Letras
Albores de un suicidio

Comparte este contenido con tus amigos

I

Una mujer busca el suicidio entre las líneas de un poema que jamás será visto por sus ojos después de su funeral. Ella ha buscado sustantivos fáciles para introducirlos en su boca de tal manera que no quemen los ojos ni destruyan de dolor el tiempo. Ha buscado discretas líneas para vestirse después de asearse con la ternura debida, sin que nadie la vea.

Se ha desnudado ante el espejo, busca las aguas que se han perdido en la montaña y trata de verse con los nuevos ojos que le han amanecido en la mañana. Discretamente alza la pierna al compás de la música, mientras el asombro de la caricia en el dorso del pie huye dentro de sus propias tempestades. Asombro ante la muerte inusitada y los blancos arenales que jamás derriban a quienes se izan tras las cumbres de los vientos.

 

II

El viento del sur llega de lejos trayendo las prosperidades a la casa de los divagadores. Encuentra oídos secos de esperanza en los cuales crecen diversas colmenas que jamás serán de mieles. Los frutales se desconcentran desde la ambigüedad de las letras, mientras que las risas de la noche se plasman en las paredes como balas de salva.

El viento y el hombre se vuelven cada vez más desérticos mientras que la esperanza se congela en las sonrisas y parte de ellos el aliento marino con el cual los gases de la cocina preparan nuevas y más sofisticadas muertes en los hervores de la sopa que jamás se comparte de la misma manera en dos tiros de locura.

 

III

La mujer busca vestirse con todo lo que tiene. Usa la bufanda con la que tiene esperanza de un final feliz, mas no la encuentra por los oscuros túneles de la tarde. Vuela en el desencanto de la trafaga ciudad, donde el asfalto crece con la misma velocidad que los escombros de la luna.

Viaja poderosamente para alejarse de las turbulencias que la atraen, sin embargo, a veces, pasa que la consumen como una mosca. La mujer se vuelve una rápida lagartija en la que mira la noche. Voces, ruidos, presencias inconclusas se vuelven tráfico de estampidas para un momento en los que sólo pretende concentrarse en la soledad de los páramos que no existen sino en sus sueños.

 

IV

El hombre trabaja lentamente para ir a buscar en octubre la luz del día. Mientras que sus sueños son lavados de buenas nuevas, su corazón se vuelve un fatigoso andar de montañas en las que ninguna parte existe aunque la geografía es extensa a la vista y al olfato.

Miles de mastrantales bucean ante la aparición de la comida, y netamente se resume en sí mismo, sin que los deudores vengan a cancelar lo debido. Pesca un sueño en una bota y cancela cuentas con las gradas vacías de la esmeralda. Encuentra voces, cuerpos desnudos, frases impías, pero como si nada, duerme boca arriba sin que el techo le traiga ninguna novedad.

 

V

Finalmente la mujer encuentra el exilio de su propia desnudez para internarse en la luz humeante de la cocina. La gente se recoge en la calle con las botellas vacías y ella los mira desde la ventana que no abre hacia fuera. Toma un cigarro y lo enciende para ver si la luz le encuentra un sentido a su destino.

Se suicida llena de perfume, con hojas nuevas y alas de colibrí, sin usar bufanda alguna y sin ninguna prenda apretada. Se sumerge en el misterio de la noche y canta en sueño para no despertar jamás.