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Ilustración: Lisa RivardSer alguien en la vida

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Cincuenta años atrás el título de esta nota simbolizaba el afán y las metas de prosperar que los niños y los jóvenes tenían por deseables para sus propias vidas cuando fueran grandes, es decir, adultos. Se podía decir lo mismo usando el verbo progresar, tenido universalmente como altamente edificante, no como ahora que se lo evita por el desprestigio que ha adquirido injustamente.

Para quienes integrábamos la clase baja de Argentina esa frase representaba el milagro prometido a nuestras ansias, a nuestros sueños y a nuestros esfuerzos, así como también a los de nuestras entrañables familias, las cuales deseaban transmitirnos la posta de sus esforzados logros para que los lleváramos bastante más lejos.

Es decir, no bastaba con imitar a nuestros padres en su capacidad para el sacrificio —palabra llena de misticismo que todos entendíamos—, ni con ser como ellos, sino más que ellos. Pero ser, lo que se dice ser, no era ni remotamente lo que el verbo denota hoy en su reconocida complejidad, sino aquello que expresa otro verbo: el tener; es decir, la vinculación con la riqueza material necesaria para “tener un buen pasar”, como se decía por entonces.

Todavía el trabajo manual y el esfuerzo físico gozaban de respeto general a la hora de hacerse un camino bajo aquel anhelo emblemático, pero mucho más prestigio tenía, por cierto, el estudio. “Estudiá, si no vas a tener que agarrar la pala”, nos repetían nuestros padres, igual que han hecho sus antecesores en el pasado —la historia lo documenta desde la aparición de la escritura— para evitar probables sufrimientos a sus hijos.

“Ser alguien en la vida” era un talismán inmaterial, accesible a todos los mortales, una suerte de llave maestra para ingresar a una vida mejor que la que cada uno tenía de hecho. Así mismo, alcanzar dicho estado constituía una satisfacción moral muy importante, ya que además de premiar nuestros esfuerzos individuales premiaba los de nuestros padres, sobre todo si alguno de nosotros se recibía de algo.

Sueños, logros, premios y agradecimientos configuraban entonces una suerte de motor y conducta moral en la vida que en todas partes marcaba el camino debido a los niños y jóvenes de entonces, por más inclementes que fueran las condiciones económicas y sociales en que particularmente nos halláramos.

No obstante, esa manera de plantarse ante el futuro no era exclusiva de los de abajo sino que abarcaba a los niños y jóvenes de las clases medias y altas. No podía ser de otra manera cuando la familia en general era la más importante escuela de valores.

Las profesiones liberales se concebían como propias de estos últimos, especialmente medicina, abogacía, ingenierías diversas y contaduría. Quien no siguiera alguna de estas carreras estaría “desaprovechado”: sería una picardía que estudiara otra cosa.

En cambio, tratándose de “muchachos pobres” la universidad era una fantasía. Ser maestro o tenedor de libros prometía una vida social cargada de cierto prestigio, especialmente lo primero para las muchachas: recibirse de maestras en lugar de ser amas de casa era suficiente conquista personal y honroso premio moral para sus padres; de última —solía pensarse—, por lo menos que fueran profesoras de piano pues eso “les daba un roce”, como decían con frecuencia muchas madres por entonces.

De hecho, la docencia brindaba prestigio pero no buenos sueldos, menos aun sueldos justos. Pero abría otras puertas compensatoriamente: especialmente en el Alto Valle de Río Negro fue común desde 1930 en adelante que muchas maestras provenientes de Córdoba, San Juan y San Luis se casaran con propietarios rurales (“chacareros”) en buena posición económica, generalmente italianos o descendientes de tales. Y cuando no eran éstos sus consortes lo eran otros hombres de pro y de buena posición.

Años más tarde, casi al final del siglo XX, aquel panorama relativamente promisorio había desaparecido: la rentabilidad de las chacras pequeñas —las más numerosas— había cedido en su crecimiento, y proporcionalmente, para las nuevas camadas de maestras que iban llegando a la zona desde el norte de la Patagonia, menguaba el atractivo de sus propietarios como candidatos ideales al epitalamio.

Hacia la década de 1980 más de uno de aquellos magníficos consortes de antaño, de edad provecta por entonces, mitigaba circunstanciales peripecias económicas familiares con la ayuda del sueldo de su esposa, a menudo con rango de directora de escuela a esas alturas de su carrera docente.

Entretanto, la vieja concepción del magisterio como “sacerdocio”insistía en la crisis de vocaciones docentes, expresada en una disminución notoria de misioneros y apóstoles interesados en ella. Simplemente, el sistema educativo argentino había mostrado suficientemente no sólo sus múltiples limitaciones y defectos sino fundamentalmente sus responsabilidades en el modelado de la conciencia y el espíritu de los argentinos al servicio de una concepción elitista y antipopular que por más de un siglo había permanecido tenuemente velada, pero que por entonces comenzaba a revelarse ante los fracasos del sistema político, económico y social argentino.

Había comenzado la etapa de los trabajadores de la educación, algo impensado incluso en las huelgas docentes de la década anterior, encabalgadas en dos concepciones gremiales opuestas que pujaban por mantener o conquistar su respectiva preeminencia. Simultáneamente con la proletarización de la docencia comenzaba la recordada etapa del curro en la política, junto con la pérdida del valor social del trabajo y el estudio —en suma, del esfuerzo personal— como vía para el ascenso social, una de las vías que antes permitía... ser alguien la vida.

Los docentes comprendían ahora que la hipótesis misionalera un cepo para la formación de la conciencia de clase y transitivamente de la conciencia nacional, categorías políticas que aún gozaban de cierto predicamento residual proveniente de un pasado tan cercano como lejano.

Los anhelos sarmientinos de que el magisterio permaneciera en manos femeninas para que el Estado ahorrara en sueldos (“con la mitad de lo que se le paga a un maestro las mujeres estarían suficientemente pagadas”) convirtieron a los docentes durante más de un siglo en explotados de cuello blanco, con sueldos más bajos que los de los empleados bancarios, por más prestigio y aureola que nimbara su profesión.

Los sueldos eran tan bajos en todo el país que ni siquiera un matrimonio de maestros o profesores lograba aquella mítica calidad de vida que realmente nunca existió, pese al desborde de la imaginación y ciertos mecanismos compensatorios del pasado.

Actualmente la profesión ya no tiene un aura religiosa ni romántica como antaño, siendo simplemente un trabajo sobreexplotado si se tienen en cuenta las delicadas tareas y finalidades que conlleva el trabajar con seres humanos, los hijos de la sociedad, nuestros hijos.

Las omnipresentes discusiones salariales en todo el país complican el proceso educativo, por cierto, y parte de la sociedad las considera indebidas y desmedidas por eso mismo. Es la misma parte de la sociedad que no suele expresar tan clara y firmemente su disconformidad con los actos de corrupción de los funcionarios y dirigentes políticos de sus afecciones partidarias. Por caso, en provincias frecuentemente consideradas “inviables” sus excelentísimos concejales municipales y diputados provinciales perciben sueldos abominablemente superiores a los de sus docentes.

Convengamos que ningún sector de trabajadores está nunca conforme con sus remuneraciones. ¿Será acaso fruto del espíritu de codicia que se atribuye al género humano o una burda pasión materialista que afecta exclusivamente a los sectores de base?

En los ‘90, un ridículo y patético presidente pregonaba que debíamos tomar como ejemplo a los trabajadores de Tailandia, cuyo sueldo era de treinta y cinco dólares promedio, mientras otros ponderaban la educación de Cuba, cuyos docentes tienen sueldos promedio de quince dólares y donde Fidel Castro sueña con la abolición de la moneda como valor de cambio (lo ha dicho expresamente).

¿Será acaso que el dinero es satánico y por eso cuanto más lejos esté de nuestros bolsillos será mejor para nuestras almas? Si es así, a Menem y a Castro nos los mandó Dios para que salvemos nuestras almas.

¿Será por eso que la única manera que tienen los docentes de obtener salarios acordes al derecho universal a una vida digna es mediante partos dolorosos, con forceps y riesgo de muerte?

Que las luchas y los reclamos salariales en general no se frenan con ninguna forma o grado de represión ha sido hartamente demostrado. La ineficacia real y simbólica de dicha técnica debería hacer pensar a los gobernantes que no podrán impedirlas con sus mediocres argumentos tecnocráticos y su escasa capacidad imaginativa, eficaces tan sólo para la mera administración de la cosa pública pero no para la trascendental tarea de gobierno de una sociedad.

De modo que si en estos meses y en las actuales circunstancias pueden hacer la plancha sería bueno que aprovecharan a anticiparse a los hechos por una vez en la vida, previendo los inminentes reclamos del sector docente y de todos los sectores sociales, y trabajando para evitar nuevas sangrías sociales.

Desgraciadamente hoy todos sabemos que con la profesión docente no se puede llegar a ser alguien en la vida. En cambio, la corporación de los gobernantes y los políticos hegemónicos y exitosos no tiene obstáculos en ese sentido.

¿Será siempre así?