La canción del espacio de tu edad
penetra la frescura de la noche.
Wallace Stevens
Todo el tiempo estuvieron los árboles
escuchándome mientras, serio, dudaba
si amarla o no al dictado de los libros
antiguos, hechos con precisa lentitud.
Se recogió la hormiga.
Se durmió el sol.
Ahora yo les escucho.
La veleta
La veleta es indiferente al lugar
donde ha sido colocada. Su función
es la duda; su esencia la sonrisa de quien
ha adquirido la ironía de la inseguridad.
El propietario ha pretendido distinguir
el hogar como un acto voluntario de entrega
a la incertidumbre, pero es sólo un decoro,
una mentira reducida a modo de reclamo.
Por eso la veleta, al dictar los principios
del cielo al que se mira, sonríe —no señala—
la imprecisión que habrá de ser destino
Y el resto es silencio.
El pájaro
Su canto es quien abre el día.
Solo, a todos convoca
su libertad tan seria.
¿Hasta cuándo vivirá la rama en que se apoya?
De rama en rama vigila, reflexiona, agita
el aire para desperezarse. Y canta. Siempre
el canto: sus alas, su color infantil.
No ha habido hasta ahora lluvia o sol
que amaine su fe; su entrega es humana
desde este lado del cristal.
El miedo actúa como una perfección.
No cabe eludir, sino aludir.
También la Mitología, que ha amparado
siempre la libertad, pudiera
sufrir herida.
El miedo que no llama
nunca desaparecerá.
En el dormir se acomoda
lo grave de la vida, más
a expensas de la melancolía...
(Así apremia ese hueco sin cubrir
cuando ya se hace tarde)
En el dormir están la calma de la hoja
y la gravidez de la dovela;
ahí se guardan los altos equilibrios
inalcanzables...
Al amor todo le pareció vacío, carente
del secreto que anuda sobriedad y gozo.
Continuaron otorgando nombres
de apariencia triste, pero inútiles,
muertos para el que siente.
¿Querrá cesar el invierno la interpretación
de esta marcha doliente, extensa y reiterada,
revestida de una pesada eternidad impositiva?
¿Hasta cuándo escuchar?
(No oír; escuchar: libre a expensas del acoso)
A buen seguro no tendrá un hogar, ni en él
un fin en quien vivir su soledad.
El que ama
lo hace sobre la sospecha
y la armonía. Incluso el azar
toma su parte.
Su voluntad no del todo asumida
pretende a escondidas reclamar la bondad
del otro como un gesto iniciático.
Procura una confianza que le confirme
y espera la noche para escuchar el ritmo,
para seguir la representación.
Aldariz
He venido a una herencia humilde
donde el tiempo dormita o despierta
al uso de mi paso, de mi capricho
o sueño.
Una casa donde cada adjetivo está en su sitio
a la vez que, en desasido juego, pueden
cambiar de origen para mi triunfo o pena.
Por eso desde ahora éste será mi nombre.