El escritor español Francisco Ayala murió a los 103 años de edad el pasado martes 3 de noviembre en su casa de Madrid, acompañado de su mujer, la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, tras no poder superar una bronquitis que lo aquejó la pasada primavera y de la que no pudo recuperarse.
En la capilla ardiente que, con los restos mortales del narrador, ensayista, sociólogo, profesor y académico, se instaló en el Tanatorio Parque de San Isidro, Richmond estuvo acompañada por el poeta granadino Luis García Montero, comisario del centenario de Ayala y gran amigo del autor de El jardín de las delicias, así como el director de la Fundación Francisco Ayala, Rafael Juárez, y el director de la Real Academia Española (RAE), Víctor García de la Concha.
Académico, ensayista, narrador y sociólogo y un gran enamorado del cine, Ayala —que el próximo 16 de marzo hubiera cumplido 104 años— estuvo lúcido hasta las últimos días, como recuerdan los amigos que le visitaban. Longevo, gracias a la genética, a su comida frugal y, como dice la leyenda, a su vasito de whisky y a sus cucharadas de miel diaria, Ayala pudo ser testigo de la celebración de su centenario.
El escritor estuvo acompañado ese día, el 16 de marzo de 2006, por los Reyes de España, en una cena celebrada en la Biblioteca Nacional (BNE). Una jornada que abrió la puerta a los numerosos actos que fueron comisariados por el poeta Luis García Montero y a los que el autor de La cabeza de cordero asistió resignado, cansado de su nombre, como él mismo dijo.
Los Reyes y los Príncipes de Asturias enviaron sendos telegramas de condolencia a la familia del escritor, mientras que para el presidente del gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, Ayala fue “uno de los de los grandes humanistas de nuestro tiempo, uno de los mejores españoles”. Agregó Rodríguez Zapatero que “su obra, su actitud y su talante están en la memoria de muchas generaciones de españoles, por lo que debemos honrarle, recordarle e intentar seguir sus pasos”.
También para la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde, Ayala fue un escritor que ha dado una visión importantísima de nuestro siglo, con un recorrido amplísimo por las distintas formas de la escritura. El líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, lamentó la muerte del escritor y destacó su relevancia para el mundo de la cultura y las letras españolas.
Por su parte, el director de la RAE, Víctor García de la Concha, explicó que el escritor “vivió ajeno a todo rencor” y en España “fue un referente de la convivencia y de la concordia. En la Academia, todos están desconcertados y desolados, por más que supieran que, dada su edad, cualquier día podía morir”.
Para García Montero, quien fue el comisario del centenario Ayala, el escritor “hizo la literatura más inteligente del exilio. Más que un escritor, se ha muerto un amigo”.
El poeta Francisco Brines, superviviente junto con Caballero Bonald de la generación de los 50, ha dicho que Ayala es “un ejemplo, como escritor y como persona. Hemos perdido un escritor con una vocación que ha iluminado toda su vida”.
La directora del Instituto Cervantes, Carmen Caffarel, indicó, por su parte, que “con su desaparición se cierra la gran literatura española del siglo XX. Ayala amó la vida pese al desesperanzado exilio y las ingratitudes, repartió generosidad por dos continentes y fue el intelectual modélico en el que se reconoce lo mejor de nuestra cultura”.
A lo largo de su carrera literaria, Ayala se erigió como uno de los escritores más importantes en lengua hispana del siglo XX, cosechando numerosas menciones por la calidad semántica y formal de sus escritos como demuestran el Premio de la Crítica en 1972, el Premio Nacional de Narrativa en 1983, el Premio de las Letras Españolas en 1988 y el de las Letras Andaluzas en 1990.
Además, se alzó con los dos galardones más importantes del ámbito cultural español, como el caso del Premio Cervantes en 1991 por su labor como escritor, y el Premio Príncipe de Asturias por la relevancia de su figura en la esfera cultural.
Nacido en Granada en 1906, Ayala se trasladó a Madrid para iniciar estudios universitarios, licenciándose en derecho en 1929 por la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Además se trasladó a Alemania para estudiar filosofía política y sociología, prosiguiendo su carrera curricular en la universidad al doctorarse también en sociología, disciplina de la que ejercería como catedrático en la Complutense desde 1932 hasta el inicio de la Guerra Civil española.
Ya durante su etapa universitaria comenzó a desarrollar su expresión literaria. Aunque si bien sus primeras novelas, Historia de un amanecer (1926) y Medusa artificial (1927), están influenciadas por el realismo, son las vanguardias artísticas de principios de siglo las que condicionan las pautas de su literatura.
Sin embargo, con el final de la Guerra Civil, Ayala se ve forzado a vivir en el exilio. Residió en Buenos Aires impartiendo clases de sociología en la Universidad de La Plata de 1939 a 1950, y fundó la revista literaria Realidad.
Ayala estuvo ligado a la universidad y la docencia hasta 1977, fecha en la que se jubilaría de la carrera académica. Luego se trasladó a Puerto Rico, donde fundó la conocida revista La Torre. Nueva York y Chicago serían sus destinos en Estados Unidos, para regresar a España definitivamente en 1980, si bien desde 1960 había acudido esporádicamente a España cuando aún estaba vigente el régimen franquista.
Ya en España, ingresó en la RAE en 1984 con el discurso “La retórica del periodismo”. Posteriormente se casó en 1999 con Richmond, con quien mantenía una relación desde hacía años.
Entre sus títulos más destacados se encuentran Los usurpadores (1949), Historia de macacos (1954), Muertes de perro (1958), El fondo del vaso (1962) El as de bastos (1963), De este mundo al otro (1963), El rapto (1965), El inquisidor (1972), El tiempo y yo (1978), De raptos, violaciones, macacos y demás inconveniencias (1982), De mis pasos en la tierra (1996), Cazador en el alba (2002) y Recuerdos y olvidos, siendo esta última una obra autobiográfica.
También desde el ensayo abordó cuestiones de sociología a través de títulos como Tratado de sociología (1947 y 1959), Introducción a las ciencias sociales (1952) y El escritor en la sociedad de masas (1956). Tampoco renunció a la profundización sobre la actividad literaria como Reflexiones sobre la estructura narrativa (1970), Cervantes y Quevedo (1974), El escritor en su siglo (1990), Palabras y letras (1983) o La invención del Quijote.
Además, se fijó y reflexionó sobre otras disciplinas artísticas, en concreto sobre la influencia del cine y su condición de arte masivo, así como en las pautas formales y en las figuras de directores e intérpretes. De este compendio de escritos destacan Indagación del cinema (1929) o El cine, arte y espectáculo (1969).
Fuente: EFE