El poeta Raúl Zurita ha expresado desde Boston, en su libro autobiográfico Cuadernos de guerra, que Chile es un país en ruinas, con una clase política devastada, una literatura que es un desastre (la peor del continente) y una sociedad demolida.
Hay algo de profético en lo expuesto por el escritor, de hecho que lo diga desde un país que últimamente sabe mucho de catástrofes, puede sonar a ironía o uso magistral del principio de onda expansiva, porque desde la instalación unilateral de la llamada globalización, si llueve en Boston aparecen los paraguas en Santiago.
Sin embargo, su diagnóstico social lo comparto plenamente, Chile es un país desmantelado, despojado, secuestrado políticamente por la institucionalidad dictatorial, con un Estado títere de los capitales nacionales y transnacionales, con una clase política e intelectual domesticada, por una especie de pacto de gobernanza, reducida a la función de concubinato de los nuevos dueños del país.
En lo literario, en cambio, me parece que el diagnóstico no sólo es desacertado, sino fundado en un conjunto de paradigmas extinguidos. No puede haber ruinas de lo inexistente, poeta. La derrota de 1973 tuvo entre otras consecuencias la muerte del Chile republicano y de los sujetos culturales y políticos que lo componían, las producciones de mayor o menor calidad dependen de las categorías estéticas en uso y se traducen en disputas mezquinas —y usted es más que eso—; ahora, extrapolando sus conceptos, a mi juicio existen dos fenómenos centrales que usted no los toca, pero que sustentan la idea (a mi juicio) de un cambio de época más que de una literatura en ruinas; el primero es la muerte del sujeto lector y el nacimiento del consumidor de libros de autoayuda; el segundo, la desaparición del escritor como expresión social de las particularidades de una unidad, el Estado-Nación.
Estos elementos, sumados a la mundialización de la economía, la cultura y la producción literaria global, hacen que sus afirmaciones haya que situarlas y re-crearlas bajo una armazón distinta.
En lo puramente literario, la sociedad de la información y de consumo ha desplazado a un segundo plano a los mediadores entre el proceso creativo y los lectores existentes. La crítica y el crítico tienen su razón de ser en el espacio asignado a los especialistas porque perdieron toda relevancia social, a los pocos lectores les importa un bledo lo que piensa tal o cual crítico del libro que adquirió o va a adquirir.
El apogeo de los talleres literarios como lugar de acogida y difusión ha entrado en crisis, el escritor como agente de cultura se encuentra de capa caída porque ni la sociedad chilena ni los medios le asignan una función propia de su dignidad profesional, hablando en buen chileno, los restos de “Estado” no reconocen el estatus de escritor, y los medios de comunicación oficiales, mucho menos.
Las cientos de páginas y revistas virtuales han provocado un cambio todavía no reflexionado en el ambiente cultural, la democratización de las publicaciones y su conexión directa con el lector virtual, alteraron de un plumazo el sistema de relaciones en la producción literaria.
Lo que está en ruinas, entonces, son las prácticas nobiliarias de traspasos obtusos, poeta, las mesas largas y bien regadas donde se proyectaba el futuro de la literatura chilena, la representación gremial de los escritores, la defensa de sus derechos.
Ningún escritor puede sentirse culpable de no escribir El Quijote o La Divina Comedia, poeta; ningún escritor puede alterarse y condenarlo por sus dichos, no es para tanto, finalmente son sólo palabras y se olvidarán como su poema a Ricardo I.
En realidad, los únicos molestos debieran ser los jóvenes a los cuales prologó, proyectándolos como el futuro de la poesía nacional, para luego traspasarles toda su rabia, poquita fe les tuvo, poeta.