La vida cuelga de unos cordones bien delgados, guaje. Desde que la comadrona te tironea de los hombros y te hace un lazo en el ombligo. De poco valen esas cuerdas de cáñamo del grosor de tu brazo ni los cables que apuntalan el tranvía ni los cabos que amarran la panza de las barcazas a los norays del muelle. Hagas lo que hagas la huesuda hila tus horas con un algodón de zurcir que no resiste muchos tironeos. A quién se le ocurre que las riendas de acero trenzado del aparejo de la jaula le puedan ganar una cinchada a esta vieja puta desdentada. Más confiara yo en la seda de las arañas, guaje. En estos socavones todo pende de tientos resbaladizos y débiles piolines. Unas tristes marionetas, guaje, eso nomás somos. Como aquellas que tanta diversión te dieron el otro invierno en la función de la sociedad obrera. Los Piccoli de Podrecca. Ni el burro ni el pianista ni la bailarina rusa movían una mano ni volvían sus cabezas sin el gobierno del titiritero. Falso el martillazo del herrero forzudo sobre el yunque. Fingido el cachiporrazo del rata de la Gran Vía sobre la gorra del borracho. De mentirijillas las sacudidas del sacristán para mover los badajos de su campanario. Todo manejado por invisibles sedalinas que terminaban allá arriba en las manazas del director. Eso somos de verdad, guaje. Marionetas manejadas por hilos. Personajes de pacotilla, muñecos de ánima prestada. ¿Cuánto llevamos aquí abajo? Segundos... horas... años... toda la eternidad. El mundo son las galerías y el pozo es el camino al cielo... cuando subes... Hoy (¿ayer?) nos ha tocado bajar. Esas cosas de la gravedad, guaje. El titiritero abrió su mano y caímos. Arriba como todos los días el sol, el perfume de los perales y el telégrafo de los picapinos. Aquí la negrura y el encierro, escatimando un aire enrarecido y maloliente a causa del gas y la falta de ventilación. La boca y las narices resecas de respirar un tufo de orines y excrementos mezclado con el polvillo de carbón que nos va ganando ya garganta, estómago y pulmones. No desesperes guaje y trata de ahorrar el aliento. Ni te empeñes en moverte de este hueco donde al menos estamos a resguardo entre la viga partida y el muñón de los puntales. Y no llores, que el amasijo de lágrimas y mocos has de acabar tragándolo junto con este polvo de mierda que nos embarga las entrañas. Mejor piensa en los boniatos que tu madre ha puesto en el rescoldo para esta noche. Puedes tomar también mi parte, porque tengo el estómago revuelto y no me va a caer bien. Deja ya de lloriquear, guaje, abre bien las orejas que estoy oyendo movimientos arriba. Ha de ser la cuadrilla bajando con cabos por el pozo. Claro que sé que la jaula ha quedado abajo, niño. Ni tonto que fuera. Pero habrán echado escalas y estarán llegando. Estamos a menos de trescientos pasos del pozo. Les llevará tiempo avanzar hasta encontrarnos. Pero han de llegar, no llores ya. Guarda el aliento para gritar cuando les escuchemos cerca. Entonces sí grita con fuerza, guaje. Gritas y me despiertas, que siento pesada la cabeza, creo que me estoy quedando dormido. Tú tratarás de no dormirte, guaje. Abre esos ojos, no seas lelo.
Que si te duermes ¿quién habrá de gritar para que nos saquen?
Primer premio II Concurso Internacional de Microrrelatos Mineros “Manuel Nevado Madrid” Fundación Juan Muñiz Zapico. Asturias, 2005.