Letras
El erizo Paco

¡Comparte este contenido! Compartir en Facebook Compartir en X Compartir en WhatsApp Enviar por correo

En un día de verano
a la orillita del mar,
estaba el erizo Paco
junto a Pepe el calamar.
Pasaban el día jugando
por aquí y por allá,
hasta que Paco el erizo
propuso ir a descansar
a un charquito cercano
lleno de agua de mar
que estaba tan cristalina
que parecía cristal.
Pero sucedió una cosa
que cambió de pronto el plan,
fue una ola tan enorme,
llena de espumas y sal,
fue una ola tan rizada,
tan grande y desproporcionada
que cuando llegó al charco
todo lo quiso llenar,
arrastrando al retirarse
a Pepito el calamar.
Paco chilló con fuerza.

—¡Agárrate, calamar,
a una roca puntiaguda
que si no te lleva el mar!

Pero el calamar temblando
con su bolsita carnal
y sus patitas tan cortas...
casi no podía nadar.

—¡Lucha, hermano,
para volver aquí, al charco!

—¡Glu, glu!, ¡que no puedo!,
¡Que me voy solito a ahogar!
¡Dile a mi madre querida
que no me olvide jamás!
Que no me comió un pescado,
ni una red me atrapó,
ni en aritos me frieron,
ni nadie me congeló,
el mar que es muy traicionero
de ella me separó.

—Pero lucha, no te rindas,
vuelve a tierra, por favor.

—¡Que no puedo, que me voooyyyy!

Se hizo el silencio de pronto,
sólo el mar refunfuñó,
y se quedó nuestro erizo
sin escuchar más la voz.

Paco se puso muy triste,
Nadie le pudo consolar,
no salía de su roca,
ni a sus puítas limpiar.
Su mamá muy preocupada
le ha llevado al doctor
y don Mariano el pulpo
le ha mirado el corazón
y también le tomó la fiebre,
y cómo no..., la tos.

—Tose, Paquito, un poco,
di treinta y tres, por favor.

Cuando terminó de verlo
extendió, de sus ocho brazos, dos
y mirando a doña Eriza
de esta manera le habló:

—Este erizo está malito
pero no de enfermedad
se ha quedado muy solito
sin su amigo el calamar.
Pero se le irá pasando
con el tiempo despacito
y así pasito a pasito
podrá al fin olvidar.

Pasaron algunos días
y después un mes o más.
A Pepe nadie lo nombra
por temor a empeorar
la tristeza del erizo
junto a la orilla del mar.

Paco no olvidó a su amigo.
Y una tarde de invierno
iba a la escuela el erizo
muy triste y descontento
cuando vio llegar un barco,
un grandísimo velero
cargado con mucha pesca.
Se quedó el erizo quieto,
vio de las redes saltar
sardinillas, atuncitos,
viejas y hasta sarguitos
y de pronto... ¡Un calamar!
Era Pepe que aturdido
de la red quiso saltar
y de un salto y otro salto
volvió otra vez a la mar.

Paco chilló con fuerza:

—¡Ven a la orilla, calamar!
que bien que has demostrado
lo bien que sabes nadar.
pues el mar tú has cruzado
desde aquí hasta Canadá.

—¡Hola, Paco, cómo estás?
—dijo al fin el calamar
sacudiéndose el salitre
de su bolsita carnal.

—Ahora bien, pues estás conmigo
pero te eché mucho de menos,
por eso eres mi amigo.

—No te abrazo, tú ya sabes
no me vayas a pinchar
con las púas puntiagudas
y hagas un pincho de calamar.
¡Tengo tanto que contar!

—Pues empieza que hay tiempo
Y yo te quiero escuchar.

—No sé ni cómo empezar...
—dijo el calamar pensando
y frotando sus patitas
comenzó a repicar—.
He ido por todos los mares,
he conocido a gigantes calamares
y a otros más chiquitos y juguetones
que se llaman chipirones.
Me he metido en la barriga
de una orca asesina
y con ella viajé a un sitio con mucho frío
era un gran bloque de hielo.
Hice allí muchos amigos
pero el que más me gustó
fue Francisco el pingüino
¡elegante, sí, señor!
Siempre iba bien vestido
y caminaba con bastón,
Era un pingüino muy fino,
Presumido y resultón.
Después una ballena calderón
me llevó a una playita de arena
donde vivían Maruca
y su hermana Marianela.

—¿Y quiénes eran?

—¡Oh! Unas sirenas
que cantaban por las tardes
recostadas en la arena.

—¡Qué cursilada, por Dios!

—Ya lo sé, pero eran tan buenas...
me ayudaron a encontrar
un barco de pesca
que me pudiera pescar.

—¿Y así fue... como..?

—Sí. Me enredé en una red
y en cubierta me pusieron,
dentro de un cubo primero
y después en taperwel.

—¡Ah! ¡Pobre amiguito!
¿Y sufrías mucho, calamar?

—No, qué va, qué va
pues el capitán pirata
Malaspulgas Malapata,
era así como se llamaba,
tenía una tripulación
algo rara, sí, señor.
Escupían, maldecían
eran feos, obstinados,
creo que hasta maleducados
pero corrían tantas aventuras...
que yo me quedé encantado.

—Ya veo que te lo pasaste bien.
¿Y no pensaste un momento
la tristeza que dejaste
en este lejano puerto?

—Sí, sí que lo pensé
pero tenía que ser muy fuerte
para intentar mi regreso.
Y ya ves, lo he conseguido
volver con mi gran amigo
Paquito el negro erizo.

Y colorín colorado
erizos, calamares y crustáceos.
y aquí se acaba la historia
berberechos y ostras.
Fueron ellos muy felices
chipirones y perdices.

—¿Pero perdices..., en el mar?

—Esto es un cuento, ¿no?
Pues si quiero pongo perdices,
perros, hormigas, lombrices
y un oso panda travieso.
¿Tú no ves que es un cuento
que he de terminar con tiento?
¡Se acabo la historia ya!
¿Quieres volverla a empezar?