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Felipe y el gato... contra el perro

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Después de que Felipe se convirtió en amigo del dueño de la casa donde vivía, que por cierto se llamaba Octavio, a éste se le ocurrió comprar un gato. Al principio a Felipe no le gustó mucho la idea, pues tenía miedo de que el gato se lo comiera, pero Octavio le prometió que eso jamás sucedería. Al contrario, el gato sería una gran compañía para Felipe cuando Octavio y Lola salían de casa a visitar a sus amigos o de vacaciones a la playa.

Así que un día cualquiera la puerta de la casa se abrió y el hombre gritó: “¡Felipe, hemos llegado!”.

Felipe llegó hasta la sala, deslizándose alegre por la resbaladilla que Octavio le había construido cerca de la ventana, para que llegara más rápido y no se cansara subiendo y bajando escaleras. Octavio mostró sus manos, que hasta ese momento mantenía escondidas tras su espalda, y Felipe vio una pequeña bola de pelos.

—¿Gastaste tu dinero en una bola de pelos? Yo podría haberte hecho una, si busco aquí y allá seguramente encontraré miles de pelos y mi bola sería más grande —señaló molesto Felipe.

—Ja, ja, ja —rió alegre Octavio—. No es una bola de pelos... ¡Es nuestro nuevo amigo el gato! Sólo que aún es muy pequeño y por lo que veo igual de friolento que tú, por eso se acurrucó todito y se quedó dormido.

Cuando dijo esto, Octavio acarició con su dedo pulgar a la pequeña bolita blanca, entonces ésta se movió y cuatro patas se dejaron ver y una pequeña cola se estiró de pronto y unos ojos amarillentos se abrieron. “Miauuu, miauuuu”, dijo muy quedo el gatito. Felipe dio un paso atrás. Octavio dejó al animal en el piso. Éste caminó unos pasos para acercarse a Felipe.

—¡Aaay! ¡Quítamelo! ¡Quítamelo! ¡Me va a comer! —gritó Felipe bastante asustado.

Entonces, el gato se acercó a Felipe, abrió su estrecha boca, sacó su delgada lengua color rosa y lamió el rostro del pequeño hombre. Éste se quedó en silencio. Nuevamente el gato lo volvió a lamer.

—¡Guácala! Su lengua es tan... tan... pegajosa. Pero hace cosquillas —dijo Felipe alegre.

Octavio rió a carcajadas pues el gato no dejaba de lamer a Felipe, quien corría alegre por toda la sala. Se escondía tras el sillón y cuando el gato iba a buscarlo el pequeño hombre salía de pronto y el gatito saltaba sorprendido.

—¿Y cómo le pondrás a tu nuevo amigo? —preguntó Octavio.

—Luna —dijo Felipe—. Lo llamaré Luna, porque es tan blanco y tan bello como la Luna que cada noche veo desde mi casa.

A partir de entonces, Octavio veía a Felipe y a Luna sólo cuando ambos bajaban a mostrar alguna de las nuevas suertes que había aprendido el gato, porque a Felipe se le había ocurrido que Luna viviera con él en su pequeña casa: “Es muy friolento y si se queda solo aquí en la sala podría tener mucho frío y miedo... y... y además no le gusta la oscuridad”, dijo decidido Felipe. Así que Luna se mudó a la casa de su pequeño amigo, donde éste le había construido una cama con restos de tela que Lola le dio. Y en el platón de comida, que Octavio compró para el gato, Felipe puso con letras grandes bellamente escritas:

“Propiedad de Luna, el amigo de Felipe”.

Por la mañana, los dos amigos dormían tranquilos abrazados uno del otro y por la noche Octavio y Lola los escuchaban correr en los túneles que Felipe había hecho entre las paredes y de vez en vez podían oír las risas del hombrecito y los chillidos del gato cuando perdía a su amigo.

Pero un día, Felipe y Luna dejaron sus juegos a un lado cuando escucharon el fuerte grito de un niño. Los dos se encaminaron hacia la ventana y vieron a Max, el perro del vecino, riendo a carcajadas y a un pequeño niño llorando triste abrazado de su madre. Max era un perro poco agradable, pues todo el día ladraba y ladraba, y mordía cosas y las rompía, pero eso no era lo que molestaba a Felipe. No. Lo que hacía que el pequeño hombre se enojara era que Max asustaba a los niños que se acercaban a la puerta de su casa. Al perro le gustaba escuchar el llanto de los niños, así que cuando veía que un pequeño se acercaba a su casa, primero se escondía tras una maceta y cuando el niño caminaba hacia la reja, Max salía de sorpresa y ladraba y ladraba. Entonces, el niño retrocedía y corría llorando.

Después de asustar al pequeño, el perro se escondía en su casa y reía a carcajadas: “Ja, ja, ja, que tontos son esos niños, lo único que saben hacer es llorar y correr con su mamá... ja, ja, ja”, decía Max mientras se sostenía la barriga que a veces le dolía de tanto reír.

Y ese día cuando Felipe y Luna vieron a Max riendo feliz, decidieron que ya no permitirían que ningún niño volviera a llorar. Rápidamente tomaron lápiz y papel y comenzaron a hacer un plan. Luna se encargó de buscar estambre, canicas y un frasco y Felipe se dedicó a buscar tras los muebles: arañas. Al poco rato, más de veinte arañas ya estaban encerradas en el frasco, todas de diferentes tamaños y colores.

Por la noche cuando todos se fueron a dormir, Felipe y Luna se encaminaron a la casa del vecino. Atravesaron el patio sin hacer ruido y mientras Luna vigilaba que Max no despertara, Felipe se dedicó a poner la trampa. A la mañana siguiente, cuando los primeros niños ya se encaminaban a la escuela, y por lo tanto pasaban cerca de la casa de Max, éste corrió a toda prisa para ponerse tras la reja. Corrió tan rápido para que los niños no se le escaparan, que no se dio cuenta que cerca de la reja había una especie de telaraña formada con estambre. Cuando Max la vio, ya no pudo detenerse y entonces sus patas comenzaron a patinar, buscó en el piso y vio las canicas que le hacían resbalar. Por varios metros se deslizó contra su voluntad hasta que quedó atrapado entre las hebras de estambre. Tiró tan fuerte para tratar de salir de ahí que uno de los estambres que sujetaba la tapa del bote, hizo que éste se abriera y todas las arañas cayeron sobre el perro. Pobre Max, sintió una y otra y otra, y muchas mordidas más por todo su cuerpo.

Y fue tanto el dolor que le provocaron las arañas al perro, que jaló y jaló el estambre hasta que logró salir de la trampa. Cuando se hubo alejado unos metros de la reja, comenzó a sacudirse y revolcarse en el piso.

Un grupo de niños que pasaban cerca del lugar escucharon el llanto del perro y con miedo se acercaron a la reja. Max los veía con ojos tristes y temerosos, pues pensaba que en cualquier momento se iban a reír de él. Pero no fue así, los niños llamaron al perro, éste se acercó a ellos y con sus pequeñas manos comenzaron a espulgarlo y a quitarle una a una las arañas.

Felipe y Luna vieron todo desde la ventana y aunque primero rieron por lo chistoso que se veía Max dando vueltas en el piso, cuando se dieron cuenta de que los niños ayudaban al animal, se vieron uno al otro. “Creo que ya aprendió el perro que jamás debes reírte del dolor de alguien más”, dijo Felipe para después salir corriendo tras Luna, que rápidamente se perdía entre los túneles para esconderse.