De la existencia
Un viejo masculla mentiras frente al espejo de una peluquería;
entre el rumor de los secadores
narra historias de un hombre inexistente,
sin superficie:
resumen rápido a lápiz grueso de una vida anterior.
Mi espejo es el albacea de una caja de peligros.
Contra la vidriera
Pessoa: sobre la estufa escribiendo Tabaquería.
Caeiro: bajo los árboles aguardando a su Menino Jesús verdadeiro.
Yo: contra la vidriera.
Todos: inexistentes como una superstición de nuestros vecinos.
Sueños de axolotl
Sueña con dioses, con perros, con naranjas.
Sueña con puentes.
El pequeño monstruo cierra los párpados y acontece mi vida.
Cuando duerme / me levanto.
Él sueña y salgo a trabajar.
Tiene pesadillas y aquí
—del otro lado—
la sangre se agolpa en las tinieblas.
A veces tiene sueños felices. Entonces tengo días felices.
A veces pienso que él desaparece y me hago cargo de todo.
Pero aún quedan tantas cosas por soñar: otros dioses, otros perros,
otras naranjas, parecidas a estas. Otros puentes.
A veces espero que Él exista para siempre.
Lucidez
Pasa el tiempo volcando la tinta de los sueños,
machucando las frutas de la boca.
Mi vida pasa como una urgencia.
Apenas puedo mirarla
como se mira la ventana ajena de un edificio.
El resto es el rumiar de un batracio pegado al vidrio.
El otro lado
El otro lado de las cosas:
un alarido
un descuido de Dios
un borde que molesta
una clarividencia de la salvación
una fuga del tiempo
un color que no quiere ser
una realidad brillante como un hueso
una realidad que va, va siempre
y no nos necesita.
Del Tiempo
El Tiempo es un líquido que nos recorre;
una bruma de terciopelo sobre la lengua,
dos guerreros feroces sobre un calendario en sangre
nuestra sangre, nuestros sueños,
la diversión cósmica de un niño
un loco con un collar de cuentas.
Somos la tierra, la poza, la piel seca de una serpiente,
somos únicos, parecidos, iguales.
Necesarios.
El Tiempo juega en nosotros la certeza atroz de existir.
Realidad
No sé. Estuviste parado sobre mis ojos demasiado tiempo.
Así dejaste de existir: suicidado desde un puente color café.
Ahora vuelves en los sueños a golpes de válvula
por haber leído a Vallejo
si no fuesen golpes de puro sexo.
Nada de esto parece cierto cuando llueve;
ni siquiera la calle parece real cuando llueve.
Un río de cemento corre por el borde de mi nariz.
Huele a nada o a todo. Así debe oler la muerte:
a demasiado,
a des-color.
Las muertes
Llevo esta mañana todo el peso de seguir jugando
y tanto muerto hoy
cayéndose del almanaque.
Empezar lo interminable
La Muerte consulta su reloj de cromosoma,
se alimenta de mi sueño
asoma entre mis ojos y ve la vida que yo no veo,
lo que va quedando.
Como un dios envejecido
enjardina mi alma con el polvo de otras rosas,
transparentes,
ya sin rosas, sin olor.
La Muerte es la fiebre cantando en la torre de mi sangre.
Dejo caer una luna de mercurio en el pozo de la fiebre
y se enciende un lúcido farol sobre mi frente.
La luz del mercurio lo conjura todo por un instante,
instante en que aprovechamos para descansar y reír,
para hacer lo que no se debe hacer,
para empezar lo interminable.
Ella es inmortal, no cabe en mi cuerpo;
tendrá que salir, salirse de mí,
dejarme exhalado sobre el respaldo de una silla.
Se alejará y observará largamente el traje que acaba de quitarse.
Desplegará sus alas,
y emprenderá un viaje de cuervos volando al Cero.
(Empezar lo interminable, del escritor uruguayo Javier Etchemendi, fue finalista del Premio Guadalajara de Poesía 2007).