Poema Nº 1
Limpia las sedas de tu alma.
Sobre tu tenue hojarasca
se viene una polvareda
que toda la brisa devasta.
Poema Nº 2
Hurgo en tu cueva oscura
sin penetrar arremetiendo,
sin destruir los cimientos,
de tu inmensidad que perdura.
Poema Nº 3
Si cuando las almas penitentes lloran
se escuchara tu voz angelical,
serían las más dulces notas
los tiempos y campanas en su repicar.
Poema Nº 4
En tu realidad acuosa y etérea
se escucha el eco definitivo,
que es el recuerdo purpúreo
de tu corazón libre y cautivo.
Poema Nº 5
Ya era tarde cuando te hincabas
viendo el despico de la luz,
y abrazada siempre regocijabas
al ave envuelta en tul.
Poema Nº 6
Ya el tiempo es magia,
ilusión, palpante del hombre,
realidad antigua y reacia,
que a veces lubrica y corroe.
Poema Nº 7
Pretendiendo huir de ti,
sólo logro evadirte,
mas siempre es el mismo ardid
que engaña al más triste.
Poema Nº 8
Las verdades más triviales
son las más intrínsecas,
se desnudan en días reales
sin esperar hora: tibias.
Poema Nº 9
Sumido aquí en la realidad
escucho la voz interior.
Es la eterna y llana piedad
de una máscara exterior.
Poema Nº 10
Alegría de existir a tu lado
empapado de tu energía,
y ese incesante agrado
flota en mi ser cada día.
Tú
La gloria, unos de tus lares vivos
ilumina mi feliz calvario,
precisando en mi cara el sudario,
sublime, noble y feraz desvivo.
Domaste mi rebelde mirar
y moré en tu inmóvil presencia.
El caudal de tu noble paciencia
fue una fuente para saciar
El valle de tu cuerpo frugal
es hondo estrepitoso y expresivo.
Me encuentro desposeído y cautivo
por mis sentidos: vista fatal.
¿Cómo sentir enojo y dulzura?
si tu imagen, modelo de dicha,
es signo de lejana desdicha;
y ara alada de eterna ventura.
De una concordia ruge el terral
al amparo de tu voz clamante;
y la añoranza de tu eco amante
fluye en mi ser como un litoral.
Tus senderos son ebullición
y morada de mis desvaríos,
rumbo seguro de mis amoríos
que convergen como una ilusión.
Tu fastuosa mirada lejana
de una fenomenal sutileza
aplacan toda filial terneza
que te regalo, amazona humana.
Es leve tu andar transfigurado,
y la cúpula de vientos te espía,
y todo mi celo los porfía
por aspirar tu aliento perfumado.
Todas las tinieblas son efímeras
cuando te acercas con resplandor,
llenas, y todo un calor y ardor
purifica y diezma nubes meras.
No hay algún artificio en tu belleza
pues todo es arrullo de beldad.
Afrodita, como una verdad,
aceptaría perder con destreza.
En la playa se desbordan olas,
la experiencia de ésta te silencia,
pues hay un grito gentil de clemencia
en cada resaca de horas solas.
Toda tu llama es inacabable,
y es eficaz tu áurea clamada.
Se funden las dos en llamarada
cual prisma de una luz maleable.
Brotan de mi mente muy agitados
deseos inocuos que ella mitiga;
aunque haya en mi cuerpo una fatiga
su vibrar alza a los extasiados.
Mística, la sed, algo infinito
que sólo tu alma sabe saciar,
y ebulle de tu fuente icor seglar,
fresco elixir de antiguo mito.
Los giros de tu excelsa figura
me dejan taciturno y extraño
con gesto de caballero araño
tu porte de una doncella pura.
Cabellos de fragancia sutil
se despliegan como unas aves gráciles,
colosales coloridos frágiles
de risueño suspiro núbil.
Estrella de una vida, esfumada
en vida de una oscura existencia.
Ya muy resignado a conciencia,
me pierdo en las aguas calmadas.
No más una eterna jornada,
ya, sin ti, mis sueños de plata,
mis lágrimas y sangre escarlata
se derraman, y tú, tan callada.
Sacrificio
Y era adalid de un grácil porte
investida en solemne presencia,
princesa ataviada de la esencia,
de bellas flores del sur y norte.
Tu mirada, la de genio gótico,
piadoso hálito de vida,
éxtasis de percepción sentida,
en mi fiel numen anacreóntico.
Tus labios, paradisiacos mundos,
primitivos y urbanos recintos,
encendidos por los rojos cintos
que atraen a tus abismos profundos.
Al remanso de aguas plateadas
la luna se ve resplandeciente,
reflejando su cara sonriente
en lagos de ilusiones plasmadas.
Soy un pez dorado con la sed
del alma fugitiva en la mañana,
y vuelto pasión en raza humana
me dejo atrapar en tu hábil red.
Ya en el cristalino santuario
de tu omnipotente dominio,
me ofrezco como un sacrificio
de amor redimiendo tu calvario.
Mujer
Y me atrajo su excéntrica voz,
melodía prodigiosa y lejana,
dignidad de un alba en mañana
derramándose ingenua y precoz.
Era hermosa y clara, alma celeste,
salvaje en su mirar pujante,
prestigiosa de áurea clamante
y lucero brillante del este.
Cuando en el agua se reflejaba,
el vidrio transparente la quería,
el ánade petulante la veía,
y el Don Juan viento la piropeaba.
La luna atesoraba el horizonte
para ser dádiva conquistada
fortuna grata y transmutada
del talismán oculto en su monte.
Y vuelta beso se fundió en el mar
de cuyas aguas surgió una llama,
fulgurante reflejo del trama,
y cuyo relato insta a amar.
Y esparcía claridad pálida,
primitivo don de la mujer,
frágil crisálida y sutil ser,
que Dios, en su gloria, la hizo cálida.
Ya airada parece una estrella
y vuelvo al remanso de su espíritu.
Con gran pasión e incólume ímpetu,
deléctome de su presencia bella.
Canto a mi amor
Callaste el alba con un dulce vuelo,
tumbando los frutos del seco nogal,
y como ráfaga de luz mire a tu cielo,
y vi tu sombra que opacó mi mal.
Tan monótona fue mi risa,
que suscitó en ti tedio natural.
Quisiera ahora que esta ceniza,
que fue en algún momento leña ardiente,
despierte en borrasca de amor filial,
y sea delección de luna creciente.
Dilapidaste en mí con firmeza resuelta
y el iris de tus ojos me amarró en mi lecho,
sentí tus besos de palidez cruenta
y hundiste en mí, la daga del silencio.
La indiferente soledad extraña del mar
rememora en mí las fechas mustias,
que simples ellas, me inducen a amar,
a toda criatura que sienta angustia.
Traslúcido es el brillo de tus ojos
que atraviesan los míos con flecha fugaz,
y ateniéndome a escuchar, sólo recojo,
el halago insistente de tu tibia faz.
Ojos que se funden en cáliz de acero,
la lluvia, que cae con manso recelo,
producen catarsis de mucho esmero,
y río de gracia observando tu cielo.
¡Qué mausoleo de desgracia y sordidez!
encierras en guetos de tu sensual contoneo,
cogito en el lienzo puro de tu palidez
y exhumo sentimientos que en ti veo.
La alondra y la luna
La alondra canta sonora
del aire, su suspirar,
y su constante mirar,
mi triste alma decolora.
Y era su alma anhelada
encontrándose en amorío,
sacando el tibio rocío,
del pecho en la luna amada.
Arrancóse un jirón blanco,
el corazón de rubí,
el pecho carmesí
guardó fiel como el banco.
La coqueta luna pasa
rozando el ala del ave
y ésta lanza una clave
que sólo el astro alcanza.
Qué fantástica silueta
tiene la luna moza,
es siempre la eterna rosa
de algún bardo anacoreta.
Ya ambos seres unidos
se amarán en un jardín,
aquel lecho de carmín,
esos, suspiros y olvidos.
Romance del caracol
De aquel rubor nacarado
que despide el caracol
en su magra barca andante
de porcelana creación,
surge un milagro plasmado,
en su opaco, tenue albor.
Manifiesta un gran encanto,
mas su incógnito ardor
inmenso, raro e insano
recuerda un lejano amor,
el de una perla extraviada,
que en su enlutada mansión
estuviese en su regazo
ataviada de pasión.
Fue su esfuerzo grande y vano
pues el mar celoso ardió
y con olas de enfado
de sus brazos la apartó.
Desde entonces el eremita
en su enroscado armazón
entre espirales se pierde
llorando aquella ocasión,
que su joya tan excelsa,
por el mar, ésta encalló
en alguna playa ignota,
que el hado en su labor
la llevase en un naufragio.
Llegóse un día de calor
el desdichado a una playa,
saliendo afuera, se alzó,
y sobre el arenal la halló,
su amada cantaba al sol
por su amor descarnado.
Aconteció que su voz angelical
y muy limpia enterneció a un cantor;
el Rey del Cielo la oyó
y en dorada floración
por siempre los rencontró.
La paloma y la estrella
Era acaso la paloma dormida,
que surcando sola el mar bravío,
enredóse ágil en todo un lío
al seguir aquella luz encendida.
Era sólo una blanca estrella
que robóse su corazón de albura,
y sólo el canto de la dulzura
bajó fulgurante hacia ella.
De repente el ave frágil cae
herida toda por un desengaño,
eran la estrella y el río, cruel engaño,
que a sus ojos, la pura brisa trae.
Blanca estrella, tenue y pura
se hundió en el cristalino río frío,
y con fuerte e indómito brío
al verla tragósela con premura.
Entonces ésta se alzó volando,
mas ya juntos y dichosos estaban,
por esas noches fugaces brillaban,
y por estas sierras iban cantando.
El pecho del ave era de fuego
por la estrella limpia que fulguraba,
a lo mejor por la rabia sacaba
destellos y reflejos de hilos blancos.
A la primera y única
Si fuese de fino cristal tu vida,
sería mi alma fuego y calor ardiente.
Ambos, fundidos como alba naciente
y un sol claro en la montaña escondida.
Sólo de verte me siento extraño
como perdido en tu sola presencia,
admirando tu marcada cadencia,
que se diría, sin un día ni un año.
Es un convenio de beldad tu faz
como una lúbrica estrella brillante.
Tu gracia inmaculada es palpante
en todo tu ademán que infunde paz.
Pareces lejana como princesa
de aire prestigioso en tu limpio mirar,
Cargada de encono en tu tenue andar
que pareces un extravío de la realeza.
Pero como llegar a ti y hablarte
besarte y quererte sin temor,
sin temor de perderte, sí temor,
de tu desdén por mi advenedizo arte.
El primitivo cauce de tu risa
surca presto mi aridez diezmada.
Perpleja de concordia inusitada;
de luces vivas vistes, Artemisa.
Ceñías una diadema en tu frente
salvaje y pura, inocente y blanca.
Tu piel de nieve ebúrnea estanca
el escarlata de sangre viviente.
Bóveda de virtud, gracia y llama,
vestías policromía en tu ajuar,
y era tu anhelo vívido el lustrar
cabellos degradados por la gama.
Obsesión de dioses del Olimpo,
riñas y contiendas por ti habrían,
por ti la lira y el arpa entonarían
la nota única y mágica del imbo.
Calíope encarnóse en tu elocuencia,
y vuelta furia, Erato, por tu lírica,
blandiría junto a Euterpe una mística
envidia por tu fastuosa eminencia.
Ni ninfa, ni musa, ni nereida
se te compara en alguna virtud.
Tú sola eres la mayor virtud
transmigrada en cuerpo de Briseida.