Mr. Mágico
De él se cuentan muchas historias. Entre esas historias dicen que podía escapar de una casa en llamas y que era capaz de volar. La gente le temía, y a pesar de eso pagaban por verlo, por verlo con su sombrero de copa danzar al compás de la música. Ocupaban los lugares en el semicírculo y guardaban silencio, aguantando el calor del sol o el frío viento. Lo miraban destruir su sombra con una explosión. Dicen que tenía un pacto con el diablo, que la maldad le recorría las venas, que sus ojos brillaban en la oscuridad. De él se cuentan muchas historias.
Él, ese hombre, era mi padre.
Jamás lo conocí. Mi madre nunca lo dejó vivir con nosotros, le prohibió acercarse a mí. Dice que era porque se había vuelto malvado, que por esos días había comenzado a ocuparse en cosas que a mi madre no le gustaban. Por eso nunca estuvo con nosotros. La única ocasión en que estuvimos juntos él y yo, yo estaba todavía muy pequeño. Ni siquiera puedo recordarlo. Mamá cuenta que él llegó a casa por la noche, tocó la puerta y caminó directamente hasta la habitación, hasta mi cuna. Discutieron. Mamá le dijo que no lo necesitábamos. Él le dijo que quería hacerse cargo de mí y que nadie más la iba a querer igual. Mamá lo empujó hasta la salida. Él pidió estar unos minutos conmigo, a solas. Ella se lo concedió; le dijo que era la única vez que lo iba a dejar verme. A la mañana siguiente mamá descubrió que mi ropa estaba llena de dinero, por todas partes, hasta en las piernas y la espalda.
Dicen que el diablo le dio sus poderes. Que una noche en que llovía fuerte, mientras esperaba el camión en una calle del centro, el diablo se le acercó para comprarle el alma. Es lo que la gente cuenta. Mamá nunca hablaba de él ni de sus leyendas. El diablo le dijo que podía convertirlo en un ser humano poderoso. Le enseñó a volar. Dicen que una vez detuvo un auto fuera de control sólo con sus manos.
El día de ayer recibí una carta que decía que ese hombre, mi padre, estaba muerto. Junto con la carta recibí un cuaderno con las orillas dobladas, sucio, y un violín. El cuaderno lleno de palabras y dibujos. También una fotografía. En la fotografía aparece mi padre con una camisa arrugada, pantalones de mezclilla y su cabello ondeando al viento. Botas de piel de víbora. Flaco y ojeroso, como si algo le preocupara. Sentado en un viejo banco de madera afuera de las ruinas del Templo Mayor. La fotografía en blanco y negro. Miro la fecha en que fue tomada y me doy cuenta de que ahora soy más viejo que él en esa imagen. En los cuadernos habla de su vida, sobre todo lo que sabe.
“Tengo treinta y tres años y estoy a punto de morir”, comienza la primera línea de la primera hoja del cuaderno. “Quiero platicarte un poco sobre mí. Espero que no me reproches nada después de escuchar lo que tengo que decir”.
Decido regresar al viejo barrio para encontrar algo que me pueda decir que él en realidad había existido, o al menos encontrar a alguien que me pueda decir cualquier cosa. Al fin y al cabo, era mi padre. Salgo de casa cargando su cuaderno y el violín. Es una mañana de verano. Mientras camino me doy cuenta de que no sé por qué estoy haciendo esto, jamás me había importado conocerlo. No se puede extrañar algo que no has tenido nunca. Pero aquí estoy, caminando, como si una mano invisible me empujara suavemente por la espalda.
“De entre todos mis amigos pobres, yo era el más pobre de todos”, voy leyendo de pie en el metro. Su escritura tiene trazos fuertes y alargados, art decó. Letras dibujadas con plumón negro sobre hojas blancas muy gastadas. Voy leyendo entre empujones mientras llego a mi destino. “Siempre soñé con ser alguien importante, dejar atrás las calles lodosas y dejar de dormir sobre cartón. Soñaba con comer tres veces al día. Nada del otro mundo. Pero por desear tanto, obtuve más de lo que me hubiera gustado tener”.
Salgo del metro y me sumerjo en un mar de brazos y piernas que van de un lado para otro. Escucho el ruido de los autos y el grito de los vendedores bajo sus sombrillas de colores. El sol me pega como hace mucho no lo hace. Tengo que entrecerrar los ojos si quiero ver el camino. El flujo de la gente intenta llevarme en otra dirección, lucho hasta liberarme. Me detengo frente a la catedral.
“De niño me dediqué a secuestrar perros. Era la única manera que encontré para conseguir dinero”. Esas líneas hicieron que detuviera mi lectura unos segundos. “Los guardaba en un terreno baldío atrás de la casa y luego esperaba a que pegaran los carteles ofreciendo recompensa. Nadie sospechaba de un niño. Todo lo que gané con mi primer trabajo se lo di completito a mi jefa. Le dije que lo había ganado llevando recados en la calle. Sé que no me creyó, pero no siguió preguntando. Sólo me miraba con tristeza cada que le daba sus centavos”.
Lo primero que hago es caminar hacia un puesto ambulante junto a Palacio Nacional. Al llegar veo en el suelo plumas e inciensos de colores. Objetos tallados en madera. Pulseras. Estampas de guerrilleros muertos. Como música de fondo escucho los tambores de los danzantes y el sonido grave y monótono del caracol, los cascabeles atados a los pies de los guerreros águila. Le pregunto a la mujer que atiende el puesto, una joven con la mirada perdida y el cabello atado en varias trenzas, si sabe algo sobre mi padre. Es demasiado joven para saber algo, debí imaginarlo, pero me dice que vaya a hablar con su abuela, que ella conoció a todos los que alguna vez han vivido o trabajado en esta parte del centro. Apunto la dirección en un papel y tomo rumbo. Mi padre ha escrito en el cuaderno que esa mujer, la dueña original del puesto, fue la primera persona en darle un trabajo de verdad. Ella es mi primer destino.
“Olvida todo lo que has escuchado sobre mí”, dice en el cuaderno. “Olvídalo porque yo voy a contarte una historia mejor”.
Los pasillos de la vecindad huelen a la humedad más amarga. Adentro hace frío. Huele a agua sucia. Encuentro a la anciana sentada en una mecedora antigua, junto al único rayo de sol que pega sobre el quinto patio. El techo y los barandales llenos de ropa puesta a secar. Un niño llora en alguna parte. Me siento junto a ella, en la escalera, y le pregunto.
—Era un buen muchacho —me dice con su boca sin dientes y sus manos temblorosas—. Yo lo quería mucho. No era un chiquillo mañoso como todos los demás. Sus ojos tenían ese brillo de las personas con el espíritu grande. Lástima que cuando creció perdiera ese brillo. La última vez que lo vi, sentí miedo de mirarlo.
—¿Sabe qué fue lo que pasó? —digo.
—La gente cuenta muchas cosas, m’ijo, pero no creo en ninguna de ellas. No quiero echarte mentiras. Él trabajó conmigo sólo un año, después comenzó a juntarse con esas personas que le enseñaron a hacer todas esas cosas extrañas. Siempre cargaba un violín en el hombro. Decidió dejarme y dedicarse a eso. Siempre que pasaba por mi puesto me saludaba, pero a mí dejó de gustarme su saludo. Lo recuerdo como un muchacho de bien. No quiero hacerlo de otra manera. Pero me da miedo pensar en todo eso que hacía. Yo creo que por eso perdí las ganas de seguir mirando.
“Hay muchas cosas que me gustaría decirte, pero sé que no me creerías. Haz lo que te digo y te aseguro que también las verás”.
Ya entrada la tarde toco en una puerta de la calle de Brasil. Ahora busco a uno de los hombres que trabajaron con mi padre cuando realizaba sus actos en la calle; cuando toda la gente se maravillaba con las cosas que podía hacer. Me invita a pasar y me convida una taza de café y un pan de dulce.
—Tu padre no hacía trucos, muchacho. Tu padre hacía magia de verdad —dice mientras enciende un cigarrillo y mira a través de la ventana. Tiene el cuello y los brazos quemados por el sol. La piel de la cara marcada por la viruela—. Cuando lo conocí, él no sabía ni siquiera hacer un malabar. Ni siquiera tocar un instrumento. Pero al final... deberías haber visto lo que podía hacer para el final.
La gente dice que papá podía sacar fuego de sus manos, que podía seguir viviendo aun después de que lo hubieran metido en un bloque de hielo. Podía escapar de cualquier trampa y de cualquier lugar. La gente venía de todas partes sólo para verlo. Luego no le alcanzaban los bolsillos para meterse tantas monedas. También, alrededor suyo siempre había un olor a naranjas.
—Nunca quiso saber nada de comerciar con fayuca ni de vender drogas. No le interesaba tener problemas con la policía, tampoco pasar las tardes atendiendo un puesto en el mercado. No le gustaba tampoco agarrarse a trompones. Tu padre era un verdadero artista de la calle. Nació para hacer lo que hacía. Le gustaba realizar su acto al compás de la Danza Húngara. Podía leer el futuro en los ojos de los otros. A pesar de eso, se enamoró de tu madre. Decía que ella era su momento favorito del día.
En esa época, mamá trabajaba en una maquiladora muy cerca de la plaza de Santo Domingo, que era donde papá solía realizar sus presentaciones. Todas las tardes, al salir de su turno, ella pasaba por ahí. Se detenía a mirarlo lanzar pelotas al aire y hacer piruetas. Le gustaba escucharlo mientras tocaba el violín y se acercaba con su sombrero a pedir una cooperación. Dicen que lo suyo fue amor desde el primer momento en que se vieron. La abuela nunca estuvo de acuerdo.
—Lo que más lo encabronaba era la pobreza. No le gustaba andar sin un centavo. Era bien bueno para encontrar la manera de obtener un peso. El chamaco más creativo de todos. Por eso nos lo llevamos con La Compañía, para que aprendiera todos esos trucos que después aprendió a hacer sin la necesidad de engañar a nadie. Para sacarlo de las calles y tratar de convertirlo en alguien de bien. Pero fallamos. Lo que le ofrecimos nunca fue suficiente.
Luego me dice que con la única persona que lo vio verdaderamente enamorado fue con mi madre. Que la noche que supo que ella estaba embarazada fue la noche más feliz de su existencia. Pero él sabía que eso no iba a durar. Sabía lo que iba a pasar después. No lo sorprendió que mamá lo echara de la casa aquella noche hace tantos años. Él nunca más volvió a tener una pareja.
—Tu padre murió hace tiempo. ¿Por qué hasta ahora vienes a preguntar por él?
—Porque apenas ayer lo supe.
El cuaderno que recibí estaba lleno de palabras y dibujos. Trazos poco artísticos de imágenes prehispánicas. Máscaras, amuletos, medallones. Como si fuera el cuaderno de un antropólogo vendedor de antigüedades. En algunas imágenes mi padre había ocupado colores; el rojo, el verde y el azul. En otras, en la mayoría, no. Algunos dibujos tenían anotaciones, otras ninguna, pero los dibujos más importantes estaban casi al final, por las últimas páginas; una serie de personas en diferentes posiciones de danza. Con los brazos arriba o a los lados, con las rodillas flexionadas o completamente de pie. Todas en orden, como si fuera el guión de un baile.
“Voy a contarte una historia que no espero que creas”, decía. “Hay muchas cosas en ella que suenan descabelladas. Haz lo que te digo... te aseguro que verás la verdad”.
Por la noche el viento sopla con fuerza, frío. Se mete por la piel y me muerde los huesos. Me detengo exactamente en la esquina que mi padre había señalado, con las manos guardadas en los bolsillos, el cuaderno bajo el brazo y el violín en el hombro. Aprieto la mandíbula con fuerza, las rodillas me chocan sin control. Espero hasta que la luz de todos los comercios se apaga, hasta que la gente deja de pasar, hasta quedarme sólo en compañía de la luna.
“¿Sabes por qué los aztecas pudieron conquistar toda esta región, hijo? Por sus Guerreros Místicos. Por esos guerreros que vinieron desde Aztlán. Grandes y poderosos, con los ojos llenos de luz y las manos cargadas de rayos. Ellos ayudaron a formar la leyenda, a convertirlos en los más poderosos del valle. Ellos fueron los que hicieron levantar la ciudad a la mitad del lago. Esa magia, la que por tantos años estuve buscando, al final la encontré. Un día dejé atrás todo lo que había sido y me convertí en alguien nuevo, diferente. Poderoso. Obtuve la magia de esos guerreros que ya no existen más, de los que no hay registros escritos ni referencias, pero que algún día regresarán. Esos guerreros que siempre lucharon al lado del Tlatoani, que podían eliminar a cien hombres sin más armas que sus propias manos. Ellos que llevaron a la civilización hasta su punto más alto. Yo pude encontrar la manera de ser como ellos”.
“El diablo no es como lo había imaginado. No tiene las patas de cabra ni cuernos retorcidos. Su piel tampoco está llena de pelo. No huele a azufre. Tampoco tiene la voz cavernosa ni se parece a un hombre. El diablo que yo conocí, el que me dijo lo que había que hacer para obtener esos poderes, era muy diferente. Aún rechino los dientes cada que recuerdo el sonido que hacían las piedras de jade de su pecho al rozarse cuando respiraba. Una enorme bestia verde, como un jaguar, se me apareció esa noche. Una bestia del mundo de los muertos, completamente hecha de piedra. Ella me dijo el secreto. Pero a cambio tuve que darle lo que más quise en la vida; le tuve que dar el amor de tu madre. Espero que comprendas. Ahora, a los treinta y tres años, estoy muriendo de tristeza. Estoy muriendo por no tenerlos”.
El diablo que yo vi tampoco era como lo había imaginado. No era un demonio con alas de murciélago, tampoco una bestia escupiendo fuego, mucho menos una criatura extraña como esas que salen en las películas, llena de cicatrices y sangre. Tampoco un enorme jaguar de jade. Lo que llegó caminando por la calle, el diablo que yo vi, era un hombre de mi edad vestido con una camisa arrugada, pantalones de mezclilla y el cabello ondeando al viento. Botas de piel de víbora. Flaco y ojeroso. Caminaba silbando una canción que me resultó tremendamente familiar. Se detuvo frente a mí, a un paso de distancia, y dijo:
—Veo que trajiste mi violín. Eso me quita el problema de tener que pedirte alguna otra cosa a cambio.
Nunca antes había visto a alguien que se pareciera tanto físicamente a mí. Ni siquiera mi madre o mis primos. La misma mandíbula, los mismos dedos largos, el mismo color de piel. Hasta el tono de su voz parecía un reflejo de la mía. Me restregué los ojos y volví a mirar; el hombre seguía ahí, fumando con calma un cigarrillo. Por unos segundos pensé que me estaba viendo a mí mismo.
—¿Ya terminaste de leerlo? —preguntó mientras señalaba el cuaderno—. ¿Qué te pareció? ¿Viste las últimas páginas?
Yo asentí con la cabeza y dije.
—Creo que eres muy mal dibujante.
—Eso no importa —me puso una mano en la espalda, invitándome a caminar junto a él—. Lo que en verdad importa es que hayas visto mi gran descubrimiento, que hayas venido a la cita, que hayas creído en mis palabras. Eso... significa mucho para mí. Pero aún queda algo más que quiero enseñarte. Ven.
Caminamos hasta la plancha del Zócalo y nos detuvimos cerca del centro. El único sonido que se escuchaba era el zumbido de los transformadores y el rugir lejano del poco tráfico en la madrugada. Nos envolvía la noche color ámbar y el viento. Por mi cabeza no pasaba ninguna pregunta, todo era tan blanco como nunca lo había estado. Por unos segundos me sentí como si mi cuerpo entero fuera del tamaño de toda la plaza, como si fuera tan grande como todo México, como si pudiera envolver la Luna con mis dedos.
—Esto es lo único que puedo hacer por ti —dijo el hombre mientras se quitaba las botas y pintaba un círculo en el suelo—. Lo único que puedo dejarte, ya que nada más tengo.
Conocí a mi padre la noche fría de un caluroso día de verano. Bailamos juntos hasta que vimos los primeros rayos del sol. Uno al lado del otro. Yo haciendo lo mismo que él. Girando como si fuéramos uno hacia los puntos cardinales, imitando a los danzantes que tantas veces había visto. Brincando en un pie y luego en el otro. Alzando las manos y agachando la cabeza. De alguna manera, lo supe, estábamos conectados. Siempre lo habíamos estado. Era algo más que la unión de la sangre. Bailé hasta dejar de ser yo.
Cuando nos despedimos, al darle la mano y entregarle su violín, pude sentir cómo todo su talento, su energía, le brincaba de entre los dedos. Regresé al antiguo barrio sólo para buscarlo, pero encontré mucho más que eso. Recuerdo su sonrisa al momento de decirnos adiós. Recuerdo sus ojos. Dijo que nunca antes se había sentido así de bien, dijo que no quería que cometiera los mismos errores que él había cometido.
Tenía treinta y tres años cuando comencé a caminar por el aire. Cuando comencé a hacer todo lo que mi padre sabía hacer. Nada de trucos... pura magia de verdad.