Letras
Aproximaciones a Claudio Rodríguez y a Jorge Luis Borges

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La razón poética (homenaje a Claudio Rodríguez)

—¡Claudio Rodríguez! ¡Claudio Rodríguez! ¡Usted siempre en las nubes! Aterrice de una vez. ¿No ha escuchado mi pregunta? Se lo repetiré por última vez: ¿cuáles son las propiedades de la luz?

La maestra había empleado un tono de voz todavía más áspero y agresivo del habitual. El niño, encogiéndose de hombros, respondió que no lo sabía.

—A ver, Antonio Romero, ¿le podría instruir a su compañero sobre las propiedades de la luz?

Antonio Romero, peinado a raya, sonrisa colgate y voz aflautada, las mencionó todas, sin olvidar una: que su velocidad es de 300.000 kilómetros por segundo, que la luz blanca se descompone en las distintas tonalidades cromáticas cuando atraviesa un prisma, que la reflexión y la refracción caracterizan a la luz, así como al resto de fenómenos ondulatorios, etcétera.

—¿Ha visto, Claudio Rodríguez? —la maestra volvía al ataque—. Tome ejemplo de su compañero.

Claudio, enrabietado, se atrevió a replicarla:

—No entiendo muy bien lo que dijo Antonio. Todos sabemos lo que es la luz. Yo creo que se podría hablar de una forma más comprensible para que todos nos entendiéramos.

—¿Cómo, por ejemplo? Si es capaz usted de hacerlo mejor, estaríamos encantados de oírle. ¿Cómo definiría usted la luz?

Claudio tragó saliva y dijo con gravedad:

—La luz siempre viene del cielo, es un regalo de Dios, no se halla entre las cosas, sino muy por encima, y se derrama en ellas, siendo ésta su principal tarea.

—Bien, eso está muy bien, pero estamos en clase de física, no de literatura. En física tiene usted un cero, y en cuanto a la literatura, la verdad, no creo que ése sea su camino.

Claudio Rodríguez se restregó los ojos, dejando atrás sus recuerdos de infancia, y se dirigió con seguridad y aplomo a recoger su flamante premio Príncipe de Asturias de las Letras.

 

Cursillo práctico de Borges

Hoy quería hablaros de Borges (un escritor sobrevalorado, desde mi punto de vista, pero esa es otra historia). En concreto, quería mostraros la existencia de un argumento recurrente en muchos de sus cuentos. No es ello, huelga decirlo, ningún demerito del autor argentino. Muchos grandes escritores de todas las épocas se han sentido particularmente llamados por determinados temas, sobre los que han hecho girar buena parte de sus obras. Así, la culpa y la traición, en Graham Greene, o la libertad y la realización personal, en Hermann Hesse. En el caso de Borges, el argumento reiterativo al que me refiero es éste: la parte se rebela contra el todo. O, dicho con más palabras (no sé si con más precisión): algo que debería formar parte, o ser la representación, de una entidad de rango superior, se magnifica (se “sale de madre”) hasta prácticamente confundirse con dicha entidad superior. Veamos algunos ejemplos:

  1. “El aleph”. Érase que se era Jorge Luis Borges, quien tras el fallecimiento de su enamorada, empieza una extraña relación con el primo de ésta, un poeta cursi que está embarcado en la descomunal tarea de componer un poema descriptivo de la totalidad del mundo. Un buen día le hace partícipe a Borges de su gran secreto: la existencia en el sótano de su casa de un punto mágico (el “aleph”) que comprende todos los puntos del universo (incluido ese mismo punto).
  2. “Funes el memorioso”. Érase que se era el joven Ireneo Funes, que, tras quedar paralítico a resultas de un accidente de caballo, incrementa hasta el infinito su capacidad de percibir el mundo. Todo lo que sus sentidos captan, hasta el más mínimo detalle, lo archiva en su memoria. Así, los recuerdos, que normalmente abarcan sólo una parte de la experiencia en cualquier ser humano, en Funes eran una en una copia exacta, un duplicado, de dicha experiencia.
  3. “Del rigor en la ciencia”. Érase que se era un imperio en el cual la ciencia de la cartografía había avanzado tanto que el mapa que lo representaba coincidía milimétricamente con el propio imperio. A pesar de su exactitud (o, más bien, precisamente por ella) el mapa perdió su utilidad y terminó siendo abandonado por todos.
  4. “La biblioteca de Babel”. Érase que se era una biblioteca que abarcaba todos los libros posibles con cuatrocientas diez páginas y veinticinco caracteres. El desorden y el azar lo dominaban todo, ya que la inmensa mayor parte de los libros no significaban absolutamente nada. Sin embargo, no había nada más allá de la biblioteca. La biblioteca era el universo entero.

Un cuento con esta misma temática podría ser el siguiente:

Menuda guerra

Cuando aquella tarde de domingo el general Agapito San Román fue a contemplar su extensa colección de miniaturas de la segunda guerra mundial, de la que tan orgulloso se sentía, se horrorizó al observar que todas las piezas se hallaban descolocadas. En lugar de estar alineadas a lo largo de la estantería y separadas según pertenecieran a uno u otro bando, como a él le gustaba, se encontraban formando lo que, a primera vista, le pareció un auténtico caos. Sin embargo, en cuanto se fijó un poco, en seguida se percató de que el caos no era tal. Las piezas se hallaban agrupadas por batallas. Los mariscales Rommel y Montgomery luchaban a brazo partido en el desierto de El Alamein, los generales Paulus y Zhúkov se las tenían tiesas en la estepa de Stalingrado, y así sucesivamente. Sólo había una cosa que no encajaba: ¿de dónde diablos había salido aquel batallón español? Él nunca había tenido soldados españoles. No tenía sentido: España no había participado en esa guerra. Miró con detenimiento el batallón y pudo distinguir quién era su comandante: nada menos que el caudillo Francisco Franco. Por si eso fuera poco, más tarde comprobó que él también estaba representado en una de las figuras, sólo que con algunos años menos, cuando todavía era un prometedor teniente de artillería. No daba crédito a sus ojos. Estaba tan conmocionado que perdió el conocimiento durante unos segundos. Al volver en sí, se encontró metido de hoz y coz en plena guerra mundial. El fuego cruzado le obligó a guarecerse detrás de un pisapapeles. Otros se hubieran arrugado ante la situación, pero no él, él era un hombre de acción. La segunda guerra mundial había comenzado de nuevo y esta vez los comunistas y los liberales no lo tendrían tan fácil.

Como ejercicio para el próximo día, tenéis que escribir un cuento que tenga un argumento en esta misma línea. Para aquellos a los que no se les ocurra nada, ahí va una sugerencia: un padre le regala a su hijo un juego de muñecas rusas (esas que se encajan unas en otras), las extrae todas y le pide al niño que las devuelva a su posición original. El niño empieza a anidarlas, pero, como es muy pequeño y no se fija bien en las cosas, termina metiendo todas las muñecas dentro de la más pequeña.