Sala de ensayo
Juan RulfoEl hombre

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El hombre es uno de los cuentos más complejos de los que integran El Llano en llamas, de Juan Rulfo (Jalisco, 1918-1986).

La historia narra la persecución de José Alcancía por quien busca vengar la muerte de su familia, así como el perseguido buscaba vengar la de su hermano. El perseguidor pudo escapar a ese designio al ausentarse de su casa para ir a enterrar a un hijo. Su familia murió en su lugar (“Él vino por mí. No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el fin de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, frente a él y frente a ti”. Juan Rulfo, Pedro Páramo, El Llano en llamas, Literatura Contemporánea Seix Barral, Nº 11, pág. 129).

Una segunda instancia del cuento se abre en la voz de un narrador en primera persona, un borreguero, quien da explicaciones a la autoridad.

El hombre al que alude el título puede ser, inicialmente, tanto el perseguidor como el perseguido (ambos narran en presente y el cuento discurre en la indefinición acerca de lo que está siendo narrado: sensaciones y pensamientos ocupan el primer plano). Se encuentran unidos en un inexorable círculo de violencia, en un espacio a la vez claro e impreciso. No es fácil discernir un personaje de otro en una lectura superficial.

Más tarde queda en claro que el título alude al perseguido, a su condición de alguien signado por dos fuerzas: la venganza y el destino.

 

Una estructura múltiple

Esta postulación, que resultaría simple enunciada de un modo lineal, está dada por las voces de cuatro narradores: uno omnisciente al comienzo (“Los pies del hombre se hundieron en la arena”, pág. 129), el perseguido, el perseguidor, y el borreguero, y alternancias entre los tiempos, pasado y presente. Estas alternancias son también el planteo de un círculo cuyo origen es anterior al propio cuento, haciendo a la venganza que entraña algo inaccesible, que se remonta a antes del comienzo de la acción.

Hay incluso hechos de los cuales es narrada una simple consecuencia que permite inferir un estado del personaje: Alcancía se corta un dedo en la huida, pero no se sabe cuándo ni cómo, sino sólo que: “Le falta el dedo gordo del pie izquierdo. No abundan los fulanos con estas señas” (pág. 129), “No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre— ...Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que llevo... Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después” (pág. 131).

En otro momento, el perseguidor pasa de un soliloquio a dirigirse directamente al perseguido, como si éste pudiera escucharlo: “Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca... Eso sucederá cuando yo te encuentre” (pág. 130), que lleva a algo frecuente en los personajes de Rulfo: la captación del mundo desde una intuición propia, honda y genuina, pero no por eso justa: sus personajes son sabios, y a la vez crueles.

Las razones de la primera violencia (el asesinato del hermano de José Alcancía por parte de su perseguidor) son desconocidas al lector, tanto como el rostro del asesino o el momento del crimen. Urquidi sabía que Alcancía vendría silencioso, como una mala víbora, como si una violencia frontal pudiese ser mejor o ser asumida como justa.

El cuento instala la simultaneidad, la ruptura del orden lineal del tiempo y con ella también diferentes grados de conocimiento de los personajes. José Alcancía intuye su destino, el perseguidor adivina sus movimientos, y el borreguero —como el esclavo de Citerón, de Edipo Rey— dice lo que vio sólo porque lo vio. Es este personaje quien encuentra muerto a José Alcancía. El lector sabe sin embargo lo que ignora el borreguero: que ese ser, cuyo cuerpo se muestra consumido y agotado y que intenta escapar, ya está muerto, y que él mismo lo sabe pero busca algún resquicio por el cual huir de la trama en la que él mismo se insertó. La muerte se produce antes del hecho material del asesinato.

Hay así un saber profético, que se habla a sí mismo, y que habla al lector: el de ese perseguidor sin nombre, que se confunde con el narrador omnisciente del principio: “Te cansarás primero que yo. Llegaré adonde quieres llegar antes de que tú estés allí —dijo el que iba detrás de él—. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes de que tú llegues” (pág. 131). De algún modo, como señala Foucault, el de ver más allá, y al mismo tiempo, podemos agregar, no ver, es un saber solitario y de la experiencia. La muerte es experiencia y también soledad, pero el saber del perseguidor y del perseguido hace que la venganza sea tan incuestionable como lo que ven. Ambos ven más allá (intuyen al otro) y al mismo tiempo, como Edipo, son ciegos (ya que obedecen a un propósito autoimpuesto pero que es evitable).

La suerte está echada. Sólo falta el mecanismo que la ponga en marcha.

 

Acción y conocimiento

La acción del cuento en sí es la de la primera parte, la segunda es una alternancia del punto de vista: el perseguidor ya ha declarado muerto a Alcancía, le resta encontrarlo, y el borreguero ve a un hombre que es un espectro. A su vez, las acciones de cada personaje se ramifican: éste último rememora la noche en que dio muerte a la familia Urquidi (1), y su perseguidor, el entierro de su hijo y cómo imagina el asesinato (2). Pero en él hay algo más: sus acciones tienen el poder de vaticinar, contienen a ese destino de violencia, que es el elemento estructurante del cuento: andar es encaminarse al cumplimiento de una venganza, y a la muerte; no hay otra condición existencial.

Alcancía trata de huir pero, tal como lo había vaticinado su perseguidor, es encajonado por el río y debe volver sobre sus pasos (en ese momento lo ve el borreguero): es en dicho lapso que transcurre la segunda parte.

Hay una diferencia en el grado del saber de la primera parte, y el de la segunda: en la primera es la introspección de perseguidor y perseguido (soliloquios, en los cuales uno de ellos se sorprende de oír su propia voz: “ ‘No el mío, sino el de él’, dijo. Y volvió la cabeza para ver quién había hablado” (pág. 129).

El escenario se vincula a ambos personajes: impone limitaciones al perseguido, y es leído por el perseguidor (3). A uno lo domina la ansiedad (4), el otro sabe esperar. El destino aparece en el simple hecho de que si José Alcancía había creído dar muerte a toda la familia Urquidi, entonces cabe la pregunta acerca de quién huye en realidad. No obstante, Alcancía sabe que la venganza es sólo un momento de ese círculo de la violencia.

El saber de la segunda parte es testimonial: registra los datos objetivos y éstos son confrontados con las percepciones de los otros personajes. Se produce un desfasaje en el hecho de que el lector no imaginaba —como testigo de la conciencia de Alcancía— el grado de deterioro de su cuerpo. Urquidi, el perseguidor, no aparece. Como el destino, no es visto, sí lo es su acto —el de dar muerte a Alcancía.

 

La violencia de la palabra escrita

En la segunda parte, el borreguero habla ante un licenciado que representa al poder legal, vinculado a la palabra escrita.

Rulfo sin embargo silencia a este personaje, tan tenebroso como los otros (o quizás más, porque sus razones no necesitan ni siquiera justificación), que sin pronunciar una sola palabra encarna al monopolio del poder, uno que puede interpelar sin tener que oír, y cuyas acciones, aun inspiradas por el desconocimiento, producen efectos reales. Al poder no le interesa lo que las cosas sean, sino convertir en reales a las que pronuncia.

Es el licenciado quien imputa al testigo como autor de una violencia, y al hacerlo, al crear una culpa, ejerce quizás la violencia mayor: aquella capaz de ignorarse como tal a sí misma y producir efectos a partir de un hecho injusto, generado por ese mismo poder: “¿De modo que ora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ora que sí” (pág. 136).

La violencia legal es diferente a la venganza. No necesita sentimientos ni razones, tampoco justificarse. La venganza tiene orígenes remotos, la violencia los tiene en la ley.

El borreguero habla desde el discurso oral, con sus apreciaciones y su parcialidad, definiéndose por lo que no sabe (“Soy borreguero y no sé de otras cosas”, pág. 136) pero se inscribe en el discurso del poder expresado por la palabra escrita que no necesita ni ser palabra ni estar escrita. El personaje está solo ante ese interlocutor que no lo oye pero cuyo discurso se refleja en él y que lo acusa, del mismo modo que están solos los personajes de Alcancía y Urquidi. No hay más que soledad y pérdida en este mundo sin salida.

El poder resuelve la venganza pero por medio de una violencia equivalente, que a diferencia de la venganza, se presenta como racional.

Soledad, fatalidad, violencia, derroteros inciertos por un camino agreste (5), y la relatividad de todo lo que no sea eso, configuran una narrativa tan clásica como vanguardista donde ante el imperativo de caminar se revela la necesidad de que hacerlo conduce sólo a la muerte.

 

Bibliografía

  • García Céspedes, Natalia. “Una lectura de ‘El hombre’, de Juan Rulfo”. Revista electrónica Documentos Lingüisticos y Literarios UACh, Universidad Autónoma de Chile.
  • Foucault, Michel. Edipo y la verdad. Segunda conferencia de La verdad y las formas jurídicas. Gedisa.
  • Juan Rulfo. Grandes Escritores Latinoamericanos, Nº 25. Serie dirigida por la profesora Silvina Marsimian. Diario Página 12.
  • Moreno Rodríguez, Ramón. “La muerte en dos cuentos de Juan Rulfo”, Sololiteratura.com.

 

Notas

  1. En este racconto interviene, sin solución de continuidad, el narrador omnisciente, quien señala que “Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor” (pág. 131). Esta observación, en apariencia intrascendente, introduce una duda en el carácter del personaje y un cambio en el propio narrador, y reafirma al personaje como vector de una venganza que va más allá de sí mismo, y depara otra cuestión: aun el narrador omnisciente ignora si eran lágrimas o sudor, lo cual es un indicador más de indefinición.
  2. “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche y cuando el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe” (pág. 130).
  3. “El hombre ese se quedó aquí, esperando. Allí estaban sus huellas: el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de su cuerpo abriendo un pozo en la tierra húmeda” (pág. 131).
  4. “Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia siempre deja huellas. Eso lo perderá” (pág. 129).
  5. “El cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres” (pág. 130). En el espacio contrastan una belleza distante e indiferente (el cielo, el paisaje a lo lejos) con lo más próximo, siempre inhóspito.