“Los animales se parecen tanto al hombre
que a veces es imposible distinguirlos de éste”.
K’nyo Mobutu
Carta de amor zoológico
Por vos he desoído a las sirenas.
Bebí miel, machaqué perlas e imité a los pájaros
y aullé como un lobo cubierto en lana de cordero.
Fui limosna para poder darme a tu asombro.
Me sentí perro atado,
custodiando desde el ladrido este espacio nuestro.
Y supe de la rabia hasta el ahogo;
que entre el vacío que deja la lluvia e inaugura el sol
se deshace un colibrí en semicírculo de colores.
Que la libertad nos perteneció siempre,
a pesar de las cimbras y otras trampas.
Que hubo épocas de caza y épocas de veda.
Distintos plumajes, diferentes vuelos,
pero el nido siempre fue el mismo.
Y porque juntos hemos visto al encantador de serpientes
transformarse en una de ellas,
al domador en potro
y al pescador arrojarse al río,
nadie sabe qué animal elegimos para ser esto
que bestialmente nos une: la cópula.
Estos amaneceres de lagañas, pegajosos, soñados.
No quise ser gato cuando vos eras perra,
ni ratón cuando eras gata,
ni carnero cuando eras loba,
ni trigal
(aunque una manga de langostas ya le ha quitado a lo nuestro
mucho verde y amarillea),
porque había mucho cuervo vangoghiano suelto.
Fui río cuando necesitaste el agua.
Aire cuando tuviste que volar.
Tierra cuando debiste hundirte.
Y fuego, intensísimo fuego, siempre.
A orillas del río Uruguay, septiembre de 2006
Hechizos
Para alcanzar el máximo clímax
es necesario mirar fijamente a un cóndor.
O abrir jaulas donde se encierran aves rapaces.
Arrancarle a una vaca sus ojos
—porque curiosamente lo han visto casi todo—,
y lavarse la cara de la culpa con leche.
Cortarle la lengua a un lobo
para poder después aullarle a la luna
o lamerla hasta el ahogo en el estanque.
Para no sumergir las esperanzas en el agua
imitar a los castores o a algunas velocísimas arañas.
Exhibir a la entrada de la casa o del dormitorio
las penetrantes pegajosas plantas de ruda
o siete plumas negras
y si se sabe el nombre de los amantes anteriores,
repetirlos, mientras a un escuerzo se le cose la boca,
por las dudas.
Hervir el corazón de un puma y la cabeza de un zorro
para no perder fiereza ni astucia.
Lo que tienen de leyenda.
También es necesario derribar, abrir, voltear...
los corrales, las jaulas y las alambradas
donde se amontonan como bestias o trofeos
algunos recuerdos.
Y así poder recordar
que en el interior de cada hombre
siempre hay un jardín, un patio, un campito, una pradera,
que tuvo la maravilla de la selva o el paraíso.
Que es difícil sorprenderse a sí mismo
sin que no haya un solo perro interior
que no ladre.
Córdoba, septiembre de 2006
Ars poética faúnica
Mis poemas
aguijonean como avispas,
ríen como hienas,
gruñen como cerdos
y como padrillos
galopan apasionadamente.
Se arrastran,
cargando no sé qué culpa,
como serpientes
y caen
a pique
como hambrientas gaviotas
pero,
soberbia aparte,
caen certeramente
Caen
levantando un temblor de escamas
y también algo de la muerte
Por eso
a veces
para alimentar
tanto ardor
simplemente digo
es septiembre.
Todo está en celo
y amanece.
No saben de arpas,
violines,
ni liras,
¡sí! de relinchos,
silbidos, cacareos,
maullidos, zureos,
gorjeos, graznidos,
ladridos...
y como la crisálida
anticipa a la mariposa
y el huevo al colibrí
son cáscara o pura envoltura,
algo tan próximo a la flor
que quiere suspenderse
Otras veces
son crines, escamas o púas
que se enhebran
al galope del viento,
a las correntadas
o se están allí,
esperando.
Tienen mucho del interior de las almejas de río
y si te esfuerzas comprenderás que en algún momento
quisieron parecerse a una perla y rodar
o enhebrarse al cuello de la literatura y brillar o allí estarse.
Rosario, Santa Fe, agosto de 2006