Artículos y reportajes
Fotografía: Thomas NorthcutRobo, genialidad, creatividad

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¿A qué llamamos originalidad en un escritor? ¿Cómo funciona? ¿Existe? ¿Cómo logra el escritor frente a una página vacía transformarla en una forma literaria profunda y rica en matices? Brecht tenía un estilo “sumamente original” para presentar las obras, pero muchos de sus contenidos los tomaba de otros autores. En realidad ningún otro escritor ha logrado tanta eminencia utilizando este recurso. Su robo más difundido fue a Villon. Su Santa Juana de Corrales (1932) es una especie de parodia de La joven de Orleáns de Schiller, y de Santa Juana de Shaw. Los rifles de la señora Carrar se apoya en Jinetes al mar de J. M. Synge. Su Herr Puntila una sein Knecht Matti entrañó saquear la obra de la folclorista Hella Wuolojoki, que había recibido a Brecht en su casa en Finlandia. Robó a Kipling. Robó a Hemingway. Y son algunas de mis lecturas. Borges es un caso mundialmente conocido, hizo de esto una llave para su creatividad. Son tantos los ejemplos sacados de las obras de Borges que me sería imposible enumerarlos. Los detectives salvajes de Bolaño, en cuanto a estructura, es una fiel discípula de la saga de novelas del mexicano Pitol y, en cuanto a ideas, es heredera de Rayuela de Cortázar. El escrito Mantra, del argentino Rodrigo Fresán, surge del estilo díscolo de Los detectives salvajes y Rayuela. Por cierto, ninguna novela en el siglo pasado ha tenido un impacto tan directo sobre las mentes y actitudes de los jóvenes latinos como Rayuela. ¿Pero ésta es suficiente razón para explicar el usufructo que han hecho de ella otros escritores? Hace un tiempo se hizo público el caso de Nabokov, su monumental Lolita está basada en el cuento del periodista berlinés Heinz von Eschwege, la novela y el cuento asombran por la similitud del contenido: un hombre maduro y cultivado es seducido por una niña, y cede. El descubridor del cuento fue Rainer Schelling, sin embargo Michael Maar, reconocido estudioso de la obra de Nabokov, profundiza en este fenomenal hallazgo; nos dice: “Al igual que en la novela, en el cuento también se trata de un narrador en primera persona que se establece en un lugar alejado para dedicarse a sus estudios. Como aquella, también aquí Lolita, preadolescente y hermosa, es hija de la anfitriona que le da alojamiento. A los dos hombres les basta una mirada para quedar fascinados por Lolita, ambos son seducidos por la niña”. La conciencia de nudo temático, perspectiva del narrador y elección de nombres es alucinante. Entonces uno se pregunta: ¿leyó, olvidó lo leído y escribió sin darse cuenta, Vladimir Nabokov? ¿O es que todo no pasa de ser una meticulosa casualidad? ¿O..? Para ahondar en el tema recordemos cuando Zurita fue acusado de plagiar al norteamericano Bob Dylan, efectivamente al hacer una comparación de versos, la “copia” es literal. Neruda utilizó los versos de Tagore en sus poemas. J. R. R. Tolkien usó y robó todos los cuentos fantásticos y folklóricos. Cuentos que se daban por perdidos. Versos de Gonzalo Rojas los hallamos en la obra de Yalal ad-Din Rumi, nacido en 1207, y versos de éste en sus lejanos antepasados. Si efectuamos un análisis minucioso de la obra de cada escritor, no hay uno que se escape a las deudas con el pasado o contemporáneos. Todo escritor ha utilizado conscientemente la obra de otros escritores para dar a luz su propia creación y esta es información de vieja data (en la mayoría de los casos el inconsciente también ha actuado y hecho su trabajo). Qué es lo importante, entonces? ¿Qué es lo que hace válida una obra y la legitima?; su mirada personalísima, su agudeza y en última instancia su supremacía en el canon. Así la obra “verdadera” o “genuina” supera los materiales particulares que se alojan en ella y perdura en el tiempo. Lo que nos asegura que el robo, el saqueo y pillaje en la creación literaria se justifica y, aun más, es necesario para producir y crear “nuevas” obras. Esto, los críticos y estudiosos lo saben, y lo denominan con eufemismos: influencia, reescritura, raíces, intertextualidad, etc. Más allá de lo anterior, hoy se considera a Brecht, a Nabokov y otros, autores de genio creativo. El cuento del berlinés Heinz y la novela de Nabokov parten del mismo núcleo, pero su dimensión creativa es distinta. El cuento está bien escrito e incluso la historia no carece de interés, pero la obra de Nabokov es genial y sobrepasa por mucho el cuento en cuanto a calado y amplitud. Por supuesto una gran obra de arte es siempre original. Sin embargo, todas las obras (geniales o no), son disímiles en cuanto a su calidad y, en definitiva, en cuanto a originalidad. Bertolt Brecht es un dramaturgo de primera línea. Creó el drama de propaganda moderno y sofisticado; explotó con brillo el teatro a gran escala. Durante las dos décadas posteriores a su muerte, fue probablemente el dramaturgo más influyente en el mundo. Por otro lado es evidente la mediocridad de Bob Dylan (en el campo literario), y Raúl Zurita por más que haya pedido préstamos hoy se ha convertido en un popular propagandista de su “literatura”. La poesía sufí de Rumi es luminosa y perdurable, y la de Gonzalo Rojas es efímera. Bolaño es superior narrador que Pitol, pero Bolaño no le da para atarle un zapato a Cortázar, teniendo en cuenta que Cortázar, con su obra más ambiciosa; Rayuela, tampoco logra la potencia de la genialidad absoluta. No basta con Robar, hay que saber Robar o, mejor dicho, poseer la genialidad del robo (discernimiento, una profunda percepción e intuición). Más aun, se sabe que la obra de un escritor es dispar y nunca pareja. Ernest Hemingway fue en sus primeras novelas un escritor profundamente original y aun más en sus cuentos. Transformó la manera en que sus iguales norteamericanos y la gente en todo el mundo de habla inglesa se expresaban. Creó un estilo nuevo, personal, sumamente contemporáneo, que fue intensamente norteamericano en su origen, pero que se instala fácilmente en muchas culturas, de modo que llegó a encarnar a Estados Unidos en una época dada, como Voltaire encarnó a Francia en la década de 1750 o Byron a Inglaterra en la de 1820.

Hemingway fue el inventor de la frase “toma una copa”, sin embargo su originalidad declinó al punto de desaparecer y cuando se dio cuenta de que estaba fallando en su arte y comprendió que le era imposible mantener su nivel creativo, se suicidó. Una de las dramaturgas más conocidas de los últimos tiempos, Lillian Hellman, a menudo mintió acerca del origen de La hora de los niños y las circunstancias que rodearon la noche del estreno. No señaló su deuda con el libro Roughhead y, cuando la obra apareció, un crítico, John Manson Brown, la acusó de plagio, la primera de muchas acusaciones similares que debió afrontar. La verdad es que es una obra brillante y los cambios que hizo a la historia original fueron la clave del éxito. Más allá de esto, es la obra de Hellman la que perdura, ya que ésta le dio un nuevo carácter y en su sentido estético cortó el hilo umbilical con la anterior. Y así puedo no terminar nunca. En la década de los sesenta, Sartre pasó parte de su tiempo viajando por China y el tercer mundo. Esta frase, “el tercer mundo”, que mundialmente se cree que es de Sartre, en realidad la inventó un desconocido, Alfred Sauvy, en 1952. Este es un botón de muestra de los innumerables préstamos que Sartre tomó de otros autores. La primera frase de El segundo sexo de Simone de Beauvoir es un eco consciente del comienzo del Contrato social de Rousseau. Es suficientemente sabido que a los franceses les gusta tomar una idea alemana, y darle un aire modernista, para hacerla suya. Henrik Ibsen durante la última década de su vida fue el hombre más famoso de Escandinavia. En realidad, a la par de Tolstoi en Rusia. Era ampliamente considerado como el escritor más grande y el profeta del mundo de su época. Escritores de la talla de George Bernard Shaw difundieron su fama. Ibsen se mostró sensible a las ideas formuladas a medias por otros. Como diplomáticamente lo dijo George Brandes, el crítico danés y en un tiempo amigo suyo, Ibsen estaba “en una especie de correspondencia misteriosa con las ideas que germinaban en su época”.

Toda obra perdurable se rige por los códigos que aquí he desmenuzado. Desde el momento en que la obra traspasa las fronteras del tiempo valida estos recursos, los vuelve virtuosos, los asienta en la conciencia de distintas culturas y escritores, y en definitiva fascina al lector.