Letras
El muro

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Oye un rumor en el aire, mira hacia el horizonte y halla los topes de los edificios que pueblan el Este de la ciudad: opulenta zona que de niña visitaba para vender rosas y dulces. Cierra los ojos y viaja al pasado: a esos días entre tanta gente bien vestida y perfumada a los que quería parecerse.

 

Al trote, hombres y mujeres se entrecruzan sobre el extenso Paseo Torres; el olor a tierra húmeda reconforta sus trayectos.

El primero en detener su camino para oír mejor el rumor es un muchacho de ropas ligeras que pasea en bicicleta. Tres damas regordetas y bien emperifolladas, viéndole en dicha postura —como atinando un sonido—, no dudan en preguntarle:

—Estás bien ¿verdad? —dice la rubia, echando una mirada a sus piernas.

—¿No oyen? —replica él, señalando con una mueca en dirección al lugar del ruido.

Las féminas aguzan sus oídos y en la medida que escuchan, hilan elucubraciones.

—¿El Alcalde inició el muro?

El muchacho las ve conversar pero no deja de oír el rumor que avanza en dirección a ellos: a ritmo lento, sedoso.

—Parece zumbido de abejas.

 

Arrellanado en su mullido sillón, un Señor encorbatado revisa papeles y hace llamadas. Tras un efímero toque de puerta entran dos tipos de gestos graves. Uno alude a la crisis global y el otro habla de un Business Plan. El Señor se levanta de su silla y mientras explica la necesidad de ganar mucho más que el año pasado, abre las ventanas y ve el paisaje. Hace una pausa en su discurso y oye un rumor en el aire. Agudiza el oído tratando de discernir su procedencia y concluye que por fin se inició el muro. Un repique del teléfono le saca de sus reflexiones.

—Señor... algo de un donativo...

—Diga que yo les llamo.

Y los ceniceros de cristal que adornan el escritorio se balancean temblorosos. Uno de los tipos, el más gordo y encarado, recordando la altura en que están, grita aterrado: ¡Terremoto!

 

La muchacha deja su imaginación y suelta un suspiro al caer en cuenta de que ya no verá los tupidos jardines de las casas del Este, y de que aquellas elegantes exhibiciones con las que tanto soñó en las noches pronto serán más lejanas que esos días de vender rosas. Afloja sus manos, y la escoba con la que barría se va al suelo con su esperanza. Recuerda los discursos del actual Alcalde prometiendo hacer un muro para dividir la ciudad y un vacío impera en sus ojos al oír el rumor que lo corrobora. Abandona sus oficios y aun sabiendo que la abuela le dará una cantaleta, se va a pasear por el Este antes de que el muro le selle las ganas.

Pero llegada al punto que divide la ciudad y ver lo que surge de entre el horizonte, se arrodilla, devastada.

 

El Alcalde sale al jardín y, elevando su rostro al cielo, inhala fuerte, orgulloso. Con las manos en la cintura se regodea en las nuevas flores, mientras el canto de los canarios le acaricia los oídos. En eso se distraía antes de ir al despacho cuando percibió el rumor en el aire. Ladea el rostro y se queda inmóvil: más nítido oye el sonido que le figura langostas.

—¡Amor, la gente está feliz porque ya empezaste el muro!

El Alcalde contrae las cejas y mete sus manos en los bolsillos.

—¿Y por qué la gente cree que ya comencé esa obra?

—No sé, pero dicen que eres justo.

El Alcalde da la espalda a su mujer y bajando la mirada al piso supone que es una estrategia de su contratista para presionarlo.

—Amor, ¿oyes ese rumor?

—¡Claro, estúpida, lo que corrieron mis enemigos!

 

La gorda de dorados cabellos camina entre sus dos amigas discutiendo la procedencia del ruido que ya casi les cae encima; de sus imaginaciones desapareció la idea de la construcción en la medida que el rumor se fue haciendo más nítido y menos metálico. Caminan apuradas y sintiendo una brisa que les arrasa desde atrás caen al piso pululando sangre: una sin las orejas, otra sin las dos manos y la catira sin su gran culo —las tres con profundas grietas en la piel. Tres segundos tardó la brisita en atravesarlas y ello bastó para destrozarlas. Entre gritos y quejas las mujeres se miran desorbitadas, sintiéndose cada una en su propia pesadilla. A sus lados, lo que antes fue una perfecta hilera de frondosas cayenas es ahora una secuencia de esqueletos naturales. La grama del piso se esfumó con la antigua altivez de las damas, cuando otra brisa, más espesa, les cayó encima.

 

El muchacho pedalea sin desviar la atención del ruido que le precede, acelera su ritmo y con él la rapidez del rumor que en una especie de brinco le envuelve y tira al piso sin carne sobre sus brazos. Con el poco de conciencia que le queda, ve, a través de la pastosidad sanguínea que cubre sus ojos, cómo una nube negra se aleja en el horizonte devorando todo en segundos.

 

No hay pantalla de televisión que no presente los hechos, en pocos minutos hasta música le tienen. La calle se inunda de gente que, al ver en vivo cómo un presentador era tragado por una nube, salió corriendo desorientada.

 

Tras el momentáneo temblor de los ceniceros, el grito del socio asustado y el rumor que se acerca a ellos, los hombres se cubren sus cabezas con los brazos ensacados. Cierran los ojos esperando lo peor, pero uno de ellos, al sentir que sólo una brisita le recorría el cuerpo causándole leve escozor, despegó los párpados y entrevió a sus compañeros en poses similares a la suya: envueltos en una nube que destella blancos fulgores. Se les quedó viendo hasta que el rumor penetró sus ojos y las fuerzas le abandonaron. Tres relojes muy caros fue lo único que quedó de los respetables señores.

 

El Alcalde se oculta tras la tienda de objetos raros y viendo las manchas de sangre sobre las pulcras vitrinas, vomita sobre los cadáveres que están tirados ahí. Sabe que también morirá pero guarda alguna esperanza. Recuerda sus promesas electorales y surge en él, como nunca, una especie de temor. Ahora todos quienes le apoyaron y protegieron no son más que mierda apilada, no hubo plata que los salvara ni apellidos que valieran. El rumor le circunda, sabe que más pronto que tarde caerá sobre él y lo arrasará. “¿Qué pasó?”, pregunta tras de sí una resquebrajada voz femenina, el Alcalde voltea y al ver sus humildes ropas se tira sobre sus pies, creyendo que la masacre la organizaron desde el Oeste.

—Diles que no me maten.

 

La muchacha queda estática al ver la reacción del Alcalde. Recuerda su endiablado rostro en prensa y televisión, prometiendo el muro que salvaría a los del Este. El Alcalde siente que podría salvarse jurando sumarse a su causa. La muchacha intenta decirle algo pero el Alcalde no deja que hable enumerándole excusas; ella alza el rostro al oír que los rumores dispersos se unifican hacia ellos. El Alcalde lo nota y en su mente prepara el discurso que dirá en nombre de su redención; mucho antes de empezar siente una brisa caliente recorriéndole la piel.

 

La muchacha ve con estupor cómo la nube demoledora de hace algunos segundos es ahora una muralla que atraviesa la ciudad. Se levanta limpiándose las rodillas y pasa su tierna mano sobre los ásperos bloques comprobando que ya no sueña, que sí los han dividido. Suelta un leve gemido y vuelve a casa de la abuela. Está destinada a ser del Oeste. Y ya fuera de su ensueño, una sonrisa maligna se le dibuja en el rostro, pensando que detrás de ese gran muro que va dejando a sus pasos, una espesa nube se está tragando la luz al ritmo del algún rumor... Su ensueño estará latente más allá de la muralla.