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Rafael ConteRafael Conte (o el lector que contagiaba su mester)

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Se ha muerto un lector que leía los libros de los demás y después nos los contaba. Porque para juzgar (a un servidor le parece que Rafael Conte no abordaba la crítica con el talante inquisidor de quien toma una obra ajena con la intención de despellejar, cuando no vilipendiar, incluso echando de vez en cuando alguna flor para que todo no quede en malas tripas) hay que conocer. No vale leer la solapa y, según soplen los vientos, decir esto o aquello, más o menos socorrido o acertado, para después atreverse a firmarlo. Y ya no digamos cuando se trata de un autor molesto, incómodo. Aquí lo que impera es el silencio cómplice. No es bueno salirse del rebaño, no sea que se olviden de uno y no vayan a contar con él. Voy a poner un ejemplo a vuela pluma: Rafael Conte le hace un prólogo-estudio a la obra Secretos augurios, del novelista Manuel Andújar, escritor tan olvidado como desconocido por el gran público. En este trabajo se ve de lo que estábamos hablando. El lector se ha leído la obra y la vida del autor en profundidad. Y como conoce el tema, no habla de oídas por si suena la campana y acierta. Éste es el lector que nos ha abandonado. Hay un ensayo de él: Lenguaje y violencia: Introducción a la nueva novela hispanoamericana (1972), que me admiró por el conocimiento profundo del tema. Cuando alguien ha leído y disfrutado con ello, se nota a la hora de hablar, de escribir, porque convence, si se me apura, entusiasma. Se nota cuando alguien se encuentra a gusto con lo que hace. Además de todo esto, la crítica de Rafael Conte ha marcado una época en el comentario de libros en España. Para ello hay que sentirse libre y seguro. Con estas premisas, lo que hacía Conte no era otra cosa que ejercer su pedagogía sobre quien leía. Lo que él conocía, lo transmitía a sus lectores. Éste es el secreto del éxito. Hice durante años de amanuense del escritor Miguel Alonso Calvo (Ramón de Garciasol), olvidado, pero no de la crítica de Conte —como no podía ser de otra manera. También había leído lo que no había hecho nadie. Obligaba a sus amigos a leer tal o cual obra, como casi los emborrachaba —magnífico anfitrión— cuando los recibía en casa. Bueno, pues de Rafael Conte me ha llegado a decir, en nuestras conversaciones, cosas como ésta: “Es un crítico magnífico, porque es valiente, entendido, leído, culto, libre y honrado”. Un crítico puede realizar una función profiláctica —permítaseme el símil cultural— o una purga sistemática, lo que vendría a suponer una quiebra en la salud intelectual de una época. Se ha ido un lector atento, un crítico sagaz y un escritor desconocido.