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El arte de la distorsión en El naufragio del Imperio, de Juan Esteban Constaín

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Hace aproximadamente año y medio, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez publicó en la revista El Malpensante —edición 76— un artículo llamado “El arte de la distorsión”. En él Juan Gabriel sustenta, de muy buena manera, la forma en que muchos autores han ido fundando, de una manera intuitiva, una nueva aproximación a la novela histórica. Esta aproximación se deriva de una búsqueda constante de la fertilidad literaria en terrenos donde ya no se apostaba mucho. La novela histórica convencional, dice, le interesa poco; la razón, el hecho de que la historiografía escribe la historia de la sociedad y no del hombre. También, porque resulta evidente que a ese género no le interesan los individuos sino el telón de fondo. En el arte de la distorsión el autor pretende entonces hacer uso de su derecho como narrador de crear ficciones, modificar las cronologías y cambiar los escenarios. Unos días después tuve la oportunidad de intercambiar algunos correos con Juan Gabriel; en ellos, yo le manifestaba que desde mi mirada narrativa me llamaba la atención esa propuesta literaria, aunque, desde otra perspectiva, la del lector, tenía mis reparos. Mi preocupación, principalmente, era por aquel lector que esperaba con ansia atesorar conocimientos con cada una de las letras que de manera organizada entraban a su cabeza. Cuando un lector coge un libro entre sus manos sabe que se enfrenta, según la obra, a tres tipos de experiencia: la primera, a gozar de unos momentos de desconexión disfrutando hechos y conociendo personajes que sabe sólo están en el terreno de la ficción, pero que por alguna extraña razón la cercanía con sus vidas le produce placidez; la segunda, a comenzar la lectura sintiéndose ávido de conocimiento sobre algún tema y complacido de saber que, al final de ese ejercicio, habrá logrado su propósito; la tercera, a disfrutar de una historia de ficción que, por capricho del autor, se aloja en una situación real, en un contexto histórico determinado de una sociedad específica. En esta última experiencia es donde el lector, con gran habilidad, identifica el momento exacto cuando debe conmutar el lugar de su cerebro que recibirá las letras que le entran y acomodarlas en aquel espacio reservado para atesorar conocimiento. La historia, por ejemplo, de una pareja homosexual de marineros a bordo del Titanic puede llenarlo de infinito goce; sin embargo, él podría identificar el momento en que el autor le entrega referencias, datos y fechas que debe conservar para enriquecer su mirada de la época, su conocimiento del evento histórico.

En esta última parte radicaba mi inquietud. ¿Con el arte de la distorsión, e imaginando una cabeza de un lector con dos embudos (ficción e historiografía) que se intercambian la labor de recepción, cómo puede identificar el lector lo real de lo irreal? Si suponemos un lector, conocedor a fondo de los hechos que se narran, éste podrá disfrutar enormemente su lectura mediante el descubrimiento paulatino de las claves de la parodia con que el narrador se propuso reconstruir la historia; ¿qué pasa, sin embargo, con el lector que ignora de manera total, o incluso parcial, lo que se cuenta y que cree encontrar en la novela las piezas que le hacían falta? La respuesta de Juan Gabriel, después de algunas alusiones relativas al contexto de la teoría, fue contundente, y de inmediato acepté el argumento: Creo que cada novelista que valga la pena crea a su lector; y el lector que quiero crear yo es un lector que comparte conmigo el sentido de la soberanía de la novela, de su autonomía, su independencia, su derecho a dar, como dice Gabriel García Márquez, una transposición poética de la realidad, no una imitación de ella.

Hace poco terminé de leer El naufragio del Imperio, del joven escritor colombiano Juan Esteban Constaín. La novela cuenta la historia de tres agradables personajes, dos granadinos y un francés, y de las muchas peripecias a las que tuvieron que enfrentarse luego de enrolarse en la compleja aventura de rescatar al emperador Napoleón Bonaparte de su destierro en la isla de Santa Helena. En ella pude entender mucho de lo que mencionaba Juan Gabriel en su artículo. La de Juan Esteban es una novela histórica que seduce al lector por varios frentes. El primero, y lo menciona la contraportada, porque deslumbra al lector con la precisión en las referencias históricas que destila a lo largo de la trama; el segundo, porque el autor no sólo se ocupa del telón de fondo sino de construir con mucha rigurosidad personajes que, fácilmente, se ganan los afectos del lector; el tercero, porque está cimentada en una prosa exquisita que rescata arcaísmos del lenguaje que no por ello turban al lector común; el cuarto, debido a que el autor muestra sus dotes como agudo narrador y construye una ficción que mantiene los ojos del lector atentos; el quinto, por su estructura, porque además de saltar hacia delante y hacia atrás sobre el eje de la historia, Juan Esteban se vale de diversos recursos para que al final el rompecabezas quede perfectamente armado en la cabeza del lector.

Como si atendiera a la preocupación que mencionaba Juan Gabriel, Juan Esteban logra poner su ojo acucioso sobre el hombre que hizo parte de esa sociedad que, en muchos aspectos, resultó tan definitiva en la construcción de la historia de la humanidad. Lo que estaba en juego era mucho más que vastos territorios que pretendían ser dominados a costa de sangre y muchos hombres reventados en las zanjas. En el ejército del imperio se entrevén hombres bravos, corajudos; hombres que con el espíritu exaltado y con mucho fervor entregaban sus vidas en pos de un camino que les señalaba un dedo que creían superior. En una de las cartas que cruzaran Gerardo Bermeo y Antonio Pérez y Cervantes —los dos granadinos—, donde éste le da minuciosa cuenta de la estruendosa derrota de Napoleón en Waterloo y que deriva en su destierro en Santa Helena, encontramos buena evidencia de lo que menciono: “...Y entonces entendí por qué Napoleón Bonaparte había desatado durante años el fervor de tanta humanidad que encontró en su nombre una ruta hacia la salvación. Miles de pobres diablos corrían hacia delante empuñando la bandera del imperio, y todos lo hacían convencidos de que algún día ellos mismos tendrían también su catalejo y su corona, su código civil, su palacio, su derrota”.

El autor, además, se presenta poco proclive a perturbarse por lo inverosímil que pueda resultar la historia; es decir, se decide a experimentar y no asoma algún tipo de complejo cuando emprende la tarea. Personajes como el pintoresco Jerónimo Remy Milbert —naturalista e investigador geográfico y geodésico; también, gran inventor en cierta forma incomprendido y malogrado por la humanidad— y el propio Gerardo Bermeo, aventurero granadino y líder de la aventura de rescate, son construidos sin entrar en descripciones prolijas; el autor no lo necesita, pues se apoya para ello, con mucha rigurosidad, en conservar consistencia y coherencia en las acciones que acometen a lo largo del relato, en develarla a través de sus diálogos y sus expresiones.

En una reseña publicada —revista El Malpensante, edición 83—, el crítico literario Luis H. Aristizábal se va lanza en ristre contra el capítulo siete de la novela; es correcto, es así, no es contra Juan Esteban ni mucho menos contra la novela, es contra el capítulo siete. ¿Por qué? Porque, explica él, lo inverosímil de la escena en que Napoleón recibe en su tienda de campaña a Gerardo Bermeo, un simple prisionero, lo ha dejado herido de muerte al punto de tener que apelar a su rigor profesional para poder terminar con la lectura. En ella Napoleón, sin inmutarse porque éste lo confronte y movido por haber visto en los ojos de ese hombre algo especial que no había visto jamás en hombre alguno, decide nombrarlo Duque de Fara y encomendarle importantes misiones. Lo que le molesta al crítico es la fabulación que hace el autor cuando pone a sus anodinos personajes a moverse entre las celebridades de la época; es decir, no acepta que, como lo dice Juan Gabriel, el autor haga uso de su legítimo derecho de crear ficción y manipular a su antojo la historiografía. Sin embargo Juan Esteban, gran mérito de él, con gran precisión ha separado muy bien aquellas cosas susceptibles de modificar. Esta separación se da de manera transparente al lector; no es necesario apelar a extensos epílogos para aclarar qué partes hacen parte de la historia, tal como la registró la humanidad, y qué partes han sido iluminadas con el arte de la distorsión. La fabulación resulta evidente. Aristizábal dice: “El gran defecto de esta novela está en el manejo de los encuentros de sus personajes con las celebridades de la época. Se encuentran con ellos a la vuelta de cualquier esquina, se cartean con Bonaparte en Santa Helena y hasta conversan con él. Parece que nadie lo vigilara”. Sé que habrá muchos, me cuento entre ellos, a quienes no nos molesta que el naturalista Jerónimo Remy Milbert termine ciñendo a su cintura el cuerpo de doña Leticia, madre de Napoleón, en un intento por seducirla en una sórdida fonda bajo la mirada vigilante de marineros de la más lisa condición. No me abruma, en lo absoluto, que estos personajes, revestidos con un barniz irreverente, se muevan a su antojo por las vidas de Napoleón, Chateaubriand o Talleyrand. Me interesa haber enriquecido mi mirada de la época. Me entusiasma haberme divertido mientras me aproximé a una realidad que en cierta forma me resultaba ajena. Cada autor escoge su público objetivo y Juan Esteban ha escogido el suyo; otros, están en su derecho, podrán recurrir a las enciclopedias o a la amplia oferta de literatura histórica.

No obstante hay algunas aristas que pienso demandaban un mayor esmero por parte del autor. A mí, como lo dije antes, me tiene sin cuidado la verosimilitud desde la perspectiva de la trama que ha urdido el narrador; sin embargo, la verosimilitud de aquello que construye por inverosímil que sea, sí ocupa mi atención. Cuando se empieza a esbozar la figura de Antonio Pérez y Cervantes, se lo presenta como un entusiasta revolucionario de la Nueva Granada; un hombre entregado a sus sueños de patria y pertinaz en su objetivo de atentar contra el imperio. Un corajudo que cuando cae prisionero es señalado como el más peligroso, el más ruin entre los de la turba que camina encadenada. En algún momento de la historia, este hombre declina sus sueños revolucionarios en una inmensa concesión a la lealtad que siente por su entrañable amigo Gerardo Bermeo, duque de Fara. Más adelante, no convencido del todo de su decisión, juega, en una partida de ajedrez contra Napoleón, la claudicación definitiva de sus principios; si gana, podrá matar al corso de un sablazo, si pierde, tendrá que acompañarlo de ahí en adelante. Muchos mecanismos tuvieron que activarse en la cabeza de Antonio antes de zanjar su decisión final. Una violenta puja tuvo que librarse en su interior. Muchas veces tuvo que sentirse Antonio con el ánimo estrujado. Pero Juan Esteban no le concede a esa batalla más que unas cuantas líneas dispersas en no más de tres capítulos. No resulta lo suficientemente creíble el que él haya entendido que sólo un monarca de verdad, como el emperador, podría gobernar la Nueva Granada antes de que las manos criollas terminaran por dilapidar su incipiente libertad. Por otro lado, y aunque pueda parecer pueril, la figura de Catulo, el fiel perro que acompaña a los tres aventureros, pierde consistencia por momentos; es decir, queda la sensación de que el autor, de cuando en cuando, se acordase de él y buscase introducirlo nuevamente a la historia. Me gusta la figura del perro, por eso reclamo por él que su figura no haya ganado solidez.

El naufragio del Imperio me resulta, como evaluación final, una gran novela. Es un relato refrescante donde el autor nos espolea, de principio a fin, literatura de muy buena factura. Juan Esteban nos presenta una prosa exquisita que destila humor dosificado a la medida justa. Me he enterado de que esta novela fue catalogada como finalista en uno de los premios más importantes de la Semana Negra de Gijón, en España: el premio Espartaco a la mejor novela histórica en el 2008. Juan Esteban Constaín, un joven que aún no ha cumplido los treinta años, dice la contraportada, nos hace esperar grandes cosas de su futuro literario. En uno de los apartes del libro Gerardo Bermeo se abre paso impetuoso entre los húsares, quienes lo habían humillado, después de recordarles lo terrible que es la juventud en manos de los jóvenes; Juan Esteban, quien comienza a forjarse un lugar de importancia en la literatura colombiana, nos deja una certeza sin fisuras de lo esperanzador que puede resultar la nueva literatura en manos de un joven como él.