A mí lo que más me llamó la atención después de todo, fue una lagartija. Estaba sentada en la gradita de entrada al bungalow del hotel, con las piernas estiradas para que no se me entumecieran, cuando me pasó rozando los caites de pitas rojos que alguna vez me compraste, antes de escabullirse entre unas macetas con hojas grandes que le han de haber servido de puerta de escape a los cuartos que están detrás del mío, y diré la verdad, no me asustó ni mucho menos me hizo que moviera las piernas, pero en medio del barullo que tenía a mi alrededor fue como un detalle, un detalle que me sacó fuera de aquella irrealidad, y en ese momento la vi tan verde, tan frágil, tan escurridiza, tan simpática, nunca antes
—¿Se encuentra bien, señora?
un animal me había parecido simpático, pero esa pobre criatura, que espero que nadie pise con las llantas de su carro, logró hacer que mi mente se distrajera con una realidad tan distinta a la mía, ¡cómo hubiera querido irme con ella!, me dieron ganas en ese momento de mandarlos a todos a la fregada, ¡ya no quería estar allí!, y lo que más me pudre es tener que repetir las cosas una y
—¿Qué pasó, señora?
otra vez, que anoche estábamos cenando cuando empezaste a tomar unas cervezas que pusiste a enfriar desde la tarde en la refri, que los nenes se fueron a dormir mientras mirabas un partido de fútbol que apenas se miraba en esa tele del cuarto, tan vieja, tan de antes, tan de antena de aire, que no captaba bien la señal sólo figuras con rayas horizontales y puntitos brillando, vibrando, destellando por allí y por allá y que yo estuve un rato con vos, allí viendo sin ver, pensando sin pensar, escurriéndome
—¿Qué estaban haciendo, señora?
lentamente en el sueño, como agua que se va lenta, lenta por la cañería, y para cuando te dije ¡Buenas Noches! vos ya no estabas tan en sintonía de la sobriedad, sino te parecías un poco a la tele, difuminándote de poco en poco, dejándote llevar por la corriente de así, de a poquito en poquito, saliéndote de la órbita de los gentiles para entrar en el mundo de los patanes donde me respondiste pesado, agrio, ronco, gritón
—¿Qué le dijo, señora?
ándate a dormir vieja pisada, cuando sabes que no me gusta tu trato, que por eso te pedí que no compraras cervezas, que por esta vez no, que te caen mal y que cuando empezás a beber no sabés dónde pararla, terminarla, y la historia se repite, repite, repite, porque con vos la historia se repite, repite, repite, tan como antes, tan como ahora, tan como después, y tomaste la decisión de salirte, te paraste y te fuiste, te largaste a
—¿Le dijo a dónde iría, señora?
conseguir más guaro, que si algo le sobra a este mundo es eso, licor, vicios y mujeres, así que no vi a qué horas regresaste, a qué horas volviste con unas bolsas negras que cargaban más guaro, con limones, con chicharrones, con tortillas, y no vi, porque es verdad, no vi a qué horas entraste, sólo encontré por la mañana el desorden de la mesa, ese desorden tan tuyo, de botellas vacías, acostadas algunas,
—¿Qué pasó aquí, señora?
paradas otras, tiradas en el suelo las demás, que te caracterizan, que son tu sello del sábado por la noche, y del domingo al mediodía, cuando nadie te entiende por qué, por qué para divertirte tomás, chupás, te embolás, pero en fin, eso fue lo que encontré en la mañana, todo el relajo de la madrugada que fue testigo de lo que regresaste a hacer al cuarto, al bungalow del hotel, el que rentamos para pasar el fin de semana con los nenes porque a ellos les gusta la piscina, son felices en ella, ¿quién de niño no disfruta una piscina?, eso fue lo que hiciste, por esa razón no me di cuenta a qué horas te volviste a salir, tan típico de vos que no reconoces el momento en que debes
—¿Siguió tomando, señora?
pararla, donde ya no se necesita que sigas porque te ponés violento, me pegás, les pegás, nos pegás, así que no me di cuenta hasta la mañana, cuando me levanté para levantar el desorden que me heredaste, que es tan tuyo, tan de los sábados, tan de los domingos, tan de los cumpleaños, tan de las navidades, y antes de levantarlo me di cuenta de que no estabas
—¿A qué horas se dio cuenta, señora?
en el cuarto, en ninguna de las camas, ni dentro del carro, así que salí a caminar, a buscarte, a tratar de encontrarte, y sólo te vi flotando, gordo, bofo, tumefacto, con la cabeza viendo hacia el fondo de la piscina, los brazos extendidos en cruz y las piernas como tratando de salirse del agua, ¡has de haber tenido tanto frío!, y sólo alcancé a
—¿Tiene frío, señora?
meterme en el agua, alcancé a tomarte la cabeza entre mis manos, alcancé a levantarla del agua y verte los ojos, esos tus ojos que ya no eran tuyos, eran de la muerte, tan sin vida, tan apagados, tan dilatados, que me miraban sin verme y no pude hacer más que gritar, gritar como loca, ¡auxilio!, ¡socorro!, no tanto del espanto como de la angustia de verte allí flotando, de verte y comprender, o empezar a comprender que te habías ido, que ya no estabas, que me tenía que acostumbrar a ya no verte, a ya no servirte, a que
—¿Cómo están ellos, señora?
los nenes no te tendrían más, que yo no te tendría más, lo empecé a interiorizar y alguien vino y se metió en el agua conmigo y me dijo que no había nada que hacer, que ya no te podían salvar porque vio tu cara, tan hinchada, tan no tuya, tan como sin vida, hasta la expresión te cambió, así que me salí de la piscina y vine a ver a los nenes, a ver que no se salieran y vieran cuando te sacaran del agua, pobres, ellos no tienen la culpa, ellos no saben nada, ellos no son culpables, basta con que yo te vea, con que yo lo compruebe, así que me salí a verlos, a tratar de evitar que salieran, a decirles que tuviste un accidente, y fue lo que hice, los levanté y se los dije, pura lata
—¿Cómo lo tomaron, señora?
pero tenía que hacerlo, tenía que levantarlos y decirles que te habías ido, que ahora ya no estarías, pobres, la verdad pobres, a mí también me pasó que mi papá murió cuando era niña así que los entendí, los abracé, los hice tan míos, tan sólo míos, a partir de ahora, porque a partir de ahora así serían, sólo míos, sólo para mí, pobres, ya no tendrían que aguantarte, ni a ti ni a tus pataletas, tus cantaletas, ni tus regaños, ni tus manotazos, ni tus enojos y tus frustraciones, ¿dónde quedaron los buenos momentos?, los que cuando eran más pequeños eran más frecuentes, porque últimamente no eras así, pero igual eras su padre, pobres, los consolé, o traté de consolarlos y me sorprendió que estaban serenos, la verdad lo estaban, no lloraron, no se descompusieron como yo creía, ¡mis hijos!, tan valientes, tan hombrecitos, tan mis hijos, los abracé y a mí tampoco me salía el llanto, pensé que me iba a salir pero no, no me salió, así que sólo atiné
—¿Dónde están ahora, señora?
a encargarlos con la gente del bungalow de la par, buenas gentes, ¡cómo me ayudaron!, los pusieron a ver la tele, me contaron después, así ellos no miraron cuando te sacaron del agua, como un pez grande, como imaginé que hacían las lanchitas con los tiburones pequeños, o los delfines, y no tuvieron que ver cómo los bomberos te revisaban, te hacían pruebas, y te ponían en la camilla que pesada cayó sobre la parte trasera de la ambulancia y donde te tocó
—¿Ya vino el juez, señora?
esperar al juez de paz que ni a patadas llegaba, pero yo sí me acerqué a verte, para ver si te habían cerrado tus ojitos, no quería que los tuvieras abiertos, y pude ver que el pelo te seguía escurriendo, chorreando, lagrimeando y toda la ambulancia lo hacía también, y la cara se te fue deshinchando, desabotagando, desinflando, hasta que poco a poco regresó a ser tan tuya, tan de ti, tan como me acordaba de ti, y me quedé a tu lado hasta que vino el juez, medio dormido, medio enojado, medio celoso de su profesión, y preguntó muchas veces
—¿Qué pasó, señora?
que qué pasó, y los bomberos le contaron lo que yo les conté, y después yo le conté lo que les había contado, y él anotaba en una su libreta, y me miraba y te miraba y los miraba a ellos, tratando de creerles, tratando de no confundirse, y luego me miró, te miró y los vio y firmó un acta para que te llevaran al hospital o a la morgue, no entendí porque entonces ya estaba hablando con un policía, que me preguntaba
—¿Qué pasó, señora?
lo mismo que los demás, ¡qué pesado!, porque este entró al cuarto y vio tu desorden, tus
—¿Por qué tanto desorden aquí, señora?
botellas, tus bolsitas vacías de chicharrones, y me preguntó algunas cosas, y me preguntó por los nenes, y por ti, muchas veces por ti, que qué hacías, a qué te dedicabas, y por qué estábamos allí, y yo le contesté a todo serena pero cuando le dije que habíamos ido a pasar el fin de semana allí por los nenes,
—¿Puedo ayudarla en algo, señora?
se compadeció de ellos, de ti y de mí y me dijo que lo sentía mucho, pobres, tanta tragedia, tanta, tanta... así que se fue y yo me quedé sentada, aquí en la gradita del cuarto, sin pensar, sin llorar, sin suspirar, sentada pensando hasta que me pasó la lagartija por los pies y levanté la vista para verla huir de mí, entonces comprendí que ya no estabas, que te habían llevado en la ambulancia, que nunca más estarías para amargarnos otro fin de semana, y así la próxima vez no nos fastidiarías con tus cosas de bolos, ni tratarías de pegarnos, a los nenes y a mí, y fue esa pobre lagartija la que me hizo sentir contenta, feliz, alegre y alejó de mí cualquier intento de culpa, cualquiera, y pude comprobar que me sentía bien, a pesar de que anoche, cuando terminaste de tomar, te tuve que tirar a la piscina y meterte la cabeza debajo del agua, para que dejaras de molestarnos.