Letras
El ruiseñor

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Había abordado el tren con dirección al domicilio de la señora Barbier tan pronto tuvo la carta en manos, empujada por la curiosidad y la nostalgia de los viejos tiempos. A su paso por el iluminado y acogedor poblado se vio obligada a desplegar la sombrilla negra en un par de ocasiones dado que la lluvia continuaba cayendo, y así, tambaleándose por el gris empedrado, fue que llegó a la apretujada calle en donde le citara el abogado.

Se trataba de una impecable casita blanca de tejas mohosas y enrejado negro, lámparas rústicas y macetas a los costados de los balcones. La curiosa vivienda se hallaba situada en un rincón tan pequeño que no existían dos metros de diámetro entre los edificios de esa calle y la de enfrente.

Después de mucho buscar sus gafas en el interior del enorme bolso que llevaba al hombro, extrajo un sobre amarillo del que resbaló una desgastada llave, y antes de cruzar por la puerta se detuvo a agitar la palma en señal de saludo al par de mujeres que le vigilaban, pero la única respuesta que obtuvo de ellas fue el desagradable cuchicheo de la conversación que sostenían con aire de desconfianza.

Indignada por el incidente, insertó la llave refunfuñando e ingresó a la casita.

Tan pronto percibió la calidez del interior se deshizo de su abrigo de lana y la sombrilla, se acomodó en el sillón marrón con más calma y observó a su alrededor. El lugar era frío, oscuro, húmedo y pequeño, tal como lo recordaba, sin embargo esa grata sensación de familiaridad se había esfumado dado que su vieja amiga no se hallaba ya presente para dar vida al lugar.

¡Parecía simple y era tan complejo! Veinte años habían pasado desde la última ocasión que se habían reunido, cuando el quincuagésimo cumpleaños de Gigi, en donde discutieron por demostrar quién horneaba la mejor torta de manzana y terminaron por retirarse indignadas a sus respectivos trenes sin dirigirse la palabra. Sin embargo, a pesar de la tonta disputa, la señora Barbier había encontrado un rincón para ella en su testamento. La carta que había hecho llegar el abogado decía:

La Sra. Eloise Barbier le cede veinticuatro horas en su casa para que tome usted su más preciada pertenencia y la lleve a casa. Hecho esto, el objeto pasará a sus manos y deberá retornar la llave adjunta en el sobre y partir de inmediato.

Le desea suerte: Émile Laurent.

La mujer suspiró mientras las sombras se hundían en las múltiples arrugas del rostro al gesticular, marcándose el gancho hostil de la nariz, quejándose de los achaques de la edad y la artritis. Se levantó y comenzó la búsqueda con simple desgana. ¿Cómo se suponía que iba a saber cuál era el objeto más valioso para Eloise, siendo que hacía veinte años que no se frecuentaban?

—¡Tal vez se trate de su collar de perlas! ¡O el vestido que usó en su boda! Quizá un colgante... o la receta familiar de la torta de manzana —exclamó.

La mujer encontró cada uno de los objetos mencionados, uno detrás del otro; algunos en el interior de un baúl al pie de la cama, el vestido en el ropero de madera, otros entre unos pañuelos de seda, pero nada le satisfizo. Sabía que de sólo verlo, de poner la vista sobre cualquiera que fuere el objeto que Eloise más valuaba, lo sabría al momento. ¡Sólo necesitaba verlo!

Pasó horas mirando fotografía tras fotografía, registrando cajón tras cajón en la recámara principal y en la cocina hasta que al fondo de una alacena, de un enorme frasco repleto de botones, broches y algunos francos, resbaló una llave de cabeza redonda, cuerpo cilíndrico y surcos en el extremo terminal. Indecisa pero con un fuerte presentimiento de su cercano triunfo, recorrió la casa hasta que se topó con una puerta negra cubierta de telarañas. La llave embonó a la perfección en la cerradura y la mujer accedió al interior del jardincito. Rosas amarillas y hortensias lila rodeaban un pequeño camino de mosaicos que conducía a una jaulita que pendía de lo alto del alambrado que cubría de pared a pared. La mujer cubrió la boca con el par de manos nudosas, delgadas y arrugadas y lo supo. ¡Ahí estaba! Un pequeño ruiseñor de pecho azul y plumaje pajizo, pico elegante y una vivacidad insuperable. Se aproximó a él, tomó la jaula en manos y le llevó al interior de la casa.

—Eloise siempre fue una mujer cuerda —dijo para sí—, ¿no lo crees? —consultó con el ave, que respondió trinando y revoloteando animadamente por la jaula, cual si sostuviera una conversación de interés mutuo con la dama.

La mujer se metió en el abrigo, colocó sobre la mesita del vestíbulo el collar de perlas que había ocultado en el vestido, aseguró la puerta con la llave y salió a la minúscula calle en donde los trinos y gorgoritos del ruiseñor resonaron al compás de la lluvia que caía sobre la sombrilla negra.