Nunca hubiese podido intuir que conocer a Néstor Gomes me iba a impactar como lo hizo.
Fue entrando en la Comisaría de Tetuán de las Victorias, en Madrid, el día de la Hispanidad del año mil novecientos ochenta.
Era conocido por el sobrenombre de “El Indio” y había sido detenido en unión de otras cinco personas. Les ocuparon diversas armas y les fueron imputados diez atracos a entidades bancarias.
Habían llegado a apoderarse de más de doce millones. Aunque cuando les detuvieron entre todos no llegaban a juntar dos mil pesetas.
A pesar de sus dieciocho años cumplidos, lloraba como un niño y entre sollozos me contó su historia, su triste historia. He aquí un resumen que siempre será más legible que sus lamentos.
Nacido en Montevideo, tuvo que salir de su tierra natal, por Colonia, de forma clandestina, huyendo, el treinta de junio de 1973, con apenas once años de vida. Un amigo de su padre escondió a toda su familia, en la bodega de un velero de carga. Hacía a diario la ruta Colonia-Buenos Aires y la fuga de los suyos pasó desapercibida.
Nunca ha podido saber cuáles fueron las causas de aquella huida y el posterior asilo político de su padre, su madre, su hermana menor y el suyo en España. Muchas veces ha pensado que era la ideología política de su padre, otras que la causa era la pertenencia al pueblo charrúa de su madre, era bisnieta de una de las pocas supervivientes del genocidio del general Fructuoso Rivera y en otras llegó a pensar que pudiera ser la ascendencia paterna, el motivo.
Sus abuelos habían llegado al Uruguay huyendo de la represión franquista. Activos republicanos de izquierdas, transmitieron a su hijo su filosofía de vida y los vientos reinantes en aquellas fechas no eran propicios para ellos aunque hubiesen adoptado el Gomes para hacerle menos sospechoso el apellido.
Más calmado y sin lloros mostró claramente su personalidad. Alto, delgado, atlético. Su cara justificaba su mote. Rostro alargado, piel morena, ojos negros, profundos. Mirada melancólica. Gesto lánguido, triste, nostálgico. Cabello negro, lacio, un poco largo.
Mucho más tranquilo y confiando en mí, se sinceró. Me confesó lo duro que fue para él dejar a sus amigos de la infancia y empezar una nueva vida en una tierra en la que se sentía extraño a pesar de hablar el mismo idioma. Los chicos y chicas de su nuevo colegio le vieron como un bicho raro. Empezaron a usar el apodo de “El Indio” al mencionarle y a simular que disparaban flechas y al tiempo que bailaban gesticulando y lanzando grititos ininteligibles. Le hicieron la vida imposible, se aisló de todos y de todo. Los primeros años fueron un tormento.
Al tercer año de aquel infierno conoció a “la Yoli”, una niña de su edad, encantadora, siempre sonriente. Por causas que nunca alcanzó a saber, ella también se aislaba de todos sus compañeros. Se hicieron amigos, muy amigos.
No podría decir quién enganchó a quién en la droga, ni falta que hacía. Tampoco estaba seguro de cuál había sido el camino para llegar a aquel estado de necesidad, que ahora le atormentaba, les angustiaba. Los dos necesitaban el “caballo” como el comer. Bueno, mucho más que el comer. Podían pasarse un par de días comiendo malamente, pero era imposible pasar un día sin un “chute de jaco”.
Al principio fue fácil, en casa, de una forma o de otra, podían obtener la pequeña cantidad que necesitaban. Pero poco a poco se fueron hundiendo en el pozo al que conduce la heroína.
En aquel momento, decía, necesitaban del orden de cuarenta talegos para estar bien y eso es mucha pasta. Tuvo que robar, que atracar, que trapichear... Lo que fuese para conseguir el “chute”.
Volvió otra vez a caer en un profundo hoyo, cuando se dio cuenta de la situación en la que se encontraban.
Lo sentía por ella, por la Yoli, también había sido detenida, pero saldría pronto porque él lo tenía claro. Cargaría con toda la culpa, nunca permitiría que ella fuese a la trena. Se comería el marrón solo.
Era primerizo y los procedimientos judiciales lentos, muy lentos. En pocos meses estuvo en la calle y nadie se preocupó de sus adicciones y mucho menos de su futuro. Tuvo que continuar con su vida, con su mala vida.
Nunca perdí totalmente el contacto con ellos. Yolanda, “la Yoli”, era como de mi familia...
Cuando supe que estaba en el hospital víctima de una extraña infección, ya no se podía hacer nada por ella. Los excesos, el caballo, la ignorancia del momento, la falta de previsión y el desconocimiento generalizado de aquellas cuestiones en aquel tiempo, no la permitieron superar la neumonía o lo que fuese. Murió al poco tiempo, en plena juventud.
Es de suponer que “El Indio” estuviera presente en el funeral, pero yo no le vi. Supe que continuaba en sus andanzas y nadie le ofrecía ayuda. No se fiaba de los que podían y de los que se fiaba no podían. Entró en un círculo vicioso del que sólo él era protagonista y personaje principal. La vieja historia se repetía.
—¡Esto es un atraco! —dijo empuñando una recortada.
—Otra vez tú, sudaca de mierda... Vete al infierno —fue lo último que escuchó.