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El minero y el TíoSaliendo del sueño

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Anoche soné otra vez con el Tío. Lo vi clarito, acomodándose en su trono y vestido con su traje de luces. Estaba en compañía de un minero, quien masticaba hojas de coca y sorbía tragos de aguardiente. El Tío, cuyos ojos relampagueantes desprendían luz y fuego, lo miraba en silencio, mientras el minero, de rostro demacrado y voz pausada, le confesaba los sinsabores de su desgracia:

—He cumplido cuarenta y cinco años y, como a ti te consta, tengo tres grados de silicosis, esa maldita enfermedad que los mineros cargamos en la espalda como quien carga el peso de la muerte. Nací en un pequeño pueblo de Oruro y estudié en la universidad hasta el golpe de Estado de 1971. Como era dirigente de la federación universitaria, identificado con los ideales de la izquierda, tuve que salir exiliado a Chile, durante el gobierno socialista de Salvador Allende. Cuando retorné clandestinamente al país, dispuesto a seguir mi lucha de resistencia contra la dictadura militar de Hugo Banzer, me trasladé al distrito minero de Siglo XX, donde los trabajadores estaban a la vanguardia de las luchas sociales. Aquí me reorganicé políticamente y aquí entré a trabajar sin pensar dos veces.

—¿O sea que entraste a la mina más por hacer un trabajo político que por ganar dinero? —preguntó el Tío.

—Sí —afirmó el minero—. Ingresé a trabajar a los 25 años de edad, como a ti te consta. Desde entonces desempeñé varios cargos en el sindicato, hasta que el gobierno decidió cerrar las minas por medio del Decreto Supremo 21060.

—¿Y las cooperativas? ¿Qué ha sido de las cooperativas? —indagó el Tío, con una chispa de curiosidad en los ojos.

—Las cooperativas y los cooperativistas hemos hecho todo lo posible para sobrevivir, incluso nos largamos a la ciudad de La Paz en una marcha de protesta. Tomamos las calles entre gritos de pan y justicia, mientras hacíamos reventar cachorros de dinamita en medio de una selva de banderas y pancartas. “¡Vivan los mineros, carajo!”, gritaban unos. “¡Vivan!”, contestaban otros. Después nos concentramos en la Pérez Velasco, frente a la Catedral de San Francisco, entonamos el himno nacional y levantamos carpas con lo que teníamos a mano.

—Así que marcharon hasta la sede de gobierno —dijo con el mismo gesto de quien, sabiéndolo todo, se hace el despistado.

—Sí, era necesario para protestar contra el Decreto 21060 y llamar la atención de las autoridades, ya que nuestras cooperativas, que funcionaban sin dirección técnica ni seguridad laboral, seguían explotando las minas a fuerza de combo, pico, barreno y dinamita; en otras palabras, como a ti te consta, trabajábamos a la que te criaste, con una botellita de té para burlar la sed y una merienda pobre para burlar el hambre.

El Tío, con el cuerpo erguido y el ademán solemne del amo que está penetrado de la importancia de su rango, no dijo nada y dejó que el minero continuara su relato:

—Nuestra permanencia en La Paz no fue fácil. Por ejemplo, un compañero, que hacía tiempo no probaba una gota de alcohol por temor a despertar los viejos recuerdos que se le escondían en la memoria, se dejó vencer por la emoción de algunos y volvió a echarle un trago amargo de la botella. Luego alzó la voz y dijo: El gobierno no escucha nuestras demandas. Se ríe de nosotros y no mueve un dedo por mejorar nuestra situación. Si sobrevivimos es porque Dios es grande y porque el Tío está siempre con nosotros en las buenas y en las malas. Nuestras mujeres y guaguas están pasando hambre y nosotros trabajamos como los esclavos en la época de la colonia. No tenemos ayuda técnica, por eso mismo, una vez juntado el mineral en el interior de la mina y a falta de carros metaleros para recoger la carga, tenemos que acarrear nosotros en la espalda como los q’epiris (cargadores), en bolsas y aguayos que antes usaban nuestras mujeres para ir a la pulpería...

—¿Y qué más? —preguntó ahíto de satisfacción el Tío, a poco de enterarse que un minero mentó su nombre en La Paz.

—En eso nomás, otro minero, que estaba akullicando en silencio, cabizbajo, levantó la mirada y, a manera de corroborar lo que dijo su compañero, prosiguió entre lágrimas: El gobierno es una mierda. No le importa nuestra suerte. Nosotros nomás nos las arreglamos como sea, a pesar de los bajos precios del mineral y el rápido agotamiento de las vetas. Para el gobierno, en cambio, es una ventaja porque recibe un porcentaje de los ingresos de las cooperativas sin gastar nada. Además, el gobierno no tiene ya que enfrentarse a los combativos sindicatos mineros, que también parecen haber sido “relocalizados”...

El Tío lo escuchaba atento, como preocupado por su propio destino, mientras en las chispas de su mirada se reflejaban las llamas del infierno.

—...Lo peor es que no conseguimos nada. El gobierno no nos tiró ni pelota y tuvimos que retornar a nuestros distritos con más hambre y las manos vacías. Desde aquella marcha de protesta han pasado algunos años y...

—¿Y qué? Todo se fue al carojo, ¿verdad? —se adelantó el soberano de los socavones.

El minero, con la precisión y prontitud de quien está seguro de lo que dice, contestó:

—Sí, todo se fue al carajo. De las cooperativas no ha quedado nada, salvo el triste recuerdo de varios compañeros muertos y varias familias abandonadas a su maldita suerte. No podía ser de otro modo, en algunas cooperativas trabajaban apenas entre veinte y treinta obreros, rescatando las casiteritas sin tecnología apropiada ni seguridad laboral. La quiebra se dio por el desinterés del gobierno y la baja de las reservas mineras. Luego vinieron las dificultades y la desesperación, y los cooperativistas, como afectados por un ciclón de brujería, fueron desapareciendo del campamento uno por uno.

El Tío, como si no hubiese escuchado bien las palabras de su interlocutor, cambió la expresión de su rostro, hizo chisporrotear los ojos y dijo:

—¿Quieres decir que el fin del ciclo de la minería en Bolivia se debe a la caída mundial de los precios del estaño?

—No sólo a eso —aclaró el minero. Se puso el gollete de la botella en la boca. Sorbió tragos de aguardiente y prosiguió—. La política neoliberal del gobierno estaba también encaminada a liquidar los sindicatos, pues a treinta y tres años de la Revolución Nacionalista, el mismo presidente Víctor Paz Estenssoro, quien nacionalizó las minas y creó la Comibol (Corporación Minera de Bolivia), cerró las minas como si la revolución se hubiese vuelto contra los mismos trabajadores que la hicieron en 1952. Una vez aprobado el Decreto 21060, miles de mineros fueron echados a la calle como perros sin dueño. Los más viejos se marcharon a las ciudades en calidad de “relocalizados” y los más jóvenes, para salvarse de la miseria, se fueron a “colonizar” las tierras en el Chapare, donde casi todos se dedicaron a cultivar la hoja de coca, que el gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada, por mandato de los yanquis, quiso erradicar con la ayuda de las tropas militares...

—No entiendo cómo los mineros, siendo una clase de hombres luchadores, han permitido que el mono Paz Estenssoro cierre las minas y despida a tanta gente —dijo el Tío, atravesando con la luz de su mirada las penumbras de la galería.

—Eso mismo me pregunto yo —repuso el minero—. La clase trabajadora nunca se rindió ante el poder de la “bota militar”, aunque le costó mucha sangre defenderse, sobre todo, en tiempos de masacres rojas y masacres blancas. Ahora las cosas han cambiado de la noche a la mañana y, lo que es peor, los dólares del norte pueden más que la conciencia de clase. Ya no queda nadie para mantener en alto las banderas que los mineros levantamos en años de peleas y sacrificios.

El Tío, consciente de que estaba quedando solo en el laberinto de las galerías, sin que nadie le rinda pleitesía ni le tribute hojas de coca, k’uyunas (cigarrillos) ni quemapecho (aguardiente), no quiso creer en lo que escuchaba, porque temía que la montaña, hecha una coladera tras tantos años de haber sido explotada por arriba y por abajo, se derrumbara como un castillo de naipes, dando fin con su propia vida. Mas como tenía las esperanzas de compartir los milagros de la Pachamama, que es más poderosa que todos los gobiernos juntos, se cargó de coraje y dijo:

—Sé que me quedaré solo en el laberinto de estas galerías, que volveré a ser roca de la roca y polvo del polvo, pero me pregunto qué pasará con los campamentos y las poblaciones mineras.

—En las minas de Uncía, donde se organizó el primer sindicato y se dio la primera masacre minera en 1923, no han quedado más que los desechos del campamento Miraflores y las ruinas de la antigua fortaleza del “Barón del Estaño”, don Simón I. Patiño. Lo mismo está ocurriendo en Siglo XX, donde se organizó no sólo una de las industrias mineras más prósperas del mundo, sino también uno de los movimientos sindicales que más influyeron en el pensamiento político de los gobernantes de turno. En la Plaza del Minero, donde está el famoso Sindicato de Trabajadores, flanqueado por el monumento al minero, la estatua de Federico Escobar y el busto de César Lora, ya no toca la sirena convocando a la huelga ni se escuchan los discursos incendiarios de los dirigentes en medio de las explosiones de dinamita. La plaza ha sido ocupada por los comerciantes y en la sede del sindicato se venden pollos ahumados. Ahora comprendo mejor que todo lo que un día tiene un principio, otro día está condenado a tener un final, aparte de que en la vida hay cosas que nunca se llegan a saber sino después de la muerte...

El Tío, que a veces tenía en la mente y la punta de la lengua las soluciones a los problemas habidos y por haber, se reacomodó en su trono y dijo con voz queda:

—Pero ahora que se cerraron las minas y el gobierno te ofreció una indemnización por tus años de trabajo, por qué no te vas de este infierno y te reintegras a la comunidad de tu pueblo. Allí podrías emprender un negocio y rehacer tu vida, incluso volverías a casarte con una mujer más joven y hasta volverías a tener hijos...

—No, yo no me largo del campamento minero —dijo el minero, con la convicción cargada en sus palabras—. Aquí llegué para hacer trabajo político, aquí me quedaré y aquí dejaré mis huesos...

Cuando desperté del sueño, como saliendo de un socavón de angustias, pensé que tanto el Tío como el minero, que vivían en una suerte de simbiosis, eran los únicos testigos de la explotación de los yacimientos de estaño en la cordillera andina, donde unos pocos, desde la época de la colonia, ganaron lo que vale un Potosí, mientras otros perdieron la vida a cuatro mil metros sobre el nivel de la miseria.