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Tres textos

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Bitácora de la cocina III

Mi corazón esta mañana  
tenía miedo
de encontrar en la fosforescencia amarilla
del mango
un gusano
que viniera con la noticia
el mundo, imperfecto
—quejumbroso—,
había muerto
de violencia inusitada.
Un ama de casa le enterró el cuchillo
entre los ojos,
y permaneció impasible mientras terminaba de hornear
un pastel de carne cubierto de puré de papa y por encima
el tacto casi amoroso de la
yema de huevo y el azúcar

 

Desprendimiento

Empiezo por desprenderme de cada cabello, uno a uno, sin prisa, los pongo en la mesa. Luego sigo con los dedos de los pies, con calma. Cada órgano lo voy poniendo en una reproducción de mí en la mesa, los huesos en los lugares que corresponden, los músculos, los tendones y los nervios. Con el último aliento antes de sacarme los pulmones, la tráquea, la garganta, la boca, digo mi nombre para que no se me olvide cómo fui llamada en este tiempo. Al final el corazón se entrega solo, inútil en su ejercicio sentimental, siempre se dio tan fácil, sin ejercer la mínima resistencia que no valía la pena conservarlo. Mañana temprano vendrán de la oficina forense a examinar las evidencias, a pensar los motivos, las razones por las que miles de personas se avientan de los puentes, se ahorcan en escenografías planeadas para públicos desconocidos, se toman meses en hacer cartas de despedidas a los que se amó; a examinar la vida del otro, detrás de la puerta, encima de la mesa, los huesos que somos como vestigios de lo ahora extinto. Soy ahora los restos de una comunidad que ha perdido lengua, ritos comunitarios, su simbolismo retratado en viejas revistas especializadas donde antropólogos exitosos hablarán de mí como si hubieran comido en mi mesa, la misma ahora que ocupa la resistencia y volumen de mi cuerpo.

 

Una tienda departamental

Mi corazón es una tienda departamental...
un sanborns donde hojean las revistas mientras esperan a alguien.
Mi corazón gusta de sentarse en cafés al aire libre

[los mismos cafés de preferencia: los mismos parajes de los mediodías, antes que las amas de casa compren la fruta o la carne fresca, antes que recojan a los niños en las escuelas; la mejor hora del día: antes que suceda cualquier cosa]

Sin escuchar las bocinas de los autos,
con la mirada atenta, suspendida,
en los hombres que pasan como acontecimientos.
En tardes como éstas, soleadas,
con un viento del norte que traerá agua en un par de horas,
paralizando la ciudad,
mi corazón es tan sólo
un rehilete de colores
ofrendado a los peatones:
un corazón gratuito.