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Charles Darwin. Fotografía: Louie PsihoyosCharles Darwin
El impacto de una teoría cuyo desafío continúa vigente

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El 12 de febrero del presente año se cumplieron doscientos años del nacimiento de Charles Darwin. El pensamiento de este infatigable científico, que tanta polémica suscitó en el siglo XIX, sigue resonando en el mundo entero. Su nombre se identifica con la teoría de la evolución, con la selección natural, con la lucha por la supervivencia del más fuerte, con la supremacía sexual de los individuos para continuar la especie. Hay quienes extienden sus ideas del mundo natural a la sociedad y su funcionamiento económico. Sus principios sobre la selección natural aplicados al plano social podrían ser hoy en día la justificación irrevocable del capitalismo galopante en medio de la globalización, de un crudo “social darwinism” que excluye a los miembros más vulnerables de la sociedad en pro de la competencia y de la ganancia. Quienes han intentado reducir su teoría a ese nivel no han tenido en cuenta que Darwin dejó siempre en claro que la transferencia del plano natural al social y humano no era factible, pues no considera el elemento pensante, emocional, solidario de la raza humana.

Hijo de un exitoso galeno, Robert Darwin, y de Susannah Wedgwood, miembro de una afamada familia ligada a la industria de loza en Inglaterra, el joven Darwin intentó estudios de medicina en la Universidad de Edimburgo, pero debido a su extrema sensibilidad no pudo resistir ser testigo de operaciones llevadas a cabo —en aquellos tiempos— sin anestesia. Ingresó a Christ’s College, Cambridge, a estudiar teología. Allí forjó amistad con John Stevens Henslow, catedrático en botánica y mineralogía, quien lo introdujo a la obra del geólogo Charles Lyell (1797-1875), titulada Principios de geología, libro que llevó consigo cuando se embarcó en el Beagle, a la edad de 22 años. Lyell argumentaba que la Tierra debía su formación a fuerzas naturales como volcanes, hielo, agua y movimientos terráqueos, que habían actuado por millones de años y seguían actuando sobre el planeta. El recorrido en el Beagle le permitió observar las grandes masas estructurales en Patagonia y los Andes que a sus ojos se presentaban como ejemplos concretos de lo que Lyell planteaba en su obra. Pero Darwin, además de observar objetos inanimados y su transformación a través del tiempo, se preocupaba también de observar animales, plantas y seres humanos que habitaban lo que en Europa se conoce como el nuevo continente. De su viaje exploratorio resultó su libro The Voyage of the Beagle (El viaje del Beagle), una gran bitácora en la que deja grabadas las impresiones de un joven que se maravilla ante la variedad creativa de la naturaleza tanto en los seres vivos como en los objetos inanimados. Fue América del Sur el vínculo de lo material a lo teórico, que le permitió comenzar a gestar sus ideas. Por eso se dice que ese libro contiene los gérmenes de lo que será su teoría de la evolución. De hecho, la primera frase de Darwin en su introducción a la obra máxima que contiene la formulación de su teoría, titulado The Origin of the Species (El origen de las especies), es un reconocimiento del bagaje de conocimiento y experiencia que recogió en su circunnavegación en el Beagle. Dice: “Cuando estaba a bordo del HMS Beagle, en mi capacidad de naturalista, algunos hechos relacionados con la distribución de la población de América del Sur, como también con aquellos elementos geológicos que ligan presente y pasado de los habitantes de aquel continente, me impresionaron sobremanera” (2, p. 4).

En América del Sur fue donde presenció Darwin que las formas, colores, comportamiento de la flora y fauna, tenían un grado de dependencia con el hábitat, y que en esto la condición humana no era una excepción. Al respecto es interesante notar sus observaciones de los habitantes de Tierra del Fuego, al extremo sur de Chile, quienes vivían en un estado primitivo, a merced de los elementos climáticos, en una zona cuya topografía no ofrecía las condiciones de progreso material o intelectual ni tampoco las de un desarrollo social; un medio ambiente muy contrastante con el que encontró más tarde en aquel viaje del Beagle cuando visitó Tahití. Darwin comenta que el tipo de canoa que utilizaban los fueguinos no había evolucionado en los doscientos cincuenta años transcurridos desde que Francis Drake había visitado el lugar (1, p. 206). Nota también el poder mímico de los fueguinos, su capacidad de repetir en perfecto inglés frases completas y también de retenerlas en su memoria por un lapso de tiempo (1, p. 196); la desenvoltura con que se lanzan a bailar el vals y su aceptación natural de dicha música. Darwin observa también cuán aguda es la visión que poseen. A bordo del Beagle van de regreso tres fueguinos (el capitán del Beagle, Fitz Roy, en un viaje previo, los había embarcado con él a Inglaterra, donde habían sido iniciados, junto con otros dos fueguinos, en el cristianismo. Sólo tres de ellos regresan, ya que uno muere en Inglaterra afectado por la viruela) cuya visión, de acuerdo a Darwin, sobrepasa los telescopios de la época. Es interesante citar la anécdota que narra Darwin al respecto de dos de ellos, York y Jemmy, nombres que el capitán les había asignado: “Su visión era marcadamente aguda: es bien sabido que los marineros, por una cuestión de práctica, pueden apreciar con su vista un objeto distante en mucho mejor forma que un hombre acostumbrado a vivir en tierra; pero York y Jemmy eran muy superiores al respecto, mejores que cualquiera de los marineros a bordo: varias veces identificaron objetos a distancia en altamar, y, aun cuando todo el mundo dudaba de ello se comprobó en cada ocasión a través del telescopio que no se equivocaban. Eran muy conscientes de este poder que ellos tenían; y Jemmy, cuando se producía alguna desavenencia con el oficial de guardia, decía: ‘Yo, cuando ver barco, yo no decir nada’ ” (1, p. 198). Darwin observa, asombrado, las facultades sensoriales de los fueguinos, y ya entonces concluye que son ellas “el resultado de una práctica muy intensiva de la percepción sensorial, común a los hombres que se encuentran en un estado primitivo de desarrollo, si se les compara con aquellos que han vivido en un estado de civilización” (1, p. 196). Darwin es cuidadoso en el uso del lenguaje, trata de no juzgar como bueno o malo el estado en que se encuentra un grupo humano determinado. Nótese que el término “primitivo”, sólo lo utiliza en relación a lo que se concibe en ese instante como “civilizado”, porque está siempre pensando que la realidad exterior es un continuum. Este es un rasgo de su estilo que se puede apreciar en sus escritos posteriores, en los que se entrevé una lucha constante por alcanzar la precisión de las palabras, el ajuste entre el razonamiento y la expresión verbal/escrita de éste. En el segundo capítulo de The Origins of the Species, dedica varias páginas a explicar lo que él define como “especie” y “variación”, pues es consciente de que la comunidad científica de la época no ha llegado a una definición universal de estos dos términos (2, pp. 38-45).

“El origen de las especies”, de Charles DarwinFue cuando zarpó de Tierra del Fuego por la costa oeste de América del Sur, llegando a las Islas Galápagos, que Darwin comenzó a dar forma a su teoría. Allí pudo comparar la flora y fauna en cada una de las islas, y cuán diferentes eran éstas de lo que había visto en la parte continental de América, observando que dichas características se ajustaban al medio ambiente en que se encontraban. Recogió muestras de plantas, animales y fósiles, pero más de veinte años transcurrieron entre la publicación de The Voyage of the Beagle y The Origins of Species, veinte años en los cuales continuó su investigación. En el record de su viaje a América del Sur hay amplia evidencia de su poder de observación, de ser un hombre práctico, activo en la exploración del terreno como también de toda criatura viviente y de todo grupo humano, además de ser extremadamente riguroso en la investigación, característica que mantuvo por el resto de sus días. Necesitaba observar, coleccionar, examinar, comparar, intercambiar ideas con otros científicos de su época, para dar fuerza a su razonamiento teórico antes de presentarlo a la comunidad científica. Este pudo ser uno de los factores, junto con otras presiones de tipo familiar y social de la época, que explican que hayan transcurrido más de veinte años entre la publicación de The Voyage of the Beagle y The Origin of Species. En ese transcurso de tiempo mantuvo una activa correspondencia con científicos británicos y extranjeros para intercambiar ideas acerca de la investigación que realizaba antes de formular su teoría. También llevó a cabo su propia y exhaustiva investigación en organismos vivos. El Museo de Zoología de la Universidad de Cambridge conserva el catálogo que cuidadosamente creó para el estudio de los percebes (un tipo de crustáceos), donado por su hijo Francis a dicha institución en 1897. Fue la posibilidad de que otro científico, Alfred Russel Wallace, enunciara la teoría que Darwin había ya concebido con el nombre de “selección natural”, lo que le impulsó a publicar su obra máxima. Darwin lo admite con suma honestidad, rindiendo al mismo tiempo un reconocimiento a Wallace cuando, en la introducción a The Origins of the Species, dice: “He sido persuadido a publicar especialmente porque Mr. Wallace, quien estudia en este momento la historia natural del archipiélago malayo, ha llegado a exactamente las mismas conclusiones a las que he llegado yo en lo que se refiere al origen de las especies” (2, p. 3; Introduction). En la continua lucha por la supervivencia de las especies que Darwin plantea en The Origin of Species, está la influencia de la teoría de Thomas Malthus (1766-1834), a quien Darwin había leído. Dicha teoría plantea que los recursos naturales de que dispone la Tierra no pueden satisfacer las necesidades de todos los habitantes del planeta, y que por tanto los más débiles deben perecer. En The Origin of Species, su autor tocó muy superficialmente las consecuencias de esta lucha y del proceso evolutivo del hombre. En su obra posterior, The Descent of Man (La descendencia del hombre), estableció abiertamente que la especie humana no había sido creada como una entidad singular, sino que había evolucionado de un estado animal y que el ancestro del hombre había sido un animal parecido a un pez. Este enunciado contravenía la idea bíblica de un jardín del Edén en cuyo centro está el hombre creado por Dios como un ser a su imagen y semejanza. Era un abierto desafío a las ideas sobre el origen del mundo tan profundamente arraigadas en la mentalidad de los habitantes del mundo occidental.

En el presente año en el Reino Unido se ha realizado una serie de charlas, exposiciones, programas radiales y televisivos, que celebran el genio de este científico del siglo XIX. Recientemente se ha llevado a la gran pantalla la película Creation (Creación), que abre una brecha al público de la dimensión humana de este genio del siglo XIX. La película tiene como tema central la relación de Darwin con su hija mayor y el drama familiar desencadenado por el fallecimiento de la niña; la batalla interna que se libra en él entre el respeto a la fe de su esposa y su convicción científica en su decisión para llevar a cabo la publicación de su obra máxima The Origin of Species. En la actual difusión de las ideas darwinianas no sólo se ha hecho hincapié en las investigaciones que Darwin llevó a cabo en el plano geológico, zoológico, botánico, sino también la influencia que sus estudios ejercieron en el plano artístico. En Cambridge, el Museo Fitzwilliam montó una exposición que, aparte de informar acerca de Darwin, el ser humano y científico, informa también el campo de nueva observación y apreciación artística que su pensamiento abrió entre sus contemporáneos en Europa y los Estados Unidos. Se advierte que en la época era ésta ya una preocupación en el ambiente intelectual y el público en general. La gran contribución de Darwin fue dar forma y consistencia a las ideas enunciándolas en su teoría, respaldando ésta con evidencia científica. Así, al presentar de una manera sistemática en su investigación el aspecto geológico, la lucha por la supervivencia de las especies y la selección natural que ella conlleva, se abrió una nueva ventana por la que el mundo se vio a sí mismo. La teoría acerca de la formación geológica fue la más controvertida de la época debido a que cuestiona la creación del mundo por mano divina contenida en el capítulo Génesis de la Biblia, que sostiene que el mundo fue creado hace poco más de 6.000 años. Hoy en día, la polémica sigue vigente y sus más tenaces adversarios son los llamados “neo-christians”, cuyo centro de proliferación ideológica se encuentra en los Estados Unidos. Cabe preguntarse cuáles son las razones por las que la película Creation no ha encontrado quien la distribuya en ese país. En The Genius of Charles Darwin (La genialidad de Charles Darwin), programa que se muestra semanalmente en el Canal 4 de la televisión en el Reino Unido, presentado por Richard Dawkins, catedrático de la Universidad de Oxford, se confronta la evidencia científica que en su tiempo Darwin esgrimió —enriquecida ahora por descubrimientos contemporáneos en el plano genético— con la fe sostenida por el neocristianismo y también representantes de las iglesias cristianas tradicionales. Lo hace en forma personal, enfrentando al Arzobispo de Canterbury y a pastores de iglesias neocristianas en Estados Unidos. Explora también el sistema educacional en el Reino Unido, donde se centra la gran polémica de la diversidad cultural y religiosa. Para Dawkins esa inmensa masa humana en proceso de formación de las ideas es central en el futuro del desarrollo científico. Allí, en los jóvenes, se gesta el porvenir, y la semilla la plantan los educadores, profesores de ciencias sobre todo, quienes —sostiene él— tienen el deber de atenerse a los hechos demostrados por la experimentación científica para educar eficientemente a sus alumnos. Pero la idiosincrasia británica no permite que nadie sostenga una verdad absoluta. Aquí la tolerancia de todas las ideas religiosas tiene un fuerte componente en la práctica. Así es como conviven en el paisaje urbano las iglesias cristianas y su variedad de denominaciones; las mezquitas, los templos budistas, las sinagogas; y con ellas, sus creyentes y observantes de las diversas culturas que con sus vestimentas típicas adornan las grandes masas urbanas.

Fue en noviembre de 1859 que Darwin publicó The Origins of the Species, y hoy, un siglo y medio más tarde, su teoría, apoyada por evidencia científica posterior, sobre todo por el rápido desarrollo de la genética, sigue confrontando un antiguo dogma. Parece paradojal que en la última frase de su obra máxima Darwin haga mención del “Creador” cuando dice: “Hay grandiosidad en esta concepción de vida [refiriéndose a la selección natural, lo que involucra por una parte diversidad como también extinción de formas menos aptas] y de todo su poder, vida que —adquiera diversidad de formas o una sola— haya sido en principio generada de un soplo por el Creador; que al mismo tiempo que esto ocurría el planeta haya estado funcionado en ciclos de acuerdo a la ley fija de la gravedad, y que, de un comienzo tan simple, hayan surgido formas inacabables —las más bellas y más maravillosas— que han estado y están aún evolucionando” (2, p. 396). ¿Significa esta frase que Darwin empleó la yuxtaposición entre “Creador” y ley de gravedad en forma irónica? ¿Estaba alertando al lector de que así como el mundo había pasado siglos sin ser consciente de la existencia de la ley de gravedad, así también sería el caso con su teoría? ¿O estaba simplemente transigiendo a la posibilidad de que en principio hubo un Creador, pero que eso no niega que exista el proceso evolutivo? Viene a la memoria Galileo, quien sometido a juicio inquisitorial, se vio obligado a repetir que la Tierra era el centro del universo, pero que —para no negar totalmente su teoría— agregaba al final de cada oración: “pero también se mueve”.

 


  1. Charles Darwin, The Voyage of the Beagle, Everyman’s Library, London, 1906. Reimpreso en 1983.
  2. Charles Darwin, The Origin of the Species, Oxford University Press, 1996.

N.B.: Las citas textuales de ambas obras han sido traducidas del inglés al español por la autora.