Letras
Lo que reluce

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Mirada fija donde sabe que está el cielo raso de la pieza a oscuras, las dos manos apoyadas en la almohada sosteniendo la cabeza, Luis. Su esposa, Laura, duerme a la izquierda, roncando con la idéntica naturalidad que tendría si fuera consciente de lo que hace.

El hombre oye las campanadas del reloj que está en la penitencia de un rincón del comedor desde aquellos domingos a la tarde, cuando venía a visitar a su abuela, acompañando a sus padres. Pasaban por delante del péndulo dorado rumbo a la cocina, donde Luis se ponía a escuchar la radio y los otros hablaban de una vida ajena. Rato más tarde los demás regresaban a la pieza pequeña que daba a la calle; se quedaba solo con el final de los partidos de fútbol por Rivadavia.

Tiempos en que los nonos miraban televisión blanco y negro, el Zenith junto a la estufa, hasta que llegaban las visitas y tenían que llevar un par de sillas desde la parte a oscuras del resto de la casa. Luis imaginaba aquella mezcla de aromas a eucaliptos y limón metida en una isla, vaya a saber por qué esa imagen, surgida de su cabeza apoyada en el parlante del viejo aparato a válvulas donde Fioravanti, José María Muñoz, Enzo Ardigó, lo hacían volar por la cocina grande como una sala de espera de aquellos años.

Luis vive en la casa desde que murió la abuela. Su padre los llevó a todos allí y allí murió. Había que cuidar al nono, que falleció un año más tarde. Trabaja en el Nuevo Banco Italiano, y a su vez es padre de un hijo de tres años que duerme en la pieza de los antiguos dueños de casa. Recién recibido entró al Provincia, ascendió y se fue por varias razones antes de que naciera su vástago. Especialmente porque los gastos de armar una familia son muchos, usted comprenderá, señor Gerente, y sobre todo –esto no lo dijo ante la cara impasible del superior bancario— porque Laura desde que nos conocimos viene diciéndome que mi peor defecto es la comodidad. “Esa conservadora manera de ser que tenés”, repetía ella y más la rechazaba a medida que él más se esforzaba en mejorar. El cambio laboral le provocó a Luis mareos durante dos años, por lo menos, hasta que logró estabilizarse en su nuevo puesto y esa sensación de caminar por la cubierta de un barco se alejó, o al menos se redujo a un segundo plano.

Desde entonces el Contador Principal busca los momentos como éstos, a la orilla del amanecer, a espaldas de Laura que sigue en su sueño tibio, para retomar la idea de que ha vivido siempre en el mismo lugar del mundo. Un mundo en el que no tantas cosas han cambiado como parece, pese al vértigo de estos últimos treinta y cinco años. Dulce música antes de arrancar las largas jornadas de planillas Excel, gráficos de torta, barras coloreadas, reuniones inútiles, cifras y cifras y cifras, recupera voces, exactas fachadas de un barrio entonces menos abigarrado, que lo acompañaron hasta la adolescencia, esa estación donde quedaron guardadas para volver cuando hacen falta.

Luis avanza por el pasillo de su soledad, pinta un cuadro con la seguridad de cierta mano tutora guiando cada trazo. Inmóvil, llegan a su entresueño presencias sonoras: leves carraspeos, inflexiones personalísimas, maneras de reír, de gritar, y hasta de llorar, porque él recuerda muy bien que a la gente se la velaba en sus hogares: hombres y mujeres de negro, tantas veces su niñez boquiabierta, manos caídas en el cuerpo imperceptible, perfume de flores bajo el sol implacable de patios sin fin, la casa isla transformada en un fúnebre túnel de flores, crucifijos, oscuridades, rezos. Y el reloj con su péndulo inmutable en el rincón de la sala.

Por entonces ellos, aun los que no eran de la cuadra, venían por alguna razón todos los días. El panadero, el lechero, el sodero que traía bolillones de acero, los que trabajaban en el taller de la Siam, los pintores o albañiles, eran quienes lo ayudaban, presencias leves, a levantarse por las mañanas. Si Laura supiera, comprendería el recuerdo emocionado de su padre asomándose por una puerta, levantando un brazo a un costado de la canchita del Náutico. Si se enterara de su llanto a escondidas, bajo siete llaves, deseando que lo vinieran a buscar para siempre, entonces tal vez sumara su alivio para que duela menos semejante sucesión de despedidas.

El péndulo guillotina seis mandarinas de oro. Luis se levanta. En instantes recompone su cuerpo presente debajo de la ducha, se calza el traje de ganar bien, como gustaba decir la abuela. En la vaciedad de la cocina desayuna té, tostadas con dulce light. Un radiograbador escupe datos del tiempo, titulares de diarios, bla bla bla. Ajusta a la muñeca su reloj de cagatintas, como reprochaba su viejo, y sale con la computadora portable, a bordo de su Toyota, rumbo al escritorio de la salvación.

Cerca de la esquina, bajo el cielo color libro de lectura, con su carro de caballo y sus tarros llenos de machucones, aparece el lechero. El empleado extrañamente no se extraña, baja la ventanilla para oír nuevamente la cadencia de aquel entrerriano, pero se desconcierta:

—Su abuelo era un hombre de los que ya no vienen, nunca dejó de pagar cada fin de mes. Una vez me contó que usted se quedaba con los vueltos para comprar discos. Creí que bromeaba, pero ya veo que no. La vida es generosa para algunos.

Cambia el semáforo. El tipo ya no está. Dos cuadras más adelante, desde un Renault 12 sin remedio que llega a la puerta del negocio a punto de ser estrujada por un rascacielos, el almacenero que siempre le daba yapa dice con acento de Nápoles:

—Lindo el cochecito. Claro, todo lo que ahorró el abuelo se lo está comiendo el nieto. Había que aguantar la libreta de fiado del cinco al treinta, pero del uno al cuatro lo veía pasar hasta el supermercado. Ahí pagaba en efectivo porque era más barato. Le gustaba amarrocar, en vez de vivir bien. ¿Para qué? En fin, siga en lo suyo, que no es el único.

En el espejo del retrovisor, el comercio ya no existe. Sólo quedan treinta y seis departamentos apilados.

Baja en el estacionamiento del banco, la señora Herbella, que fue vecina de años, pasa camino a su taller de modista. El Contador Principal quiere decirle que en ese lugar ahora está la caja fuerte del NBI, pero antes de mover los labios escucha su voz de soprano:

—¡Qué grande estás, Luisito! ¿Te acordás todas las plantas que me rompiste con la pelota mientras probábamos vestidos? Encima la nona me pagaba por mes. Y yo agradecida. Hace mucho que te hago alguna ropa, parece que no la necesitás.

La puerta de vidrio la hace desvanecerse entre reflejos. El responsable de tanto dinero se siente mareado. Pasa raudo, carpetas bajo el brazo, el muchacho de la oficina de personal. Le deja unas hojas en la mano sin mirarlo. Su voz se parece a la del Turco Borrán.

—Estamos salvados, conseguí las pruebas del otro curso y hoy le hacemos la cambiada al de Álgebra, que siempre toma lo mismo. Tenemos que aprobar como sea, Luisín. Nos vemos.

Ya en el salón, la mujer que limpia queda eclipsada por una catarata de sol a sus espaldas y se transforma en aquella maestra de primer grado, la gorda Moine. Mientras le retuerce un cachete, dice entre olor a caramelo de oruzú:

—Luis, Luis, otra vez conversando como cotorra. Marche abajo de la campana, sin recreo, y después a Dirección.

Durante el resto del día, el Contador Principal cumple sus tareas inquieto. Cree ver a su tío Alfredo en el archivo, burlándose de su escaso atractivo para las mujeres. Le parece que la colorada Teresita le guiña un ojo desde la cara de su secretaria. Imagina al supervisor de su primer trabajo meneando la cabeza, y diciendo con tono cordobés: sos un inútil, pibe, un inútil.

Extenuado como nunca, Luis regresa a casa. Pasa frente al reloj de péndulo, por primera vez piensa en venderlo, cambiar las cortinas, agrandar ventanas, ganar ambientes luminosos, siente deseos de proponérselo con voz firme a su esposa. Entra a la cocina donde Laura está frente a la mesada cortando cebolla, le llama la atención verla haciendo semejante cosa, un perfume de niebla inunda el aire, siente que el tiempo se enfría. Antes de preguntar nada, sin darse vuelta, la escucha decir:

—¿Cómo te fue, Luis? ¿Estudiaste o seguís leyendo esas pavadas que te hacen mal a la cabeza? Tenés cara de cansado, sacate esa ropa, duchate y vení a cenar unos ravioles de verdura, que mañana entrás temprano.

La voz de su madre, estridente, empuja sus pasos hacia el baño.