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Número fallo

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Era ya septiembre, apenas las cuatro de la mañana y ya el calor se hacía insoportable. Desde adentro de nuestro Fiat 126 —conocido por todos en la casa como el polaco— la Tercera Avenida resultaba como un museo abandonado. Las casas que antaño pertenecieron a la reverberante Gran Clase, hospedaban ahora desde ópticas hasta centros de recuperación de materiales reciclados. La Embajada de México no lucía un aspecto mucho mejor a esa hora, apenas un farol desgastado iluminaba al tímido guardia de seguridad, que por vergüenza con los de la fila no se echaba una siesta.

Nuestro ticket, manufacturado con papel periódico y un plumón viejo marca Acquasol, ostentaba el número 28, dato de significante interés para mí, que a los catorce años tenía en pleno uso mis facultades de ver el futuro a través de números, frases y colores.

Un hilito de grasa iba cubriendo la cara de mamá, pero quien ya apestaba era mi hermano, pues así acostado sobre mis piernas dentro del polaco acumulaba más sudor.

Los otros de la fila estaban en peores condiciones. Vestidos con pantalones militares y tenis blanquísimos, regalos del extranjero, nada los impelía de yacer sentados en el borde de la acera, sin más resguardo que un pañuelo desgastado bajo las nalgas y una revista Bohemia como abanico. Era fácil distinguir a los acompañantes de quienes pensaban viajar. El guardia raquítico los mandaba de regreso a su puesto, cuando iban un poco miedosos a preguntarle a qué hora permitirían entrar a la sala con aire acondicionado.

Nosotros ya habíamos escuchado dos veces el casette de Armando Manzanero y Tania Libertad que traíamos en el carro, con gusto veíamos asomarse sordamente la mañana de ese martes, cuando sentí unas terribles ganas de ir al baño.

La travesía hasta la Quinta Avenida —en algún tiempo la calle más bonita de La Habana— fue infructífera. Los comercios aún no abrían, en las casas ya todos se habían ido a trabajar o nos miraban con recelo y dictaminaban que deberían dejarnos pasar a la Embajada, pues nuestra cita era con ellos.

Temí que el aura del número 28 estuviera esfumándose y que mi repentino cólico fuera indicio de una respuesta negativa, equivalente a otros dos meses de encierro en casa y espera para la salida de un país que nunca había querido abandonar. En una gasolinera me dieron paso, después de hora y media de espera en lo que llegó el gerente, autorizó la intromisión de alguien ajeno, consiguieron la llave. Apuradamente me bajé los pantalones y me entregué a lo que estaba segura eran signos de nervios e incertidumbre, mis palabras favoritas en esos tres meses previos a mi partida.

Mi madre, fuera del pequeño cubículo pestilente que habíamos conseguido, me gritaba que debía apresurarme, porque quizá dejaran entrar unos minutos antes de las nueve. ¡Si no logramos pasar, mañana vendrás tú desde las cuatro a esperar el turno! Yo sabía que no lo decía en serio, pero en todo aquello había un presentimiento, una desviación de la suerte que no me olía nada bien.

Nos subimos de nuevo al polaquito, otra vez mi hermano dormía profundamente. En efecto ya el guardia de seguridad, ahora sí totalmente en su papel de escoge-hombres, revisaba con sumo cuidado los trozos de periódico cortados a mano, cual si fueran los papeles moneda más sofisticados del mundo.

Pasamos los tres con orgullo la verja que separa la acera rota del interior de la sección visas de la embajada mexicana. El escudo de un águila sobre un cactus me confirmó que pronto tendríamos un veredicto, me remitió al instante a nuestro perro Lobo, que ya no vería en el patio, al fin de nuestros maratones de dominó con los vecinos, a mis tantas horas de estudio para el examen de ingreso a una escuela que ya no conocería. Eso, y la sorpresa de que el país donde viajaría también se llamaba Estados Unidos.

Eran las 08:46 de esa mañana 11, eso decía la pantalla electrónica de dígitos rojos a la entrada del salón. Adentro aguardaba un numeroso grupo de otros como yo, que en las horas de espera jamás había visto.

Nuestro modesto 28 se volvió casi al instante en un flamante 00356, impreso en un aparato exclusivo para él, con letras grandes y bien negras adornadas por muchos escuditos mexicanos en sorprendente marca de agua. Enseguida calculé: ¡00356 sumado era 5! Es decir, el peor número que en toda mi vida la suerte había deparado. Con un nudo en el estómago, nos sentamos al final del túnel.

Luego todo sobrevino simultáneo: una señora enorme toda maquillada de rojo entró a la sala destilando Givenchy (un perfume carísimo que le regalaban seguido a mi mamá). Sin decir palabra encendió la televisión en el canal de CNN en Español. Mi hermano se despertó, preguntando qué pasaba, una persona junto a mí se admiró: mira, aquí tienen satélite.

Yo sólo veía humo en la tele y unas pequeñas letras que pasaban en cintillo por la parte baja de la pantalla. No alcanzaba a leerlas, al menos 20 metros me separaban de allí.

Se cancelan las citas hasta previo aviso, México no puede permitir entradas por ahora, dijo la gorda, y desapareció con la maldición que había traído, cambiando el recuerdo del olor que mi madre me había significado desde siempre. Más tarde supe: habían atacado el World Trade Center en Nueva York, mi familia no se reuniría por ahora.

(de la serie De vuelta y media).