sobre este misterio (...) está fundada la Iglesia, y fundada irrevocablemente por estar fundada, como el mundo, sobre el vacío. Sobre la incertidumbre, sobre la improbabilidad. La paternidad quizá sea una ficción jurídica. ¿Quién es el padre de cualquier hijo para que cualquier hijo tenga que amarle ni a él ni a sus hijos? (Ulises, Cap. IX).
Y bien: esas son las proporciones de la tarea reconstructiva de Cabello. La de crearse una nueva ficción legal y experiencial, dando un nuevo sentido a su poética:
La Palabra es un espíritu de aire y justicia
un endeble traficante
en las camas de la muerte
A ella le entregamos estas crías desnutridas
A cambio recibimos el Libro de los Hombres.
Libro donde hay una religión de lo estrictamente humano y terrenal y donde deberían estar todos los nombres verdaderos de los hombres, no los que legó la genealogía oficial.
Es inútil plantearse si Cabello llega a convertirse al final del libro en poeta mapuche, más aun cuando esta nueva generación de poetas a la que él se une rechaza abiertamente los clichés tradicionales con que Chile los ha relatado. Su trayecto poético está coherentemente afincado en su trayecto humano y gracias a esto logra hacer que su lengua, a veces sospechosamente nerudiana, tenga plena actualidad y frescura.
Las edades... de César Cabello, concebido incluso como un relato de iniciación al igual que Demian, Retrato del artista adolescente o incluso Una temporada en el infierno (y quizá por esta exigencia formal la estructura circular del libro parezca un poco forzada), rehúye los tópicos tradicionales para centrarse en su propuesta original de crear una filiación propia a la medida de su trauma identitario. Palabras como linaje, sangre, hermano, parir, anciano, confluyen siempre al sentido de la construcción de este laberinto del ser. Sus desplazamientos, su “venir montado” a través de siglos, son viajes más a través de su tiempo vital en un mundo paralelo, proscrito, que de un espacio físico definido. Las alusiones al campo/la ciudad aparecen junto a otras de desiertos, húngaros, bosques, mares, necrópolis, donde el hablante también prueba la medida de su nueva identidad y con ellas trata de cubrir los años que vivió en el silenciamiento de sus orígenes.
César Cabello ha intentado aquí una tarea que, según Freud, ya intentó en su protohistoria el pueblo judío: aquella de reescribir su historia a partir del presente para modificar su pasado y elegir así su filiación como el pueblo elegido de Dios. Su adscripción, la del poeta, es en él a un pueblo que nació a la conciencia de Occidente bajo designio poético y que no ha podido ser rescatado por la poesía de la condición de marginalidad y otredad en que el Estado lo ha sumido después de la denominada Pacificación de la Araucanía. No hay aprovechamiento político aquí en ningún caso. Más bien un reconocimiento por parte del poeta de su experiencia de exiliado de su auténtica historia, con la del pueblo mapuche, confinado en su propia patria. Del reconocimiento ambos deberían salir beneficiados: uno porque camina en busca de una voz auténtica, y el otro porque puede contar entre sus miembros con otro gran poeta.