Artículos y reportajes
La sangre del escritor

Ilustración: Stockbyte

Comparte este contenido con tus amigos

Nunca he pensado hacer lo que hace todo el mudo: trabajar cinco años de su vida, reunir unas pesetas para un día tener un poquito de plata y publicar un librito que le ha costado los ahorros de su vida. Yo escribo porque me gusta y cuando se publica algo es porque me están pagando por eso. No es arrogancia, pero trabajo de esa forma.

Juan Carlos Cucalón, ganador del Premio Nacional de Literatura. Escritor guayaquileño. Nota realizada en El Universo, diario de Guayaquil (Ecuador), bajo el título Me considero marginal.

Si usted paga para publicar un libro, es usuario de planes de turismo literario, de agentes que por mil euros más o menos le arreglan la promoción en las gratuitas redes internáuticas; si contrata costosos correctores y participa en antologías cuyas páginas parecen impresas con tinta áurea por sus elevados costos; si está convencido de que esa es la realidad de la literatura, no lea este artículo.

Parto de un solo principio: un escritor no debe pagar para ser publicado. Lo que realiza es un trabajo y como tal, puede publicar sin cobrar, pero nunca desembolsar dinero por hacerlo.

La verdad es evidente, pero la oculta una suerte de emocional colchón extraliterario. Cuando empezamos a escribir y recibimos los primeros elogios, surge la satisfacción y la necesidad de ser leído por grupos más amplios, lo que es una búsqueda de aprobación; sentimiento muy humano, pero que constituye la herida por la cual editoriales de segunda, grupos de promoción, correctores o pretendidos agentes literarios, empiezan a sorber la sangre del escritor.

En otra época fueron los críticos profesionales; escritores frustrados que se adueñaban de las secciones literarias de los periódicos y aniquilaban sistemáticamente a literatos jóvenes. Roberto Arlt, el genial novelista y dramaturgo argentino, se enfrentó en a estos personajes y hasta mucho después de su muerte siguió denostado por la literatura oficial.

Hoy se considera a los escritores como objeto de mercadeo. El lenguaje utilizado no es como el de los viejos críticos profesionales, agresivo, doctoral, lleno de cánones y dogmas. En muchos casos se trata de una sutil adulación y en otros de la creación de un falso espíritu de grupo que somete al novel escriba a rígidas pautas.

Hay una lista de correos en España cuyos dirigentes se ocupan de nuclear grupos de escritores en torno a pautas estrictas sobre la poesía, convenciéndolos que “eso” es lo correcto y lo demás está equivocado. Un poema no debe rimar en absoluto. Si hay una coincidencia entre dos vocablos es un lamentable error que se debe corregir. La poesía no debe describir ni narrar y cualquier sospecha que apunte a eso, la descalifica. Quienes participan de este grupo escriben para ser aplaudidos por los propios miembros, afirman que “por fin están aprendiendo” y todo termina fatalmente en la consabida antología, cuya presentación coincide con una lujosa fiesta. Cada una de las páginas es carísima, teniendo en cuenta los costos reales de edición y el resultado final es un libro mal impreso, con una encuadernación pésima, que sólo será leído por amigos y familiares del escritor y que al ser mencionada como antecedente en las grandes editoriales tendrá un resultado negativo.

En las llamadas redes sociales de Internet, hay quienes ofrecen por una cantidad insólita de euros la presentación del escritor en YouTube, diversos buscadores, Facebook y blogs de Internet cuyos servicios son totalmente gratuitos. Los oferentes alegan que su trabajo consiste en crear redes de amigos entre quienes se promocionará la obra literaria, cuando en realidad los portales mencionados están armados para que una persona se vincule con toda facilidad con muchas otras. Podría pensarse que el servicio incluye un trabajo de diseño, pero ni siquiera es así, ya que la dirección Blogger.com, vinculada a Google y con la cual trabajan, tiene una selección de plantillas prediseñadas y subir videos y cualquier tipo de material está simplificado por los modernos programas. Luego de leer la publicidad, no me pude enterar qué era lo que realmente se ofrecía.

Quizá me objeten que la meta de todo escritor es publicar. Por el contrario, el primer objetivo de todo escritor es escribir; y no sólo escribir, sino escribir bien y en lo posible, de modo genial. No conformarse con la mediocridad. Seguir este postulado puede llevar años e ingentes esfuerzos y requiere de una entrega sin límites. Si no me esfuerzo en una obra literaria, si aún creyéndola concluida no la empiezo nuevamente y escribo dos, tres versiones de la misma a fin de profundizar su sentido; si no recurro al sobreesfuerzo que consiste en comenzar todo una y otra vez, sin las urgencias de una edición, mi escritura será mediocre, no mala (la mala literatura tiene sus propios méritos); reflejará algo a mitad de camino entre el error y el acierto que publicado en un papel, leído con cierta emoción en la noche del bautizo, resonará como una voz heráldica en la que los errores serán disimulados por la imaginación del autor y la condescendencia de parientes y amigos que finalmente se quedarán con los libros.

No estoy desvirtuando el trabajo de escribir, sólo digo que no está bien enfocado, que no debemos conformarnos con la primera visión que nos visita y que al no someternos a la ascesis que nos propone, se termina retirando.

 

Gao Xingjian y La montaña del alma

Gao Xingjian recibe el premio Nobel en el año 2000. Su discurso de recepción es publicado aparte y lleva por título En torno a la literatura. Explica el autor que, a partir de 1980, el régimen de China empieza a ejercer la censura con sus obras de teatro. Es en esa época cuando comienza su obra maestra, La montaña del alma. Xingjian consideraba que, a partir de ese momento, la literatura se convertía para él en algo exclusivamente personal, en un movimiento interior; una ascesis (el autor no usa esta palabra, pero todo su relato se encuentra teñido por este concepto). Es así que se dedica diez años a viajar por el país, a buscar la verdadera identidad china, estudiando historias y rituales vinculados a las diferentes dinastías. Lentamente vuelca sus observaciones en una novela a la que suponía que ningún editor querría publicar jamás. El resultado fue que en 1986, cuando viaja a París para no regresar a su patria, la obra no sólo es editada, sino que tiene un gran éxito que la lleva al galardón del Nobel.

La literatura según Xingjian es un proceso interior. Yo me transformo a mí mismo y ese cambio interior no es visible a simple vista; el resultado se ve en la calidad de mis escritos, en el descubrimiento de nuevos universos interiores y de mi capacidad para volcarlos en el papel. El requisito es la entrega más absoluta que en su caso lo llevó a iniciar una novela al margen de cualquier propósito de trascendencia. Escribo porque el espíritu lo exige; porque mi lector interior lo demanda; escribo porque es mi misión. El autor, en La montaña del alma, explica que el camino fue lento y sumamente doloroso, pero esos obstáculos a los que fue venciendo forjaron la calidad de sus obras. En ningún momento se planteó la posibilidad de recurrir a un editor al que pagara para publicar. Se limitó a vincularse y a exhibir su trabajo.

 

La actual narrativa británica: Jenny Downham, Antes de morirme

“Fue duro, porque había escrito otra novela anteriormente que pasó por muchas editoriales y ninguna lo había querido publicar. Lo peor fue encontrar la fuerza para escribir este libro tras el rotundo rechazo que había cosechado el primero, de hecho pasaron 16 años entre uno y otro”. Downham —madre soltera— lo escribió febrilmente, siempre de madrugada, cuando sus hijos dormían, obsesionada con que su voz resultara creíble, no entregó primero su manuscrito a un agente literario sino “a las enfermeras de un hospital oncológico infantil. Quería que ellas me leyeran y, cuando me dijeron: ‘Oye, ¡está muy bien!’, respiré tranquila. Sólo me anotaron unas pocas cuestiones médicas en las que me había equivocado bastante, pero eran correcciones secundarias”.

La Vanguardia, sección Cultura. 12 de marzo de 2009.

La actitud de la autora, quien se consideraba una escritora frustrada debido a los fracasos con las editoriales de su país, la llevó a incursionar en la actuación cinematográfica, donde se destacó, hasta que decidió trasladar su técnica a la literatura: componer un personaje implica sentirlo en el interior, de algún modo “ser él”. Dieciséis años le llevó a la escritora inglesa lograr esa ascesis de la que surgiría su novela sobre una adolescente con cáncer, tema difícil, que al parecer es tocado con una gran altura en su obra. En la calidad de esta novela influyen los fracasos anteriores; Jenny Downham debe escribir en condiciones totalmente desfavorables, en ciertos momentos del día y con mucha dificultad; sólo la mantiene la entrega a su arte.

 

Escribir sin pensar en el exterior, concentrados sólo en nuestro propio lector interno, sin importarnos la trascendencia o el olvido. Lo esencial es que tengamos la convicción de iniciar un camino único, intransferible, donde las dificultades pondrán a prueba nuestra constancia, y las primeras que se presenten serán los cantos de sirena de aquellos que prometen la gloria a cambio de sumas de dinero, los que en el inicio de una carrera nos tientan a obtener créditos fáciles y un reconocimiento y fama. Nunca llegarán accediendo a sus propuestas.

Debemos escribir con nuestra sangre, con la conciencia de que ese fluido es lo más valioso que existe en el universo. No podemos dejar que esa extraña cruza de mosquitos y murciélagos logre alimentarse con ella.