Es de mañana. Las golondrinas se cortejan tranquilas en los aleros del templo y en el enramado eléctrico. Fuera de su tienda, Brígida Pino se calcina barriendo la acera que ha maculado el camión de los cocos en su descargue. El cascoteo lento de unos jumentos que deambulan en rededor no suscita mayor extrañeza, pues todos se imaginan correctamente que es la recua de Joselito Páez que anda suelta. Hay silencio en las puertas abiertas, en el viejo acordeón de los hermanos Monterroza, en el billar de Valoy, en la escuela pública, y en los demás ventorros.
Al cabo de las diez, el alcalde Catalino Lanchas oye la bolina que penetra a través de la ventana e inquiere con las cejas a su secretaria pero ella se encoje de hombros indicándole que desconoce lo que pasa. Entonces, con un abanicado ademán de su mano izquierda, le manda que salga a ver y prosigue su conversación por teléfono. El libertador Simón Bolívar, desde el óleo en el que figura de cuerpo entero colgado detrás de la agradable silla del escritorio, examina sus gestos maquinales con la inalterable impavidez de los inanimados. Como se ha despeinado, el alcalde, de modo recurrente pero sin éxito, trata de volver a su lugar las hebras de su pelo aindiado que neciamente se vuelcan a su ancha frente.
Cuando vuelve, la secretaria hace estallar la puerta del despacho contra la pared y grita:
—Van a matar a Egidio.
El alcalde se anonada presa del desconcierto que ocasiona la inermidad. Va de un lado a otro, como si buscara salir de un laberinto por el cual anda a la deriva; luego se pone a tamborilear en el cristal de la mesa de reuniones con sus gruesas uñas de hidrosaurio y no logra escuchar a la secretaria que clama que corra a salvar al muchacho, mientras agita las piernas como si tiritasen. Por fin, un instante después, se lanza a la calle y no para de correr hasta alcanzar la turbamulta iracunda que acorrala al pintor enfrente de su desconchada casa. Se abre camino, como quitando una maleza tosca, hasta el ojo del huracán humano y se estaciona delante del hombre, lo cubre con su cuerpo cenceño, como de asceta, y sus dos brazos abiertos. Jadea.
De inmediato Egidio se explaya en gratitudes hacia él, como si antes que la vida le hubiera salvado el alma. Es un mulato alto, del color de la canela, vientre recto, no como el de los que frecuentan los gimnasios sino como el de los que aguantan hambre, ojos disconformes que descubren la naturaleza de su condición creadora, y manos de infante. No supera los veinte años. El alcalde no lo escucha pues está más atento a su propia agitación. Lucha por no morir de asfixia. Luego de un minuto, más o menos, actúa.
—¿Qué pasa aquí? —grita.
La voz agria de un hombre que porta sendos guijarros en sus manos de abultadas venas por donde anda sangre caliente y una rula al cinto dentro de su vaina, cuya cacha sobresale como testa de sierpe, se alza por encima del corro.
—Esta es la última que le aguantamos —sentencia, mientras mira de mal ojo a Egidio.
El alcalde lo reconoce enseguida: es Julio Pira. Ve que le han caído los años como una costra blanda, el pellejo asido a los huesos, como el forro de un paraguas sin desplegar; ya no hay vestigio de la enormidad de sus antebrazos de peón de finca ni de malicia alguna en sus ojos de felino. Ya no aparenta ser un hombre de temer, pero una ojeada escrupulosa le permite atestiguar que lo enceguece la animosidad que antecede a toda acción virulenta.
—¿Tú eres el que está provocando esto? —indaga con cautela, al tiempo que derrama la vista sobre los otros rostros que lo rodean con ansias de represalia.
El hombre lo escucha nítidamente, pero antes que tuviera tiempo de responder un bramido estentóreo surge del propio vientre de la movilización que pone de manifiesto que la causa no es de él solo.
—¿Qué ha hecho este hombre? —indaga entonces el alcalde, inalterable los rasgos de su rostro tenso como su acortado cuello.
A la sazón, Julio Pira es quien vuelve apoderarse de la iniciativa. Jala por el brazo a la muchacha que está detrás de él. Es su hija. La última de los diecinueve retoños que tuvo buscándola a ella. Hace parte del grupo de jovencitas que la última noche Egidio convenció de posar desvestidas en su estudio para pintarlas.
—Las ha corrompido —reprocha. Y los brazos que empuñan piedras, palos, y otros objetos contundentes se alzan y vibran al cabo de la denuncia.
El alcalde advierte la anarquía. Han quedado atrás años y años de salutífera tranquilidad y tolerancia. Aflora el encono; incluso el aire está que arde cual gas propano. Es una situación difícil de sortear, aun para un hombre como él poseedor de algunos trucos aprendidos en el circo de la política. Gracias a su experiencia puede imaginar puertas de salida de aquel inesperado embrollo como pontificar contra la justicia privada hasta la persuasión o soltar un par de promesas compensadoras, pero su olfato le previene que eso acabaría de contrariar aun más a la turba pues la gente tiende a perder su capacidad de reflexión cuando está en la otra orilla adonde no pueden llegar las palabras remediadoras. Es inobjetable que el procedimiento de Egidio para ejercitar su arte ha provocado un verdadero maremágnum. La atesorada pasividad que ha reinado normalmente en el pueblo tocaba su fin. Él nunca había visto así a la gente.
—Ya mismo haré que queme todos esos cuadros —es lo que se le ocurre decir luego, sin quitarle la mirada a quienes están a boca de jarro, y enseguida toma del brazo a Egidio, con respeto —no quiere parecer tan protector—, y parte con él así de vuelta hacia el Palacio Municipal.
Pero no logran avanzar tres pasos. La multitud se le atraviesa en el camino. Pretende el ajusticiamiento rápido, ya; advierte que detrás de aquella acción del alcalde está la enorme puerta del olvido. E intuye que aquello hundiría la posibilidad de sentar un precedente histórico que espante a quienes vengan después con el mismo propósito. El alcalde percibe entonces que, incluso, él mismo puede resultar leso; por lo tanto, de un impulso, muy ágil, se apodera del revólver de dotación de Turizo, el escolta que va detrás suyo sin poder hacer nada, que porta en la cintura y por fortuna no recordaba que lo llevaba encima y oculto bajo la camisa suelta sobre el pantalón, y hace un disparo al aire. Un aterrador silencio vino de inmediato.
—Esto es asunto de la ley ahora —aprovecha para dictaminar entonces, con una seriedad distinta a la que se le conocía en los actos públicos. Y retoma el paso cuando la masa afloja su compactación a causa de la intimidación. Muerto del susto, sin embargo. Pero unos metros más adelante una mujer le grita al pobre pintor:
—Maldito, degenerado.
Y la marea humana embravecida se abalanza contra ellos, aguijoneados por la ira que acrecienta la conciencia de las cosas, aunque sin premio pues el alcalde la detiene de nuevo con el estruendo de otro tiro a la nada. De todos modos nadie desiste en su empeño de no dejarlos pasar, se los quieren comer vivos. Entonan a cambio arengas, azuzan, a la caza de la oportunidad que les dé el desagravio por mano propia, todo el pueblo ahora es un rebaño descarriado de sus sanas costumbres. El vocerío es infernal. Egidio sin embargo no escucha aquellos desahogos de la saña, está a merced de su propia conciencia que no concibe cómo llegó a tal situación; hace no tantas horas gozaba en la lejana urbe de la buena crítica que sus creaciones inspiraron. ¿Quién lo creyera? ¿Cómo es posible?, eran los pensamientos que sin éxito procuraban saltar a sus delgados labios. Lleva miedo y suda copiosamente, cual reo hacia el patíbulo, aunque respira con impresionante naturalidad. También una horrible sensación de humillación, algo inconcebible ayer cuando era vitoreado en el grande salón adonde exponía su opera prima y empezaba a hacérsele realidad el sueño de llegar a ser como el gran Darío Morales, que no le permite sobrellevar el suplicio con decoro. Su destino está ahora reducido a dejarse ajorar por el alcalde, como si fuese tirado por un buey. Va sintiendo una profunda aversión a ser mirado, de repente ha pasado del pináculo al abismo, de la gloria al infierno, su amor propio va mal herido e incomprendido. Mentalmente va rogando al cielo, pues para el de arriba todo es posible, que esta realidad sea una terrible pesadilla; cree en los milagros y añora uno que lo saque de aquella desgracia. Pero se impacienta. Procurando que no se diera cuenta, trata de librarse del alcalde mas no lo consigue. El alcalde oprime más su puño en el músculo tras advertir sus intenciones, no sin olvidar reiterarle que no se haga el valiente pues ese sería un perfecto desatino.
Uno de los chicos que está a la vanguardia de la multitud, bruscamente, se precipita sobre él y le arrebata la cachucha pintorreada. Sólo jirones quedan de ella después de un rato, tal cual queda una presa lanzada a fieros canes. Enseguida alguien de atrás le lanza un macizo guijarro, la sangre emana de inmediato de su cabeza y alienta a la jauría. La boca se le tuerce, como una prenda que se exprime, a causa del dolor. Cuando el alcalde amenaza con volver a usar el revólver, Egidio se libera, corre, corre, no es el miedo que lo impulsa sino el arrojo despertado por la súbita posibilidad de huir. Sólo que la turba, rauda, envalentonada, se lanza sobre su espalda, como se lanzan las langostas que lo pretenden todo. Incluso los habitantes indecisos que permanecían arracimados en las verjas también se suman a la agresión irracional. A poco la ira envilecida del animal arrinconado que mora dentro del ser humano cobra su vida, la crueldad gana el pedestal. La sed de venganza queda saciada.
Una brisa fresca y suave se aparece luego, arranca las hojas marchitas de la acacia debajo del cual yace ensangrentado Egidio. El sol, que ha principiado su declive, pugna con las nubes viajeras que se desplazan hacia la sierra Flor por continuar viendo la catástrofe. Algunas golondrinas han alzado vuelo del campanario de la iglesia y van a posarse en los techos de las viviendas contiguas. Lo primero que ve el alcalde al empezar a reponerse del arrollamiento sufrido antes que su dedo índice diera con el gatillo del arma nuevamente, es su reloj de pulso que marca ya las doce y media del día. Después va al sitio de la tragedia y contempla con ojos turbados la sórdida vergüenza del pintor muerto, a quien lo aguarda la historia, las aclamaciones del mundo pictórico, y el fastuoso homenaje bien ganado que amerita haber sido una de las grandes promesas del arte contemporáneo. Sus colegas le llamarán otra ilusión apagada.
—No tenían que matarlo —lamenta el alcalde, descompuesto, pero especialmente molesto consigo mismo por no haber imaginado lo peor.
De vuelta en el palacio municipal, cuyas oficinas están con las puertas abiertas y expulsan un vaho de documentos viejos y normas de letra muerta que están regados en el piso de baldosas ajedrezadas, como reflejo del despelote que hubo cuando los demás funcionarios salían a ver también qué ocurría fuera, el alcalde torna a su silla. Se nota a leguas que aquella fatalidad inútil le ha lastimado profundamente y que si pudiera devolvería el curso de la historia misma para que la apacibilidad que traía aquel lunes no se descarrilara como ha ocurrido. “Ahora quién nos va a creer que no matamos una mosca”, rezonga al ponerse cómodo. El mundo tendrá razón cuando nos juzgue bárbaros.
Y al notar que su secretaria no volvía, sale de nuevo corriendo de la oficina en su búsqueda. Se le estaba olvidando que ella es la madre de Egidio.