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Poemas

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No pasa nada

La luz chispea sobre el muro blanco
donde se desperezan los rosales.
El aire es poco más que una intuición
que resbala en la piel y huele a pinos.
La mañana está en paz. No pasa nada.

Y sin embargo, tú, tan desvalida,
tan pálida, tan sucia de tormentas,
como si un fiero vendaval hubiese
demolido la almena de tu patio.
Hongos húmedos cuelgan de tu pelo;
en tus manos se enredan hojas muertas;
humo en los ojos, musgo entre los dientes;
y pecho adentro aúlla una jauría
husmeando los puntos cardinales
por oler las cosechas incendiadas.

Tienes carbón debajo de las uñas,
tal fue tu saña al escarbar la noche.
Traes manchas de liquen en la espalda
por haberte acostado en tantas tumbas.

Cálmate, tú. No hay más que olor a pinos,
alborada serena, brisa mansa,
alondras despertando en los ramajes.
No hay huracanes destrozando bosques.
No hay incendio en la mies de tus exilios.
La mañana está en paz consigo misma.
Cálmate tú, Marién. No pasa nada.

 

Legado

Cuando me vaya,
en un rincón del sótano
hallarán un arcón viejo de roble
con el modesto saldo de mis bienes,
mi legado de trastos
exento de tributos.

Nunca guardé por más de una semana
cartas de amor,
tarjetas con ausencias,
números de teléfono,
fotografías;
no encontrarán ninguna flor ajada
en las vetustas páginas de un libro
ni servilletas sucias con poemas.

En el baúl de avíos ya sin uso
hay un par de zapatos de charol
que llevaban mis pies para encontrarte
(nadie se enterará de que eran alas);
algunas joyas falsas, relucientes,
como mis ojos cuando te veía;
ropas fuera de moda
en donde no verán
—porque no son visibles los recuerdos—
la impronta de tu abrazo en mis vestidos.

 

Esperando el amor aunque no exista

Me voy hacia el paisaje de las yermas
llanuras en el mapa de mi pecho,
donde hay un patio con aroma a espliegos
y silencios se yerguen como almenas.

Allí moran mis ángeles de niebla,
los diablos que discurren mis desiertos
y oculta en el envés de los espejos
una niña que habla con las fieras.

Estaré revestida de invisible,
sin forma o gravedad, como una nube,
utópica, cual eje de una abscisa,

entrenzando hipotéticas urdimbres
con este odio fiel y esta costumbre
de esperar el amor aunque no exista.