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Memoria histórica de América Latina

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La historia de nuestro continente puede considerarse como la experiencia más traumática que, en su nacimiento y desarrollo, puede experimentar una civilización, sólo comparable al trauma sufrido por África, cuyos habitantes fueron desarraigados y sometidos a una esclavitud indigna y cruel, muy diferente a la practicada por los pueblos esclavistas de la antigüedad, donde un esclavo podía incluso ser filósofo o educador de príncipes. Por el contrario, príncipes y reyes africanos e indios fueron convertidos en sirvientes o esclavos de truhanes, que despreciando toda nobleza, sólo ansiaban el oro y demás riquezas materiales, tal como continúa ocurriendo hoy en día.

Escribir es equivalente a recordar, a “hacer memoria”, a dominar el pasado.

En nuestra época actual, en que el pasado de América es materia de análisis y discusión, en que se está escribiendo “otra historia” ya no desde el punto de vista de los opresores, sino de los oprimidos, es preciso recuperar esa memoria histórica para reformar la memoria colectiva y recuperar ese espíritu de libertad que tuvieron nuestros ancestros indios y africanos, libertad que sólo puede ser posible a través del conocimiento de la verdad que durante siglos se ha ocultado o pervertido, verdad que es relativa si nos la muestra una Europa esclavista que nos considera étnica, social, culturalmente inferiores. Inferioridad creada y cultivada por políticas injustas.

Una visión holística sobre los procesos del pasado tiene que tener en cuenta, independientemente del factor de excepcionalidad, la verdadera situación inicial que dio origen a este crisol que es América Latina.

Recuperar la memoria histórica es, pues, fundamental para crecer moralmente y dar nacimiento a una verdadera identidad, dejando de ser una copia servil de pueblos decadentes, que han basado su desarrollo en el robo, el pillaje y la explotación, y que están destinados a la autodestrucción si las nuevas generaciones no asumen su responsabilidad y producen cambios fundamentales en sus modos de vida y en su forma de hacer política, entendiendo la política como una expresión y una práctica de la justicia, que se constituye como originaria de todas las virtudes morales.

Es el momento histórico propicio para dar curso al debate, para dar la lucha, ya no en forma de guerrillas heroicas contra un enemigo bélicamente invencible, sino en el plano ideológico; y así como los metales que conservan sus propiedades intrínsecas pese a ser sometidos a altísimas presiones, fenómeno conocido como resiliencia, es posible podamos superar los traumas de la conquista y de la posterior explotación tan cruel e inhumana.

Memoria y futuro son inseparables. La recuperación de la memoria histórica en América es imprescindible, no sólo para una identidad latinoamericana, sino para construirnos como individuos éticos que exigen justicia, la primera de las virtudes, y así poder construir una democracia auténtica, como la soñó el Libertador, basada en la verdad y en el común deseo de perfeccionarla día a día, lo cual implica como condición sine qua non nuestro propio perfeccionamiento, sin que ello signifique practicar las serviles timideces cristianas que nos transmitieron a través de una enseñanza deformada del cristianismo, que no implicaba la práctica de las virtudes, sin la cual toda política, filosofía o religión es vana.

El pueblo judío ha conservado su identidad conservando el pasado, por doloroso que éste sea; nosotros tratamos en lo posible de negarlo: no queremos ser indios, no queremos ser negros, no queremos no ser europeos... Aunque también somos europeos, tanto por la herencia genética como cultural.

“La memoria, que es diferente a la historia, se constituye, por su intrínseca naturaleza, como un puente entre el pasado, el presente y el futuro” (Helga Schneider: La memoria: puente entre pasado, presente y futuro, Humboldt, 2005). Lo más lejano es lo más próximo, dice Lezama Lima, escritor cubano, quien dice que la historia es un texto que oculta la ausencia de un origen auténtico, y postula que es preciso subvertir la relación mimética entre texto y realidad, siendo el texto discurso artificial y arbitrario que oprime otros discursos, ecos de los escritos que han urdido su historia, cuya característica es la ambigüedad, en que no hay relación entre el signo y su contexto, que no es “natural”: modernidad excéntrica de América Latina.

La “transposición de la cultura clásica europea al nuevo mundo” implicó no sólo la producción de una cultura híbrida, sino inestabilidad, alteración del orden, y, por consecuencia individuos híbridos con un gran poder subversivo.

Este poder subversivo se ha aplicado a la lucha armada y muchos individuos valiosos perdieron sus vidas en aras de la libertad continental. Sacrificios que no han sido en vano, sino dado origen a nuevas formas de subversión en el plano ideológico que tiende a romper con una injusticia establecida.

Pasado subversivo, que se ido transformando en nuestra historia y que ha dado origen a un sentimiento de solidaridad continental, que puede ser el principio o el germen de una identidad latinoamericana.