I
Definiendo: es esta enfermedad como las gripes
que nos regresan a la calle cuando uno es viejo,
como una penumbra dipsómana y naranja,
como un gen natural que viaja en la carne urgente.
El veneno cristiano de la duda, es, ahora,
diagrama redondo de tabulaciones. Torpe,
pero redimido, cuando se cae el cielo,
se nos aplasta todo el cemento antófago
y también nuestras vías prístinas que son óvalos
y la soltura de los huesos que siempre es blanca.
La persona, animal conciso, arrastra y suda,
ansias que,
como un cuento antes de dormir,
se va leyendo.
En manada, pues,
la insolación,
ya nos reclama toda esta apatía del alma.
II
Si no digo todo adentrado,
si de ubre me colgaron la vesania,
si estuve diferente de costumbre,
si de bueno no me lavé la cara,
o, también, si estoy consternado,
es porque no alcancé más aspaviento
ni ciencia posible a deshoras
como una congoja momentánea
o con su madre acurrucándola.
La gaita aparece caliente
donde el frío humano se queda
y las cutras imparables del tiempo
se estampan en doctrinas graves, como
la miología de las amebas
o un oftalmólogo de vejiga;
la gehena donde van los niños
o esta mastalgia hermosa y gastada.
Se puede oír este mundo gemelo,
se puede oír, todo engullido,
cómo se muere el rojo con la noche
pero, concluyendo de boca,
yo no sé si estuve triste algún día,
yo no sé si estoy momentáneo,
yo no sé si ya estaré viejo
y yo no sé, si esta anestesia es anciana.
Tinta vieja
“Este es ya, erróneo, mi segundo intento
de explicar esta tesis y este embrollo:
si ya estás conmigo, yo no te dejo.
Interpretarse a uno mismo es como
quitarse la humanidad de encima, esto
es como limpiarse el animal solo,
trabajarle las tierras al encono
o llorarle diábolos al cuerpo.
Todo este engendro aglutinado avanza
toda esta tierra uniforme enmugrece
todo este recurso adolorido oye,
se repite ahora mismo en el paso,
en la autoría triste, que pertenece,
a hombro hervido. Ya la vida me tose”.
Monserga
Podría decir que era como un amor diluido,
que el tiempo le pasaba detenido por los ojos,
que dormitaba en la hora final de los juicios;
podría decir, ante todo, que era un eclipse.
Podría decir que andaba de médico en la tierra,
que buscaba a otros como él en el fango sepulto,
que lamía mustio la incertidumbre de sus pasos;
podría decir, ante todo, que había muerto.
Podría decir que comía bolsas de valores,
que cansino, soltaba ansioso lo que más quería,
que su desesperación radicaba en su existencia;
podría decir, ante todo, que ardía en golpes.
Podría decir, entonces, que entendía a los barros,
también, que el pecado lo lleva siempre en la mirada,
que estaba compuesto del chancuco de las familias;
pero más allá, podría decir que era un hombre.
(Del poemario inédito La intermitencia del gusano).