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El labio y viceversa
Extractos

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Noctumbria

DURA ES LA noche y la muerte nos zarandea uno a uno los cabellos, pero el viento siempre está bordeando las esquinas de unos labios maravillosos. Los niños aspiraron pegantes hasta el amanecer de las terrazas.

En el muelle lleno de cáscaras de arroz por fin la luna soltó su piedra vacía y silbó su silbo la loca preñada.

El sueño y la vigilia nos levantan con una mano mutua y en la muerte nos hallamos baldíos como espejos. ¿Qué destierro es este para adamar tanto humo en las calles?

¿Qué es esto de ir anotando cada detalle del temblor que troncha árboles, relojes y niños?

Siempre, siempre se eleva la noctumbria: el ruidoso desplome de los barcos en los astilleros, el quejido de los árboles en los aserraderos oscurecidos, el ronroneo de los velámenes en las playas solitarias, la estraza de los fantasmas por encima del hombro,

El ritual de los gatos amándose en los tejados, los tiros a lo lejos en la noche, el hervor de las urgencias en los hospitales, el violincito de un grillo en un estadio solo, el tamtan de muchachos y muchachas metiendo perico en las esquinas,

La rápida inundación de barrios y alacenas, el pus de leprosos cayendo como miel inválida, el silbo de los muertos abandonados en las lomas, el grito del loco correteado por los perros.

Semejante algarabía hace que ya no se desvelen arduamente los poetas. Es como si cada pez boca arriba, manoseado por la muerte, hurgado por tantos leviatanes, entrara a las casas de este barrio oscurecido. Es como si el caño engrosara y trajera lo mejor de nuestro pálpito.

Es como si no hubiera otro horizonte sino esta nata espesa en la que circundamos.

Como si en definitiva la razón del mundo fuera esta larga playa de ceniza mientras se extiende un mapa de música...

Entre tanto nos dedicamos a saber la forma en que las tapias iluminadas por la luna traen la quejumbre a los locos.

 

La noción de ángel da pavor

AHÍ ESTABA ENCARAMADO el bendito pelado ese.
No mires al fondo del pueblo, le gritó el padre desde el alero.
No hurgue en esa nube, le gritó el tío.
Entonces llega la noche, la sombra a los patios. Cantó el gallo ciego.
Te va a coger el Diablo.
El peladito se reía montado en el travesaño del año 61 sobre el tamarindo.
Montado, digo, nimalejeando, minimizando el mundo.
Silba como si nada este hijo de menos madre.
Abájate, ve. Pelado, no lo azuces al Diablo 
Desde aquí arriba se ve el cementerio, oye.
Desde aquí puedo hablarle a los árboles, a las gallinas, a las culebras, a las tapias.
No lo empujes al Diablo, oye.
Deberían poner acá mi cama para dormirme, oye.
Desde aquí arriba se ve el cementerio.
Y así, hasta que fue pájaro por un instante, sólo por un instante.
La noción de ángel da pavor cuando tiene al lado el Ave María Purísima.
Mis hermanas oyeron el golpe en la tapa del aljibe.
Hablan de ese ruido que ha demorado cuarenta años.
Ya lo oíste, pelado bendito, que no le juzgues al Diablo.
Te estás creyendo un ánima, bendito pelado ese,
dice el padre ahora
y mira las ramas del tamarindo reseco.

 

Escatole

Están en la plaza. Los habitantes miran a los advenedizos.

Es como si hubieran sido signados por un tatuaje atroz o si sus pieles se hubieran tornado, de repente, en laberintos de leopardos.

Entre tanto ellos hablan de la yuca que se seca, del merengue en la puerta de un colegio,
del cielo de traquetos.

Mueven sus varas de mimbre en el aire. Lo tocan todo.

Traen varillas de techos que se han caído. Como caudal traen la cerca escasa.

Traen lápidas. Piden sábanas, anafes. Si no es el río será un ala oscura, pero siempre la muerte lo que los busca.

En la mitad de la ronda hay una olla hirviente con postas de gallinas, la atizan con mangles que aúllan, la consienten.

Vienen de El Salao, de Corralito.

De cuatro costados sangrantes.

Traen bastimento. Ya no lloran. Ahora cantan.

Toda esta saladera, todo el contubernio que los malogra en todos lados hizo que no creyeran ya en la bruja.

Así que la han puesto a cocinar la sopa.

Ella bate las presas y los tostones de vituallas tratando de consultar el oráculo en el cocido estrecha.

Los hombres miran los pavimentos, los pretiles, los escasos solares,
los patios mezquinos
y tratan de hallar la explicación a la beligerancia de los zócalos.

Se restriegan los ojos como si despertaran, pero no despiertan,
se meten más en esos salones de escuela de interminables hileras de colchonetas.

Son los mismos. Los persigue la lengua filuda del acoso.
Si siquiera se cambiaran de ropa, de rostro.
Ninguna casa les volverá a ofrecer el aroma saleroso de su remota cocina
ni el cielo que soñaron
ni las huellas de los espantos de la infancia.
Ni los ruidos de la puerta.

Ni ese chasquido que dejaba en el quicio el hombro del sol cuando amanecía.

Hablan de la yuca que se seca del muerto aquel que encontraron en el camino al que, como advertencia, como un ex voto, oscuros seres colocaron sus muñecas a ras de tierra, amarradas con hiedra, como dos palomas cenicientas.

Demoraron medio año viendo las dos manitos hasta que  se deshicieron en el aire.

No volverán a ver la vaca que en su dentro portaba el fardo donoso del año,
el queso redondo de la luna.

No volverán a buscar a la mapaná anciana que, con voz seseante y desde la espesura,
les anunció la llegada una boira fangosa.

 

El labio y viceversa

SE CANSAN LAS piernas,
La mano, la palma invisible del ala, el labio nunca.
Siempre está por hacerse menos carne y más aire.
No sabemos si hay una rauda paz en las comisuras
o si es una guerra de anfibios.
Cualquier motivo para el labio es dulce
con tal de que sea a su medida.
Al pronunciar las cosas alcanza sus tamaños.
Algo muy raro tuvo que haber pasado
en el momento de su hechura
Para que tenga tanto aire transeúnte,
tanta alma entrando y saliendo
Y esas migas de suntuosa saliva.
Y es posible que otros labios al buscarle
Como bigornias dejen leves ranuras,
huellas que luego son limpiadas
con la punta de una lengua preciada.
Atendido sea este tema del cuerpo que crece en soplos
y madrazos y que es habitado por misterios...
Y que tiembla.
Es el límite entre el mundo y el cuerpo
—en él ambos empiezan sus honduras.
Todo cambia si se enamora del porte de los nombres.
Y nada es llevado por el tiempo.
El dedo erguido sobre el labio es la muerte o puede ser duro y dolido el beso.
También es gimnasia hacia adentro,
Y pueden apreciarse sus rosas sucesivas desde afuera.
Nacer es la mejor de las retóricas.
El verbo se mueve a la inversa del tiempo.
(Quien habla suelta su gesto de criatura que lucha por no caer al abismo).
Dichoso quien hasta por los codos hace mover su corazón,
Su vida será suave plática.
Si fuera otra cosa bastaría con escuchar a los gramófonos
Para que todo estuviera vivo.
Los muertos suspiran mas no hablan, pero morir es un largo discurso.
Amar es una sílaba intensa...
Porque además del beso, es el labio...
Porque además del molino, es el viento...
Porque además del corazón, es el incendio.
Cuando ama el labio es danza de saliva,
Pez en lucha, tacto que piensa.
Hay cosas viejas acabadas de nacer,
Y cosas recientes que a los corazones hace longevos.
No toda palabra es potable, a veces sale la chispa hacia la paja.
Cuando no hay quien vindique las cosas caídas
Ni quien levante el beso que dejó el novio muerto,
Cualquier cosa puede herirnos, callados venimos y sin labio.
Mírenle siempre profiriendo y mírenle esa paloma de risa.
Su fibra se estira hasta el sitio del ángel.
                                                                  Quien calla caduca.

 

Aprendices de música

En la
punta
del
saxo
ambas
bocas
se
unen

 

Alabanza de la mujer madura

POR UNA MUJER madura ha pasado todo y ha vuelto a pasar.
Ella tiene sus dominios detrás de la caricia
con una diligencia de carne y hebras abiertas.
Le fueron poseídas distintas cinturas que ha tenido.
Aprendió a medir su sed para alargar las noches.
Su hendija tiene relámpagos viejos, vinos y late con un aroma medieval.
Su hendija tiene una experta suavidad sin fondo,
una pieza de sal caliente,
para ir saboreando frutos ácidos en un bautismo de piel.
En ella está todo el tiempo del gozo,
ese péndulo que crea y desampara.
Allí no hay nada que ella no haya hecho antes.
No se desperdicia un pliegue de amor.
Todo es paciente y seguro.
Hay innumerables bienes.
En su piel uno puede ver las pequeñas señales.
Las várices que apenas están naciendo riegan
el gesto de una regia ternura
y anuncian la llegada del deseo,
y el nacimiento de unas ondas hertzianas
en sus muslos
donde su garbo da el todo por el todo.
Sabe lo puro
y lo impuro
y usa esas anchuras
en el cuerpo.
No es frágil,
pero en su dentro,
debajo de su temple y tibieza,
hay una niña
coronada de helechos eléctricos.
Se toca los pechos crecidos un día entre arrozales
como un par de bornes y sueña con el amor.
En la boca de la mujer madura,
el desamor pudo haber dejado un volumen de aire triste,
el beso mal dado,
pero abre sus alas hacia un vuelo que conoce.
Sus comisuras siembran el temblor
y su lengua de tránsito sabio
hace crecer la sangre.

 

Balada medieval

A LA MAÑANA la niña sube al árbol.
Empieza a comer sus frutos mojados.
A sentir el goteo del sereno.
En el trazo de la luz y del viento
La niña tiene sus vestiduras aún pequeñas.
Cierra los ojos y se deja llevar.
Se frota los vellos de su brazo
Y siente una nueva piel que está dejándola desnuda,
Y es una muchacha cuyos pechos
Quieren saltar al aire azul,
Cuyos aceites empiezan a moverse.
Descubre un latido más denso entre sus muslos,
Un olor maduro.
Se abre sobre el musgo del árbol
Y es el día su primer varón.