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Humor de sentido

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“No tengo sentido del humor”, piensa Rafael mientras termina de estacionar su Volkswagen Gold en la cochera, “quise hacer una broma en la oficina y todos me miraron feo, parecía como si se hubiesen puesto de acuerdo para desbaratarme y abochornarme... Lo consiguieron”.

Rafael Tapia tiene cuarenta años y es registrador público. Antes fue futbolista profesional, es por eso que todavía mantiene un físico cuidado, aunque, como mujeriego que es, ahora precisa teñirse el pelo. Alternó en clubes de la capital e incluso llegó a estar en algún preseleccionado del equipo de mayores; por lo tanto, para muchos en su vecindario, él resulta siendo una leyenda viviente o, al menos, un vecino ilustre.

¿Cómo te sientes ahora que ya no juegas a estadio lleno y pasas todo el día sentado en un escritorio como un lisiado?, le suelen preguntar sus familiares, amigos y la gente que lo reconoce y lo aborda en la calle.

—Normal, siento lo mismo —responde con cierta apatía que busca cambiar de tema de conversación o, en su defecto, terminarla. Pero lo único que logra cosechar es la incredulidad y la risa escéptica del que se siente partícipe de una tomadura de pelo bastante llana.

Él hace reír a los demás sin quererlo. Es decir, tiene un sentido del humor extraño que fluye cuando miente, y a su vez se apaga cuando es premeditado y honesto. El problema radica en que Rafael quisiera que todo fuese al revés: ojalá tomaran en serio sus respuestas cortantes, y se rieran de sus chistes o bromas. A estas alturas de su vida, ya nadie puede aplaudirlo por marcar un gol de tiro libre o por un cabezazo certero que manda el esférico directo a donde anidan las arañas; eso forma parte de su pasado, de un capítulo cerrado. Ahora busca un reconocimiento que no encuentra, un reconocimiento innecesario que, cuando lo mira desde adentro, le parece de una soberana ridiculez: hacer reír a los demás.

“A veces pienso que a la gente le agrada la mentira, o sea, disfrutamos de las mentiras. Pero esto tiene un ingrediente extraño y peligroso, un trasfondo que, para mi mala suerte, no llego a identificar o vislumbrar. Es como si no se dieran cuenta de todo este rollo: nos gusta la mentira y quizá sea porque la verdad nunca suele ser amena o divertida, ¿qué verdades nos ayudan a morirnos de risa? Todos queremos que nos mientan para ser un poquito felices, o un poquito menos infelices. En las mentiras de los demás encontramos el refugio perfecto para nuestras propias mentiras... para que nadie nos exija honestidad”.

Las noches de Rafael siempre se llenan de interrogantes. Se recuesta en una hamaca que hay en su enorme huerta y mira a las estrellas con un catalejo que le regaló su hermano Marco, general del Ejército que oficia de informante de un país limítrofe, lo que, de hecho, lo convierte en el más nefasto y deplorable mentiroso de la estirpe. Para su suerte, hay muchas mentiras que nunca llegan a ser develadas.

Al explorar las estrellas intenta explorarse a sí mismo. Las quiere contar antes de tocarlas. Y descontarlas, desecharlas, luego de alcanzarlas. Cada una oculta una mentira, personal o colectiva, pero, al fin y al cabo, una mentira... que puede transformarse en verdad, como las estrellas.

—El espacio también está hecho de mentiras —concluye convencido, cerrando los ojos—. Las estrellas son una mentira perfecta: una fotografía del pasado, algo que no existe, pero que pareciera vivo, luminoso, hermoso... Y si en la oficina escucharan lo que acabo de decir, seguro se reirían: yo soy una estrella, ¿suena a broma?

En su huerta siembra marihuana para su consumo personal. Los fines de semana fuma moderadas raciones, sólo se detiene cuando la paranoia o el sueño lo vencen. La paranoia para él es buena compañera, porque así como lo transgrede también lo estimula: lo expulsa y lo atrapa.

***

Hoy es sábado de luna llena y parece que Rafael está fumando más de la cuenta —antes ha terminado de leer un libro de poesía latinoamericana que le regaló Sara, la poeta de su vecindario, que siempre que puede se le insinúa. De un momento a otro, imagina a un perro labrador que desde la luna lo contempla asustado mientras sus dientes crecen hasta llegar a la Tierra y hundirse en su huerta. Decide llamarlo “El perro de la luna”. Risotadas van y vienen. Espasmos de alegría inventada, desconcierto y felicidad por doquiera. Rafael, de un momento a otro, toma una hoja de papel bond y, mientras ríe, empieza a escribir cosas sin sentido:

Aquelarre sin pies dormidos,
diáspora de ojos tullidos:
enjambre de púas melifluas
que cuecen habas sin sustancias.

Belén cabe en mi mano
cuando mi sombra vaga por Cusco.
Berlín sin muros, nos seduce
Lima con indios, percude.

El Chasqui valiente llegó a Londres
Los Rolling Stones naufragan en Río.
Las madres de Mayo cobijan fauces
y los etarras construyen Babeles.

El mundo se viste de gala
y, a sus pies, la obscenidad estalla:
Trilce es un monstruo con alas tendidas
Vallejo, un espía de los agujeros negros.

Camino, sueño, estallo y muero:
¡La Tierra, la tierra!, exclama un perro.

***

Al día siguiente, se levantó con un hambre atroz y con los ojos enrojecidos. Se miró en el espejo y se compadeció de sí mismo. Encontró la hoja en el suelo y la leyó un par de veces. Se quedó pensativo y la releyó antes de romperla:

—No tengo sentido del humor —pensó y lanzó el papel al basurero—. El perro de la luna soy yo.

Al poco rato sintió que alguien golpeteaba su puerta. Corrió a abrirla y se encontró con Marco. Estaba uniformado con un traje distinto (uno que, por lo demás, él nunca había visto). Lloraba —en realidad se trataba de un llanto contenido— y sostenía una polaca con uno de sus brazos.

—¿Qué pasó, Marco? —le preguntó Rafael, con la incertidumbre alojada en su semblante—. Así no se toca, casi me tumbas la puerta.

—No sé cómo decírtelo, Rafa. ¡No tengo palabras, hermano!

—Sólo dímelo —le dijo tomándolo de los hombros.

—Un derrame le ha dado, ¡un derrame le ha dado!

—¿A quién? Dime a quién.

—A la viejita, a la viejita —le dijo soltando la polaca y abrazándolo de inmediato con todas sus fuerzas—. Mamá está muy mal.

De pronto, un deseo incontrolable irrumpió en su interior y lo hizo querer gritar, llorar, correr, morir, loquear. Imaginó un sueño pesado, maldito, venenoso, como ése del hombre que se convirtió en escarabajo... Gregorio Samsa, creo que se llamaba. O esa novela que leyó en la secundaria donde justamente alguien empezaba diciendo que su mamá se había muerto. Siempre pensó que a él nunca le pasaría, pues abrigaba una absurda esperanza de eternidad que empezaba por su madre y se alargaba hasta alcanzarlos a él y a su hermano. Y es que nos gustan las mentiras, Rafael, nos gusta que nos mientan, porque las verdades a veces no se pueden digerir en toda una vida. ¿Se puede tener sentido del humor para decirle a alguien que su madre se ha muerto? ¿Se puede tener sentido del humor para contarles a los demás que tu madre pasó a mejor vida?

—Entonces ella era el perro de la luna —concluyó dejando escapar una lágrima.

—¿Qué dices, Rafa?

—Que no podemos hacer nada: mamá ya está muerta, bien muerta.

—¡Qué hablas, carajo! —le increpó su hermano—. Me estoy yendo al hospital: a ver si te bañas y la vas a ver.

—Ella era el perro de la luna —le repitió y cerró la puerta.

Se dirigió al tacho de la basura y empezó a recoger cada pedazo del papel que contenía sus últimos desvaríos. Se sentó en el suelo y empezó a armar el rompecabezas. De pronto pensó que tenía que contárselo a alguien. Tendría que llamar por teléfono a la oficina. O mejor esperaría al lunes para contárselo a todos sus compañeros.

Decidió ir a pie, sin embargo, fue el primero en llegar. Revisó algunos papeles y esperó que todos estuvieran presentes.

Se paró en medio de la oficina, justo a la altura de un tragaluz oxidado:

—Mamá se ha muerto.

Nadie dijo nada. Tampoco sonrieron y se sintió íntimamente satisfecho.

Salió de la oficina y llamó a su hermano:

—¿Cómo está la vieja?

—Mejor, mucho mejor: ¡ha reaccionado! Preguntó por ti, Rafa.

—Dile que hoy no hice reír a nadie. A ella se lo debo.

Colgó. Detuvo un taxi y le pidió que lo llevara al hospital. Un semáforo sirvió para romper el hielo:

—¿Algún familiar hospitalizado? —preguntó el chofer.

—No, nada de eso —repuso de inmediato—. La suegra nunca llega a ser un familiar, a lo mucho una piedra en el zapato...

Ambos rieron de buena gana. El color verde echó a andar el carro y Rafael vio a un perro en medio de la pista.

—¿Usted alguna vez estuvo en la luna?

El taxista se sintió incómodo. Lo tomó a la broma:

—Sí —asintió con una falsa sonrisa—. La semana pasada, ¡hace un calor increíble!

—Eso se llama tener humor de sentido.

No volvieron a hablar.

Al llegar al hospital, ambos se miraron fijamente. Rafael se bajó del coche y se detuvo en la Sala de Emergencias. Alcanzó a reconocer el coche de su hermano estacionado en la puerta.

Buscó un cigarrillo en sus bolsillos. Lo prendió y empezó a caminar rumbo a su trabajo.