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Simone de BeauvoirDe tres mujeres, ninguna mujer, en La mujer rota de Simone de Beauvoir

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Los feminismos realizan una crítica a la desigualdad social entre mujeres y hombres, y proclaman la promoción de los derechos de las mujeres. Las teorías feministas cuestionan la relación entre sexo, sexualidad y el poder social, político y económico.

Simone de Beauvoir, como férrea activista del feminismo, señala en su célebre libro El segundo sexo (1949)“el hecho de poseer unos ovarios no implica necesariamente ser una mujer” por ello, en la novela que escribiría posteriormente, La mujer rota (1968), crea tres personajes que no asumen su condición de mujeres en su máxima expresión, es decir, no “experimentan su feminidad”, pues son viva imagen de la construcción masculina que se ha hecho de éstas.

La primera protagonista de la novela de Simone de Beauvoir se nos presenta física —“Estaba asqueada de mi cuerpo” [12]— y emocionalmente derrumbada ante las exigencias de su marido e hijo. Es una mujer que, a pesar de haberse desarrollado profesionalmente, tener varios libros publicados y ser reconocida como una intelectual dedicada y comprometida con su causa, no tiene más horizonte que no sea su rol de esposa y madre.

El marido es para ella como su columna vertebral y hacia él manifestará total vehemencia. Ellos mantienen —de acuerdo a sus propias palabras— un vínculo que los ata indefinidamente: “Es quizás durante esos instantes, cuando lo veo alejarse, en los que él para mí existe con la más trastornadora evidencia... que lo conducirá a mí como a su sitio natural; esta certidumbre me conmueve aun más que su presencia” [6].

Su condición de mujer, aun cuando se ha alejado de algunos de los estereotipos designados a las féminas: ama de casa, sirvienta sin sueldo o esclava, queda relegada a un segundo plano al darle preeminencia a su relación con su esposo André y su hijo Philippe.

Durante el desarrollo de la historia queda bien claro que es ella la encargada de los quehaceres del hogar: “He instalado en la biblioteca la bandeja del desayuno” [5]. “Hacia la una hice un alto para poner la mesa en la cocina: totalmente igual a la cocina de la abuela... He dejado sobre la mesa la ensalada, el jamón, el queso, la fruta” [9]. Es perfectamente comprensible que ella y su esposo no compartan las rutinas, puesto que esos deberes le corresponden a ella, porque es parte del rol que le ha sido asignado histórica y culturalmente, es “el deber ser” de la mujer, al menos en el contexto en el que se desarrolla la novela.

Su voz es reflejo de esa concepción social que se tiene de la mujer y que muy bien exponía Simone de Beauvoir en El segundo sexo:

La educación recibida generación tras generación de madres a hijas, de la sociedad, de los mismos educadores, transmite ciertas expectativas e ideas de lo que se espera del “ser mujer”. La mujer debe ser, según los antiguos patrones sociales: casera, sometida, dependiente, pasiva, reservada, delicada, frágil, y ejercer profesiones femeninas.

En ese mismo orden de ideas, nuestra protagonista número uno mantiene una relación afectiva muy profunda con su hijo, la cual se ve interrumpida cuando éste se casa y, por ende, se aleja de ella. Para colmo su nuera ha logrado apartarlo de las tendencias políticas que ella tanto se esmeró en inculcarle: “Yo he sido quien ha dado forma a su vida. Ahora, asisto a ella desde fuera como un testigo distante” [22].

Incluso, cuando éste le revela que ya no hará su tesis de grado y que se dedicará a un puesto en el Ministerio de Cultura, revienta en cólera sintiendo que su nuera, además de “robárselo”, “...porque no quiero creer que Philippe haya dejado de pertenecerme” [7], alejarlo de su indeclinable posición política y convertirlo en un “snob”, ha logrado doblegarla hasta el punto de que no sea capaz de debatir ante los demás sus opiniones y sentimientos: “En el fondo yo pienso que todos deberían imitarnos, pero no he querido discutirlo” [24]. ¿Por qué prefiere callar? ¿No es importante su opinión?

Philippe viene a ser para ella casi una extensión de su propia existencia, sintiendo que su realización personal es él. Si él falla se estaría fallando a sí misma y le estaría fallando principalmente a la sociedad que espera de ella un modelo a seguir.

La primera protagonista de la novela de Simone de Beauvoir presenta la acepción más contrastante sobre la condición de mujer en la escena donde ella critica a su nuera:

Conozco a esas jóvenes “a la moda”. Tienen una vaga profesión, pretenden cultivarse, hacer deportes, vestirse bien, mantener impecable su apartamento, educar perfectamente a sus hijos, llevar una vida mundana, en una palabra, éxito en todos los planos. Y no tienen interés por nada. Me hielan la sangre [18].

Nótese que el dejo con el que lo dice no es más que una actitud particularmente contradictoria siendo una profesional e intelectual exitosa. Sus palabras parecen formar parte de las más intrínsecas concepciones sociales, demostrando que el concepto que ella posee sobre la mujer es el que histórica y socialmente ha sido construido por el hombre. ¿Por qué censuraría una profesional brillante como ella a su nuera si no es porque nuestras raíces culturales así lo promueven?

Por otra parte, cuando hace sus meditaciones y se identifica con la imagen de colérica —“Pero con André, cuando entro en cólera contra él, es un tornado que me arrastra a miles de kilómetros... a una soledad a la vez quemante y helada” [35] “Siempre he sido colérica: ¿me volvería agria?” [62]—, sucumbe ante la preconcepción masculina que plantearan Freud y luego Lacan: “Hay muchas más histéricas que histéricos porque el camino de la realización simbólica de la mujer es más complicado”.1

De acuerdo a Lacan, continuador de las teorías freudianas, “la mujer es un hombre frustrado, pues la ausencia fálica la fuerza a tomar el rodeo de la identificación al padre”.2 La mujer, entonces, “sabe que el falo es un símbolo que no tiene correspondiente ni equivalente y, como no lo tiene, quiere tenerlo”,3 desarrollando entonces el complejo de masculinidad e insistiendo por tanto, en equipararse con él.

Simone de Beauvoir señala, sobre las teorías propuestas por Freud y continuadas posteriormente por Lacan:

“...no es la ausencia del pene lo que provoca ese complejo...; la niña sólo envidia el falo como símbolo de privilegios acordados a los varones; el lugar que ocupa el padre en la familia, la preponderancia universal de los machos, la educación, todo la confirma en la idea de la superioridad masculina”.4

Así, pues, esta francesa comprometida con la lucha feminista, decidida a hacer reaccionar a las mujeres, y en contraposición a lo propuesto por Freud y Lacan, plantea: “El falo adquiere tanto valor porque simboliza una soberanía que se realiza en otros dominios. Si la mujer lograse afirmarse como sujeto inventaría equivalentes del falo”.5

La segunda protagonista se nos presenta a través de un monólogo interior, dando la impresión de haber sufrido mucho —tanto en su niñez como en su adolescencia y en su vida conyugal—: “¡Ah! He sido asquerosamente frustrada, la vida no me ha dado regalos” [79].6

Con dos matrimonios destruidos a cuestas, se define a sí misma como una mujer y madre envidiables al mismo tiempo que “nada” sin un hombre: “Todas esas putas tienen un hombre para protegerlas...” [81]. “¿Qué aspecto tiene una en las playas, en los casinos, si no se tiene un hombre al lado?” [93].

Vemos, pues, que su discurso se corresponde al que la sociedad le impone y el cual debe mantener:

Una imagen a la cual la mujer se tiene que conformar, so pena de exclusión, rechazo o crítica de parte del resto de la sociedad si no llena esos requisitos, llegando a ser catalogada de loca, excéntrica, histérica, libertina y muchas otras denominaciones ofensivas y denigrantes.7

Desde esa perspectiva, es perfectamente normal que ella se asuma de esa forma, pues desde muy pequeña fue sometida a la diferenciación de sexos en los cuales los varones de la casa son los que mandan. Bien lo señala cuando afirma sobre su hermano: “Papá colgaba a Nanard de su hombro para que viera los fuegos artificiales... Nanard era el rey” [76].

Allí se representa muy bien lo que señalaba Diderot en el siglo XVII: “la inferioridad de la mujer ha sido en parte por la sociedad”;8 así, el padre de nuestra segunda protagonista no está actuando fuera de los márgenes institucionalmente establecidos donde —como lo señala la propia Simone de Beauvoir—: “constituidos sobre una cultura patriarcal se somete a la mujer a la absoluta dominación del hombre, ya sea el padre o el esposo, donde ésta no sólo debe complementarlo sino obedecer a sus designios como una esclava”.

Además, la propia protagonista nos confirma cómo tenía que entenderlo: “...pero cuando él [refiriéndose a su padre] reventó, ella ya no se tomó la molestia y me encajaba los anillos contra la cara” [76].

Aunado al dolor de haber crecido en un hogar violento, “...mi infancia mal vestida descuidada abofeteada maltratada...”, al hacerse adulta y casarse —enamorada por cierto— sufre su primera desilusión al descubrir que su esposo la engaña con su propia madre: “...se burlaban a mis espaldas y siguieron con el asunto; el día que yo entré de improviso, ella estaba toda colorada” [91].

Luego, habrá de casarse nuevamente pero esta vez por interés económico. Tratar de resolver su situación financiera a través de un marido, en vez de una solución termina siendo precisamente una forma de condena y uno de sus mayores tormentos: “Pero dependo de él” [76]. “Sin pasta una no puede defenderse, una es menos que nada un doble cero” [80].

En consonancia con la primera protagonista, ésta también se ve afectada por las relaciones con sus hijos. Con su hija Sylvie, quien se suicida siendo apenas una adolescente, hay un sentimiento de culpa que la agobia, pues está convencida de que si hubiese cumplido con su “deber” de madre la habría salvado: “Si me hubiera levantado a las siete... Si hubiera ido a darle un beso al volver...”.

También porque, ante el suicidio de Sylvie, se convierte en víctima de sus amigos y familiares: “Y llegaron ellos besaban a Sylvie ninguno a mí y mi madre gritó: ‘¡Tú la has matado!’ ” [97]. De esa forma, cae en la autoflagelación: “...si una chica se mata la madre es la culpable” [98].

Con su hijo Francis hay una contradicción de sentimientos. Primero se siente atada de manos y pies porque su ex esposo tiene una estabilidad económica que le confiere casi irremediablemente la custodia legal sobre el niño. Y luego lo emplea como medio para conseguir una pensión de manutención.

De esta forma, nuestra segunda protagonista no sólo sucumbe ante las expectativas de quienes la rodean, juzgan y censuran, sino que vuelve a fallarse a sí misma cuando se flagela con recuerdos dolorosos, al sentirse culpable de la muerte de su hija, así como al frustrarse por no poder mantener la custodia legal de su hijo. En todas las situaciones pareciera como si la individualidad se hubiese perdido, y éstos (Sylvie y Francis) fueran una extensión de su propia existencia.

No obstante, Simone de Beauvoir en El segundo sexo señalaba:“Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana...”, por tanto, “la mujer es una hembra en la medida en que se experimenta como tal”. Por ello, nuestra protagonista número dos, al igual que su antecesora, se nos muestra vulnerable, notablemente alterada, dependiente no sólo del sexo masculino como presencia: “necesito un hombre”, sino como soporte económico.

Es, sin duda, vivo ejemplo de cómo puede perderse la identidad de la que hablaba Simone de Beauvoir y que nos invita a preguntarnos: ¿por qué una mujer de cuarenta y tres años puede sentirse una inútil, fracasada y completamente infeliz por no tener un esposo y unos hijos al lado? ¿No será acaso que piensa haberle fallado a la sociedad que la rodea y que esperaba que fuera una excelente madre y esposa? Simone de Beauvoir le diría: “...es más cómodo, sin duda, sufrir una ciega esclavitud que trabajar para liberarse...”.9

Si la mujer tiene en la sociedad un rol predeterminado que, como se ha explicado anteriormente, se ha transmitido de generación en generación a través de las madres a las hijas, de los maestros a sus alumnas y así sucesivamente, es comprensible que ella se sienta un fracaso. No sólo porque no ha cumplido con las prerrogativas de la sociedad, la cual espera que sea un ejemplo y modelo a seguir, sino que su realización personal no es íntima ni relativa a ella como individuo sino en función de los demás.

La tercera protagonista se reviste de la figura de madre, esposa y ama de casa perfecta, la cual se ve entorpecida cuando descubre que su esposo mantiene un romance con una brillante abogada. Aunado al estado de desolación que le causa el engaño de su marido, se cuestiona el papel que ha jugado en la vida de sus dos hijas. Con la primera se siente triunfadora porque, como viva imagen y semejanza de sí misma, ha seguido su ejemplo: “Ella también dejó los estudios al casarse...” [120].

Por el contrario, con la segunda se siente que fracasó, pues algo en ella como madre hizo que ésta se alejara a otra ciudad a estudiar. Contradictoriamente, la hija que está siendo fiel a sus convicciones, ideas y sentimientos, es la que menos la hace sentir orgullosa y con la cual terminará la novela totalmente abatida: “No he hecho feliz a Maurice (su esposo). Y mis hijas tampoco lo son” [222].

Vemos, pues, como esa acepción determinante nos hace plantearnos: ¿sus hijas y su esposo son los únicos que pueden ser felices? ¿Y ella? ¿Cuándo se preocupará por ser feliz ella? Lo mismo sucede con nuestras dos protagonistas anteriores, en las cuales son de igual forma subestimados sus sentimientos, pensamientos e ideas ante las exigencias de quienes las rodean. Ninguna asume un rol individual que no dependa de lo que esperan que ellas piensen, hagan, sean.

Hay que entender, pues, que responder estas interrogantes no es tarea sencilla. Recordemos que nuestra tercera protagonista vive, sueña, muere por su esposo e hijas. Por su marido manifiesta una total y absoluta admiración. En sus palabras se percibe como si él representara el sentido de su vida: “Él estaba siempre aquí cuando tenía necesidad de él” [111]. “Él me colmó, no he vivido más que para él” [116].

Cuando se refiere a su esposo como un todo, como un ente del que no puede desprenderse porque era suyo, le pertenecía y ya no, se enlaza con las protagonistas anteriores, las cuales no pueden percibirse solas. La soledad les está negada como consecuencia de una exigencia social influenciada desde pequeñas o porque simplemente necesitan al Otro.

Ellas demuestran con su actitud aquello a lo que hacía alusión Lacan en su artículo La mujer que no es de recibo: “Como todo depende del Otro, la solución es tener un Otro todo tuyo. Es lo que se llama el amor. En la dialéctica del deseo, se trata de tener Otro todo tuyo”.10

A lo que seguramente respondería Simone de Beauvoir “...la mujer no se reivindica como sujeto... porque experimenta el vínculo necesario que la sujeta al hombre... y porque a menudo se complace en su papel de Otro”.11

Volviendo a la tercera protagonista, ante el inminente engaño de su esposo, ésta busca explicaciones sobre lo qué pasó que siempre terminan ubicándola a ella como la culpable: “Que un hombre tenga una aventura después de veintidós años de matrimonio... es normal” [118]. “... en el idilio de ellos yo soy un problema, un obstáculo” [129].

Al igual que nuestras dos protagonistas anteriores sus roles de madres y esposas prevalecen antes que sus propias necesidades individuales. Sus sentimientos y aspiraciones estarán siempre en función de las exigencias sociales y culturales porque es lo más apropiado aun cuando sea en detrimento de su propia estabilidad emocional.

En ellas se percibe una sublevación ante la relación familiar de compromiso y entrega que impide su total realización femenina; Simone de Beauvoir muy bien lo decía: “La mujer debe ser según los antiguos patrones sociales: casera, sometida, dependiente, pasiva, reservada, delicada, frágil, y ejercer profesiones femeninas”. Por eso, cuando la tercera protagonista está convencida de recuperar su matrimonio, su amiga intima le recomienda: “...para recuperar a su marido, sea hermosa, elegante, salgan los dos” [118]. O, al censurar la actitud de su nuera, nuestra primera protagonista indica: “Ella se callaba mucho, como una mujer inteligente que sabe esperar el momento de soltar una frasecita sorprendente... por su tontería o su banalidad” [19].

Partiendo del hecho de que Simone de Beauvoir aseguraba que “la mujer es una hembra en la medida en que se experimenta como tal”, entonces ninguna de las mujeres del universo literario de La mujer rota se hace mujer; esto, en resumen, es evidenciado por el hecho de sublevar ideas, pensamientos y sentimientos de cada una por los de los demás (léase esposos e hijos).

Una mujer en su máxima expresión es, aunque forme parte del terreno de la utopía, aquella capaz de experimentar su feminidad como bien le plazca, es decir, sin estar sujeta a condiciones sociales preestablecidas ni a normas culturales que atenten contra su individualidad. No depende de los demás, no teme ser juzgada ni censurada y ES fiel a sus principios, ideas y sentimientos. Ninguna de las mujeres de La mujer rota podía lograrlo porque el momento histórico en el que fueron construidas no se los permitía.

De este modo, aun cuando sean tres mujeres de la ficción, tienen la significación de representar a la comunidad femenina y su posición en la sociedad, así como de reflejar aquello que bien señalaba Simone de Beauvoir en El segundo sexo y que sigue siendo motivo de grandes polémicas sobre la discusión de la diferencia de sexos: “La inferioridad femenina no es natural, sino una construcción social”.

Simone de Beauvoir lo plantea ficcionalmente porque necesita hacer despertar a una sociedad que permanece indiferente a una realidad que consume y agobia a una cantidad enorme de mujeres en el mundo. Una realidad que regresa a la mujer a las concepciones más retrógradas y absurdas. Que la condena a una posición secundaria, que le niega, como diría Agrippa, “la libertad que recibe al nacer”.12

Desde esa perspectiva, Simone de Beauvoir, construye tres personajes que permiten develar cómo la mujer es considerada un segundo sexo porque “el rol atribuido a la mujer no se basa en diferencias anatómicas o fisiológicas, sino que son consecuencia de un acondicionamiento psicosocial”. Por lo tanto, la limitación a la que ha sido sometida la mujer ha sido “...por la fuerza de la costumbre, por la educación y el trabajo, y principalmente por la violencia y la opresión”.13

Así pues, finalmente, sólo cuando las mujeres asuman su feminidad de manera absoluta y verdadera dejarán de pensar y actuar como lo espera la sociedad y por tanto, como lo esperan los hombres. Simone de Beauvoir citando a Rimbaud bien lo advertía: “Entonces será plenamente un ser humano cuando sea destruida la infinita servidumbre de la mujer, cuando viva por ella y para ella, una vez que el hombre —hasta ahora abominable— le haya devuelto su libertad”.14

 

Bibliografía

De fuente directa

  • De Beauvoir, Simone (1983). La mujer rota. Trad. Dolores Sierra y N. Sánchez. Barcelona: Seix Barral, S.A.

 

De fuente indirecta

  • De Beauvoir, Simone (1954). El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte.
  • Lacan, Jacques (2003). El seminario de Jacques Lacan. Libro 5: Las formaciones del inconsciente. 1957-1958. 1ª ed. 3ª reimp. Buenos Aires: Paidós.
    —. (2004). El seminario de Jacques Lacan. Libro 3: Las psicosis. 1955-1956. 1ª ed. 13ª reimp. Buenos Aires: Paidós.

 

Notas

  1. Lacan, Jacques (2004). El seminario de Jacques Lacan. Libro 3: Las psicosis, 1955-1956. 1ª ed. 13ª reimp. Buenos Aires: Paidós. p. 254.
  2. Ibíd. p. 251.
  3. Ídem.
  4. De Beauvoir, Simone (1954). El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte. p. 17.
  5. Ibíd. p. 71.
  6. Nótese que Simone emplea el recurso de obviar los signos de puntuación para darle el ritmo alterado de la narradora. Así lo hará durante todo el monólogo.
  7. De Beauvoir, Simone (1954). El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte. p. 19.
  8. Diderot, citado por Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte. p. 117.
  9. De Beauvoir, Simone (1954). El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte. p. 307.
  10. Lacan, Jacques (2003). El seminario de Jacques Lacan. Libro 5: Las formaciones del inconsciente. 1957-1958. 1ª ed. 3ª reimp. Buenos Aires: Paidós. p. 137.
  11. De Beauvoir, Simone (1954). El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte. p. 17.
  12. Agrippa, Cornelius, citado por Simone de Beauvoir en El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte. p. 140.
  13. Ídem.
  14. De Beauvoir, Simone. (1954). El segundo sexo. Trad. Pablo Palant. Buenos Aires: Siglo Veinte. p. 308.