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BarbieConfesiones de Barbie

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El 9 de marzo de 2009 Barbie estuvo de cumpleaños. A sus 50 años vive una eterna belleza, ideal de muchas féminas y delirio de cada varón. La chica plástica nació en 1959, un año después de entrar en uso el dinero plástico con la invención de la American Express y el mismo año que Fidel Castro triunfó con su revolución. Su historia, revolucionaria o no tanto, es la siguiente.

Mi nombre es Bárbara Millicent Roberts y todos me conocen como Barbie, reconocimiento que me enorgullece más que los tres dólares bastardos que pagaron para mi nacimiento en Willows, Wisconsin, el 9 de marzo de 1959 en la American International Toy Fair. Siempre, en todo caso, he pensado que la vida debiera especializarse en los juegos y en juguetes y así los hombres no sucumbirían a sus propias trampas.

Los varones tienen conciencia de su genealogía, es regla. Pinocchio tiene a Geppetto y a su hada madrina que no sé qué conciliábulo sexual traumático habrán tenido, pero el muñeco de madera se convierte en humano cuando se da cuenta del sentido materno de su hada. Tema trillado posteriormente con la película de Spielberg (¡perdónalo, Kubrick!) acerca del muñeco que inventa a su madre. Las mujeres somos todas bastardas y eso nos hace ser más hermosas, nos arroja a una zona de misterio (¿y descontrol?) que bien parece una trampa.

Cass, la desamparada chica más guapa de la ciudad de Bukowski, es representante de nuestra bastardía. Marilyn apesta.

¿La mejor salvaguarda?: decir que si Barbie fuera una muchacha real, tendría medidas exageradas (99-53-83, 1,80 metros y pesaría 49 kilos) y que, de existir —una chica entre 100.000 sí tiene esa talla, sí es perfecta— su voluptuosidad y ese andar en puntillas la impelerían a dolores de espalda y a la destrucción de sus pies. ¿Olvidan acaso a las reinas de Madagascar y su ingravidez de ébano, o los pies de loto de las niñas de la dinastía Tang (siglos VI al IX) y sus pies vendados y reducidos (aquí llegó también el botincito de la Cenicienta)..?

Toda mujer quiere ser una Barbie y suplir, en sí, genealogías. Lo supo Cindy Jackson, una chica americana igual que muchas, rubia y blanquísima, “con algunas pecas y muy poca gracia” que, después de hacerse unas veinte operaciones (liposucción en la papada, cuatro liftings faciales, dos cirugías de nariz, lipo en los muslos y caderas, varios implantes de siliconas, dos peeling químicos en la cara, cambio total de la dentadura, reducción del mentón, maquillaje tatuado en labios y párpados) y gastar cien mil dólares en esculpir su cuerpo durante diez años, logró parecer una muñequita; yo, en cambio, nací hermosa.

El hecho de ser rubia, tener pechos sobresalientes, cintura de doncella incólume y piernas interminables, no resta mis ansias de mujer independiente; mi capacidad para divertirme no desdice mi elegancia. Soy una princesa fashion, ya sea de vestidito clásico, lazo, y zapatos rosa, o jeans o minifalda, cinturón, polera brillante, botas largas, pelo largo.

Juguetona como Lilith, soy el espíritu que muta en traviesas y castas, una fuerza no visible. Soy responsable de sueños eróticos, robando el semen de los hombres y su vitalidad espiritual.

Ruth Handler me entrevió en la obsesión de su hija Bárbara: recortar muñecas hechas de papel y con formas adultas. Con la idea de entender cómo era yo para poder venderme (no por otra cosa la señora, además de madre, era dueña de Mattel), viajó a Europa junto a su esposo Elliot, y finalmente me encuentran. Yo fui la muñeca Lilli (antecedentes: un cómic creado por Reinhard Beuthien para el tabloide Bild-Zeitung en Hamburgo, Alemania, a comienzos de los 50, basado, en todo caso, en una princesa del sexo muy conocida entonces), 30 cm de plástico moldeado, generosas pestañas, piel pálida, cejas altas y rojos y ebrios labios, el mismo tono que el de las uñas; pero lo que más me caracterizaba era un pelo en cola de caballo con una curvatura besando la frente. “El tipo de mujer que cada hombre desea tener” —así suspiraban los soldados. Fui el regalo favorito de cientos de hombres alemanes que me encontraban en bares y comercios, y que me veían como su chica bella y soñada. Los hacía felices al modo de una muñeca para fantasear sexo con mi inocente lencería de niña sexy o de mujer bonita. Llegué a ser tan popular en Alemania que en 1958 se hizo una película en honor mío, Lilli; una chica de la gran ciudad, acompañada de un casting a modo de concurso: las mujeres jóvenes de toda Alemania enviaron sus fotografías a la Bild-Zeitung codiciando ser estrellas de cine. La ganadora fue la actriz danesa Ann Smyrner. Ella me hace recordar a Zsa Zsa Gabor...

Jack Ryan fue en verdad mi más ferviente creador y yo le devolví la mano con Zsa Zsa y con otras Barbie swingers para su mansión del barrio de Bel Air, con una vista panorámica privilegiada de Los Ángeles. En 1958, luego de comprados los derechos de Lilli, entré al quirófano de la mano de Jack —ex diseñador de misiles Hawk y Sparrow para el Pentágono—, quien contrató mis servicios: y es que no pudo dejar de contar conmigo hasta su muerte insulsa como su rostro. Lo gratifiqué con las salvajes orgías y compañías de barbies humanas que contrataba, en pago a lo que confidenciara un amigo suyo: “Cuando Jack hablaba de crear a Barbie era como escuchar a alguien hablar sobre un episodio sexual. Casi escucharlo hablar sobre algo sexual y pervertido. Estaba diseñando un juguete sexual”. En julio de 1957 el productor nipón Klokusai Boeki Kaisha haría una réplica de mi piel más suave y flexible. Rediseñaron mis rasgos faciales “para que me viera menos indecente”, suavizaron mi pezón prominente —y esto les costó mucho a los pobres japoneses— hasta que finalmente dejaron mi pecho como el de una adolescente. Ahora sería una Barbie Ponytail, una chica bella, dulce, que por supuesto no tuviera ningún atisbo de sexualidad (presunciones de Lilli), y que mi buen y libertino Jack catalogó como Teenage Fashion Model: así fui presentada en sociedad en la feria de entretenciones de Nueva York de 1959.

Mi imagen de “modelo soltera, virtuosa, elegante y femenina que guiaría a las niñas y adolescentes a no echar a perder sus vidas casándose y convirtiéndose en amas de casa con hijos”, fue trabajada por Ernest Dichter, psicólogo austriaco conocido por haber publicitado al jabón Ivory y a la Chrysler. Me convertiría en una persona, una diva con ropa diseñada por Charlotte Johnson; la diseñadora Vera Wang creó mi traje de novia; Christian Dior, Versace, Giorgio Armani, Balenciaga, Yves Saint Laurent, Prada, Nina Ricci, Carolina Herrera, Guy Laroche, Paco Rabanne, Oscar de la Renta, Gucci, Givenchy y Lacroix, sucumbirán ante mis formas... Tengo cinco hermanas, Skipper, Tutti, Stacie Nelly y Krissy. Soy la de look estilo Grace Kelly de los años 60 y que luego usara minifalda y botas a go-go, la Twist and Turn, con cintura y piernas giratorias, la Barbie negra (Francie) de 1967, la de amigas afroamericanas (Christie), hispanas (Teresa) y asiáticas (Kira), brasileñas, chilenas y peruanas. La “Barbie conductora descuidada” en el ambiente de los descapotables de los 60 (la “Barbie alcohólica empedernida” crearía detractores). Fui “alienígena”, “doble de películas”, “miembro del equipo SWAT”, “científica nuclear” y “kamikaze”, más de un centenar de faenas diferentes, además, por supuesto, de protagonizar mis propias películas. Estuve en Woodstock en los 70, fui rapera fugaz en los 90 luego de una cargante incursión como empresaria... He disfrutado un auto rosa excitantemente kitsch y, en una ocasión —en aindiado look al caso—, monté una Harley Davidson. En 1975, previa inversión de dos millones de dólares, fui la Barbie Olímpica, un año después fui exhibida junto con Marilyn Monroe (¡yo soy la más hermosa!) y otros iconos de la historia de los últimos cien años en el marco de la celebración por el bicentenario de Estados Unidos, en 1989 me enrolé en el Ejército, en 1992 me proclamé para presidenta de mi país, candidatura seguida de una campaña para convertirme en embajadora de Naciones Unidas. En 1997, Unicef me nombró embajadora para la defensa de los problemas que padece el Tercer Mundo. ¡Qué más! Cuando el 4 de julio de 2076 se abra la cápsula hermética que se cerró en 1976 —año del bicentenario de los Estados Unidos— luego de guardar en su interior objetos representativos de la época, allí estaré yo.

Talking Barbie, en 1969 pude hablar y dije: “Tengo una cita esta noche” y “Adoro ser modelo”. ¡No sé por qué causé tanta polémica! En 1992 volví a dar mi opinión, refiriéndome ahora a lo aburrido de las matemáticas, ¡y aquí sí que se armó! Causé tales iras de las feministas de la Organización por la Liberación de Barbie (OLB) por fomentar la imagen de rubia tonta, que hay familias que me vedaron la entrada a sus hogares. ¿Acaso quieren seguir el ejemplo de unos oficiales iraníes que, en octubre de 1996, produjeron sus propios Barbie y Ken, Sara y Dara, vestidos con turbantes y ropas tradicionales del Islam, como un pobre intento de resistir a Occidente (“Barbie es una mujer americana que nunca quiere quedar embarazada y tener hijos. Nunca quiere verse vieja, y eso contradice nuestra cultura”, explicó Majid Ghaderi, el hombre que diseñó las nuevas muñecas)? Otro tanto sucedió en enero de 1999, en mi 40º aniversario (¡prefiero no referir mi edad!): la National Organization for Woman protestó contra la decisión del Cornell Museum de Delray Beach, Florida, de considerarme “figura histórica” en el mes de la mujer, dejando fuera la contribución al mundo de las mujeres de carne y hueso que, sin ser altas, rubias ni elegantes, quieren impresionar... Si es una influencia negativa el enseñar a sus hijitas a ser rubias y hermosas (y —exageran— de fomentar la anorexia o la bulimia) y el tener un novio-objeto, entonces que me acallen.

Recuerdo un capítulo de Los Simpson donde la muñeca Stacy Malibú me reivindica: “A mí no me preguntes, sólo soy una chica”.

¿Ken? En cuanto a mi vida amorosa, ¡hay tanta prensa rosa que me complace y me divierte!: “en los años 80 la empresa Western Publishing vendía el Barbie’s Dream Date, La Cita Soñada de Barbie, un juego en el que los participantes debían encontrar distintas maneras de hacer gastar a Ken la mayor cantidad de dinero posible antes de que el reloj diera las doce”; “Barbie se cansó de esperar a Ken, quien rechazó una y otra vez la idea del matrimonio, un deseo que la muñeca expresó en varias ocasiones, como demuestran sus apariciones con traje de novia”; “...Ken gay, Barbie anoréxica”, “lo que hizo que surgieran en el mercado negro algunas Barbie divorciadas, despeinadas y con un set de juguetes eróticos, como accesorios”. ¡Qué divertido!

Bleine, ese guapo y soltero surfista australiano... ¡Mmmmmh!

Luego de tantos años, ¿puede interesar a alguien mi vida amorosa? ¿Mi ménage à trois interesaría más que el dato de que, a un ritmo de ventas de dos Barbies por segundo (un cuarto de la velocidad de los nacimientos de los seres humanos), en un futuro próximo nos adueñaremos del planeta?

Sí. Todos los hombres serán míos y todas las nenitas serán como yo. Y el mundo al fin será perfecto.