Entrevistas
“La escritura nace de la nostalgia”
Conversación con Triunfo Arciniegas

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Recuerdo la primera vez que vi a Triunfo, en la terraza de mi casa. Un joven se mostraba como un gato de ojos tímidos e inquietos frente al lente de la cámara fotográfica de mi madre, Viki Ospina. En ese momento se acercó Yogui, nuestro cocker dorado. Al resguardarlo entre sus brazos, el escritor sonrió con la naturalidad de la calma, y Viki capturó ese instante que no se volvería a repetir. La foto se publicó en la contracarátula de Las batallas de Rosalino (1989). Antes de despedirse, Triunfo nos regaló El león que escribía cartas de amor (1989) con una dedicatoria dibujada. Después de algunos años regreso a esa historia de amor. Me conmueve ese león “ciego y torpe”, “desmelenado y sin afeitar”, que se enamoró del ave del paraíso y la persiguió con locura hasta dejar el rastro de sus hermosas plumas, “que el sol transformó en un fantástico incendio”. Triunfo y sus personajes aman la búsqueda en sí misma. La lagartija, otro de sus personajes, cree tenerlo todo, pero le falta el sol. Se siente desamparada y en la noche la hojarasca y los caminos de la tierra pierden su tibieza. Después de leer la mayoría de sus libros, me obsesioné con Lucy, protagonista de La caja de las lágrimas (2004). Alta y pizpireta, en ella encuentran consuelo hombres extraviados y criaturas marginales como el vampiro de las gardenias que perdió sus alas en una partida de ajedrez.

La configuración del escritor es la confluencia de detalles precisos: el recuerdo de su infancia en Málaga y de su abuela Emperatriz, la dolorosa ruptura con el paisaje afectivo de su niñez y el definitivo viaje a Pamplona con sus montañas de niebla y el rugido del viento. Gracias a la experiencia de la soledad, la balsámica compañía de los libros y la disciplina del cazador de luciérnagas, es posible darle un orden coherente a las ideas de la imaginación.

Una mañana, el escritor y yo compartimos una prolongada conversación telefónica y se confirmaron las intuiciones que había tenido como lectora. La literatura nace de la nostalgia. Tal vez por eso nos sentimos renovados y con un sentimiento de gratitud después de experimentar un encuentro entrañable donde el otro nos reveló un aspecto de nosotros mismos.

El lenguaje de Triunfo Arciniegas presenta diversos rostros: es pintura, música, libro álbum, montaje teatral. Coincido con el escritor en que la literatura transforma el recuerdo del dolor en ficción. La distancia nos permite reinventarnos y jugar con la crudeza de la vida.

En el panorama de la literatura colombiana, el escritor malagueño ha sabido sorprendernos con la construcción de personajes complejos que encuentran el humor en medio de sus penas. Imagino a Triunfo en su casita amarilla de Pamplona, preparándose para su próxima historia. Si la realidad colombiana nos golpea con violencia, todavía nos quedan puertas y ventanas para entrever el otro lado del sol y de la luna.

—Cuéntame cómo nació la pasión por la ilustración.

—En mi niñez el texto y la ilustración vinieron juntos. Recuerdo que llenaba cuadernos con dibujos y frases, aunque no sé hasta qué punto conformaban historias. Luego, cuando empecé a escribir para niños, a menudo la imagen llegó primero. Dibujaba un personaje en un cuaderno o en el tablero de una escuela y con el tiempo aparecía la historia. He tenido tres grandes tentaciones: la música, la pintura y la literatura. No tuve talento para la música y tampoco fui un gran pintor. Hago mamarrachos y terminé escribiendo. En el fondo, creo que estoy como al principio, cuando en el cuaderno escolar hacía un dibujo y una frase, un dibujo y una frase. A veces hago el dibujo y olvido la frase.

“Las batallas de Rosalino”, de Triunfo Arciniegas—¿Cómo fue el proceso de creación de las ilustraciones en Las batallas de Rosalino, Roberto está loco y María Pepitas?

—Dediqué años a las ilustraciones de Las batallas de Rosalino. Se nota porque hay varios estilos, es decir, no hay una unidad en la ilustración. En los otros dos libros las ilustraciones miran hacia un solo lado. En Roberto está loco hice las ilustraciones en acuarela y las fotografié con cámara digital. Luego las trabajé en el computador. Tuve que hacer tres veces el trabajo, hasta que las imágenes alcanzaron la resolución adecuada. Recuerdo que había destinado un par de meses para vagabundear por México y terminé encerrado en un apartamento de Coyoacán con las ilustraciones de este libro. El editor lo sabía y con evidente pena rechazaba una vez más mi trabajo. En María Pepitas no recurrí ni a la cámara ni al computador. Entregué al editor las ilustraciones en acuarela y tintas y me aprobaron el libro en menos de cinco minutos. Ahora estoy trabajando con acrílicos. En este oficio apenas me estoy iniciando. Los críticos dirán que no es necesario que lo diga porque se nota.

—Cuéntame las correspondencias que encuentras entre los recuerdos de la niñez y el hilo de la escritura. ¿De qué manera rememoras la correspondencia sostenida con tu abuela Emperatriz? ¿Qué resonancias encuentras entre Málaga y Pamplona y el desarrollo de tu camino como escritor?

—Málaga es y será siempre mi infancia. Con sus árboles, sus pájaros, sus quebradas, sus muros de piedra, su aeropuerto. Y el personaje principal, por supuesto, mi abuela Emperatriz, el primer gran amor de mi vida. Papá siempre fue un gitano. Nos fuimos definitivamente de Málaga cuando tenía doce años y el dolor fue espantoso porque nos separamos de la abuela Emperatriz. Me volví aun más solitario. La geografía de Pamplona me resultó aplastante, y el clima aun peor. Para colmo de males, papá arrendó una casa junto al cementerio, en la falda de una loma. Desde la puerta, donde el viento despiadado nos azotaba de tal manera que nos asomábamos con cobijas, nos entreteníamos a veces con la niebla y a veces con los entierros. Llegamos un 19 de junio y al día siguiente compré una libreta sin líneas en la Tipografía Duarte, al otro lado el cementerio, y comencé a inventar historias. Me enfrentaba a unas largas vacaciones de mitad de grado, sin un solo amigo. Ese mismo día me dediqué a recorrer Pamplona y me extravié. Asustado, le pregunté a alguien dónde quedaba la Iglesia del Señor del Humilladero, situada a la misma entrada del cementerio, y con sus señas volví a casa. “El Señor del Humilladero”, se burló el padre Marino Troncoso cuando le conté la historia en Bogotá. “¿A dónde más podías ir?”.

—En Pamplona comienza la escritura.

—La escritura nace de la nostalgia. La conciencia del paraíso perdido me hizo aun más desgraciado. Con la escritura intento recuperar algo de la gracia y la luz que alguna vez fueron mías. En Pamplona empecé a escribirle largas cartas sin respuesta a mi abuela, que nunca aprendió a leer. Una tía se encargaba de leerle mis historias. Porque eran más historias que cartas. Como la vida era tan monótona, y sigue siéndolo, inventaba situaciones que la hacían reír: viajes a Venezuela, arriesgados trabajos en un circo, excursiones peligrosas. En Málaga le recitaba coplas los domingos y ella me daba dinero para el cine. En Pamplona seguí con el hábito: enviaba mis coplas en las cartas. Aún ahora, camino a las veredas, invento coplas para hacer reír a los niños de las escuelas que visito. Esa posibilidad de hacer reír me fascina. La descubrí en el tercer grado, cuando conté un paseo del grupo. Me detuve en los detalles de mi mala suerte con la pesca y todo el grupo soltó la risa. Quedé encantado. ¿Cómo era posible que hubiese podido entretener y dominar a todo un grupo? ¿Cómo era posible que hubiese provocado la risa? El humor es parte fundamental de mi escritura. Si trabajara en un circo no sería domador de leones, no soy tan bruto. Ni trapecista, no soy tan valiente como para arriesgar el esqueleto en los aires. Sería el payaso. Y mi público, por supuesto, los niños, que son los más exigentes.

—¿Sin la dolorosa presencia de Pamplona no hubieras sido escritor?

—Tal vez no. Mi padre quería que fuera mecánico. Me hubiera casado en Málaga con mi primera novia, una negrita, y hubiéramos tenido hijos de colores. Pero soy terco, me conozco, y hubiera terminado como chofer de camión. “Con tres camiones”, precisó un amigo. Con mujeres en Cúcuta y Pamplona. Y más hijos. Pienso ahora que sería socio del Círculo de Lectores para adornar la sala con esos libros tan bonitos.

—Percibo en tu escritura infantil y juvenil la búsqueda del sol a partir de personajes solitarios o que todavía conservan una mirada renovada sobre el mundo.

—Algo tienen de mí esos personajes. Diría que deambulan por caminos oscuros y escabrosos, lastimándose la piel, hasta encontrar la luz.

—¿Cómo ha sido tu experiencia con los niños en los montajes teatrales?

—He trabajado en teatro con los niños desde hace más de veinte años. No he contado las obras. Entre veinte y treinta. Más o menos la mitad han sido publicadas. Voy a hablar de la creación y el montaje de La serpiente de tierra caliente con los niños de la Escuela El Naranjo, a unos siete kilómetros de Pamplona. Funcionó la cuarta o quinta idea, sobre una serpiente que asusta a los niños, la famosa serpiente de la canción, aunque en mi obra no se ríe ni muestra los dientes. Primero quise montar una obra de diablos traviesos en busca de aventuras, luego pensé en un par de brujas, madre e hija, pues en el grupo había dos niñas, preciosas, por cierto. También pensamos en unos monstruos. Teníamos los personajes pero no la historia. Se nos atravesó un conejo que tampoco funcionó. Al fin apareció la bendita serpiente, un lazo anaranjado, uno de esos que usan los niños para saltar en las clases de educación física y en los recreos, y la imaginé como una serpiente rara, marginada y algo loca, debido a su color. En la siguiente sesión usé una de mis sábanas. La amarramos con cuerdas para darle forma. Por último, descolgué de mi casa una cortina roja, la enrollé y le pegué anillos de cinta aislante azul, amarilla y negra. En realidad, es el mismo trapo que en otras obras me ha servido de alfombra para el rey, de puerta del infierno, de capa de vampiro. Hice los ojos de la serpiente con botones: uno negro y pequeño sobre otro amarillo y grande, para cada ojo. Le acomodé la boca con hilo y aguja y le inserté el cabo de colores de una cuchara a manera de lengua. Muy graciosa, envidiablemente delgada, de unos tres metros, sirvió para saltar, pasar el río, halar y enrollar, los juegos que cierran la obra. Como poco o nada se desperdicia en estos ejercicios de imaginación, se juntaron la serpiente y los monstruos en una sola sopa. Teníamos esa serpiente terrible y no sabíamos cómo hacerla amiga: la obra cojeaba. La solución fueron los tres monstruos. La serpiente se enfrenta a los monstruos y así se gana el cariño de los pequeños. Pero los monstruos tampoco pierden. Disfrazados con chaquetas extravagantes, corbatas, pelucas y máscaras, inspiran más ternura que miedo y terminan bailando con los otros personajes. Un detalle, para terminar. Sin consultarme, las niñas cambiaron las sombrillas por abanicos, hojas de cuaderno plegadas, pintadas con témpera, y en la base, rozando los dedos, una rosita blanca recién cortada. Me parece bien porque con su perpetuo movimiento dan la sensación de calor que requiere la obra. El abanico, por otra parte, hace innecesaria la flor que Julieta despellejaba en los primeros ensayos. Poco o nada se desperdicia: la flor se pegó al abanico por obra y gracia de los dioses del teatro.

—¿Qué correspondencias encuentras entre tu escritura y la puesta en escena?

—Diría que los niños son los lápices, y el escenario, el papel en blanco.

—¿Qué autores te han marcado en la dramaturgia?

—Es curioso: no veo teatro. No me apasiona. Me encanta el cine, desde niño. Pasé miles de horas de mi infancia aferrado a las rejas del cine Bolívar, en Málaga, esperando que abrieran para correr a ver la última escena: un beso en blanco y negro, una despedida, una lágrima. El cine me parece un arte mayor y, por razones económicas y prácticas, fuera de mis posibilidades. Soy un espectador apasionado. He leído a Shakespeare, por supuesto, el escritor más grande de todos los tiempos, y espero seguir leyéndolo. He leído a Sófocles. Chéjov me encanta como cuentista y me aburre como dramaturgo. Me interesa más García Lorca como dramaturgo que como poeta. He leído más de una vez dos obras maestras, La muerte de un viajante, de Arthur Miller, y Un tranvía llamado Deseo, de Tennesse Williams. De nuestro teatro, La agonía del difunto, de Esteban Navajas.

—¿Cómo se desarrolla el proceso de creación de tus personajes?

—Los personajes nacen de lecturas, experiencias y pasiones. De Las batallas de Rosalino hice veintidós versiones durante doce o catorce años. La primera versión la escribí en más o menos treinta horas en un barrio del sur de Bogotá, en 1988. Presenté al Premio Enka la tercera versión y seguí trabajando como si nada. Cuando me anunciaron el premio ya tenía otra versión y, como estuve al cuidado de la edición, publiqué la quinta o sexta, en 1989. Alfaguara publicó en 2002 la edición definitiva. Aunque no parece, Las batallas de Rosalino es cosecha bogotana. En 1988 vivía en Meissen, en un restaurante. El año anterior, en Pamplona, el par de páginas de un intento fallido se fueron a la basura. La idea de la novela surgió de los bigotes de un profesor de Pamplona y se concretó el día que supe su nombre: Rosalino Pacheco. En la versión de Enka su apellido es Mendoza, pero en la definitiva recuperó el propio. Le puse la profesión de herrero, en homenaje a mi padre, y lo volví un caballero, pensando en Cervantes, por supuesto. El gato que lo acompaña es una especie de Sancho Panza.

—Me atraen los personajes marginales, como los vampiros y los locos. ¿Podrías ampliarme un poco más esta categoría de la locura y de la marginalidad que atraviesa tu obra?

—El hombre normal, sometido a las leyes y las buenas maneras, es el hombre mediocre. Es como todos. Me gustan los personajes que rompen la norma, por encima o por debajo, el loco o el idiota. La locura es bella en literatura, no así en la vida real, donde resulta triste. La locura nos permite el disparate, nos introduce en la escritura carnavalesca, en los excesos y las paradojas. Pateamos la armadura de la lógica y todo es posible. El idiota, personaje primitivo, nos permite ver la otra cara de la moneda, a veces retorcida y oscura y no siempre tan simple. Pienso que la anormalidad física también nos saca del eje, nos aísla. Cojos, tuertos, enanos, brindan magníficas posibilidades. El personaje, en todo caso, debe padecer una carencia. O le falta un ojo o le falta la dicha o le falta suerte. O le sobra una mujer, es decir, le urge la soledad o la posibilidad de otra aventura. La carencia implica la búsqueda, no me importa si se trata de una búsqueda frustrada o exitosa. La naturaleza, que no soporta el vacío, exige el equilibrio. Me importa la búsqueda en sí misma. No desprecio ni desecho al hombre normal, pero para mis historias prefiero los marginales. El hombre normal en una situación crítica que lo obligue a romper con sus principios o con las leyes establecidas, puede dar resultados maravillosos. Los periódicos eligen al ganador mientras el novelista se decide por los perdedores. Los periódicos alaban al héroe, pero el novelista sabe que el traidor encierra mejores posibilidades dramáticas. ¿Qué se puede decir de los amores felices? Con ellos acaban las historias. En cambio, los amores desgraciados son uno de los grandes temas de la literatura.

—¿Qué otros personajes rescatarías en esta línea?

—Personajes marginales son, para mí, los ángeles y los demonios, las sirenas y los unicornios, los vampiros y las brujas, los dragones y los pegasos, los minotauros y las lloronas. Existen y no existen. Todo mundo habla de ellos y son tan reales como las personas de carne y hueso que comparten nuestra vida. No hay una sola comunidad en el mundo sin alguno de estos seres, que pertenecen a la mitología o a la religión, a los miedos más antiguos del hombre y a las creencias más arraigadas. Personas muy serias les han dedicado su vida. Pero no hay una foto, una documentación verídica, una certeza absoluta. De esta manera, tenemos un amplio margen para inventar.

—Noto que Dostoievski y el Quijote te han influenciado. ¿Hay otros autores que te hayan marcado en esta concepción del personaje que rompe con la normalidad para alcanzar la desmesura o el abismo?

—A Dostoievski le debemos grandes personajes. Le debemos un asesino, pecadores que se arrepienten, jugadores empedernidos. Todo es tan teatral y exagerado en Dostoievski y a la vez todo es tan humano. A Cervantes le debemos un loco maravilloso, su contraparte y una deliciosa galería de personajes. A esta exquisita lista de escritores añadiría a Flaubert, quien se inventó a Emma Bovary, a Tennessee Williams por Blanche Dubois, a Rulfo por Susana San Juan, a Raymond Chandler por Philip Marlowe, pero sobre todo a Shakespeare, el más grande de todos y cuya galería de personajes me parece supremamente bella, abrumadora e insuperable.

—Lector juicioso. ¿Descubrimientos recientes?

—Las protagonistas de La pianista, de Elfriede Jelinek, y El lector, de Bernhard Schlink. Otros, entre antiguos y recientes: el estafador de La herencia de Eszter y el asesino de No hay orquídeas para Miss Blandis, Ana Karenina y los hombres mujeriegos de Rubem Fonseca.

—Locos, asesinos, adúlteras.

—Locura, homicidio, adulterio, grandes e inagotables temas. La esencia del hombre es la maldad. Se inventa leyes y castigos para contenerla, pero basta abrir el periódico para corroborar su absoluta presencia. Agregaría dos expresiones más de la maldad: la codicia y la estupidez.

“Yo, Claudia”, de Triunfo Arciniegas—¿Qué correspondencias encuentras entre la protagonista de Yo, Claudia y la niña de Caperucita Roja?

—Son mujeres independientes, que hacen lo que se les da la gana. Caperucita engaña y burla al lobo en mi parodia de la historia clásica, y la princesa Claudia asume el poder con entusiasmo, alegría y magníficos proyectos. Me parecen personas sin complejos, sin tormentos, con ambiciones definidas. Saben enfrentar la vida y aprovechan al máximo las oportunidades. Mujeres de apariencia frágil con armazones de hierro. Suaves, dulces y bellas, pero también decididas, tenaces y luchadoras. No han vivido el invierno del descontento y la desilusión. También pueden resultar malvadas e implacables. Que los dioses nos mantengan a salvo de sus venganzas.

—Noto que tu escritura se aproxima cada vez más a la brevedad y a las frases aforísticas.

—Es verdad. Estoy escribiendo libros sin palabras. Es decir, desarrollo la historia mediante imágenes, sin texto alguno. En este sentido no sé si todavía soy un escritor. Pienso en imágenes, como creo que lo hace un director de cine, y cuento la historia sin recurrir a las palabras.

—Estamos hablando del álbum.

—Exacto. Durante años he presentado a los editores la maqueta de cada libro para que pueda apreciar el texto, que al fin y al cabo no supera las tres páginas. En algunos casos, añado bosquejos o ilustraciones a todo color. En casos recientes he presentado el libro casi tal cual debería llegar a las manos del lector. Como sé que soy mejor escritor que ilustrador, estoy trabajando la pintura. Tengo una ventaja, mi ojo de fotógrafo.

—Te veo cada vez más interesado en la fotografía.

—Comenzó como un registro de mi actividad teatral. Por razones burocráticas, por el cuento de las evidencias, quise registrar los ensayos y la evolución de cada obra, pero luego la fotografía se volvió un fin en sí misma. Aprendí a trabajar con las personas. Aprendí a esperar el instante mágico, donde asoma el alma, cuando pasan los ángeles y nos dejan su delicado e invisible reguero de plumas. Me interesa, además, la fotografía como ilustración.

—¿Cómo describirías los pilares que sostienen tu obra narrativa?

—Creo que la sintaxis sostiene mi obra. Me refiero a la armazón de las historias. Aunque me parece que la historia es el requisito indispensable, tanto que sin una historia entre manos cualquier narrador se cae de bruces, lo que importa a la hora del juicio es la manera de contar: la escogencia de las palabras, la arquitectura del párrafo, las calles y los edificios que trazo en el espacio de la página. Esa manera de contar identifica al escritor, y aclaro que no me estoy refiriendo a retorcimientos retóricos o barroquismos sin piso.

—Percibo en tu obra infantil y juvenil que lo fantástico es real y que el autor se muestra también como otro personaje de la obra.

—La mente del niño es mágica, la misma del hombre primitivo. Imagen y objeto se confunden. Por eso el niño se asusta tanto con las máscaras. Por eso funcionan tan bien los fantasmas y las criaturas fantásticas en la narrativa para niños. Poco a poco he definido la galería de mis personajes: ángeles, demonios, sirenas, brujas, lloronas, vampiros. No existen pero hablamos de ellos todo el tiempo, es decir, hacen parte de nuestra vida. La imaginación es parte fundamental de mis personajes. Quiero decir, no sólo los imagino, sino que ellos imaginan también. A veces me imaginan. Tengo presente el cuento de la lechera que va con su cántaro al mercado e imagina todo lo que hará con la venta de la leche, con las ganancias de las sucesivas ventas, y en esas cuentas fantásticas tropieza y la leche se derrama en el piso, y se queda sin nada. Pero debo señalar que la historia sucedió en su mente y que la felicidad la acompañó todo el camino. Luego todo acabó, pero todo acaba en nada. La felicidad, entre otras cosas, es una compañía fugaz.

—Humor, disparates, ideas locas.

—El humor no es mi propósito. Por otra parte, tampoco podría describir tanto disparate con solemnidad. Trabajo ideas disparatadas pero las desarrollo de manera lógica y coherente. Como un animal voraz, atrapo todo cuando pasa en el aire, pero como arquitecto de historias soy implacable, cuidadoso, riguroso. La imaginación es una loca de atar pero la escritura es una niña disciplinada. Ambas, imaginación y escritura, son bellas a su manera. La fórmula se definiría como imaginación desbordada y escritura vigilada.

—Quedó un asunto en el tintero: el escritor como personaje.

—Juego conmigo mismo en algunas historias. Me burlo un poco. Me hiero. Como autor estoy del otro lado, decidiendo el destino de los otros. Pero como personaje, padezco los designios del escritor. No me concedo privilegios.

—La escritura como una ilusión de eternidad.

—En altas horas de la noche, a menudo me pregunto qué pensarán de mí mis propios personajes y si alguna vez vendrán a pedirme cuentas. Uno reclamará por qué no lo hice más feliz, otro preguntará por qué no le permití el placer de una mujer y otro se asombrará por tantas desgracias. En la escritura nos comportamos como dioses porque decidimos el destino ajeno. Es una ilusión de eternidad, de poder. “Usted no es más que un tirano”, podría decirme un personaje y yo, avergonzado, no tendría el valor de mirarlo a la cara.