Artículos y reportajes
Francisco Ayala, un escritor comprometido

Francisco Ayala

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El régimen político impuesto en España tras una cruenta guerra, originó el exilio de una considerable parte de los supervivientes, entre ellos muchos profesores y escritores (es el caso de quien nos ocupa).

No podemos pasar por alto que historiadores y sociólogos ignoraron o maquillaron hechos tan monstruosos como la represión franquista, empeñándose el escritor exiliado en que su voz no caiga en el olvido y es que hablar de “exilio” es aludir al olvido que se dio fruto de una dictadura, a una obstinada “desmemoria” o deliberado propósito por parte de quienes pretenden prescindir de esa otra España.

Estudiemos el caso del recientemente fallecido Francisco Ayala (Granada, 1906), siendo el escritor español un exiliado más al que se le plantea un dilema: volverse, y aceptar la desilusión de que todo ha cambiado, o no volverse y elegir otra tierra, otros amigos y, muy importante, otra lengua.

El exilio es una experiencia traumática, si bien es también enriquecedora y así se desprende de las palabras de un grande de España, hoy tristemente fallecido. Me estoy refiriendo a José Luis de Villalonga, actor, político, periodista y novelista desde 1950, año en el que regresó a España después de una estancia en Argentina. Dice Villalonga: “Me marché definitivamente porque la atmósfera era peor que en el cuarenta y tres; yo ya quería escribir y me di cuenta de que allí era imposible”, afirmó el escritor hoy ya tristemente fallecido”.1

En vida, Ayala como Villalonga, se erigió en un intelectual que no vivió en el pasado ni del pasado, que manifestó un criterio sólido, certero y directo. Él fue un personaje moral que hubo de afrontar las duras consecuencias del exilio, si bien nunca dejó de lado la realidad en la que se hallaba inmersa España.

Quien se vio obligado a dejar su tierra se convirtió en un hombre sin suelo y debió echar raíces en otro lugar. Ayala al igual que otros exiliados halló nuevos horizontes, países dispuestos a brindarles acogida y a permitirles dar rienda suelta a sus antes apagadas voces.

En “Para quién escribimos nosotros”, afirmó el granadino:

“(...) Todos los escritores viven hoy en el exilio, donde quiera que vivan (...). Nuestra misión actual consiste en rendir testimonio del presente, procurar orientarnos en su caos, señalar sus tendencias profundas y tratar de restablecer dentro de ellas el sentido de la existencia humana, una restaurada dignidad del hombre: nada menos que eso (...)”.2

Ayala consideró que como escritor debía preguntarse por los misterios que envuelven a la sociedad, descubrir el sentido de la vida humana, el sentido de todo lo existente y ofrecer sus impresiones al respecto.

El granadino marchó a Buenos Aires, donde permaneció hasta 1950, estando cerca del grupo “Sur” y publicando allí algunas de sus mejores obras, tal es el caso de Los usurpadores o La cabeza del cordero. Como consecuencia de la represión del régimen del general Perón, cambió la capital argentina por Puerto Rico (aquí lleva a cabo una importante labor al frente de la Editorial de la Universidad de Puerto Rico, así como dirigió la conocida revista La Torre, sin olvidarnos de su paréntesis brasileño al que se referirá S. Firmino en El contexto histórico-cultural y literario de Brasil en torno a 1945).3

Más tarde vendrá su período de docencia en EEUU, donde permanecerá hasta 1980 (vuelta definitiva a España).

No podemos permitir que la figura de Francisco Ayala sea una más de las voces apagadas de quienes se vieron obligados a dejar España, fruto de la difícil situación existente. Reconocimientos como el Premio de la Crítica en 1972 por El jardín de las delicias, su elección como miembro de la RAE en 1983 o la consecución de otros galardones tales como el Cervantes o el Príncipe de Asturias invitan a pensar que no, si bien aún queda el último reconocimiento, una última muestra que sirva para reconocer la contribución de un escritor prolífico que en vida no dejó indiferente a nadie.

Un escritor que se rebeló contra la incomunicación y la falta de libertad narrativa, contra el abuso de las sociedades polarizadas, que se mostró como un hombre de una gran integridad moral y cuya labor ha sido reconocida en todos los lugares donde padeció su exilio debe ser reconocido mundialmente como una figura cumbre de la literatura.

 

Notas

  1. González, I., “El reposo de un bon vivant”, Letralia, Nº 133, 7 de noviembre de 2005.
  2. Ayala, F., “Para quién escribimos nosotros”, Cuadernos Americanos, 43, (enero-febrero 1949), pág.49.
  3. VV.AA., Francisco Ayala y América, Sevilla, Ed. Alfar, 2004. Edición de Antonio Sánchez Trigueros y Manuel Ángel Vázquez Medel.