Sala de ensayo
José Antonio Ramos SucreRamos Sucre y la angustia del yo
En la búsqueda del maravilloso y fantástico asilo

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Introducción

La obra de Ramos Sucre se inscribe en un lineamiento del acervo cultural que propició el romanticismo y las diversas ramificaciones que tomó el modernismo, además de esto hay que considerar su concreción ecléctica que gracias a su potentado intelectual y vasta erudición le imprimió un sello personalísimo a su poética. Sin embargo, rastreando las prescripciones y preceptos de los movimientos e ideologías que marcaron pauta en su desarrollo poético, podemos observar los rasgos más estentóreos de éstos en la dinámica de la prosa poética de Ramos Sucre.

Por tanto, en el presente trabajo nos damos la incauta tarea de perseguir cuáles son dichos lineamientos en los que se encauza su trabajo, y en la manera de lo posible, ver el correlato existente entre ambos. Así pues, ya que se hace un análisis de las filosofías e ideologías que sustentan el trabajo de nuestro autor, consecuentemente nos hemos detenido en el aspecto de su contenido al cual le hemos dado mayor relevancia. No obstante, comprendiendo que dicho contenido se encuentra enmarcado, por así decirlo, dentro de la forma, o sea, viendo que los recursos literarios y poéticos utilizados por Ramos Sucre sirven de estratagema o incluso de base para su creación, hemos convenido en analizar la forma, siempre persiguiendo ese sentido, para desentrañar en qué medida estos recursos ayudaban a la tensión y psicología subyacente en los escritos de nuestro autor.

Uno de los preceptos, a nuestro modo de ver, que sustentan el trabajo de Ramos Sucre, es el carácter idealista y existencialista de su obra, pues ambas doctrinas subrayan, aunque de un modo distinto, la reflexión en el “Ser”, y es precisamente al “Ser” que va dirigida la obra de este hombre que busca inagotablemente su trascendencia, y es por ello que se vincula a estas ideologías, pues, en un caso porque su anhelo de superación espiritual le lleva, inexorablemente, a la búsqueda de la esencia de su Ser (premisa del existencialismo) que en su creación poética se prefigura como un Yo que asume identidades diversas que se manifiestan en un mundo totalmente propio, un mundo ideal codificado por los símbolos de los arraigos más profundos de su Yo que a su vez se manifiesta como una idea acercándolo así al Idealismo; estos preceptos y fundamentos, Ramos Sucre los abriga con el manto de su magia literaria, de su quehacer poético; siempre con la mirada puesta en aras de la superación de la conciencia, de la evolución espiritual, de la trascendencia donde la poesía es ese bastión que lo ampara y donde puede expresar su anhelo y frustración que implica su condición humana.

Siendo de este modo, hemos partido desde una sentencia de Søren Kierkegaard a la interpretación de dos poemas ubicando los elementos transcendentales que en ellos subyacen, determinando luego o dando respuesta a la propuesta planteada, colocando como en una balanza la actitud de ese Yo lírico ante el objetivo que persigue y que nos deslumbra o entenebrece entretejido con ese halo misterioso, donde el dolor y el padecimiento existencial son el medio catártico para arribar a la luz ansiada por el espíritu en una reminiscencia intuitiva. Así pues, se nos devela el Yo en su agonía, en su angustia y desesperación por la liberación del Ser de este atribulado poeta.

 

Apuntes biográficos

Considerado como uno de los más excelsos poetas venezolanos, nace en Cumaná el 9 de junio de 1890 y muere en Ginebra el 13 de junio de 1930. Hijo de don Jerónimo Ramos Martínez y doña Rita Sucre Mora, sobrina nieta del Gran Mariscal de Ayacucho, aprende sus primeras letras en Cumaná. Más tarde, en Carúpano, bajo la tutela del tío, presbítero doctor José Antonio Ramos Martínez, culto y políglota, se inicia en los estudios del latín. De regreso en Cumaná estudia en el Colegio Nacional de don José Silverio González Varela, donde se gradúa de bachiller, trasladándose luego a Caracas para iniciar en la Universidad Central sus estudios de derecho y literatura y continuar aprendiendo idiomas (griego antiguo y moderno, sánscrito).

En el segundo año de su carrera de leyes, clausurada la universidad, comienza Ramos Sucre a estudiar danés, idioma que domina en sólo cuatro meses; estudia también inglés, francés, alemán e italiano y las asignaturas correspondientes a los diversos años de la carrera, y es así como, en 1916, al establecerse los estudios libres, rinde en sólo tres meses los exámenes correspondientes a los cuatro años de derecho, alcanzando en 1917 el título de doctor en ciencias políticas. Ya graduado, continúa con el estudio del sueco y del holandés (“estudiar para mí es un morbo”, diría en una ocasión a la madre) y trabaja como traductor e intérprete en la Cancillería, en la cual permanece hasta finales de 1929 cuando viaja a Europa, como cónsul en Ginebra, donde muere en 1930. Simultáneamente Ramos Sucre desempeña las cátedras de historia y geografía universales, historia y geografía de Venezuela y de latín y de griego, cátedras que gana brillantemente por concurso; “no hay jurado para él”, comentan los opositores, muchos de los cuales se retiran al saberlo concursante). Sólo temporalmente ejerce la carrera de abogado cuando es nombrado juez accidental de Primera Instancia en lo Civil. Jurisconsulto preclaro y literato de eximia erudición, más partidario de las normas morales que del concepto rígido del derecho, produce una sentencia memorable en el campo del derecho internacional privado, al disolver el vínculo matrimonial de cónyuges extranjeros, apartándose de la clásica obediencia al estatuto personal. “El juez suscrito”, sentenciará, “no puede acatar el estatuto personal extranjero cuando impone sobre la persona humana el yugo de una situación insostenible...”.

La obra literaria de José Antonio Ramos Sucre está condensada en las siguientes publicaciones: Trizas de papel, en 1921; Sobre las huellas de Humboldt, en 1923; La torre de Timón, en 1925; Las formas del fuego y El cielo de esmalte, en 1929.

En 1956 el Ministerio de Educación edita sus obras en la colección Biblioteca Popular Venezolana, pero será hacia los años sesenta cuando llegue el reconocimiento y las nuevas generaciones lo convirtieran en una de sus referencias más válidas. Para Juan Liscano, Ramos Sucre “es un refinado, un aristócrata del lenguaje, un hombre nutrido de una cultura clásica y romántica cuya escritura asume en tono trascendente y suscita sentimientos nobles de desespero, soledad y elevación”. Para Francisco Pérez Perdomo “es el más admirado por las últimas promociones poéticas del país, es el poeta del dolor, un poeta que siente una hipnótica fascinación por lo oscuro y los abismos, un poeta alucinado que sufre en su soledad”. Ángel Rama considera que en el proceso fabulador de Ramos Sucre, “el hijo dilecto de los equívocos”, se establece una suerte de extraña corriente y reciprocidad entre lo real y lo imaginario... y su adjetivación es suntuosa, solemne y muy precisa dentro de la intemporalidad e impersonalidad buscadas en sus textos”.

La obra de Ramos Sucre ha sido publicada por Monte Ávila Editores en 1969 y 1985; por la Dirección de Cultura de la Universidad Central de Venezuela en 1979; por la Biblioteca Ayacucho en 1980. Pero será en 1988 cuando Ramos Sucre llegue finalmente a Madrid. En una edición a cargo de Katyna Henríquez Consalvi, con prólogo de Salvador Garmendia, la prestigiosa Editorial Siruela publica su obra bajo el título de Las formas del fuego, “una de las obras más interesantes que se pueden encontrar en las letras hispanoamericanas del siglo”, según comentario de José García Nieto de la Real Academia Española; en el suplemento de libros de El País, de Madrid, Almudena Guzmán, crítica española, considera que Ramos Sucre es poseedor de “una prosa poética impecable, ejemplo de musicalidad y elegancia, llena de construcciones tan insólitamente bellas”... Después de la edición en España, donde impactó ese perfecto dominio del lenguaje y su mundo melancólico y desolado, su obra es traducida al portugués por el reconocido hispanista José Bento, y publicada en 1992 bajo el título As formas do fogo, con prólogo de Eugenio Montejo.

En 1999, el Fondo de Cultura Económica de México publica el libro Obra poética, con prólogo de Guillermo Sucre y compilación de Katyna Henríquez Consalvi. La colección Archivo de la Unesco prepara actualmente la edición de su obra completa.

En homenaje a su memoria la Universidad de Salamanca creó la Cátedra de Literatura Venezolana José Antonio Ramos Sucre.

Ramos Sucre, superficialmente juzgado por los críticos de su época, estaba consciente de la trascendencia de su obra poética, y el reconocimiento actual viene a confirmar la certeza de su pensamiento, cuando en carta a su hermano Lorenzo, el 25 de octubre de 1929, afirma: “Creo en la potencia de mi facultad lírica. Sé muy bien que he creado una obra inmortal y que siquiera el triste consuelo de la gloria me recompensará de tantos dolores”. Y así, Ramos Sucre ya no podrá, como escribiera en su poema “El maldito”, escapar de los hombres hasta después de muerto.

Isabel Cecilia Ramos González1

 

Fuentes y antecedentes literarios

Merced a este propósito se debe tomar en cuenta primero el vasto caudal de conocimientos que adquirió Ramos Sucre casi durante toda su vida, pues fue un investigador inagotable, y los comienzos de ese espíritu de investigación lo heredó, a muy temprana edad, de su tío: un clérigo que investía un puesto de vicario en Cumaná y quien le impartió al joven José Antonio clases de latín y lo adentró en todo el mundo de la tradición clásica, elementos que luego serían una constante en su obra, además el joven continuó por su propia cuenta el curso de una larga peregrinación por el mundo del saber, llegando a acumular una sabiduría extraordinaria. Así, pues, toda esa sabiduría que llegaba, incluso, a ser abrumadora, se ve reflejada en sus escritos, los cuales eran cincelados y pulidos como por el más riguroso de los orfebres, de modo que se hallan referencias a todas las culturas humanas, cuestión que lo distingue como ese ciudadano del mundo tan en boga por sus contemporáneos y que sustentaba, de algún modo, el verdadero espíritu de pluralidad que se desarrolla en la persona de Ramos Sucre; hacemos énfasis en esto ya que algunos de sus críticos lo han señalado como un poeta aislado e indiferente al nacionalismo en cuanto a lo literario se refiere. Sin embargo, ambos señalamientos no son del todo ciertos, pues quizá pueda decirse que lo que diferenciaba a nuestro poeta con el resto de su generación, es decir, aquella caterva de poetas que nacieron a principios del siglo XX, es aquella manifiesta incompatibilidad entre su mundo y aquel que le tocó vivir.

Pero de ninguna manera puede considerársele un caso aislado y hasta “insólito” dentro de la producción poética nacional, puesto que las raíces poéticas de Ramos Sucre ciertamente provenían de un arraigo de nuestra poesía, y las secuelas expresivas de ésta se pueden incluso rastrear en su obra. Precisamente de esa incompatibilidad entre su realidad es de donde provienen las diferencias que puedan marcarse; así, pues, podríamos señalar o dividir a aquellos poetas de su grupo generacional de los cuales Ramos Sucre difiere y aquellos en que converge. Entre los primeros, sólo por nombrar algunos, encontramos a Andrés Eloy Blanco, Fernando Paz Castillo, Enrique Planchart, Enrique Soublette, Sergio Medina, José Tadeo Arreaza Calatrava y algunos otros que representan la palestra principal de aquella generación; y entre los segundos, Jacinto Gutiérrez Coll, Juan Miguel Alarcón, Luis Enrique Mármol y Cruz María Salmerón Acosta, quienes asumen una voz poética que se acerca, por su contenido, a la de nuestro poeta. Además los poetas parnasianos inscritos en esa generación, fuera del sentido que adquirieron posteriormente éstos, donde se les acusa de prestar más atención a la forma que al contenido, se asimilan mucho, precisamente en cuanto a contenido, a Ramos Sucre. Aunque bien es cierto que el estigma más marcado y de mayor protuberancia en su obra es todo lo adjunto al romanticismo y modernismo, hay que hacer la acotación de que toma su asidero desde cualquier identidad que estas corrientes adquirieran, y no solamente de aquel talante europeo que se le adjudica; recuérdese que uno de los máximos exponentes del modernismo se dio en esta parte del mundo: Rubén Darío, y aunado a él tantos cientos de poetas que siguieron estos mismos adoctrinamientos y escuelas generadas de aquellos movimientos, que incluso hoy en día no pueden considerarse extintos ya que muchas voces poéticas actuales le deben muchísimo a estos propulsores de una nueva visión y lucha en los valores humanos que han tenido voz a través de la elevada sublimidad de las musas inmortales.

Por otro lado, en cuanto al otro señalamiento que se le hace a Ramos Sucre de ser indiferente al nacionalismo, además de estar muy alejado de la verdad, ciertamente no se le puede calificar menos que infundamentado, puesto que en toda su obra, aparte de lo que ya mencionamos acerca de la voz poética, siempre hay referentes inmediatos a su identidad nacionalista, sólo basta mencionar escritos tales como “Tiempos heroicos”, “A propósito de Boyacá”, “Alabanza a Bermúdez”, “Sobre las huellas de Humboldt”, “Laude”, “Epicedio”, etc., para refutar tales acusaciones que no podrían imputarse a tan insigne venezolano como lo fue Ramos Sucre, quien en su adolorida correspondencia, aquejada por la inestabilidad de su salud, desde aquella vieja y culta Europa no dejaba de imprimir ese tilde nostálgico por su país.

Una vez hecha esta oportuna enmienda, prosigamos ubicando los contactos que la escritura de Ramos Sucre mantiene con las diferentes ideologías y movimientos literarios que de una manera u otra subyacen en su poética.

Como ya habíamos comentado, una de las corrientes más acuciantes en la obra de nuestro autor resulta ser el Romanticismo alemán y francés, además el precedente inmediato de éste, el Sturm und Drang, movimiento al que Ramos Sucre dedicó una apología, los cuales se fundamentaban, en lo demandante, ante los criterios estéticos del clasicismo, así como las ideologías del racionalismo y la ilustración, pues los principales expositores del movimiento, August Wilhelm y Friedrich Schlegel, Novalis, A. Müller, Wilhelm Grimm, etc., valoran menos la razón que el sentimiento, ponen énfasis en lo irracional, lo vital, lo particular e individual, por encima de lo abstracto y general, en el arte, la literatura, la historia y la filosofía, y buscan sus modelos de vida y pensamiento en la Edad Media y la cultura popular.

Por otro lado, del romanticismo surge una nueva concepción de la naturaleza, concebida como un organismo en devenir, y un renovado interés por la religión y por formas de misticismo naturalista, donde se mezcla Dios y naturaleza, muy en consonancia con una de las características románticas más propias, el Sehnsucht o “anhelo” de lo indefinido, lo infinito, o lo absoluto, lo que supone un acercamiento o vuelta hacia la religión en todas sus manifestaciones.

En Ramos Sucre vemos todos estos elementos cuando analizamos el contenido esencial de su obra, así observamos aquellos mundos de ensueño, inconexos de una realidad tangible donde la irracionalidad se halla subrepticiamente anclada al mundo onírico, y es que precisamente la concepción de Novalis en cuanto al relato poético, o como últimamente se le ha denominado, “prosa poética”, está caracterizada por ese mundo de los sueños, es decir, el relato se lleva sin una coherencia aparente, el encadenamiento de las acciones sucede más bien por asociaciones que por la relación causa-consecuencia donde prevalecen los hechos maravillosos pero sin significaciones precisas, el hilo del tiempo es inexistente y fragmentario, además ha de estar impregnado de un aire profético; así, pues, se prefigura el estado en que, algún día, se hallará nuestra conciencia profunda y el mundo revele su misterio; asimismo, debe tener la facultad de liberar al hombre de la presencia y existencia de un mundo alienante y lo retorne a la prístina naturaleza, es decir, evocando aquella edad de la inocencia de los tiempos inmemorables y difuminados en nuestro subconsciente, herencia ancestral de nuestra humanidad de un otrora que estrechaba las manos con la divinidad.

Esta concepción novaliana del relato se adapta completamente a la poesía de Ramos Sucre, el cual entreteje en su prosa elementos míticos y mágico-religiosos, donde los tiempos históricos se entremezclan, pues van de un pasado arcaico a las luchas y fragores del Medioevo, hasta la edad del progreso “cuyo horror aumenta la industria con el negro aliento de sus fauces”. Hace, pues, un calidoscopio de imágenes latentes en un tiempo indefinido, y éste es precisamente la forma en que se presenta el tiempo en los sueños. Aunque hay que señalar que no solamente los relatos se desarrollan dentro de ese margen onírico, sino que tienen la capacidad de vacilar alternativamente entre el mito y la realidad; es, pues, como señala Ilis M. Alfonzo en La búsqueda secreta de José Antonio Ramos Sucre:

“El estudio atento de la poesía de Ramos Sucre ratifica que historia y mito no son realidades separadas de un modo tajante sino que las mismas están hondamente entrelazadas en la mente”.2

Por citar otro ejemplo, vemos en Gérard de Nerval, poeta preferido por Ramos Sucre, estas mismas codificaciones entre sueño y realidad. Así comienza Nerval su obra más representativa, Aurelia.

“El sueño es otra forma de vida. No podría traspasar, sin estremecerme, esas puertas de nácar o marfil que nos separan de ese mundo invisible. Desde los primeros instantes en que el sueño nos domina, realmente es la sombra de la muerte quien se apodera de nosotros, un velado ensueño arrebata nuestro pensamiento y ya no podemos determinar el instante preciso donde el yo, bajo otra forma, continúa la obra de la existencia”.3

Claro está, en el caso de Ramos Sucre no se trata de narraciones oníricas en sí, sino que sus narraciones se comprometen con el mundo onírico, es decir, estructura el relato de forma tal que toman las características del sueño y esto lo logra a través de diversos recursos sintácticos y retóricos, los cuales analizaremos más adelante; pero por ahora enfoquémonos en este rasgo característico que encontraremos frecuentemente en todos aquellos movimientos antagónicos, entre los cuales el romanticismo y las diversas formas de modernismo tienen el abanderado, que marcaron la pauta entre los siglos XIX y XX.

Así, pues, si observamos el poema titulado precisamente “Sueño”, nos daremos cuenta de la afinidad que tiene con el principio de la narración de Nerval donde el sueño es el principal protagonista:

“Mi vida había cesado en la morada sin luz, un retiro desierto, al cabo de los suburbios. El esplendor débil, polvoso, de las estrellas, más subidas que antes, abocetaba apenas el contorno de la ciudad, sumida en una sombra de tinte horrendo. Yo había muerto al mediar la noche, en trance repentino, a la hora misma designada en el presagio. Viajaba después en dirección ineluctable, entre figuras tenues, abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los rumores lejanos de la tierra. Llegaba a una costa silenciosa, bruscamente, sin darme cuenta del tiempo veloz (...)”.

Como se ve está presente en ambos poetas el rasgo predominante de la muerte y consecuentemente la idea ancestral de la continuación de otra existencia después de ésta; idea que retomaron los románticos siguiendo el caudal místico de antiguas culturas como la egipcia y por supuesto la griega, sobre todo con Platón, quien la determina en su teoría de la metempsicosis o trasmigración de las almas, y que se ve estrechamente relacionada con la palingenesia “παλινγγενεσία”, y en cuanto a la relación existente entre sueño y muerte que en ambos se refleja, aunque de forma distinta, pues mientras que Nerval parte del sueño Ramos Sucre parte de la muerte;4 sin embargo, lo que los unifica es el sentido del “trance” el “arrebato de nuestro pensamiento” que es el estado que ciertamente acerca el sueño a la muerte, sintagma ya cristalizado en la antigüedad con el apotegma que hermana el uno a la otra: “ό ΰπνος θάνατου άδελφός έστί”;5 es, pues, la discontinuidad de la existencia real y empírica para dar paso a una realidad otra que ineludiblemente reposa sobre un velo de misticismo y encanto, que sólo a través del arte y la poesía pueden “traspasarse esas puertas de nácar o marfil que nos separan de ese mundo invisible” y “quedar “abandonado a las ondulaciones de un aire gozoso, indiferente a los rumores de la tierra”, lo que ratifica el tránsito hacia un mundo desconocido y por ende misterioso y fascinante que permite el escape de una realidad opresora y desconcertante hacia otra quizás prometedora y donde se resguardan todas las esperanzas de los atribulados.

Así, pues, se desprende de todo esto el hecho de que el lenguaje poético es por excelencia el lenguaje que es capaz de acercarnos a ese mundo místico y maravilloso de los sueños; en este respecto hay opiniones que centran la creación poética en una aptitud del poeta para la meditación autoinducida que le permite entrar en un estado de trance sensorial de características casi mediúmnicas, ciertamente fundamentadas también en las teorías de las ideas de Platón, y que lo asimilan a esa idea de la muerte y el sueño.

Pero sea como sea que se lleve a cabo el trabajo poético, éste siempre comprenderá el lenguaje simbólico; es decir, debe valerse de símbolos para expresarse. Así tenemos que el símbolo representa para algunos un intento de definición de toda la realidad abstracta, sentimiento o idea, invisible a los sentidos, bajo la forma de imágenes y objetos”;6 otros lo ven como “un agente de comunicación con el misterio”,7 “una representación que hace aparecer un sentido secreto; es la epifanía de un misterio”,8 y es que si nos atenemos a las diversas concepciones del símbolo, en todas ellas vemos que su rasgo preeminente es la facultad de síntesis que aportan al mundo del subconsciente y en consiguiente a los arcanos del alma humana.

Sin embargo hay opiniones más complejas, como las del investigador de mitos y religiones Mircea Eliade, el cual considera que el fundamental es el símbolo del centro del mundo; símbolos que permiten distinguir el tiempo sagrado del profano; símbolos de la naturaleza y su relación con el ser humano que establecen una relación entre el macrocosmos y el microcosmos. De esta manera, concibe el símbolo como un instrumento de conocimiento que forma parte de una esfera prelingüística: precede al lenguaje y a la razón discursiva.

Los símbolos, según Eliade, constituyen aperturas hacia un mundo transhistórico:

“imágenes, símbolos y mitos no son creaciones irresponsables de la psique, sino que responden a una necesidad: dejar al desnudo las modalidades más secretas del ser. (...) Si el espíritu se vale de las imágenes para aprehender la realidad última de las cosas es, precisamente, porque esta realidad se manifiesta de un modo contradictorio y, por consiguiente, no puede expresarse en conceptos”.9

Así se reafirma lo que ya habíamos mencionado acerca de la ruptura del tiempo-espacio a través de los escritos de Ramos Sucre, característica que adquiere, desde las propuestas de los Simbolistas, quienes en su estética ofrecen una curiosa asociación de lo antiguo y lo moderno, así como también la relación entre elementos opuestos como son las concepciones de lo sagrado y lo profano, de la belleza y la bondad con su contrario y el mal. Y es que ciertamente el movimiento simbolista francés, y en mayor grado los movimientos contiguos a éste, como el prerrafaelismo y los pintores nazarenos ingleses, tienen como premisa rescatar los valores del medioevo, aunque como lo expresa Rama “subrayando solamente los valores arquetípicos de medievalismo con mayor sagacidad, desviándose del mero color local”;10 fueron ellos quienes resucitaron la alegoría, la cual está sustentada sobre una base intelectual-sensorial que coloca al hombre ante sus dos naturalezas o, dicho con otras palabras, el pensamiento racional y la sensibilidad e intuición. Y en el caso de Ramos Sucre ambas facetas se hallan presentes; a este respecto Ángel Rama escribe:

“El componente intelectual de su personalidad se registrará de modo notorio en su creación artística: ésta no quedará situada exclusivamente en el plano sensorial, o en el registro de ritmos y músicas o en la connotación de las vivencias individuales, sino que imbricará también significados generales y procurará traducir un complejo intelectual de validez universal. Más aun: la percepción de que el comportamiento artístico es dual, tanto sensorial como intelectual, será una de las claves de su meditación sobre el arte y un sostén de su poética”.11

En cuanto a la relación que coloca Mircea Eliade entre el ser humano visto como microcosmos y su correspondencia con el macrocosmos, se halla en abundantes textos de todas las épocas y de culturas diversas. Así, aparece en los albores de la filosofía presocrática, pero también en textos de la filosofía hindú, de la filosofía china, en el Avesta y en los Upanishads. Por otro lado, durante el Renacimiento, y en el contexto de un resurgir de las concepciones organicistas y mágicas, fue defendida, entre otros, por Nicolás de Cusa, Tomás Campanella, Pico della Mirandola, Giordano Bruno y Paracelso. Dichos autores, como, por otra parte, los gnósticos, los seguidores de la cábala y todos los astrólogos, supusieron la existencia de complejas relaciones de correspondencia entre los astros y determinadas partes del cuerpo humano. Estas tesis estuvieron también presentes entre muchos artistas renacentistas que veían en el número áureo una manifestación de esta relación. No obstante, el triunfo de la revolución científica y la nueva mecánica afianzaron el paradigma mecanicista que sustituyó el anterior modelo organicista, que estaba en las bases de las creencias en la correspondencia entre el macrocosmos y el microcosmos.

Pero, a su vez, la crisis del mecanicismo y su crítica por parte del romanticismo reavivaron aquella antigua creencia que de nuevo encontramos en autores como Novalis y Schelling; asimismo, se aviva y se abre camino hacia una nueva espiritualidad basada en estas ideas; las cuales, conformándolas todas, se podría sintetizar como pensamiento analógico, teniéndose como tal el carácter distintivo de una edad dorada de la humanidad en la que el hombre aún no distinguía entre el mundo exterior y el mundo interior y el cual es sustento indudable del sistema poético de Ramos Sucre, que como hombre culto que era, acumuló todos aquellos focos de pensamiento y los fermentó (así como lo hicieran el romanticismo y las corrientes del mismo lineamiento) en su vasta erudición, dando lugar a todo un sistema de convicciones que constituirían su espíritu poético.

Para Ricoeur, los símbolos son el “indicio de la situación humana en el corazón del ser, por ello tienen valor ontológico”12 y manifiestan una doble dependencia: dependen del inconsciente y, a la vez, de lo sagrado. Pero, cada símbolo sagrado es un símbolo pueril o arcaico que está en la base de una estructura profunda que nos relaciona con lo real, y de este orden simbólico surge el lenguaje. Por ello, no todo el lenguaje es de tipo conceptual sino que a su lado se encuentra el lenguaje simbólico, que es requisito innegable del lenguaje poético y del arte en general. Asimismo, para Ernst Cassirer, que concibe al hombre como “animal simbólico”,13 el mundo no es sustancia, sino forma simbólica, y el símbolo permite abarcar la totalidad de los fenómenos en los que algo sensible se presenta como manifestación de sentido; es decir, es capaz de traducir todos los paradigmas de nuestro mundo interior al mundo exterior, lo que equivale decir el símbolo al servicio del mundo real, del mundo tangible; esto lo reafirma Michael Gibson cuando se pregunta:

“Uno puede preguntarse a qué se opone el símbolo, que es el núcleo mismo del Simbolismo. Para eso tenemos una respuesta: a lo ‘real’, determinado y delimitado por la época, a lo dado, a lo profano. En efecto, todo símbolo se refiere a una mera realidad. Si designa en las matemáticas una cantidad desconocida, podría decirse que en religión, en poesía o en arte aporta una cualidad desconocida susceptible de volverse tangible —un valor codiciado”.14

“Aprender y escribir en un idioma es meter el universo en ese idioma”, ha escrito Ramos Sucre en Los aires del presagio; así, pues, la estética ramosucreana necesariamente comprende la naturaleza hermética y sincrética del símbolo, siendo pues el exponente principal del contenido de su poética se puede decir que el símbolo, en Ramos Sucre, se da como la expresión del universo de su vida de atribulado por la verdad, transformada en ensueño poético signado por la agonía de existir en un mundo lacerante pero, a su vez, por la esperanza de la superación espiritual.

Otra de las ideologías influyentes, o por lo menos en consonancia con la poética de nuestro autor, es el idealismo alemán que fue concebido y desarrollado de un modo progresivo por Fichte, Schelling y Hegel; que ciertamente vienen a ser el término final a donde van a parar aquellas identidades y mezclas entre naturaleza, divinidad y absoluto, que promulga el romanticismo, y donde la naturaleza es creadora y el absoluto se halla en devenir. Por otro lado, siguiendo este mismo discurso de la idea del romanticismo, el manifiesto expresa el deseo de hallar un sistema de pensar que elimine la distinción entre sujeto y objeto, y entre yo y mundo, distinción que se vive como una contradicción. Esto último viene estrechamente vinculado con la concepción macrocosmos-microcosmos, donde dislocar la contradicción significa la homologación entre los sujetos; así, pues, el hombre se asimila a Dios. Los poemas de Ramos Sucre, al tener como norte, aunque de forma emblemática y dentro de un hermetismo velado por la sagacidad literaria, la superación de la conciencia y nutrir las fuentes de la espiritualidad, claro está siempre por la vía del sufrimiento y la abnegación de la voluntad, buscan precisamente la sincronización y correspondencias entre las oposiciones: objeto-sujeto, yo-mundo, microcosmos-macrocosmos, y es de allí que parte su creatividad poética hacia esos mundos indefinidos e independientes, fabulosos y maravillosos, míticos y religiosos enmarcados en los más variados espacios y tiempos, como también la apertura al diálogo entre los opuestos o matrimonium opositorum que se halla en su decadentismo y su iluminación; así vemos a diversos personajes envestidos en los diferentes símbolos que conforman el elenco que coprotagonizará la narración con el protagonista principal que no es otro que el Yo en diálogo con sus diferentes aspectos o con los elementos que lo afectan, comprendiendo de este modo un mundo aparte, rayano en el solipsismo, donde no existe nada más que el yo, o uno mismo y sus ideas. Así, pues, en este orden de ideas, se llega al postulado del existencialismo, el cual entiende por existencia no la mera actualidad de unas cosas o el simple hecho de existir, sino aquello que constituye la esencia misma del hombre.

Su principal exponente fue Søren Kierkegaard, quien señala el momento de la rebelión contra el idealismo de Hegel y su espíritu de sistema, frente al cual esgrime el valor del pensamiento subjetivo y del “singular”. Además no son puntos de referencia existencialista menores su sentido de la angustia y de la soledad humanas, pues para el existencialismo el hombre Dasein, “ser ahí”, Existenz, “ser para sí”, es el único que propiamente existe, o el único cuya esencia consiste en preguntarse por su existencia y ésta no es algo dado y acabado, sino sólo proyecto, o posibilidad que se cumple a lo largo del tiempo, no sin la angustia que proviene del desamparo en el que se siente el hombre para lograr hacerlo y donde la temporalidad y la historicidad son esa misma existencia.

A través de la obra de Ramos Sucre no encontramos otro anhelo que ese: el de encontrar el diapasón de su propio existir simbolizándolo, sincretizando sus vivencias en su poética, tratando así de alcanzar el objetivo de la superación, tomando ésta el carácter de una verdadera guía del subconsciente para la liberación, como libro de la vida donde se escribe con la tinta amarga del propio existir el desencanto de un mundo que “lastima cruelmente los sentidos” y del cual es necesario abrigarse y determinar siempre la búsqueda de un maravilloso asilo.

 

“Obra completa” de José Antonio Ramos Sucre en la Biblioteca AyacuchoRamos Sucre y la angustia del yo

El mundo es “voluntad y representación” según Schopenhauer,15 y la voluntad vista desde una perspectiva filosófica, nos lleva por un hilo conductor hacia el tuétano del “Ser”, es decir, va vinculada intrínsecamente al “Yo”; puesto que el “Yo” viene dado en todos los actos intelectuales del hombre como punto unitario de referencia; o como sustentador y fuente activa de los mismos. Ciertamente, se revela primeramente en la implícita conciencia de sí mismo, o lo que comúnmente llamamos “autoconciencia”, la cual acompaña a todos los actos dirigidos a otros objetos, o sea, es inherente a la mirada de nuestro espíritu proyectada hacia lo exterior a nosotros; para decirlo con otras palabras, el espíritu nunca se pierde enteramente en los objetos del mundo externo, sino que, por decirlo de algún modo, se funde con ellos, los interioriza al recogerlos hacia las profundidades del propio “Yo”. Así pues, el acto volitivo dependerá siempre del estado del “Yo”, esto concibiéndolo como estado anímico, y este estado anímico estará circunscrito al mundo externo y a las circunstancias que atañen a nuestra vida.

Ahora bien, la capacidad humana de aprehensión de los fenómenos, y con esto queremos abarcar al universo fenomenológico que circunda la humanidad tanto físicos, que son los más comunes y aceptados, como a los fenómenos tácitos que subyacen en la psiquis colectiva o individual, no sólo se suscitan en lo que podríamos llamar naturaleza física de lo empírico, “φύσις”, de lo sustancial, de lo material; en fin, de lo tangible, sino que éstos también se suscitan en nuestra interioridad, o mejor será preferible decir que surgen, brotan, emergen o aparecen en nuestra interioridad, pues etimológicamente corresponde a estos mismos términos. Sin embargo, para que tal proceso se produzca debe haber siempre un detonante que lo suscite, y de modo irremisible el Yo se encontrará condicionado en su actuación según sean éstos; así, pues, la escala valorativa del hombre se ve afectada por una ráfaga de configuraciones externas e internas que acusan a su voluntad y que ésta profiere como un eco en la conciencia y ésta a su vez en la conducta.

Cuando tales configuraciones son externas, los fenómenos se suscitan en nuestra conciencia trastocando nuestra voluntad hacia la remodelación de rasgos externos, o por lo menos es lo que cabría esperarse; no obstante todo depende de la perceptibilidad y capacidad de aprehensión por parte del individuo para que estos fenómenos externos susciten un cambio interno, y esta capacidad estriba en la facultad de concebir los hechos externos como aleccionadores para la experiencia interna, para la fortificación del espíritu y la elevación de la conciencia, y una de las vías de la aprehensión “centrípeta” no es otra que convertir la vivencia empírica en símbolos, que son por excelencia el lenguaje de nuestra psiquis profunda y profusa en su universo misterioso.

Ahora bien, el hombre en su concepción de “Ser”, más allá del mero existir (aunque en realidad estos términos son indivisibles), concibe, o es capaz de concebir, el mundo que le proyecta su propia interioridad; sin embargo, a esta afirmación cabría hacer la pregunta: ¿quién sujeta el “proyector” de ese mundo intrínseco? Intuitivamente todos evocamos la misma respuesta a tal interrogante: ¡la conciencia! La cual percibimos como nuestro guía en los actos volitivos tanto internos como externos; es, pues, lo que de ordinario denominamos “la voz de la conciencia” lo cual podría traducirse perfectamente como “voz interior”, “espíritu” y enconsecuencia “λόγος”, “πνεΰμα”, que son términos que determinan el principio rector de la vida y la creación y que corresponden a la síntesis del “Yo” en su estrato superior e impoluto, en contraposición al “Yo” distorsionado y corrompido, al Yo teatral del día a día, lo que el psicoanálisis vino a denominar como el ego, “έγώ”. Así, pues, según todo esto, hay diferentes estadios y relaciones que revelan nuestra concepción de sí mismos, además la confrontación con nuestros “mundos” circundantes, es decir, el mundo externo e interno, o lo que vendría siendo igual el mundo de la lógica y la razón y el mundo de los afectos y la intuición; algo de esto se subraya en el siguiente pensamiento del danés Søren Kierkegaard en su Tratado de la desesperación:

“El hombre es espíritu. Pero, ¿qué es el espíritu? Es el Yo. Pero entonces, ¿qué es el Yo? El yo es una relación que se refiere a sí misma o, dicho de otro modo, es en la relación la orientación interna de esa relación de dos términos. Desde ese punto de vista el Yo todavía no existe”.16

Puede deducirse que esa relación viene expresada como ese monólogo interior que preconiza las acciones humanas y, claro está, como es de suponer, en toda relación existen conflictos y diferencias, que en este caso se ven traducidas como conflictos internos o desavenencias consigo mismo; de este precepto surgen, pues, las bases para la clasificación de la desesperación o tipos de desesperados que señala en su tratado Kierkegaard:

“Enfermedad del espíritu, del Yo, la desesperación puede adquirir de este modo tres figuras: el desesperado inconsciente de tener un Yo (lo que no es verdadera desesperación), el desesperado que no quiere ser él mismo, y aquel que quiere serlo”.

Llama la atención que el citado autor ramifique los tipos de desesperación dependiendo de la condición del espíritu al cual denota bajo un padecimiento, producto, sin duda, de los diversos elementos que lo conmueven y que hemos venido abordando someramente en las líneas anteriores; es, pues, la angustia del espíritu la condenación del Yo, el cual reaccionará hacia diversas posturas del Ser y por ende de la conducta del individuo.

Ahora bien, en qué grado de desesperación se podría ubicar a nuestro poeta, aquel hombre atribulado por el abrumador peso de la vida, “impertinente amada que me cuenta amarguras”, como él mismo decía; acaso se trataba de un espíritu lúcido capaz de ver más allá del velo aparente de la realidad y que rehuía de la incandescente luz que refulgía en los arcanos tesoros de la vida interior y el cual temía descubrir por temor a no soportar tales fulgores, así como en la mítica leyenda de Semele que por el ardid de la celosa Juno, la hermosa mortal a quien Júpiter había consagrado su amor prometiéndole el cumplimiento de cualquier deseo que requiriese, pidió al rey de los dioses que se mostrase en toda su gloria y esplendor, el cual éste no pudo negarle, y los relámpagos del dios amado terminaron fulminándola; o más bien se trataba de un hombre que iba en pos de la búsqueda de su propio Yo superior consciente que para ser coronado con los laureles del esplendor de la conciencia, del apoteosis del espíritu, de la deificación humana, debía primero padecer bajo “una corona de martirio” asimilándose así más bien al mítico héroe que debió afrontar afanosos trabajos para conquistar un puesto en el radiante Olimpo.

Sería muy aventurado establecer de momento cualquiera de estos dos grados de desesperación del yo en la humanidad de Ramos Sucre; es, pues, tarea que iremos realizando desentrañándolo del legado de su espíritu que no es otro que su obra imperecedera. No obstante, lo que sí podemos afirmar con propiedad es que aquel hombre no pertenecía a aquellos que sólo tienen por norma las riquezas y los placeres mundanos encauzados por la sentencia “Vanitas vanitatum, et omnia vanitas”, aquellos, pues, cortos de espíritu y despreocupados de la angustia del Ser oculto, el cual se hace imperceptible para éstos.

Ciertamente el sentido de trascendencia en los escritos de Ramos Sucre está inmerso en la profundidad de un océano de símbolos, y en la mar serena o tempestuosa de su superficie navegan los barcos de su imaginación hacia horizontes desdibujados por la niebla del ensueño; navío que parte de puertos seculares donde rústicos marineros, viejos lobos de mar, se embriagan con las meretrices en los antros negros de la vacuidad de la vida.

Así, pues, es necesario analizar sus poemas a la manera de los alquimistas, dándoles una lectura atenta, con ojos suspicaces, para así develar el aparente velo de superficialidad libresca y literaria de modo que se logre conseguir su “piedra filosofal”; es decir, su sentido profundo y trascendental, siendo este un sentido oculto para los ojos del profano puesto que sólo puede considerarse como un anhelo hacia la espiritualidad superior; es, pues, un viaje interior hacia las cumbres de la perfección correspondida con la divinidad, es decir, el hombre análogo a Dios; en fin, la correspondencia entre macrocosmos y microcosmos, así como todos los lineamientos ideológicos que esbozamos en sus antecedentes.

Pasemos, pues, a tomar como ejemplo el poema “El fugitivo”, que si bien no es el único donde se puede captar este sentido alquímico de su obra, es uno de los más significativos.

El fugitivo

Huía ansiosamente, con pies doloridos, por el descampado. La nevisca mojaba el suelo negro.

Esperaba salvarme en el bosque de los abedules, incursados por la borrasca.

Pude esconderme en el antro causado por el desarraigo de un árbol. Compuse las raíces manifiestas para defenderme del oso pardo, y despedí los murciélagos a palmadas.

Estaba atolondrado por el golpe recibido en la cabeza. Padecía alucinaciones y pesadillas en el escondite. Entendí escaparlas corriendo más lejos.

Atravesé el lodazal cubierto de juncos largos, amplectivos, y salí a un segundo desierto. Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado.

Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío. Entreveía los mandaderos de mis verdugos metódicos. Me seguían a caballo, socorridos de perros negros, de ojos de fuego y ladrido feroz. Los jinetes ostentaban, de penacho, el hopo de una ardita.

Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo, y corrí a agazaparme a los pies de mi dios. Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura.

La torre de Timón

El poema comienza desde su título a señalar su sentido trascendental, pues se trata de un hombre que se pone en condición de fugitivo, lo que da a entender un escape desesperado de un ambiente opresor que no es otro que el mundo materialista y desenfrenado.

El fugitivo va con los pies adoloridos y por un terreno descampado, es decir, cansado de recorrer por las diferentes vías y medios que suponen la trascendencia y a merced de los errores que puedan tener, que es lo que viene a significar el terreno descampado y la “nevisca que mojaba el suelo negro”. Luego prosigue con una decepción producida, obviamente, por la escasez de respuestas espirituales que (en nuestro caso) se encuentran en la religión tradicional simbolizada por el “bosque de abedules” que se ven “incursados por la borrasca”, o sea, las discrepancias, oprobios y calamidades que recaen sobre ésta. Finalmente el fugitivo resuelve ocultarse en “un antro causado por el desarraigo de un árbol” que no es otro que el antro de su propia interioridad donde el árbol representa “la vida del cosmos”17 o su “naturaleza humana”18 donde, haciendo uso de la templanza manifiesta por la conciencia, se defiende de los impulsos instintivos que son el “aspecto peligroso del inconsciente” representados por el simbolismo del oso, “atributo de hombre cruel y primitivo”19 y espanta las dubitaciones que es lo que corresponde al murciélago.

El siguiente párrafo manifiesta la confusión y aturdimiento que produce acercarse a la “verdad reveladora”, es decir, a la convicción interna de la supremacía de la “voz de la conciencia” que deslumbra las verdades del Ser, las cuales, debido a su profundidad, pueden ocasionar alucinaciones y pesadillas que no tienen otra connotación que las luchas internas entre el Ser superior e inferior y la forma de superar tales tiranteces, no es otra que ser firmes en el camino de la superación y escaparse más lejos.

“Atravesar el lodazal” representa la superación del ego y todas las cosas que a él van vinculadas como las bajas pasiones, la gula, la envidia, la pedantería, la vanidad, la cólera, la soberbia, la avaricia; en fin, todos los vicios humanos. Después de la superación del ego, el iniciado se enfrenta “a un segundo desierto”,20 el cual representa el terreno de la espiritualidad y todo lo que implica mantenerse en ese estado de beatitud, que se confirma con las líneas siguientes: “Me abstenía de encender fogata por miedo a ser alcanzado” y “Me acostaba a la intemperie, entumecido por el frío”; el primero se refiere a la actitud modesta que debe adoptar quien ha arribado a ese punto cuidándose de no “ser alcanzado” por los hostigamientos del ego; en cuanto al segundo párrafo el sentido es claro: las diversas pruebas y trabajos que debe soportar el iniciado para mantener la templanza y su condición de santidad. “Los verdugos metódicos” vienen a simbolizar todas aquellas personas de malas influencias que, con diferentes ardides, arrastran al camino del vicio y la corrupción, los cuales están alentados por un espíritu maligno simbolizado por los “perros negros” y “sus ojos de fuego y ladrido feroz” representan, por un lado, la destrucción de la espiritualidad cognado con el simbolismo del ojo y el fuego y, por otro lado, el peligro y la asechanza, los instintos y los placeres mundanos.21

“Los jinetes” aluden a los “mandaderos de los verdugos metódicos” que ya mencionamos; pero se menciona un particular bastante interesante: la contraposición de dos símbolos encontrados, “el penacho”, que en correspondencia con el símbolo de la corona, la cual según Cirlot toma su sentido esencial de la cabeza vista como emblema y conlleva la idea de la superación puesto que ésta está más arriba de la cabeza, en el “plano celeste”, y en un sentido más amplio el logro de una empresa;22 y “el hopo de una ardita” que Ramos Sucre le imprime un toque de ironía al coronarlos con un gorro hecho de un material tan burdo y que alude, como símbolo, “a conceptos infantiles subconscientes relacionados con el cumplimiento del deber desde una perspectiva de inseguridad”23 lo que equivale a la insensatez, a la negligencia y por ende el fracaso en la senda espiritual, quedando así por completo eliminada la marca positiva que entraña el símbolo anterior.

Luego, finalmente, se sigue el campo semántico de la coronación, es decir, el triunfo pero esta vez del penitente que ya superando todos los obstáculos puede percibir su puerto seguro hacia el refugio de la interioridad desarrollada por el espíritu; es decir, surge ese dios interior de la iluminación de la conciencia, el esplendor del Yo: “Divisé, al pisar la frontera, la lumbre del asilo”, “corrí a agazaparme a los pies de mi dios”; hasta llegar al estado supremo o trascendencia total hacia lo superior, que te coloca en un plano análogo a la divinidad, lo que en las culturas orientales representa el nirvana o evanescencia de los sentidos en el corazón del mundo: “Su imagen sedente escucha con los ojos bajos y sonríe con dulzura”. Que se traduce en la subordinación del ego, el “Yo inferior” a la conciencia superior y la correspondencia o complacencia con la divinidad.

Así, pues, de esta interpretación se desprenden factores que dan a entender una susceptibilidad de parte del protagonista, que no es otro que el eco de la psiquis profunda del autor, una búsqueda hacia la elevación y por tanto hacia un refugio del Ser de las amenazas y peligros que lo circundan, así viene a confirmar la segunda tesis que proponíamos, es decir, Ramos Sucre como hombre que trata de hallar su propio Yo, un hombre que huye de las tinieblas del espíritu hacia la elevación de la conciencia; siendo de este modo, vemos al personaje alcanzar su objetivo y complacerse en ello; vemos, pues, el triunfo de la luz sobre las tinieblas.

Sin embargo, con miras a conseguir las trazas de la primera tesis, es decir, determinar en qué medida Ramos Sucre se acerca al “desesperado que no quiere ser él mismoobservemos otro poema donde el desenlace es inverso al anterior.

La cuita

La adolescente viste de seda blanca. Reproduce el atavío y la suavidad del alba. Observa, al caminar, la reminiscencia de una armonía intuitiva. Se expresa con voz jovial, timbrada para el canto de una fiesta de primavera.

Yo escucho las violas y flautas de los juglares en la sala antigua. Los sones de la música vuelan a zozobrar en la noche encantada, sobre el golfo argentado.

El aventurero de la cota roja y de las trusas pardas arma asechanzas y redes contra la doncella, acerbando mis dolores de proscrito.

La niña asiente a una señal maligna del seductor. Personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés. Los juglares celebran, con una música vehemente, la fuga de los enamorados.

La torre de Timón

Comencemos por destacar que los títulos de la poesía de Ramos Sucre funcionan efectivamente como texto macro de los poemas que contienen; es decir, funcionan como primeros comentarios del discurso que comienza con la voz de la persona poética. En este caso el título alude dentro de su campo semántico al dolor del poeta que yace entre líneas, transparentado en el poema y que canta su congoja por medio de su narración, y esta vez se vale del simbolismo de la virgen o la doncella, que viene a significar la “representación del alma y del ideal”24 encarnada en “la adolescente” que “viste de seda blanca”, la indumentaria no en vano se trata de un material tan terso y suave como la seda que alude a la sensualidad, a la vanidad característica de esa etapa de la vida, asimismo el color, que representa la pureza y la luz y en este contexto termina significando el estado de la inocencia; así, pues, la adolescente entraña esa condición de fragilidad, de la posibilidad de ser corrompida por el vicio.

Más adelante se sigue describiendo el avance de la senda de la espiritualidad transitado por el alma en estado inmaculado, la cual se proyecta como imagen prístina de aquella edad de oro que comentábamos más arriba sobre la ruptura del tiempo y el mundo transhistórico de Eliade, esto se presenta en el párrafo: “Observa, al caminar, la reminiscencia de una armonía intuitiva”; luego señala que tal reminiscencia es ciertamente la clave para el desarrollo del alma; es, pues, la guía, la voz de la conciencia que indica el camino recto hacia la felicidad espiritual; “se expresa con voz jovial, timbrada para el canto de una fiesta de primavera”.

A este punto se salta del personaje lírico al personaje que entraña la psiquis del autor, es decir, el Yo que aquí se infiltra como un personaje-narrador: “Yo escucho las violas y las flautas de los juglares en la sala antigua”, donde los instrumentos musicales equivalen a un sesgo a la conciencia, una interrupción a su serenidad, es decir, comprenden simplemente una distracción que luego se reafirma con “los sones de la música vuelan a zozobrar en la noche encantada, sobre el golfo argentado”. Ahora bien, el simbolismo de los juglares adquiere una importancia crucial, pues, como representación de la actividad originaria en el hombre a su poder creativo, y por ende alude a su capacidad de procreación, viene dado como el elemento que promueve la exaltación de la psiquis, y como a los cambios internos se corresponden los externos, también simboliza el llamado de la sensualidad y el despertar de los instintos que son en realidad nuestros primeros indicios biológicos de la vida o actividad primaria; “la sala antigua” es así otro símbolo de la estancia espiritual y de la pureza en su estado original e incorrupto.

El siguiente párrafo inserta otro personaje, “el aventurero de la cota roja y de las trusas pardas”; en primera instancia se refiere a la personificación de los juglares, aparece ceñido de una cota roja, es decir de una armadura embadurnada del rojo de los impulsos pasionales, símbolo similar entraña la otra prenda; luego se puntualiza: “arma asechanzas contra la doncella”, lo que confirma el sentido que le hemos venido connotando de elemento desestabilizador, luego se asoma de nuevo el Yo psíquico del poeta reafirmándolo: “acerbando mis dolores de proscrito”, y el cual se define como condenado por la debilidad de ceder ante la tentación que se le presenta, o sea, los bajos instintos; por esto mismo dirá luego: “la niña asiente a una señal maligna del seductor”. Entonces comienzan los elementos perturbadores de la pureza, el Yo se ve invadido por las asechanzas de la vida mundana que lo apartan del objetivo que se ha trazado, la meta de la superación: “personas de rostro desconocido invaden la sala y estorban mi interés”.

El párrafo que culmina el poema señala el triunfo de los sentidos sobre la templanza. “Los juglares celebran, con una música vehemente, la fuga de los enamorados”.

Así vemos que, a juzgar por estos dos análisis, la balanza entre los dos tipos de angustia descrita por Kierkegaard se mantiene en equilibrio, ya que se comprende una angustia precipitada hacia el existir, ya sea que triunfe la templanza o el vicio; lo que se marca incisivamente es la búsqueda de la liberación plena de la conciencia humana, pues su angustia se refiere a la condición esencialmente humana, es decir, al pleno existir, y es por esto que el Yo psíquico o poético, así como lo llama Ilis M. Alfonzo, tiene una condición universal que toca la fibra del hombre como Ser ontológico:

“(...) el Yo poético de Ramos Sucre es un signo móvil que sólo puede ser aprehendido en la instancia del discurso creativo que lo contiene, visto éste como parte integrante de un universo más amplio. Es decir, ese Yo constituye una categoría psíquica que trasciende la individualidad del poeta y se convierte en espejo de una conciencia humana de carácter colectivo, asumida por el emisor a través de su discurso y desde la perspectiva de su espacio interior”.25

Así, pues, el acto poético pasa a ser una vía de liberación transitoria o un subterfugio para huir de la aparatosa “ciudad enemiga” del alma, también es el trampolín hacia el mundo del ensueño, de la fantasía; en fin, es el refugio espiritual de un alma compungida por las embestiduras de la vida en cuanto a su faceta externa, pero además también en cuanto a la carga de las cadenas del mero existir, a la prisión del Ser y su consecuente angustia de estar aprisionado en una cárcel de carne y hueso, que por la debilidad de la condición humana en relación con los diversos factores contaminantes a los que está expuesto el Yo, no le permite escalar hacia la cumbre, hacia la elevación de sí mismo; por esto es frecuente en la obra de nuestro autor la llamada incesante al valor de la voluntad ante la impericia, el vicio y los instintos pasionales; de allí que en sus poemas aparezca siempre ese ascetismo pronunciado en sus personajes que encarna el Yo de la humanidad del poeta, el cual se ramifica en una multiplicidad de caracteres y símbolos, pues la característica de estos últimos es precisamente su pluralidad, la apertura del universo sincretizado en el mundo literario de la poética de Ramos Sucre.

Pasemos ahora a revisar de manera sucinta otros rasgos presentes que no dejan de ser importantes a la hora de considerar su contenido.

La melancolía viene a ser una constante en la obra de este insigne poeta, y es que la melancolía encierra en sí misma un estado de frustración y a la vez de nostalgia; la nostalgia, en este caso, de la reminiscencia de aquella época dorada en alianza con la divinidad; claro está, este fenómeno se produce siempre en el marco de la interioridad y de los sentidos de manera inconsciente, o aflora por lo menos de manera fortuita a la conciencia, o en palabras del mismo poeta como “reminiscencia de una armonía intuitiva”, o quizá la melancolía está más bien asociada a la subordinación del ánimo del hombre, único animal consciente de su extinción, quizá sea más bien ese fervor humano por sobrepasar los límites de su propia humanidad, de conseguir la liberación de la tumba de los sentidos como ya lo anunciaba el pensamiento platónico: “σωμα σεμα εστι”,26 y del que también se nutrieron los estoicos. Es en este sentido que Eloy Valero concibe la estética de Ramos Sucre dentro de lo saturneano:

“Saturno ha descendido hasta nosotros como una idea a la manera platónica: una entidad que posee cierta plasticidad y función (...). Tan antigua como la civilización misma, es esta idea de la melancolía. Idea que nos identifica un temperamento y revela una paradoja: reflexionamos sobre nuestra existencia precisamente porque la sabemos finita, sólo podemos apreciarla contra el horizonte de la muerte. Nos inclinamos meditativos sobre un misterio que por una parte nos supera y por la otra nos niega: de la presencia plena del ser a la ausencia muda de la muerte. Quizás sea por esta razón, entre otras, que se le atribuya a Saturno el ser mensajero de una edad arcádica y feliz previa a la hecatombe primigenia de la que surgió el mundo”.27

Pero antes de la muerte se encuentra la agonía, el dolor que se traduce como la lucha interna entre el mundo espiritual y el mundo de los sentidos; es, pues, la agonía de un hombre que se debate entre las dos lanzas en ristre de los lados opuestos de su Yo, así como la dualidad del mundo que no deja de sumir el espíritu al duro juicio del libre albedrío, a la cuerda floja del existir que no es otra que la duda, la hesitación del camino a seguir; es, pues, la agonía de batirse en cierto tipo de infierno maniqueísta de donde sólo se logra escapar por medio del afianzamiento de la voluntad hacia la templanza del ánimo en ese trabajo de anacoreta que se resigna a su padecer con tal de arribar a su objetivo. Buena parte de este sentido lo encontramos en poemas como: “Entonces”, “Cansancio”, “La tribulación del novicio”, “La cuita”, “El solterón” y, entre otros tantos, “Elogio a la soledad”, que a propósito trae a colación el sentido de ésta en el acervo poético de Ramos Sucre que no es otro que el del asilo, la guarnición del espíritu, el desierto propicio para la revelación divina, donde los “santos que renegaron del mundo (...) tuvieron escala de perfección y puerto de ventura”.

Así, pues, si la soledad es el asilo mágico para aquellos espíritus sensibles al suburbio, “al signo molesto de la realidad” y al desenfrenado materialismo, alegando que “siempre será necesario que los cultores de la belleza y del bien, los consagrados por la desdicha se acojan al mudo asilo de la soledad, único refugio acaso de los que parecen de otra época, desconcertados con el progreso”. Entonces la muerte pasa a ser el alivio de todos los sufrimientos padecidos en el ejercicio ascético y en la soledad, pues la muerte en la poética de Ramos Sucre va asimilada a la liberación del espíritu más que a la fatalidad que pueda comportar el hecho de la muerte; así lo corrobora Ilis Alfonzo con lo siguiente:

“Sólo enfocada desde una perspectiva simbólica se podrá comprender la vivencia de la muerte confrontada por el sujeto lírico del poema, pues únicamente entendida la muerte como rito de tránsito de un estado del ser puede el Yo contar dicha experiencia; es decir, rememorar una metamorfosis de orden espiritual. Toda transformación implica el fin de algo existente y para alcanzar un nuevo estado de vida es preciso morir (...)”.28

Tal es pues el sentido de la muerte, y en general todos los rasgos que hemos señalado acaban convergiendo en un solo punto: la trascendencia. Y ésta se ve abordada desde la perspectiva de los símbolos que subraya el carácter psicológico del poeta en su comprensión de la vida como un tramo existencial donde se deben afrontar las penas y dolores que provoca dicha existencia para así resurgir a una nueva conciencia; asimila, por tanto, las viejas concepciones religiosas de la antigüedad en cuanto a la trascendencia de un nuevo mundo, una vez conquistadas las pruebas que impone éste; así, pues, se entiende el camino misterioso que se vislumbra en ese Yo poético de su obra, que no es más que el Yo herido y sublimado por la balanza del bien y del mal, camino que sólo se comprende como la guía que lleva hacia ese estado de la sublimación y la muerte es precisamente la liberadora, “la blanca Beatriz” que lo llevará de la mano hacia ese mundo del esplendor espiritual, es la muerte el constante símbolo que subyace en su poesía bajo diferentes aspectos y personalidades que lo ayudará a encontrarse con su Ser verdadero, al igual que todos los personajes forman parte de ese universo trascendental que, magistralmente, Ramos Sucre ha sabido inmortalizar en su obra.

Hasta este punto hemos tratado el contenido de la obra, pero todos estos elementos que acabamos de perfilar se ven enmarcados en una forma, que como ya lo habíamos comentado, el poeta se esforzaba de tal manera en bruñir su obra que muy difícilmente se le pueda encontrar un punto de fisura en su escritura. Sin embargo, queda siempre un tipo de duda y más que duda se podría decir que se trata de una verdadera perplejidad entre sus críticos, y es el hecho ¡innovador!, por lo menos en las letras hispanoamericanas, de la composición de la obra de nuestro poeta, es decir, el hecho de que se presente un texto aparentemente prosado con todas las características del más cincelado de los sonetos y con la sensibilidad de la más apasionada lira. Es un hecho innegable, no obstante, que se trata de legítima poesía, pues tiene características y cuenta con recursos poéticos precisos que así lo confirman, pero también es una prosa, en todo caso exquisita, que lleva un lineamiento sintáctico y prosódico que lo acerca a las estructuras de los clásicos grecolatinos, cuestión que en el caso de este insigne cumanés es totalmente comprensible gracias a su abnegación al cultivo de las letras clásicas y a su vasta erudición; se presenta, pues, si se quiere, como un híbrido a los ojos de sus contemporáneos, que lo colocan como un caso excepcional en la poesía latinoamericana y que lo coloca como figura vanguardista de punta de lanza.

Sin embargo, este tipo de escritura ya venía aflorando en el seno del romanticismo y modernismo francés en figuras como Baudelaire que tenía como ejercicio literario el apunte prosado de sus “cohetes” o “destellos”, como él les denominaba, de sus poemas; una especie, pues, de esbozo literario que fundamentaron muchas de sus poesías, las cuales Baudelaire luego publicó bajo el nombre de Pequeños poemas en prosa, pero la diferencia entre éstos y La torre de Timón, El cielo de esmalte o Las formas del fuego es que fueron escritos deliberadamente en ese estilo tan particular que lo caracteriza, quizás se pueda creer, haciendo una ingenua inferencia, que Ramos Sucre condensó aquellos estilos remozados por el romanticismo y las estructuras poéticas y estructuras del simbolismo de Baudelaire o de Nerval, y las fusionó con su particularísima voz poética que le imprime ese tono tan único que es, sin duda alguna, el Yo existencial de nuestro poeta. Observemos otra opinión al respecto para que sirva de colofón a esta idea.

“En todo caso es evidente que Ramos Sucre no eligió la forma aparencialmente prosística porque careciera ‘del dominio de la rima’, como se ha pretendido, sino porque optó a conciencia por una forma que ya tenía historia (desde Baudelaire al menos) y que ni puede definirse como ‘poema en prosa’ ni como ‘cuento’, pues maneja recursos de ambos. Cuando los instrumentos lingüísticos y estilísticos que pone en funcionamiento Ramos Sucre se adecúan mejor al narrar, nos encontramos claramente en la órbita de un ‘cuento’, pero cuando voluntariamente los dificulta, rompe o escamotea, nos aproximamos al ‘poema en prosa’, sin abandonar por eso una cierta ilación narrativa que no es específica del cuento, sino, diríamos, del relato (del récit) en lo que a éste tiene de expresión indistinta de múltiples géneros, pues está en la poesía, aun en aquella más lírica y concentrada, en la novela, en el teatro, en las series de imágenes que componen un filme, en cualquier manifestación secuencial donde los distintos elementos componentes funcionan como eslabones que se articulan lógicamente entre sí para formar una cadena, ya sea de causa a efecto, ya sea meramente de antecedente a consecuente”.29

Toda esa concatenación de elementos se sucede y desarrolla en ese movimiento casi fílmico que Ángel Rama tan puntualmente ha señalado, a través de recursos literarios que lo hacen posible.

Para entrañar estas consideraciones literarias y la estructura poética de Ramos Sucre hay que discurrir en la prosodia que comprenden sus escritos, la cual no se ve como una mera acentuación rítmica lograda por estribillos, hemistiquios o cualquier otro recurso poético tradicional de trabamiento de rimas asonantes o consonantes, pues su prosodia no se encuentra en estos elementos sino en el ritmo que marca su escritura apodíctica, llena de aposiciones y calificativos exactos, todos estos recursos enmarcados en una secuencia de oraciones y párrafos cuasisimétricos delimitados con una puntuación determinante, estos elementos intensifican el ritmo de la prosa de manera que se acerca por su forma cuantitativa del tratamiento de las sílabas a la poesía rimada, y por otro lado, el uso de las aposiciones le confiere al texto ese tono reflexivo constante que tan acorde se presenta con el contenido. Además existe una relación sintáctica entre las oraciones dadas por repeticiones de formas verbales personales, igualmente guiadas por una secuencia, si no matemática, sí numérica; con escasas formas perifrásticas, recursos que le confieren al escrito ese sincretismo y condensación.

Otro de sus tratamientos es el uso de la primera y tercera persona, casi siempre del singular, que otorgan ese sentido de la introspección y de la expectación que son, esencialmente, las posturas del contemplativo y del hombre reflexivo de talante filosófico. Por otro lado, está el uso preferente de los tiempos en pretérito y con mayor frecuencia el pretérito imperfecto, el cual por su propio aspecto de prolongación del pasado, le da esa facultad al escrito de traer a la memoria un pasado eternizado en el presente, consiguiendo de esta forma la concepción que sustenta el pasado translingüístico o la reminiscencia, estos mismos efectos los consigue con el uso del presente histórico pero a diferencia de traer a colación el tiempo pretérito al presente, con éste el Yo poético se traslada hacia aquel pretérito u otrora, que equivale a la búsqueda de “paraíso perdido” del mismo, es decir, a la era mítica de la edad de la inocencia; asimismo, estos recursos encajan con el mundo onírico y fantástico expresado en su obra.

Así, pues, vemos a un escritor que escribe con la premura, con el aplomo, con la fuerza, con el desconcierto, con la serenidad de estar convencido de que él es el único testigo de una realidad que le es profundamente extraña y que él comprende atroz. La comprende atroz como sólo puede hacerlo quien se ve prisionero en las ergástulas del cuerpo; “σωμα σεμα εστι”, había dicho Platón, y Ramos Sucre quería abandonar esa tumba, morir y renacer a una nueva conciencia, y todo dictado por la Voz de esa alma misteriosa y profunda del Yo que alcanza a ver intuitivamente, borrosamente, como un sueño, o lúcida e incandescentemente, aquel pretérito que se asoma al presente como por un presagio y con el cual practica un rito que ignora, que nadie le transmitió pero que pertenece a épocas ancestrales. Su invención literaria es radical. Se empecina en subvertir las claves puestas en sus textos; sin embargo, todo posee significado, cada frase parece conducir a la realización de la fábula, a un maravilloso universo que surge desde las más abismales profundidades de su Ser, al mundo de un ensueño lírico proveniente de un único anhelo: la trascendencia; pero que tiene siempre su referente en el mundo real, en el mundo de la injusta acrimonia en contra de los débiles, un mundo aborrecible para el poeta abismado en su Yo, que se presenta sañudo y con mirada adusta, alejado de la muchedumbre, que se declara amante del “dolor, la belleza y la crueldad, sobre todo esta última, que sirve para destruir al mundo abandonado al mal”. Sin embargo, como un hombre que interiormente abriga la esperanza de la superación del Ser a través del esplendor de la conciencia y por ende da un voto de confianza a la humanidad, pues reconoce la hermandad que conviene con el prójimo, comprende la humildad como penitente que es; se ve, pues, como un hombre sencillo que tiene la capacidad de decir: “tomo el periódico, no como el rentista para tener noticias de su fortuna, sino para tener noticias de mi familia, que es toda la humanidad”; un hombre, pues, que escuchó el llamado de su corazón y sintió la amalgama del universo en su Ser, y que como deber de sagrado profeta debía comunicar a su familia el arcano de ese tesoro olvidado, compartido con todos pero imperceptible para los insensatos, así que se valía de su magia poética para comunicar, con pericia de alquimista, la enseñanza de los ancestros que viven en la conciencia del mundo.

 

Bibliografía

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  • Valero, Mario. El legado de Saturno en la obra de José Antonio Ramos Sucre, Dirección de Publicaciones del Rectorado de la Universidad de Carabobo, 1997.

 

Notas

  1. Estos datos biográficos y sus diferentes ediciones fueron tomados a modo de suplemento informativo de la Fundación José Antonio Ramos Sucre.
  2. I. M. Alfonzo en La búsqueda secreta de José Antonio Ramos Sucre, Venezuela, 1988, p. 17.
  3. Le Rêve est une seconde vie. Je n’ai pu percer sans frémir ces portes d’ivoire ou de corne qui nous séparent du monde invisible. Les premiers instants du sommeil sont l’image de la mort;un engourdissement nébuleux saisit notre pensé, et nous ne pouvons déterminer l’instant précis où le moi, sous une autre forme, continue l’œuvre de l’existence. G. Nerval. Aurélia, París, 1963, Cap. I. p. 3 (traducción propia).
  4. Pero no hay que dejar de tomar en consideración el título que R.S. le coloca al citado poema.
  5. “El sueño es hermano de la muerte”.
  6. O. Beigdeber. La simbología. Barcelona, 1971, p. 5.
  7. R. Guillón. “Simbolismo y Modernismo”, en I. M. Alfonzo, 1988. p. 56.
  8. Ídem.
  9. M. Eliade. Imágenes y símbolos, Madrid, 1979, p. 12.
  10. Á. Rama. El universo simbólico de José Antonio Ramos Sucre, Cumaná, 1967, p. 35.
  11. Op. Cit., p. 8.
  12. P. Ricoeur. Le conflit des interprétations. Essais d’herméneutique. París, 1969, pp. 283-284.
  13. E. Cassirer. Antropología filosófica, México, D.F., pp. 47-49.
  14. M. Gibson. El simbolismo. Alemania, 1997, p. 19.
  15. “No hay otra verdad más cierta, más independiente ni que necesite menos pruebas que la de que todo lo que puede ser conocido, es decir, el universo entero, no es objeto más que para un sujeto, percepción del que percibe; en una palabra: representación”. A. SHOPENHAUER: El mundo como voluntad y representación, México, D.F., 1998 p. 19.
  16. S. Kierkegaard. Tratado de la desesperación, Madrid, 1994, pp. 23-24.
  17. Juan Eduardo Cirlot. Diccionario de símbolos. Ed. Siruela. 1997.
  18. Para mayor comprensión del símbolo me voy a permitir citar a Cirlot al respecto: “El árbol representa, en el sentido más amplio, la vida del cosmos, su densidad, crecimiento, proliferación, generación y regeneración. Como vida inagotable equivale a la inmortalidad”. Según Eliade, como ese concepto de ‘vida sin muerte’ se traduce antológicamente por ‘realidad absoluta’, el árbol deviene dicha realidad (centro del mundo). El simbolismo derivado de su forma vertical transforma ese centro en eje. Tratándose de una imagen verticalizante (...), se comprende su asimilación a la escalera y a la montaña, como símbolos de la relación más generalizada entre los ‘tres mundos’ (inferior, ctónico o infernal; central, terrestre o de la manifestación; superior, celeste). (...) Según Rabano Mauro, en Allegoriae in Sacram Scripturam, también simboliza la naturaleza humana (lo que, de otra parte, es obvio por la ecuación: macrocosmos-microcosmos)”. Idem cita 8, pág. 89.
  19. Idem cita 8, pág. 351.
  20. “Dice Berthelot que los profetas bíblicos (...) no cesaban de presentar su religión como la más pura de Israel. Esto confirma el valor específico del desierto como lugar propicio a la revelación divina (...). Ello es causa que, en cuanto paisaje en cierto modo negativo, el desierto es el ‘dominio de la abstracción’, que se halla fuera del campo vital y existencial, abierto sólo a la trascendencia”. Bis cita 8, pág. 170.
  21. Según Armando Carranza los ladridos simbolizan tres formas de inquietudes; sin embargo, a efectos de este contexto sólo citaré las dos primeras: “La primera es alarma sobre peligros que acechan en lo personal a quien sueña o al terreno en que se desenvuelve. La segunda es manifestación de la parte animal (...), la sexualidad, el interés por las cosas de la vida material más placentera, ámbito de influencia del nahual. A. Carranza. “Comprender y usar los sueños”. Barcelona, 2002, p. 361.
  22. Op. cit. 9, p. 150.
  23. Op. cit. 13, p. 193.
  24. Op. cit. 20, p. 285.
  25. Op. cit. 2, p. 75.
  26. “El cuerpo es una tumba”.
  27. M. E. Valero. El legado de Saturno en la obra de José Antonio Ramos Sucre. 1997, p. 15.
  28. Op. cit. 24, pp. 132-133.
  29. Op. cit. 10, p. 42.