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El ama de llaves

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Iván le tenía miedo al eco que rebotaba en el techo inalcanzable de la iglesia, pero si le daban a elegir, prefería eso al invierno de afuera.

—¿El calor de la iglesia lo maneja Dios? —preguntó, sentado en un banco de la catedral. Consuelo pensó una respuesta sincera y católica a la vez.

—Dios y la calefacción —contestó, señalando la estufa eléctrica que estaba empotrada en la pared, a la izquierda de Santa Cecilia. Consuelo lustraba las estatuas santas con fricciones de lavandera experimentada, y cualquiera que la hubiera visto habría jurado que la mujer era irremediablemente atea, pero se trataba de todo lo contrario: la fe de Consuelo era tan añeja, arraigada y entrada en confianza que podía permitirse el lujo de perder la compostura y moverse por la iglesia con un desparpajo digno del mayor de los herejes.

Consuelo había encontrado a Iván dormido en la puerta de la parroquia, acurrucado de frío. A su lado, sus padres, con la sonrisa suspendida por tiempo indeterminado, hacían lo posible para repartir una frazada entre los tres. Consuelo los vio un día, dos días, tres días; al invierno le faltaban dos meses para terminar de congelar hasta el aire. Al cuarto día les habló.

—Soy Consuelo, el ama de llaves de la iglesia. Acá afuera tienen frío, el nene se va a enfermar. ¿Por qué no entran y les preparo un mate cocido o un té?

Los padres de Iván intercambiaron una mirada breve, cargaron a su hijo, se metieron en la capilla y se acomodaron en el suelo, entre San Roque y la Virgen Desatanudos. Al principio no hablaban y miraban a Consuelo tratando de descubrir dónde estaba el doble fondo. Ella fingía que no lo notaba, que la hostilidad de la indigencia no la hería, y les ofrecía té caliente y bizcochos. Iván se acostumbró rápido al bienestar, y pronto comenzó a trepar al Cristo crucificado como un nene corriente que se cuela entre las ramas de un árbol, y a seguir a Consuelo a donde ésta fuera. Los padres, al ver que su hijo engordaba de a poco y parecía feliz, dejaron a un lado su actitud de trinchera.

Los refugiados contaban con la complicidad de Yosman, el cura colombiano que amaba a Consuelo con amor de hijo agradecido. Yosman estaba convencido de que si esa iglesia merecía el nombre de casa de Dios era porque ella se encargaba de que Dios estuviera siempre presente.

—¿Qué hacemos con el obispo? —preguntó Yosman esa mañana. Consuelo se encogió de hombros y murmuró Dios proveerá, lo que significaba que ya tenía un plan; bueno o malo, pero plan al fin.

El obispo llegó al mediodía, envuelto en un aura de superioridad que hizo que Iván se encogiera de impresión. Lo acompañaba un séquito de curas y hombres de seguridad que a Yosman se le antojó excesivo para una simple visita de inspección. El obispo criticó el estado abandonado de la iglesia y se detuvo frente a los refugiados. Miró a Yosman con ojos de signo de interrogación. El sacerdote buscó a Consuelo, y ella tomó la palabra.

—El padre Yosman y yo pensamos que, dado que la iglesia necesita una mano de pintura y otros arreglos, y ya que esta gente necesita un lugar donde vivir, podíamos sumar dos más dos y hacer que esta gente pinte y arregle la iglesia a cambio de alojamiento.

El obispo miró a Consuelo como si hubiera contado un mal chiste.

—Esta es la casa de Dios —dijo con un tono que no aceptaba lugar para discusiones. Yosman palideció. Consuelo, iluminada, sonrió.

—Monseñor, me alegra que lo comprenda. Su misericordia será recompensada. Como dijo Nuestro Señor Jesucristo, “doy mi casa al menesteroso y mi pan al hambriento, porque yo soy el menesteroso y el hambriento, y ellos son yo; quien cierre mi puerta en las narices del prójimo arderá en el infierno con la fuerza de mil demonios”.

El obispo, que no recordaba haber leído esa cita en ninguna parte de la Biblia, se quedó callado. No quería correr el riesgo de parecer un ignorante.

—Iván, dale las gracias a Monseñor por su infinita misericordia —ordenó Consuelo. El nene se abalanzó sobre el obispo, le dio un beso en la mejilla y volvió junto a sus padres. El obispo, incómodo y confuso, se despidió con torpeza. Consuelo cerró la puerta de la iglesia.

—Dios proveyó —dijo.

Afuera quedó el invierno.