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Polvo

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“No hay memoria a quien el tiempo no acabe,
ni dolor que la muerte no consuma”.

Cervantes.

—¿Ves eso que se mueve allá, cerca de la falda de aquella montaña? ¿Lo ves?

—Sí, son coyotes... Sí... apenas los veo.

—No, no son coyotes, es gente que viene a vernos.

—Ah...

—¡Vienen a ayudarnos!

—Ah... pero clarito me parecieron coyotes...

—¡No son!

—Bueno...

El sonido del polvo recorriendo el arroyo seco trepaba por el cerril suelo, anunciando tiempos malos, recordando inhóspitos presentes, augurando la incertidumbre. La rocosa piel del cerro se confundía con el bajorrelieve dérmico de sus cuerpos. Ante el sol devorador las sombras parecían correr para escaparle, aun a costa de su propia existencia. Todo aquí acechaba. Las cactáceas se retorcían en espejismos. El polvo lo era todo.

—¡No te duermas, ya casi llegan, despiértate, Erasmo!

—Es que tengo mucho sueño...

—¿Te acuerdas de la vez que vinieron a visitarnos?

—...

—¿Eh, te acuerdas?... No te duermas m’hijo, ándale, despiértate, mira, cuando lleguen no los vas a poder ver... vas a estar dormido. Erasmo, ¡despiértate!... mira, ya casi llegan...

—Ya casi no los veo...

—Ahí están, fíjate bien, aquí derechito... hacia donde señalo mi dedo ahí están, ya casi vienen...

—¡Tengo sed!

—Espera, cuando lleguen estarán cansados y no vamos a tener que invitarles, ¿te esperas?

—Sí, pero me dan ganas de dormir.

—Quédate aquí...

—¿Y si me duermo?

—No te duermas, ya te dije, además no quiero recibirlos sola.

—Sí.

Las crepitaciones de las varas y hojas secas, de la ausencia, pisadas por Elena, sonaban en la cabeza de Erasmo como “aquellos ruiditos” que hace algunas horas reprodujera su estómago, tres días sin alimento y tres mañanas sin que sus labios reencontraran la humedad. Erasmo quería dormir, quería soñar otra cosa, algo diferente a esto que llevaba soñando desde que nadie venía, desde que quedaron solos. Sus ojos no podían esperar a apagarle la luz del sol, a convertirse en parte de un mundo propio. El sopor se abrazaba de Erasmo con gran fuerza y él comenzaba a abrazarle con la misma gana.

—Ten... toma. Erasmo, hijo... ¡mira que yo también me estoy durmiendo!

Elena comenzaba a sentir que miles de cigarras le reptaban por el cuerpo y se dejó caer junto a Erasmo en el poyo de la choza; extendió su mano temblorosa y llevó a la boca de su hijo un líquido espeso y amarillo que Erasmo repelía.

—Anda, sólo un traguito... toma... ándale m’hijo... mira que si no lo tomas se lo doy a quien venga.

Erasmo intentó seguir las manos de su madre para beber de la vasija, el sueño le invadía. Logró acercar sus labios, tan ásperos como el mismo recipiente de barro. Intentó beber pero no pudo tragar. Comenzó a ahogarse y la convulsión le llevó a derramar involuntariamente el líquido.

—¡Erasmo!

—...

—¡Erasmo...! ¡Erasmo!... ¡Mi Erasmo!

El sol ya se había ido... Erasmo, el agua, el pan. Todo se oscureció y quedó solo en el cerro. Nada había vuelto. El sol tampoco lo haría. Huyeron las sombras y el ruido seco, el polvo se volvió respiración. Ella también iba a marcharse...

Antes de que sus ojos se cerraran, antes de que exhalara el último polvo, llegaron por fin los visitantes quienes inclinaban los hocicos para husmear su bocado, dando aullidos de júbilo a la luna.