Letras
Informe acerca de los orígenes

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

Había una vez una guerra. Las antiguas querellas y los oprobios que la habían motivado se alejaban tanto en el tiempo que ya se habían convertido en irreales, en historias y justificaciones de cuya verosimilitud no podía sino dudarse. Una vieja y secreta enemistad entre los duques Pavel y Larnak se suponía como su verdadero origen; mutuas acusaciones expansionistas disfrazaban un núcleo más íntimo y menos claro. Quizás por eso, la zona en debate no tenía límites precisos y ambos bandos se referían a ella como a “la zona”, sin ningún otro apelativo y sin que esta denominación ambigua generase confusión alguna.

Con el paso del tiempo, la guerra se había vuelto un acto ritual, y por lo tanto, su sentido ya no era cuestionado, como lo fue en algún momento. Los sentidos se habían ido anestesiando, y la insensibilidad fue considerada una virtud elogiable. El horror, la lástima, el compadecimiento por el propio sufrimiento, dejaron, entonces, de tener alguna manifestación externa, y fueron relegados a la amorfa zona de lo impronunciable y ajeno. De este modo, pues, es que había una guerra.

 

Fue así que para nosotros, herederos de un pasado innombrable, y acostumbrados a la rutina de una guerra constante, el problema de los orígenes se había vuelto, en forma inesperada, inevitable y turbador. No porque no hubiese teorías que intentasen descifrarlo desde las más diversas perspectivas (todas ellas poco convincentes, ya que se estructuraban en torno a principios cuya finalidad tristemente moral —restablecer la seguridad y la confianza— o de tono nacionalista, socavaban cualquier genuino intento de investigación) sino por el hecho, simple e inaudito, de que del pasado sólo quedaban las huellas. Estas huellas eran, a veces, apenas perceptibles, tan sólo un gesto que rozaba la cáscara del aire: el movimiento acostumbrado de una mano al hacer adiós, un cierto resquebrajamiento de la voz al decir palabras de ternura, un sueño repetitivo y siempre olvidado, la manera de mirar a lo lejos o de avergonzarse. Otras huellas se dibujaban con infinita precisión y certeza: la fecha de una victoria militar, el recuerdo de los nuestros perseguidos por el enemigo a través de calles desiertas, el temor incontrolable a todo ruido imprevisto, la estatua semiderruida de un antiguo dios blanco.

Ninguno de nosotros, los jóvenes, sabíamos cómo encararnos con estas huellas geológicas. Eran un rastro hacia un pasado anterior. Eran señales de otro tiempo, cuando todo se había iniciado. Sin embargo, constreñidos por las circunstancias en las que nos encontrábamos, y debido a que necesitábamos hacer otra cosa en los escasos intervalos que la guerra nos deparaba, comenzamos a indagar los orígenes mudos del combate que nos apretaba en sus hilos. Los contornos arcaicos y primitivos de las huellas (a cuyo estudio nos abocamos en un principio con devota pasión) se confundían y mezclaban con marcas posteriores que entorpecían, si no impedían totalmente, nuestra tarea. Este contacto con el arduo trabajo de desciframiento, fue el que me permitió elaborar la hipótesis de que la huella clara y precisa que Robinson Crusoe descubrió en la arena de su isla, no podía ser sino una fantasía, la idealización nostálgica de algo imposible, y que como tal, debía ser eliminada como meta tácita de nuestro modo de pensar. Sin embargo, y a pesar de la coherencia interna de mi propuesta, ésta fue pronto dejada de lado. La huella de Viernes, marca de un pie no alterada por el viento ni por las horas, inmaculadamente aislada en la arena lisa de la playa, intacta en la memoria, siguió presentándose como huella ejemplar. Yo fui desprestigiado en asamblea pública. Además, el pensamiento me fue prohibido.

 

Nuestros enemigos, siempre prolijos y rigurosos en el arte de la guerra, comenzaron a inventar nuevas técnicas de tortura. En especial, desarrollaron sustancias corrosivas e implementos eléctricos para dejar la marca de su poder y su dominio sobre todo cuerpo receptor. Su perfección llegó a tal punto, que lograban escribir los múltiples y detallados mensajes que nos enviaban sobre los cuerpos de los prisioneros; éstos, nos eran devueltos luego como pergaminos vivos de mirada hueca.

Comprendí que también ellos estaban abocados a una tarea semejante a la nuestra, y que sus métodos extremos y crueles eran la prueba de su devoción y de su angustia. Incapaces de todo pensamiento especulativo, adeptos por naturaleza a un accionar afásico y no reflexivo, una desmesurada melancolía debía de estar consumiendo sus negros corazones. La escritura, antes del dominio de todos, se volvió un arte sagrado; el cuerpo humano, antes consagrado a la lucha, se volvió objeto apropiado para marcar en él la memoria de un odio o de un temor de perfiles ya casi desfigurados.

El viejo proverbio que con dulces palabras anuncia que todo hombre lleva su historia grabada sobre su piel, perdió, de pronto, su riqueza metafórica.

 

Debido a mis continuas herejías y a mi búsqueda empecinada de la huella de algún origen (aunque fuese falsa, falsificada, ficticia), fui entregado al enemigo. Eran tiempos en que ningún método era considerado inapropiado para levantar la moral de los nuestros.

Hablar de las cicatrices es un acto de arrogancia al que no puedo atreverme: me agita el temor a la conmiseración. Quizás, también, un cierto pudor.

 

Como de toda guerra, también de ésta sólo quedan algunas palabras, algunas marcas que el tiempo o la memoria lentamente desdibujan, un hecho insignificante y trivial que permite imaginar la explicación de todo, dos o tres nombres propios.