Letras
La invasión

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El caserío desaparece tras la estela de polvo; a su avance, el camión se menea de un lado a otro, chillando. Elías se acuclilla y coloca entre las piernas una lata donde escupe chimó. Debe alejarse del pueblo, si su patrón lo encontrara ahora, le arrancaría la vida.

La noche anterior, sentados en círculo frente al fogón donde freían pescados, Elías y sus compañeros se preparaban para darle curso al plan. La idea era esperar la madrugada, armarse con machetes, garrotes y algunas escopetas para ocupar las tierras cercanas al río, esas que según su padre, habían sido de su abuelo. Mientras mascaba la pasta negra y engullía largos tragos del cántaro de aguardiente, les contaba esta historia a sus compañeros:

Eran las diez de la noche y Elías se deslizaba entre los maizales al rancho de Dorotea; desde hace cuatro meses hacía lo mismo, luego que la negra bailara con él en la fiesta de don Carmelo, el día de su cumpleaños. Dorotea, mujer cuarentona, conservaba las caderas redondas y la espalda erguida, sus piernas gruesas y su rostro alegre enardecían a Elías, quien caminaba apurado con las manos sudorosas. Esa noche le pediría vivir juntos y ya imaginaba la escena: en la hamaca, envueltos en la oscuridad del rancho, le diría, hundido en su pecho, ese pecho desnudo oloroso a leña, que se fueran a su casa, que él cuidaría de ella y su hijo. Cuando cruzó la puerta de lata, encontró que la negra estaba sentada en una banqueta con los ojos dilatados sobre el fuego de una vela, a su lado, tendido sobre la mesa, el cuerpo del hijo reposaba inerte. Elías quedó pasmado cuando ella se redujo a pedirle, con toda frialdad, que le ayudara a enterrarlo, que estaría mejor en el cielo e incluso en cualquier lugar que en estas tierras mezquinas.

Elías escupió en el piso de tierra apretada y evaluó el efecto de su historia en los rostros indignados de sus amigos; sabía que ahora, más que nunca, querrían hacer la invasión. Algunos empuñaron con más fuerza el arma que sostenían, otros se levantaron decididos echando una mirada en dirección al río. El resto buscaba en su rostro un gesto que les indicara comenzar. Luego de cuatro horas de lucha con los peones fieles de su patrón y esos matones a sueldo, los veinte invasores, casi todos mal heridos, se replegaron por la sabana, derrotados, y Elías no quedó atrás. Fue así como al amanecer abordó este camión a orillas de una carretera; debía huir, reorganizarse y volver. Iría al otro lado del río, y allí reuniría a la gente para iniciar una nueva invasión.

El camión se incrusta llanura adentro y, a través de las barandas, Elías observa el paisaje reducido a escuetos árboles con ramas delgadas de escasas hojas; entre ellos, verdosos sembradíos se extienden hasta donde alcanza la vista. El calor es pastoso y la camisa se le adhiere al pecho; la brisa, que sopla fuerte, le enardece las orejas. Mientras mira el paisaje y detalla las grandes haciendas que cubren la llanura y los decrépitos ranchos desperdigados a su alrededor, recuerda la tarde aquella, cuando viajaba en un camión como éste y en el camino subió una mujer, o dicho con más precisión, una niña amujerada con una bebé en los brazos; reflejaba en su rostro aindiado una expresión indolente, plana, como quien pierde toda esperanza. Elías supo de inmediato que algo no estaba bien con ese bebé que ni siquiera llegó a moverse, ni siquiera algún gemido. Cuando la muchacha volvió a bajar, un cuarto de hora después, no supo a quién maldecir; era distinto en otros casos donde el culpable tenía cuerpo, nombre y sombrero, acá, era el propio universo quien le oprimía.

Por el cambio de paisaje supo que ya se acercaban a los linderos del río; ahora los arbustos son más tupidos y el olor a tierra húmeda, frutas podridas y pasto pisado le acaricia la nariz. Vuelve a preparar un trozo de chimó y se lo pega en el paladar. Se levanta a mirar sobre la cabina del camión y al divisar la hilera de hombres y caballos, alineados a orillas del río, tuvo sospechas malignas y saltó de un solo impulso.

Cuando su cuerpo rebotó contra el piso la cara de Dorotea se le dibujó a plenitud. No hubo dolor, sólo deseos de salvarse. Ahora, corriendo entre el platanal, no siente las ramas contra su cara. Oye los pasos de los caballos que casi le caen encima, y gritos, maldiciones y amenazas. Un disparo en la pierna lo derribó y sintió un alivio en la panza. Supo que llegó el fin y no opuso resistencia. La cara de su patrón, con esos bigotes espesos, lo miraba desde arriba con arrogante actitud. Se enjugó el sudor de la frente y Elías cerró los ojos, no por miedo, sino que quería llevarse una última imagen de Dorotea, no de ese hombre a quien tanto odiaba. Están en la hamaca, desnudos, y ella le acaricia el rostro con su rústica mano olorosa a ajo. Luego, en la puerta, los despide a él y a su hijo besándoles en la frente. Cuando los tragó la llanura, la negra volvió a su rancho; el sol se tornó púrpura por el cielo del oeste y el silencio de la sabana fue rasgado por un disparo que alborotó el descanso de los animales.