Letras
Estocolmo

Comparte este contenido con tus amigos

La habitación emanaba una mezcla de porros y tabaco corriente.

Hubo un tiempo en que odiaba ese olor, cuando la mera idea de permanecer en un sitio impregnado con humo hubiera resultado insoportable y asquerosa.

Ahora, sin embargo, es algo familiar e incluso reconfortante, hasta el punto de no poder conciliar el sueño sin percibir ni que sea, el ocre rastro que dejan los cigarrillos al extinguirse.

Tumbada boca arriba, abre los ojos en la penumbra, a la derecha la luz colándose perezosamente por las rendijas de la persiana. Bosteza engullendo el aire cargado al inspirar.

Mecánicamente gira la cara en dirección a la ventana, para verle dormido a su lado, ajeno a todo, tranquilo; conteniendo las ganas de acariciarle... O no... Por un segundo intenta recordar la última vez que se durmió abrazada a él.

Ahora, tras tanto tiempo, parece una mera cuestión de mecánica —como casi todo—: extender brazo izquierdo, colocarse sobre el costado derecho, cruzar su pecho y recostar la cabeza sobre su hombro.

No es que esté a disgusto, está cómoda, pero es sólo eso. Es la costumbre. Es la inercia que lo ha invadido todo incluido el sexo, aquella necesidad primaria y básica que dio origen a su relación.

Lo había oído tantas veces, aquello de la gente que se acuesta con otros porque sí, para pasar el rato, porque a fin de cuentas todos somos humanos... Y él, aún no sabe bien por qué, le llamó la atención.

Juguetea con su pelo corto mientras aún duerme.

Es una mentirosa: sí sabe por qué le llamó la atención.

Porque era idiota. Porque era un chulo. Porque se las daba de listillo perdonavidas. Porque, salvando que se podía decir que estaba bueno (o que tenía atractivo, al menos), era el compendio universal de las cosas que más detestaba, alcohol y tabaco incluidos; y le encantaba reafirmar esa imagen con su actitud condescendiente.

Así que, por aquel entonces, no le dedicaba más atención que a un gusano, salvo para meterse con él y refunfuñar lo estúpido que era.

Lo estúpido que era, sí. Y aquí estaba ella abrazando al estúpido en la cama.

Por un error, por un desliz, por un descuido. Porque descubrió que aunque chulo y gilipollas, tenía cerebro. Qué cojones... Porque le gustaba, porque le atraía. Porque tenía ganas de estar con alguien, y aquella noche hace tanto tiempo él estaba allí, para tenerlo en su cama una semana más tarde. Porque pensó que sólo sexo podía funcionar. A todo el mundo le funciona, ¿o no?

Aparta las sábanas y se levanta para ir a la cocina. Se detiene a medio camino a echarle un ojo al ordenador. Parece mentira que en algún lugar del mundo la gente sepa vivir sin esos cacharros.

Está desnuda paseando por la casa, pero no importa, no hace frío y se vestirá rápido después de preparar el café.

Ése aroma sí que le gusta: el olor a café recién hecho, recién molido. Aspira. Qué diferente.

Se lo toma, y se dirige al baño.

Se mira al espejo, para contemplar esos ojos ojerosos, las pequeñas arrugas que empiezan a aparecer en su rostro; para escudriñar buscando las canas que no aflorarán gracias a los milagros del tinte. Se hace vieja porque —le guste o no— el tiempo pasa, y ahí está dejándolo pasar como si no importara.

Recuerda lo angustiosa que era la sensación de opresión cuando vivía en su piso de soltera. La mordedura incisiva de la soledad y el temor a que esa tendencia abrumadora durara para siempre. El miedo conduce por caminos tortuosos.

Como cada mañana, realiza el mismo ritual de limpieza cutánea, armada con su ejército de cremas dispuesta a exterminar hasta el último reducto de pieles muertas a base de refregar su cara con el peeling. No por más frotar volverá la juventud ni resurgirá de las capas profundas de la dermis... Así que tras lavarse los dientes se aprovisiona del arsenal de maquillaje y juega a ser Miguel Ángel con las imperfecciones de su rostro.

Quizás algo de esa soledad la influyó hace unos años, cuando tomó el camino que la llevó a esta casa llena de humo. Tal vez no fuera únicamente eso, pero... ¿Cómo si no iba a acabar con un “looser” así, como le catalogaba sin conocerlo? Qué equivocada estaba con esa primera impresión suya... Y sin embargo, ¿no se merecía algo mejor, acaso?, meditaba mientras esparcía la base de maquillaje líquido. Alguien cariñoso y atento, que la cuidara, comunicativo... Alguien que la valorara...

Al principio era siempre ella la que tenía que llamar para quedar, él ni se dignaba a mover un dedo... Y al final acabó siendo así. ¿Vagancia? ¿Comodidad? ¿Indiferencia? Por qué insistiría tanto...

Porque, busque las explicaciones que busque, y le maldiga por lo que le maldiga, en el fondo es tan simple como admitir que le gustaba, que se acabó encariñando con él.

Eso le trae a la cabeza... Estocolmo. No conoce nada del país, no ha estado allí en la vida, lo único que conoce relacionado es el síndrome ese, de la persona secuestrada que acaba idolatrando a su captor. Pero ella no está cautiva, claro, en todo caso, es prisionera de sí misma.

No hay noche que al acostarse se plantee qué está haciendo con su vida, dejando pasar los días, dejando pasar los meses, dilapidando los años como si el tiempo le sobrara, mientras se acerca peligrosamente la menopausia y con ella la incapacidad de tener hijos.

¿Por qué está aún con él?

Apoya las manos en la pica para abalanzarse un poco sobre el espejo y comprobar que está todo en orden. Aprieta los labios para distribuir bien el maquillaje, y hecho esto recoge los cachivaches que ha desperdigado por ahí.

Quizás porque sabe que, en el fondo, esa relación tiene fecha de caducidad. Porque no hay compromiso escrito y, por lo tanto, no le dolerá nada cuando se acabe. Porque no espera nada bueno de él y sabe que un día se levantará por la mañana y le dirá que todo se ha acabado: a jugar al juego de la taza, cada uno a su casa. Porque sabe que es un mujeriego, o eso piensa, o eso le hace creer, y un juerguista, así que nada de lo que haga le va a traer por sorpresa.

En el fondo, una parte de su corazón está tan frío que puede soportar la situación.

¿Es quizás por eso que el sexo se ha convertido en algo rutinario y ha dejado de ser tan placentero como antes? Dios mío... Tan muerta está por dentro... Que ha encerrado una parte de sí misma, y la ha negado, manteniendo una relación vacía y carente de muestras normales de cariño, donde todo se reduce a cuatro polvos semanales y después cada uno a lo suyo...

No es acaso triste estar con una persona de la que no esperas nada bueno y que la única seguridad que puede ofrecerte es que cuando corte será por lo sano y como siempre lo esperaste no te dolerá... ¿No es mejor estar solo? ¿O acaso folla tan bien que puede mantenerse el equilibrio? Tan poco se valora como para que eso sea suficiente.

Quizás está buscando excusas cutres para disculpar haber perdido tantos años de su vida con alguien tan distinto del príncipe azul que quería.

En el fondo, es una relación sin pasión, donde el único arrebato se mostraba en la cama cuando salvajemente se devoraban si el tedio lo permitía, liberándose de la mecánica rutina... Cosa que apenas ocurre ya.

No está enamorada, aunque él lo piense; a pesar de que esté completamente convencido de que está tan locamente colgada por él que bebe los vientos sin darse cuenta de las cosas y que sería capaz de mutilar su personalidad a cambio de no perderle.

Quizás es que, con todo, le da pánico la posibilidad de prendarse de alguien así, que podría destrozarla en un suspiro, así que mantiene una parte de sus emociones congelada, reprimida. Quizás en otro mundo, de haber sido distintas las cosas, se hubiera permitido perder locamente la cabeza por él, pero al no ser recíproco, nunca se arriesgó a hacerlo por más que en algún recóndito escondrijo lo deseara.

Cuando tenía dieciocho jamás hubiera aventurado que se pudiera compartir la vida con alguien de quien no estuvieras perdidamente enamorado. Y hoy prefiere esta relación relajada, más insípida, sin tropezones ni grandes altibajos emocionales, porque dentro de lo que cabe no pierde el control.

Es como un intercambio comercial: él le da los mimos que necesita (de tanto en tanto), cubre sus necesidades físicas y ocupa un espacio en un piso que no le gustaría ver vacío. Ella, a cambio, se la chupa (de tanto en tanto también), finge no saber lo que pasa los fines de semana y omite preguntas incómodas cuyas respuestas sabe perfectamente que no quiere conocer. A fin de cuentas, hace años que dejó de representar una novedad, y los hombres necesitan de la sangre nueva constantemente.

Quizás por eso se maquilla, cambia de look, se mata en el gimnasio, controla las dietas... Para seguir siendo atractiva, para seguir ofreciendo algo diferente. ¿Por qué? ¿Por qué no es capaz de hacer eso para ella misma?

Ah... Pero tiene sus cosas buenas. Quizás parece frío, y no suele tener detalles, pero a pesar de todo es buena persona, y aunque quizás sea egoísta o eso parezca, tiene otras cualidades como la sinceridad. No le teme a las mentiras a su lado, y está realmente harta de mentiras en su vida. Por más que se esfuerce en mantener esa fachada de chulo, es una persona simpática, y es culto aunque no tengan el mismo nivel de estudios. Es inteligente, y bueno... Siempre le da morbo. Sí... Tiene un montón de cosas buenas, aunque cuando está rabiosa se le olviden, o no las conozca todas.

Pero... El romanticismo no tiene lugar en su vida. No ya con él, con cualquiera pasaría lo mismo. Tan vacía y enferma se ha vuelto. Tanto miedo le da enamorarse de una persona “normal”, tanto pánico le producía no encontrar su media naranja en la vida, y tanto la atemoriza el miedo al dolor, que decidió hipotecar su corazón.

No cree en el amor para toda la vida... Y si el amor para toda la vida no existe, ni tampoco existe la pareja perfecta, para estar con un idiota, ¿qué más da este idiota en concreto?

¿Cuándo se volvió conformista? ¿Cuándo empezó a tener esas ideas tan derrotistas en la cabeza?

Ahora, ni siquiera se cuestiona dejarlo correr, no tiene fuerzas para abandonarle.

Hubo un tiempo en que tenía arrojo, era capaz de irse donde quisiera sin pensar, sin dar explicaciones, sin esperar que la siguieran, con lo puesto y a correr. Era libre y decidida. Quizás esa era una de las facetas que hizo que se fijara en ella. Con el tiempo, fue perdiendo esa parte salvaje que tenía. Quizás la ha domado, o tal vez quería que la domesticaran. Pero está cansada.

No tendría valor en la vida para dejarle, porque se acostumbró a su aroma que la vuelve loca, al olor a tabaco por las mañanas, a la presencia silenciosa en el estudio de la casa. No tiene el valor para enfrentarse con palabras y dejarlo.

Ya está lista para salir al trabajo. Ella siempre se levanta antes, por lo menos una hora. Le sigue gustando preparar el desayuno, la sensación de ser útil. Sigue creyendo —tiene la intuición— que se acuerda de ella por la mañana mientras toma el café que le prepara. Pero no tiene la certeza, porque es parco en palabras, y no dirá en la vida nada cariñoso. A veces necesitaría escucharlo aunque realmente no hace falta. En el fondo, sabe perfectamente que se tienen aprecio, cariño, respeto, que no es amor loco e incondicional, que no es pasional, que no es ciego... Y que basta para levantarse cada mañana. Pero a veces no es suficiente.

Vuelve a la cama, sobran algunos minutos antes de marcharse. Se pone encima suyo y le despierta. Por primera vez en tiempo siente unas ganas irrefrenables de hacer el amor que no puede controlar. Él está medio dormido, pero reacciona sorprendido a su arrebato. Ella le muerde el cuello al acabar, se le queda mirando, le da un beso en la mejilla antes de vestirse nuevamente y se va.

De algún modo, le aprecia y eso hace que vuelva a casa cada día. No tiene el valor de enfrentarse cara a cara y decirle que ya no le quiere —sería mentira.

Sin embargo, hace mucho tiempo que no viaja, y Estocolmo tal vez sea un lugar maravilloso.