Editorial
Cadenas y el contenido del silencio

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El pasado lunes 31 de agosto fue anunciado el veredicto del Premio FIL de Literatura y Lenguas Romances, que este año recayó sobre el poeta venezolano Rafael Cadenas, autor de una de las obras más características, más personales, de las letras de habla hispana. Un escritor cuya trayectoria, además, le ha valido el ser considerado uno de los faros esenciales de la cultura venezolana.

Correspondió a su paisano Gustavo Guerrero, reconocido crítico y miembro del jurado, leer en Guadalajara el veredicto que —refrendado también por la española María Luisa Blanco, el colombiano Darío Jaramillo, el estadounidense Raymond L. Williams y los mexicanos Ana María González Luna, Lucía Melgar Palacios y Vicente Quirarte— ve en Cadenas un autor “lúcido y vigilante” que representa para los jóvenes “el horizonte de una palabra que se aleja del lirismo tradicional y trae consigo el imperativo de darle voz a aquello que, de otro modo, ya no encuentra espacios para decirse en nuestra época”.

Pero no es Cadenas, sin embargo, un autor con predilección por los bombos y platillos de la sociedad mediática contemporánea. “¿Quién fue el enemigo que me puso en este trance?”, se permitió bromear con Guerrero durante la entrevista telefónica que le hicieron los medios mexicanos en ocasión de la lectura del veredicto, el pasado lunes 31.

Humilde hasta la incomprensión, discreto hasta la invisibilidad, ha desarrollado su trabajo con un pie en la pasión y otro en el silencio. No es gratuita la impresión de la crítica francesa Fabienne Bradu, quien en algún momento comparó el nombre de Rafael Cadenas con “la contraseña de una estrecha cofradía” reunida en torno a un ente legendario.

Esa estrecha cofradía lo es en tan precisa medida que no engañamos a nadie si recordamos que la obra de Cadenas es desconocida incluso en su país, pese a haber obtenido el Premio Nacional de Literatura, dos doctorados honoris causa y otros reconocimientos. “La poesía le interesa muy poco a la gente”, afirmaba él mismo, no sin amargura, en entrevista reciente.

No hay que olvidar que el premio FIL fue durante mucho tiempo el premio Juan Rulfo —denominación que perdió tras la penosa disputa entre los herederos del autor de Pedro Páramo y los organizadores de la Feria de Guadalajara—, un vínculo invisible entre dos escritores cuyos mayores significados se encuentren quizás en el contenido de sus silencios. Ya lo ha dicho el mismo Cadenas en uno de sus textos: “Lo más importante es lo que no puede ser hallado”.