Letras
Consecuencias de una omisión inadvertida

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1. Preludio: Los increíbles hechos previos

Hace un par de años estuve a cargo de la edición científica de un libro de Roland Barthes traducido al hebreo. Se trataba de El grado cero de la escritura, primer libro de Barthes sobre teoría literaria, hasta entonces profesor y autor de diversas publicaciones críticas. Un debate frontal con Sartre está hilvanado entre sus líneas. No por casualidad el tema del libro gira alrededor de posturas acerca de la esencia de la escritura que mezclan, en un lenguaje de tono erótico, apreciaciones históricas con otras de índole metafísica. La tarea de encontrar una respuesta a la moderna pregunta ya vislumbrada por Valery, acerca de qué es el lenguaje literario, y más aun cómo el momento histórico y la carne viva del que escribe se funden en un estilo personal, guía a ese Barthes joven y listo a ser aquél que ya en esos momentos empezaba a aflorar.

Se trataba de una edición muy anotada: a pie de página había una nota para cada nombre propio y para cada cita directa o indirecta de otros textos. El libro contaba también con una introducción biográfica y teórica cuya finalidad era ubicar a Barthes para el lector interesado (si es que lo hubiese) y también incluir alguna apreciación original, que no fuese mera repetición de las ediciones en francés, inglés y español.

La edición fue un trabajo sisífico: horas de cotejar el texto francés con otras traducciones a lenguas indoeuropeas, fueron seguidas por la urgencia irresponsable y ebria de la casa editora que llevaba por nombre algo que recordaba un tipo de vino tinto. Encontrar el término apropiado en un hebreo moderno y usando una sintaxis austera y enemiga de la subordinación enrulada y coqueta de las lenguas latinas fue un trabajo que despertó, en forma paralela, tendencias obsesivas y rencores laborales, éstos últimos debido a la suma magra que constituía el pago de tantos afanes. Se trataba de una editorial que quería ser innovadora, presentar posturas de vanguardia y que además tenía una profunda conciencia del marketing en una sociedad globalizadora. Una verdadera contradicción de intereses cuyo resultado era suponer que el trabajo de edición de un libro no era tanto una tarea de orden lucrativa como un acto filantrópico del que uno debía sentirse agradecido de ser parte.

Después de más de un año de labor, el libro se publicó. Era parte de una colección de escritos teóricos sobre literatura, sociedad, filosofía y estudios culturales. La acogida del libro por parte de la crítica fue más que deprimente: pasó desapercibido. Yo, que esperaba salir del anonimato intelectual gracias a los valores patentes de esta edición, no obtuve lo que esperaba. Nada. Me sentí traicionada por fuerzas más grandes, vagas y divergentes que mi órbita de giro.

Recibí dos ejemplares de tapa blanda, pegados. Al abrir uno de ellos para hojear el resultado gráfico de un trabajo intenso y absorbente, mis ojos se detuvieron sobre un error que no había sido corregido, a pesar de que ya lo había señalado en mi última lectura. En la página 9 de la edición se podía leer el nombre de la novela breve de Balzac, Sarrasine, sin “e” final —error imperdonable y vergonzoso, ya que esta letra era la que sostenía el equilibrio del virtuoso análisis que Barthes hacía de esta nouvelle, en su estudio S/Z, que yo analizaba brevemente en mi introducción. Se trataba de una omisión inexcusable. Terrible, monstruosa, garrafal. Llamé a uno de los dueños de la casa editora; traté de ocultar mi irritación; le expresé mi sincera preocupación: la “e” ausente boicoteaba el eje analítico de Barthes e impedía que el lector interesado pudiera reponer la serie de oposiciones semánticas que el texto proponía. La calma y la indiferencia de la voz que me contestó del otro lado del teléfono me dejaron pasmada. ¿Cómo podía un editor de libros de teoría permanecer inmutable ante tal error?

Su falta de interés me preocupó. Luego me exasperó. Finalmente me indujo a una pegajosa tristeza. Era su conducta reflejo de una indiferencia imperdonable ante tal omisión. Si hubiésemos estado en la época de los copistas en los monasterios, que con primoroso afán estaban inclinados sobre sus pergaminos, podríamos haber comprendido esta fría actitud. ¡Pero ahora! Y habiendo sido advertido de tal error en forma repetida, e incluso en el ejemplar que un motociclista calvo me trajo a mi casa un viernes por la tarde para la última lectura... Inverosímil.

El miedo de que tal error fuese descubierto no me dejaba dormir. En mis sueños, una mano oculta reponía la “e” ausente, y Sarrasine podía entonces leerse con toda su multifacética complejidad interpretativa, su bien elaborada oposición entre lo femenino y lo masculino, entre lo presente y lo ausente, entre lo patente y lo insinuado, entre dos sistemas económicos de cambio y de alternancia. Pero eso, ay, ocurría sólo en mis sueños. El ejemplar en mi escritorio, y también en las diversas bibliotecas y librerías (y eso era lo más terrible) seguían ostentando esa falta irreparable, que la editorial no pensaba corregir.

Si conseguía dormir un poco, mi sueño era azaroso y atribulado; siempre veía una mano impersonal que reponía la ausencia insoportable de la página 9, renglón 15. Las letras del renglón parecían reacomodarse con movimientos imperceptibles, para permitir conservar la distancia relativa entre las letras. El sueño se repetía también en la modorra de las horas de la vigilia, pero esta visión insistente no conseguía transponer los velos de la realidad, e instalarse como un hecho consumado e irrevocable en la materialidad impresa del libro.

 

Los meses pasaron. Ningún comentario en la prensa cultural comprometía la calidad de la edición. A decir verdad, nadie escribía nada: ni siquiera una incolora glosa que señalase el acontecimiento. Debería resignarme. Volví a refugiarme en la enseñanza de futuros docentes.

 

Con el tiempo, mis temores se fueron mitigando. Nadie aparentemente se daba cuenta. Y si alguien lo hacía, corregía la errata: reponía la letra omitida y seguía leyendo panchamente. Por lo menos, así me lo imaginaba yo, confundida por elucubraciones carentes de sostén y por supersticiones que no se avienen con el devenir físico del mundo visible. Para reponer la vocal omitida, era necesario que el supuesto lector conociese: a) la novela breve de Balzac, o, b) el análisis de Barthes, o, c) alguno de los notorios estudios que interpretan estos dos textos y comparten sus eruditas revelaciones con el público, según estrechos parámetros de divulgación cultural. El solo conocimiento del francés no podía asegurar tal reposición, era obvio. El error se quedaría ahí, como una mácula imborrable en un trabajo llevado a cabo con una devoción casi ritual. La angustia me ardía por detrás del esternón; un desasosiego pastoso me oprimía las sienes, no me permitía descansar.

 

El secreto del error me acompañaba a todas partes, y me alejó de tomar nuevas ediciones, agobiada por el presentimiento de un nuevo desliz, otro acto de irresponsabilidad hacia la palabra escrita.

Finalmente, fue la carencia de recursos monetarios que me permitiesen afrontar los mínimos requisitos materiales de mi existencia (la docencia es casi un acto gratuito —el uso extremo del libre albedrío, tal que no depende de una remuneración monetaria; es casi-casi como el artista del hambre) la que me obligó a hacer a un lado mis cobardías y recelos, para aceptar así otro trabajo de edición.

 

2. Pausa: Reflexión

Aceptar errores no es contradecir el azar interpolado en todo quehacer humano; por el contrario: es corroborarlo. Así, por lo menos, estaba escrito en el prólogo a una edición biling­­üe de un código judicial anotado y ampliamente marcado por un desconocido lector, que compré en una librería de usados, cerca del río. Esta compra me alentó a asumir el nuevo proyecto.

 

3. Otra vuelta

Esta vez se trataba de un trabajo infame y oprobioso, frondoso por sus dimensiones. Tenía que acompañar la escritura de un libro de estudio. Me apercibí casi enseguida de que ésta era una tarea destinada al fracaso. Tratar de convertir el material que me era ofrecido para su lectura y edición en algo “transmisible” a un público de preadolescentes con un grado aceptable de inteligencia y curiosidad, era una empresa que bordeaba lo imposible y me llevaba a límites de zozobra interior y desvelo desconocidos para mí.

Mi lectura metódica y mis comentarios didácticos a los autores concordes de este texto no eran remunerados por una comprensión de las correcciones requeridas, y yo me veía leyendo cinco y seis veces el mismo insulso capítulo, sin que los cambios esperados tuviesen lugar. Los autores de este manual para el estudio de la lengua se refieren a su objeto de análisis como si fuese un “cuerpo material”, vendible, transportable, fraccionable en cómodas porciones y sostenedor de un saber objetivo medible, posición que me impide básicamente llegar a algún acuerdo aceptable acerca de qué estamos hablando. De este modo resulta que ellos escriben un libro radicalmente distinto de aquél que yo estoy intentando editar, científicamente, claro. Es decir: trabajamos con objetos diferentes, concebidos según criterios dispares, lo que impide que cuando hablamos, hablemos de lo mismo. Situación infausta y adversa para los comprometidos en la tarea por contratos laborales redactados en forma positiva y teleológica.

Informé a mis superiores que la tarea era mayor que mis fuerzas, alegué un cierto malestar depresivo, un estado nervioso, y con elegancia abandoné la lectura. Me disculpé con torpeza.

No volvieron a llamarme, quizás, sí, con cierta razón.

 

4. La gran empresa

Me decidí a intentar el método de las omisiones voluntarias y el de las modificaciones preconcebidas. Para ello, nada mejor que ubicarme en el centro del sistema. Tomé una resolución disparatada e irreverente: decidí ponerme a escribir mi postergada tesis de doctorado, ayudada por módicas becas de recónditos departamentos de humanidades, y mis más que módicos ahorros profesionales.

El tema de mi trabajo era el uso del narrador en los relatos de metaficción. Lo había abordado hacía años, y lo había dejado abandonado por maquinaciones imprudentes. El plan era claro: exposición teórica, análisis de textos literarios, construcción de conclusiones perturbadoras cuyas secuelas traspasasen el borde liminal del papel. Se debía hacer uso de una reflexión teórica que permitiese comprender e interpretar un fenómeno complejo. Desarmar, cavar, indagar, sondear, explorar los estratos narrativos que sustentan la afirmación de un mundo. Una inquisición de los modos discursivos y de su lógica de ilación. Yo quería decir algo innovador, que no sólo alimentase los estantes de la biblioteca de la Universidad, cuya tradición más reciente es la de generar un saber que está generalmente destinado al autoconsumo y a la auto-referencia, sino algo que conjugase sutileza y un destello inesperado de fiesta. Algo que sacudiese, algo que pudiese crear un vínculo de intimidad cómplice con un lector futuro. Leí fuentes antiguas y modernas; busqué la mirada recursiva de pensadores franceses y alemanes. Me dejé ir a la deriva de sus imágenes grumosas y bien escandidas. La elegancia de un estilo; la cadencia de un período.

Me llamó la atención el hecho de que no hubiese muchos cuentos que se adecuasen a mis parámetros de selección. Las novelas que me gustaban ya habían sido analizadas, y yo buscaba otra cosa. Mi experiencia con la edición de El grado cero de la escritura me trajo la solución que buscaba.

Me decidí a usar cuentos escritos por mí como base para mis análisis de narradores en relatos metaficcionales: una ficción narcisista, como diría Hutcheon, pero a una potencia más elevada. Al principio, con cierta cautela, elegí cuentos que ya se habían publicado en revistas de vida efímera. Me cambié el nombre; me inventé datos biográficos. Fabriqué copias de los cuentos publicados en desconocidas revistas sudamericanas. Temía, no sin cierta base, que mi trabajo fuese acusado de falsedad, o de haber corrupto las estrictas normas éticas que rigen la tarea de investigación en el área de las humanidades universitarias. Después de todo, una pizca de reverencia por el concepto de saber y su consagración primaveral y académica, aún me quedaba. Que yo incluyese cuentos propios en un estudio teórico acerca de los límites de la teoría en el campo de la ficción podía tener un cierto grado de chiste, un aire de ocurrencia divertida en una tarde de siesta, una humorada, como quien diría; pero presentar tal ocurrencia como tesis de doctorado, analizando mis ficciones como si fueran textos ajenos, era un acto disparatado y peligroso, un delirio corruptivo y quizás contagioso, más por sus consecuencias ontológicas, que por las emanaciones seudocientíficas que pudiera originar. Esta conducta mía violaba por un lado las normas no escritas de la investigación intelectual, pero por otro era un broche de oro al tipo de reflexión que yo estaba instruyendo: una exégesis de las relaciones de la ficción y la realidad en el ámbito de la ficción. ¿Y qué es un trabajo intelectual sino una construcción, cosa ficta, que aceptamos como real y cierta, por algún alambicado proceso de pegamento sintáctico llevado en aras de la química argumentante e inferencial? Se trataba de crear una experiencia transgresiva: poner a prueba el sistema mismo que pone a prueba lo que escriben aquéllos que quieren ser admitidos por él. Era, tal vez, una empresa de veleidades rizomáticas y perversas. ¿Y qué pasaría si alguien se diese cuenta? ¿O buscase los textos raros por mí mencionados? ¿Qué?

La ansiedad y la adrenalina eran parte del juego de este experimento de lectura. La tensión y la solemnidad se confundían y me confundían; mi pensamiento se obnubilaba y se tornaba afásico e ineficiente. Yo quería jugar y ser audaz: exponerme a un experimento de lectura, sin testeo previo de las tendencias del público. ¡Qué peligro delicioso! ¡Ay! Me cuidé, sin embargo, en los detalles: todo mi trabajo tenía el lustre de una investigación académica; los elementos de estilo que podrían haber despertado alguna sospecha (como el uso de un tono narrativo y épico para referirme a los cambios históricos que habían afectado el arte de leer durante siglos, o ciertos adjetivos “traviesos”), habían sido eliminados de cuajo ya bien al comienzo de mi tesis, y esto bajo la cauta prescripción de uno de mis tutores que no sin cierta dosis de terrena sabiduría me había dicho que tales veleidades de ingenio serían apreciadas en otra lengua, en otras tierras, mas no en el medio universitario por el cual yo quería ser aceptada.

 

Al final lo hice. Claro. La seducción fue irresistible. No sé cuántas locuras me imaginé, ni qué cosas disparatadas pensé que podían pasar. Sobre todo, yo quería algún tipo de reconocimiento: que algún astuto lector percibiese cómo mi práctica concordaba con los principios teóricos expuestos con fino detalle: ¿acaso entre el narrador y el investigador había algún límite?

Humilde y secretamente contribuí, quizás, a enriquecer la literatura experimental. Esto no lo sabrá, al parecer, nadie. Tal vez fue mi ineficiencia teórica la que estimuló por pulsiones subterráneas y cadenciosas esta mirada burlona, golosa, compadrita, que se me venía gestando. Era como la acerada lucidez de un cuchillo en la oscuridad.

 

5. Epílogo

El tiempo pasó. Recibí mi título en un acto solemne al que no asistí. Nadie se dio cuenta; la paradoja que era el eje de mi argumento, pasó inadvertida. Al principio, sentí un placer ambiguo y hosco, como quien respira satisfecho porque su plan ha sido exitoso. Luego, cierta angustia y cierto sentido de culpa; después, un olvido incoloro carcomió la pátina de los hechos que una vez me parecieron heroicos; después, otro olvido, esta vez sin fondo y pantanoso, cubrió todo.

 

Así fue, pues, como una tesis doctoral ha sido escrita. No he podido decidir si mi proceder fue coronado por el éxito o quizás, por un opaco fracaso.