Arquitectura
Hemos creado, sin duda, una arquitectura de soledad que solamente nosotros podemos entender. Te lo dije, ¿no? Sí, lo intenté múltiples veces, pero cada vez que lo hice, tú mirabas otra cosa: el atardecer, el vuelo de un ave, la cara de un niño o el viento golpeando suavemente a las hojas de aquel árbol.
Así la fuimos construyendo, de silencio en silencio, de demora en demora, como en un cuento, una breve narración donde tú y yo éramos el comienzo, pero sin que hubiera un final y sin que supiéramos entonces, quién fue el primero que comenzó a olvidar.
Halos
Percibí halos, sobre la mantilla negra que cubría tu cabeza y te convertía en una madona mágica, en el amanecer iluminado por la nieve que caía silenciosamente, mientras me alejaba en el autobús en dirección a una meta no conocida. En ese momento eras la claridad y a la vez el dolor que me causaba verte desaparecer, poco a poco, en una extraña inmovilidad, mientras te reconstruía en mi memoria y mi nombre, que hasta hace un instante te rodeaba, comenzaba a desaparecer como un copo de nieve en tierra congelada.
Te lo repito, así quedaste, como una imagen grabada.
Nieve
Nevaba en pequeños copos. Igual que si fueran plumas de cisnes, caían dando vueltas, tan heridas, a modo de aves desplomándose en giros milagrosos, desde un punto imaginario hasta nosotros. ¿Te acuerdas? Éramos, entonces, forasteros del día, tú tenías la facultad de iluminar la mañana con tu risa, mientras yo me aferraba a tus manos tibias, para que no desaparecieras o no te diluyeras en el aire y trataba de alcanzarte con todas mis palabras y no fuera preciso decirlas en voz alta.
Nevaba en la ciudad. La tuya, la mía, acumulándose su capa en las calles y en nosotros.