A Volodia
Escarbas en las grietas profundas
Raíces de estrellas sueños fugan.
Querías leer en ellas
En el cristal del fruto oculto,
Bajo la piedra
Una legión de utopías,
Te seguimos viendo por esas viejas esquinas
Donde pudiera quedar algún pájaro desnudo
Alguno rezagado que el relámpago no torturó,
Que no alcanzó a ser canario ni zorzal,
Alguno que migró a otra latitud del tiempo.
Eres el poeta de mansedumbres
De sonrisa breve
Toda tu voz era un pacífico versículo
Rama asida a su fruto,
Te quedaste con nosotros
Conversaremos
En la tarde lánguida de los troveros
En su siesta de cuerdas, de silencios
De piedras sueltas del monte al caer
Bajo puentes de sombras,
Pezuñas golpeando el pavimento,
Huesos que duelen,
No te olvidarás de nosotros
Cuando los hilos de la memoria
Nos detengan los pasos.
Por la calle
Instantes apenas
Muchedumbre sin cara,
Pasos hacinados en las veredas.
¡oh, si fueran caballos blancos!
¡si fueran tarántulas!
¡Si fueran mariposas extensas, si fueran aves cojas!
Multitud de extraños ciegos y ruedas rechinantes,
Manos crispadas, tijeras abiertas.
Y así hundidos por la calle, pegados al cemento.
Comisuras herméticas,
Escombros, así avanzamos.
Arrebañados pisoteando la flor.
Soberbio sobre mis ojos
¿Por qué te levantas en medio de los huertos
el tronco hueco y brozas perdidas?
Si me repliego entre tus sábanas,
Para escuchar el relato del orbe dulce de la parte oscura,
el otro lado del mundo.
Te asemejas al vidrio frío y al gris rocío,
Duro el cemento donde impacta la mirada perdida,
Y desvencija a la existencia.
Puedo ser la luz que brota del jirón último del crepúsculo
Y repite el eco de tu grito,
Soy el vagido primero del hombre que no ha llegado aún
A la luna,
Tú en el útero guarecido sientes en tus cavilaciones ya
Una piel de mujer estremecida.
Sin embargo, gobiernas soberbio sobre mis ojos.
Sé escuchar los diluvios en la oscuridad
Los puentes se muestran, se extienden,
Pero cobijan secretos murmullos y olor a miserias
Y no sucumben mis brazos.
Bajo esos puentes sofocan las voces bajo la hierba,
Donde rendiste tu boca a la mía
En primavera.
Y gobiernas soberbio sobre mis ojos.
Ámbar y nadir
i
Soy mujer dormida sobre el ámbar
y el nadir,
bordonea el laurel su aroma
como la rosa de mi nombre,
por los cierzos australes
que me han condenado
tronco a la tierra.
No pondrás un nombre a mi cuerpo
libertos ejércitos prestos
en la hambruna,
tú me ayudarás,
yo te ayudaré.
Los trigales —gime la luna—
bifurcan la sombra y el sueño,
te evoco nuncio lácteo
en mitad de la madrugada,
y un cuenco
efervescente de astros,
eyaculado,
bocas y voces, y lenguas
frescas,
indago en el pastizal
busco y tropiezo,
soy mujer de sueños,
de la ceniza pétrea.
Siento que gotean las manos
húmedas laboriosas
barcazas impelidas por gélido viento
fatuo de sombras y auras,
los castañares vociferan
en toda la tierra a destajo
mi deseo redunda como selvas,
compréndeme
albatros sobre mi nave,
lenta y meciendo
mi leche doncella,
mil noches abisman
el impasible tiempo
devotamente
entre mis pechos llenos
libertades
y perversas sentencias.
ii
Ella por las sombras entre adobes
cabizbaja roe
la última sentencia que rodó sobre su huella,
y punza amedrentando su cavilación.
Es sollozo un trazo agudo que atraviesa
su tiempo
un seno desmoronándose
crepúsculo que se queda.
Se ha adueñado del aire,
va sorteando piedras y barro,
apretando llaves para encontrar
las puertas.
La protección es cierva y
entre hierros busca una tibieza,
los grillos van soltando la carne
liberando un musgo en su voz.
Ácidos laceran su madrugada
su rueda que escapa
le arrebata el antifaz
y el augur la enreda
entre acerbos tragos
la amenazante hoguera;
fuga a firmamentos inciertos
poderosos ensueños
en la ciénaga
su sangre arrojada
con su beso adúltero
y el temblor
la va hundiendo.
iii
Levantan las sombras rocas pesadas
posadas sobre mi estercolada historia
los designios que laboran en la cresta
nocturna,
despiertos lirios
sobreatacan los suelos,
empequeñecen los turnos
de alas que delatan
voladizos rumores,
esplenden surcos abriendo
y breve es el fuego.
No llevo sello en el pulgar derecho
soy de polvo y costilla,
y tatuada en el pecho.
Estrangulada en la aciaga
tierra de lodos
y un canto ajeno,
se seca la humedad en mis grietas
irredentas y bordonea aguda una espina
amenaza
el secuestro designio,
los pájaros se posan como si yo fuera rama
respiran y se engarzan a mis cabellos,
espero la simiente que me aleará dulce
y claro seguro destino, sueño finito