La pupila
Para los gatos de Oscar Contreras
que en sus pupilas me han de tener.
Despertó sudado y lo primero que miró fue el reloj marcando las seis en punto. Hacía tiempo que no dormía tantas horas. El reflejo del sol en el techo le causó una tremenda confusión. Entró en un estado de atemporalidad del que no sabía si había despertado a las seis de la mañana o a las seis de la tarde. Recordó haberse acostado luego de regresar de un viaje de quince horas, cuyos baches del camino le terminaron por descuartizar el cuerpo. Con los ojos entreabiertos se dirigió hacia la ventana. Apoyó los brazos sobre el marco de madera, bostezó y abrió los ojos por completo. Tremenda sorpresa se llevó cuando frente a él también había bostezado una señora de blusa desteñida, cara sudada y bizca de un ojo. Desconcertado se miró los brazos, apretó una vez más el marco de la ventana, se pellizcó una mano, raspó la madera y llegó a sonarse los dedos. Ambos se miraron fijamente entrando en un silencio en el que él podía escuchar los clics cada vez que parpadeaba y ella, por su forma de mirarlo, parecía intentar comunicarse telepáticamente. Confundido regresó a ver su dormitorio. Por un lado estaban las cosas que más le interesaban; su computadora; sus decolorados posters de Cobain; sus amarillentos clásicos de la literatura ordenados alfabéticamente como si formaran parte de un pelotón; su vieja mesa y el libro de Faulkner señalando la página en que se había quedado antes de salir de viaje. Por el otro lado, cerca de la ventana, estaba su cama de dos plazas con sábanas recién lavadas y gigantescas almohadas. En su mesa de noche, una taza de café y un plato con dos panes con hot dog que seguro su madre le había dejado para que desayune o cene. En la alfombra las piezas de un ajedrez, sus zapatos, un par de medias y una corbata que había usado dos días atrás. Ahora sabía que no se trataba de un sueño. Regresó la mirada hacia la ventana y ahí seguía ella mirándolo con un solo ojo. Otra vez preso de la duda estiró los brazos y fingió un bostezo. Como si el marco de la ventana hubiera sido un espejo la señora también estiró los brazos y luego bostezó. Hostigado de las imitaciones agarró su taza y sin quitarle la mirada a la señora empezó a fingir que tomaba el brebaje. Ella siguió estática, con los brazos rectos y con el ojo dilatándose en su pupila empezaba a reflejar el ajeno dormitorio. Conocedor de que esta vez no podía ser imitado sonrió aliviado. Pero cuando agachó la mirada hacia el jardín se enteró de que aquella mujer había dormido encima de unos cartones. Entonces, empezó a sentirse culpable, mientras que ella, aprovechándose de la situación, sin dificultad logró arrancharle la taza. Sabiendo que esa loca era capaz de todo, pensó que un descanso le resultaría bienhechor. Mientras retrocedía para derrumbarse de espaldas en su cama, ella una vez más lo imitaba; retrocediendo. Una delicada sonrisa se dibujó en el rostro de la mujer, y mientras bebía el café a sorbos, en su pupila iba guardando cautelosamente la cama, las sábanas, las almohadas, los panes con hot dog... Segura de que no le cabía ni una cosa más se echó a correr sin control, como loca. En el dormitorio se escuchó un fuerte golpe: él había caído abruptamente contra el cemento. Después de varios minutos abrió los ojos y esta vez fue testigo de que su cuarto estaba totalmente vacío.
La mochila
No one knows what it’s like
to be the bad man
to be the sand man
behind blue eyes
The Who
Cuando abrió la puerta del dormitorio se dio con la sorpresa de que el tiempo había barnizado todas sus pertenencias. El polvo, como nieve, había caído en el pequeño ropero, en la ropa, en el piso y en cada rincón de lo que fue su dormitorio. Había regresado a la casa de sus padres después de diez años de haber estado en otra ciudad trabajando de albañil. Su madre, entretenida en un talk show en su viejo TV National, a duras penas lo había saludado, por eso él se había encerrado en su oscuro dormitorio.
Los ruidos del programa que se vulgarizaban hasta el dormitorio le hicieron sentar en su vieja cama. Por unas tiras azules que colgaban debajo del colchón se percató de que se había sentado encima de la mochila de su época escolar. Entonces, le vinieron unas ganas de leer los recuerdos y las firmas escritas por sus amigos. No fue necesario sacudirla. Parecía ser el único objeto sin polvo y que por lo tanto, no le causaría alergias. Las leyó e inmediatamente sintió estar sentado en las primeras clases del quinto de primaria, riendo en los últimos asientos con sus dos mejores amigos: Julio y Carlos. Correteó con ellos en el patio, jugaron por un momento a la pelota, compraron y se quitaron los alimentos en el quiosco, luego escuchó los timbres que daban fin a estas alegrías. Del televisor se escucharon sollozos, al parecer, de un niño. De pronto, se transportó hacia los últimos meses en ese salón. Ahí se vio sin amigos y sobre todo perseguido por las malas miradas de todos, incluso las de Julio y Carlos, porque desde octubre de ese año su padre había sido apresado por vendedor y consumidor de drogas. Escuchó muchos gritos, llantos, desesperación, que esta vez no sabía si venían del televisor o de sus recuerdos. La confusión se asemejaban a lo que había vivido en esa casa; las peleas entre papá y mamá, papá peleándose con los vecinos y mamá riéndose en la puerta con las amigas, los castigos y demás cosas que le interrumpían las noches de estudio. Sonaban los latigazos, las burlas, hijo de drogadicto, su padre diciéndole que ya no debía salir a jugar pelota toda la tarde, mfff, mfff, que en vez de eso se pusiera a hacer sus tareas, que debería estudiar más temprano porque mucho consumo de luz hacía, mfff. Sabía que cuando su padre se introducía ese polvito en las narices, mfff, mfff, se ponía furioso y peleaba con quien esté al frente, así que era mejor guardar sus libros en su mochila y dirigirse hacia el dormitorio. Una vez más escuchó los golpes, los adornos contra el piso, las cachetadas, los gritos y los llantos. Le parecieron tan crueles que sintió la necesidad de sobarse las piernas, las orejas y hasta los hombros.
De pronto sonó el timbre de la casa. Se puso de pie, dio una última mirada a su dormitorio, abrió la puerta con arrebato lo que provocó una polvareda que llegó a ensuciar la mochila. Antes de salir se despidió de su madre, quien atendía a la vecina que acababa de llegar. Luego apresurado se entregó a la calle.
A medida que corría por la calle iba sintiendo incomodidad en sus hombros. Al tocárselos se percató de que tenía las marcas de dos tirantes. Su madre sonreía desde la puerta; verlo apresurado le recordaba su niñez. Mientras él cruzaba hacia la vereda, sentía cada vez más la mochila, esta vez llevándola para siempre.
Todopoderoso
A Henry Miller
Cuando ella se dio cuenta de que un escritor la había estado siguiendo por toda la calle decidió entrar apresurada a su casa. Una vez que lo hizo cerró bruscamente la puerta y se persignó tres veces. Sabía que este podía ironizarla, y que en su don de todopoderoso podía meterse en ella, y que exagerando su vocabulario, haría más agradable el asunto. Se quedó escuchando pegada a la puerta, con la boca abierta. Al no tener respuesta decidió asomarse por el agujero del pestillo; ahí vio la mano del escritor fingiendo ser un revólver y que el lápiz era el cañón que la apuntaba. Asustada retrocedió, mientras eso ocurría, por debajo de la puerta el todopoderoso le dejaba una hoja con tan sólo un párrafo escrito.