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La bruja

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Para Mónica Vela Cuevas, con mi aprecio de siempre.

Nos decían que si nos portábamos mal vendría la bruja por la noche, volando montada en su escoba. Nos decían que entraría fortuita por una rendija de la ventana (o por donde fuera, al fin que para la bruja no existían límites) y nos llevaría como castigo de nuestro mal comportamiento. En ese tiempo, nuestras mentes eran incapaces de acatar al pie de la letra el ubicuo mundo prohibido de los adultos y por eso nos aterraba la idea de rendirle cuentas a esa vieja horrible.

Era aquella época en la que, en una algarabía pajarera, todos los primos nos arremolinábamos quién sabe cómo en torno de una vieja mesa de madera, de mediano tamaño, en insólito espectáculo como si de una sola familia se tratara. Sin ser conscientes de ello, poníamos en práctica un vivo ejercicio socialista de la pobreza, no de la ganancia ni de la producción. Allí nació la leyenda de las brujas, de los duendes, de los nahuales y otros seres terroríficos. Los adultos nos atemorizaban con relatos de apariciones de la Llorona, aunque no teníamos certeza del mal que podría causarnos. Nos contaban que ésta aparecía por las noches, salida del río, y había quienes escuchaban su plañidero lamento. También aprendimos a asociar la noche a las imágenes del diablo y de las brujas. De ellas sí temíamos que nos llevaran y por eso nos esforzábamos por ser buenos.

Nos inculcaron la convicción de que las brujas eran mujeres en todos los casos. No se nos ocurría pensar que hubiera brujos machos. Ni siquiera como insinuación nos lo dijeron así. Y si alguna maldad podríamos atribuirles a éstos, era la de demonios, hombres lobo o algo parecido, pero nunca los imaginábamos como brujos. Y jamás nadie nos aclaró que la figura de la bruja tenía una explicación histórica de discriminación de la mujer, según lo han dicho quienes de ello saben. Tampoco jamás pensamos en una bruja hermosa, buena (si no, ¿para qué existían las hadas?). Fue sólo con la televisión cuando tuvimos que hacer menudas concesiones, a regañadientes, a nuestro confuso imaginario sobre la bruja. Una bruja bella era una tomada de pelo, si no una aberración. Nosotros la imaginábamos tal cual el mundo adulto nos la impuso en historias emblemáticas como Hansel y Gretel, La bella durmiente y un largo etcétera: vieja, fea, gorda, de funestos atavíos y perversas intenciones, volando por los aires montada en su escoba, clavándonos sus amenazadores ojos endemoniados.

Mucho tiempo después nos apabullarían con otra versión, la de la bruja como el despiadado invento de la Iglesia católica y el Estado durante la alta Edad Media y el Renacimiento. Aunque no tan fea y tal vez no necesariamente gorda, la bruja llegaría a nuestra imaginación, a partir de entonces, ataviada de los mismos desencantos pero con una variante fundamental: la bruja era sacerdotisa del demonio, su servidora incondicional, lasciva (¿significaría eso “su puta barata”?), que se le ofrecía sexualmente sin pudor alguno en sus famosos y destrampados aquelarres. Estos aquelarres, nos enfatizarían, probablemente tenían como prototipo los ritos dionisíacos de la época helenística, los cuales terminaban en borracheras y danzas extáticas, en franco desenfreno sexual. Y si eso no bastaba —nos dirían con muecas de repulsión, en espera de reacciones similares de nuestra parte—, las brujas congregadas le besaban el trasero al demonio (¡al demonio!) en irrevocable señal de apostasía. Las brujas renunciaban a Dios y se sometían al diablo. Sería el colmo no sólo de nuestra credulidad, sino de nuestro pudoroso rechazo a lo escatológico: sexo con el demonio y el beso en la región más asquerosa jamás concebida. No sería difícil que nos convencieran de que la bruja había merecido la hoguera. La Iglesia había contado con el beneplácito de las multitudes horrorizadas que ni de chiste imaginaron que muchas acusaciones de brujería se derivaban de los inhumanos tormentos a que se sometía a las sospechosas o las acusadas. Para que cesaran los despiadados castigos, las implicadas terminaban reconociéndose brujas o acusando a vecinas y conocidas.

Y entonces entendimos por qué no podía haber brujos machos. Ellos eran magos, sabios que practicaban la magia y aplicaban sus conocimientos sobre alquimia. Y aunque tampoco fueron vistos con muy buenos ojos por los aparatos hegemónicos de imposición ideológica y de orientación de la fe, al menos eran respetados, incluso temidos, por su sabiduría. Sabiduría oculta y esotérica, pero sabiduría, al fin y al cabo. Las brujas no tenían nada de sabias y sí mucho de putas, nos dirían no sólo nuestros escandalizados padres, sino también nuestros amigos más avezados, convencidos de esta afirmación. Las brujas nos robarían para llevarnos a uno de sus aquelarres y arrebatarnos la virginidad en el mejor de los casos, pues lo más probable es que nos sacrificaran como a chivos o gallinas. O quizá nos llevarían para fines mucho más aviesos (probablemente algo que ver con el demonio), fines a los que ni siquiera la más desbordada imaginación alcanzaría a columbrar.

Aprendimos entonces a llamar despectivamente bruja a la mujer que no nos agradaba o la que nos hacía algún daño: “maldita bruja”, pensábamos, ignorantes de todo cuanto de histórico invento había en esa ofensa. Pero nada de eso nos advirtieron nuestros padres y todos quienes nos inculcaron la idea sobre la bruja, probablemente porque ni ellos eran conscientes de la realidad. Tal vez a ellos, como a nosotros, les enseñaron que las brujas eran malas y quizá así lo aprendieron sus padres, sus abuelos, o quienes les hayan relatado las abominables hazañas perversas de las brujas.

En ese clima de descrédito nos inculcaron la creencia de que brujas eran también las viejitas anacoretas, hurañas y ariscas que vivían en la falda del cerro, las cuales nos aventaban su cara de basilisco para gritarnos que éramos unos mocosos malcriados, nomás porque matábamos, a pedradas o varazos, las mariposas que en parvadas llegaban a beber agua de los charcos de lluvia. El regaño nos sabía a mentada de madre y en venganza, tan pronto las viejitas se metían a su casa, apedreábamos sus pollos o sus marranos al tiempo que echábamos a correr: no fuera a ser que nos convirtieran en sapos o nos echaran a su caldero para comernos o sacrificarnos con el fin de preparar los famosos ungüentos empleados en sus prácticas brujeriles. Nadie sabía cómo ni de qué vivían esas ancianas abandonadas, ni a nadie le preocupaba si algo se les ofrecía, pero en torno de ellas circulaban leyendas acerca de su poder sobrenatural de transformarse en animales, o de volar por los aires.

Y mucho después aparecería en periódicos locales la noticia que hacía falta: habrían capturado una bruja y se hallaría en los separos de la cabecera municipal. Si nos atenemos a que ese tipo de rumores suelen producirse en situaciones de tensión especial, cómo andarían las cosas en el país o al menos en la región. Sólo que éste no sería un rumor, o al menos no tendría por qué serlo, pues los periódicos que alimentan la curiosidad provinciana, siempre ávida de notas insólitas, difundirían la noticia de la captura como un hecho incuestionable: habrían capturado una bruja.

Las reacciones no se harían esperar: “¿No que no existían las brujas?”, “¿vamos a ver si es cierto?”, “puras patrañas, de seguro van a salir con una jalada”, “de cualquier manera, vamos, para salir de dudas”, “¿tú ya fuiste a ver la bruja?”, “no, pero dicen que sí es cierto”. Los intelectuales no sabrían qué hacer: también les cosquillearía el morboso deseo de constatar la existencia de las brujas, pero su bendito ángel de la razón les diría que no se dejaran llevar por emociones colectivas, que en todo caso esperaran a que las aguas se asentaran. Uno de esos intelectuales no se atrevería a escribir nada sobre la noticia:

—Cómo voy a escribir sobre algo que no es cierto.

—Precisamente para describir las reacciones colectivas.

—Pues no, no pienso escribir nada sobre algo que no existe más que en la imaginación de la gente.

Mientras tanto, en nuestra confusa y temerosa conciencia, medianamente asimilábamos la idea de que la bruja materializa una de las principales representaciones del mal que a través del tiempo se ha forjado el imaginario social. Así, poco a poco íbamos tomando conciencia de la maldad como una cualidad ínsita a la condición humana. Nos percatábamos de ello cuando pellizcábamos, sin razón alguna, a nuestros primos menores, por el simple placer de verlos llorar y de echarnos a correr para que sus madres no descubrieran nuestros impulsos perversos.

Pareciera como si al percatarnos de nuestra labilidad, de nuestra incontrolable inclinación al mal, nos acogiera un perverso deseo de ser tan malos como las brujas. Nuestros angelitos que nos aconsejaban ser buenos a veces se dormían y su puesto lo ocupaban pequeños pingos que nos incitaban al pecado. Nos invadía entonces un cosquilleo por ser como las brujas. Sería muy divertido, pensábamos, hacer conjuros, practicar hechizos que nos permitieran modificar nuestra apremiante condición de vida. Entonces fantaseábamos con la idea de tener poderes para, con una palabra, un sonido, un movimiento de manos, lograr que las cosas sucedieran como hubiéramos deseado. Nos hubiera gustado ser brujas para detener el reloj si se nos hacía tarde para llegar a la escuela; o para poner en orden todo cuanto nuestros padres nos encomendaban ordenar; incluso para jugarle una pesada broma a quien se dejara o hasta para lograr que alguien se enamorara de nosotros.

Así era como paulatinamente con la imagen de la bruja se afirmaba también nuestra conciencia de lo prohibido, la transgresión (el mal), la culpa y el castigo. Y entonces éramos buenos, o al menos nos esforzábamos por serlo. Y entonces le pedíamos a Dios que alejara de nosotros las tentaciones, que reprimiera esa naciente comezón por bajarle los calzones a las primas y las vecinas cuando en plena oscuridad, sólo tímidamente vencida por una luna espejeante, morbosa, jugábamos a las escondidas o a los balazos, lejos de la mirada censora de los adultos. Por eso sin repelar nos sometíamos a los rezos nocturnos que nuestros padres nos obligaban a practicar. A través del rezo imaginábamos a Dios como un viejito bueno que nos perdonaría si en plena misa, en lugar de escuchar el sermón nos la pasábamos atisbando las caras dormilonas de las viejitas o de aburrimiento de los señores; o las impertinencias de los perros que lengüeteaban las caritas acarameladas y moquientas de los chamaquitos. Todo eso hacía menos penosa nuestra estancia en la iglesia, en la que, en un forzado deseo de pensar en la virgen, terminábamos pensando en los rostros angelicales de nuestras compañeritas de la escuela a las que calladamente perseguíamos durante el recreo, sin atrevernos nunca a decirles que nos gustaban. Entonces queríamos ser buenos y decíamos ser buenos aunque en nuestro interior hervía una culposa pasión que nos incitaba a lo prohibido, a merodear, aunque fuera sólo con la imaginación, esos ámbitos negados sin explicación alguna. Entonces envidiábamos a las brujas que podían deleitarse con esos placeres mundanos. Y entonces con todas nuestras fuerzas hubiéramos deseado ser brujas... Lástima que no lo éramos.